Orejas perforadas

  • abril 9, 2013

 Por: Nancy Leigh DeMoss

La esclavitud es un concepto que rechazamos en el Occidente. Si no podemos digerir el concepto de siervo, mucho menos el de esclavo. La palabra se nos atora en la garganta —como debe ser— cuando hablamos de una persona que está siendo obligada en contra de su voluntad por otra persona. Esa es una relación aberrante entre dos individuos creados a la imagen de Dios.

Pero es absolutamente apropiado que seres humanos escojan ser esclavos del Señor Jesucristo a quien aman y anhelan servir por el resto de sus vidas.

Vemos, en el capítulo 21 de Éxodo, una larga lista de regulaciones con respecto a los siervos hebreos (Éxodo 21: 1-2, 5-6) que ilustra, vívidamente, lo que implica la esclavitud en el sentido espiritual.

En ocasiones, los judíos que estaban sumidos en la pobreza eran forzados a  servir por sus propios compatriotas. La ley de Dios requería que todos los siervos fueran tratados con bondad y liberados al cabo de seis años.

En este pasaje, tenemos una descripción inusual de un siervo que había cumplido con todas sus obligaciones para con su amo y debía ser liberado.

Dicho siervo estaba libre. En este caso particular, sin embargo, el individuo había desarrollado un gran amor para con su amo, esposa e hijos durante sus años de servicio y no quería ser liberado. Por lo visto, admiraba a su amo y le estaba agradecido por la forma en la había sido tratado y provisto. Sencillamente, quería continuar sirviendo bajo su mando.

Un compromiso para toda la vida:

Conociendo a su amo como le conocía, confiaba en que todas sus necesidades iban a seguir siendo provistas y que nunca le iba a faltar comida, techo, ropa y otras necesidades básicas.

No estaba en la obligación de quedarse, pero quería permanecer por amor y escogió voluntariamente el seguir siendo siervo. Al hacerlo, no estaba comprometiéndose a seis años más de servicio, sino que lo hacía para toda la vida. Él estaba rindiendo y entregando sus derechos de forma permanente a su amo. 

Éste no fue un mero acuerdo contractual. No se trataba de ser empleado por paga. Se trataba del acto de un hombre que voluntariamente le decía a alguien que había llegado a amar y a confiar,  “Yo te pertenezco y quiero pasar el resto de mi vida cumpliendo tus deseos.”

No podía haber nada secreto sobre la naturaleza de esta nueva relación con su amo. La transacción se llevaba a cabo en una ceremonia pública en donde el siervo renunciaba y lo rendía todo, de un modo visible y doloroso. Un instrumento afilado era usado para perforar una de sus orejas significando su total obediencia a la voz de su amo.

La decisión era irreversible. Desde ese momento en adelante, él estaría marcado como un esclavo... siempre tendría un orificio en la oreja como recordatorio de que ya no se pertenecía a sí mismo y nunca lo sería más.

El Retrato Cumplido

En ninguna parte de las Escrituras—ni en documentos históricos—encontramos algún ejemplo donde un siervo haya hecho esta elección que vemos en Éxodo 21. Por lo que nos preguntamos, ¿por qué Dios nos sugiere escenario semejante?

Como tantas otras ilustraciones, que encontramos en el Antiguo Testamento, creo que la intención era la de señalarnos a Cristo y dejar ilustrada nuestra relación con Él.

El Nuevo Testamento nos dice que cuando el Señor Jesucristo vino a la tierra, “tomó la forma de siervo” [doulos- el esclavo de menos rango] (Filipenses 2:7). En obediencia a la voluntad de Su Padre y por amor a Su Padre, a Su novia y a la familia que Su Padre le había dado, se humilló y tomó la forma de siervo para liberar a aquellos que eran esclavos del pecado (Hebreos 2:10-18).

Hablando proféticamente de la muerte expiatoria de Cristo, el salmista escribe “Sacrificio y ofrenda de cereal no has deseado; has abierto mis oídos; holocausto y ofrenda por el pecado no has requerido.  Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío; tu ley está dentro de mi corazón” (Salmos 40:6,8 LBLA).

En el Nuevo Testamento, los apóstoles Pedro y Pablo—junto a Santiago y Judas— (ambos medio hermanos del Señor Jesucristo) siguieron sus pasos, se sometieron y declararon su compromiso convirtiéndose en  “doulos”—siervos, esclavos de Jesucristo. Pablo dijo, “De aquí en adelante nadie me cause molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.” (Gálatas 6:17) ¿Qué estaba diciendo? “Soy un hombre con un orificio en la oreja. Soy esclavo del Señor Jesucristo.”

He llegado a creer que no hay un mayor llamado que el de marcarse como Su esclavo/a; el entregar mi vida al servicio del Amo a quien he llegado a conocer, a amar y a confiar. Por muchos años mi oración ha sido “Oh, Dios, hazme una mujer con un orificio en la oreja; quiero que me identifiquen como esclava de Jesucristo.”

Habiendo dicho eso, les digo que eso no me convierte en una super-santa. Nada que me haya sido requerido puede empezar a pagar mi deuda con Él. Más aún, el corazón que Él me ha dado debe ser, y puede ser, el corazón de cada hijo/a de Dios.

© Usado con permiso. Tomado del libro “Rendición: El Corazón en paz con Dios” por Nancy Leigh DeMoss. (Derechos de Autor 2003, Moody Publishers) www.AvivaNuestrosCorazones.com

 

Comentarios

blog comments powered by Disqus