Podcast Aviva Nuestros Corazones

Recursos del Episodio

Libro: En busca de Dios 

Libro: Escoja perdonar 

Annamarie Sauter: Cuando la herida es profunda, ¿cómo inicia el perdón? Aquí está Nancy DeMoss de Wolgemuth.

Nancy DeMoss Wolgemuth: El lugar de partida es el reconocimiento de que pecaron contra mí. Fue algo horrible, y Dios está de acuerdo de que fue una cosa horrible. Aún así Dios extiende Su misericordia y Su gracia para conmigo para que yo pueda manejar esta situación y  ser capaz de extender esa misericordia y esa gracia a la vida de la otra persona.

Annamarie: Estás escuchando es Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín.

¿Cómo perdonas cuando parece imposible perdonar? Nancy ha escrito acerca de esto en su libro “Escoja perdonar”. Cuando el libro fue publicado, ella se sentó con su amiga, Lisa Barry, para hablar acerca del mismo. Escucharemos  esta conversación como continuación de nuestro tema de esta semana: el perdón. Estos programas son parte de una serie sobre el avivamiento personal llamada “En busca de Dios”. Ahora, aquí está Lisa.

Lisa Barry: Nancy, estamos hablando acerca de escoger perdonar. A propósito, gracias por escribir este libro tan profundo. Ha  sido un placer leerlo. Al leerlo, estoy pensando en todos tus viajes y las personas que has visitado y todos los lugares en los cuales has estado; y cómo esto te hizo pensar que este libro realmente necesitaba ser escrito.

¿Podrías hablarnos de lo que has visto y oído que te hizo pensar que este tema fuera de suma importancia , tanto así que necesitaba ser discutido de una forma más amplia de como había sido discutido hasta ahora?

Nancy: Sí, Lisa, creo que es el resultado de años de estar fuera haciendo conferencias, hablando con mujeres después de las conferencias, entre las sesiones, y mirando a los ojos de estas mujeres, escuchando sus historias de dolor, de heridas, de relaciones rotas, fragmentadas.

Fue quizás la mujer que subió durante el tiempo de testimonios en una de nuestras conferencias. Se puso de pie a mi lado en el micrófono y contó a todas estas mujeres la historia de cómo su hija, una joven adulta, había sido acosada y luego brutalmente violada y asesinada catorce años antes. Me miró a los ojos delante de todas aquellas mujeres y me dijo, “nos has estado diciendo que necesitamos perdonar, pero por catorce años he odiado al hombre que le hizo esto a mi hija. Tú dices que perdone. ¿Cómo puedo perdonar? ¿Cómo puedo perdonar?”

He escuchado esta pregunta hecha de tantas maneras distintas y con tantos detalles diferentes e historias diferentes. Como cristianos, estamos hablando de las buenas nuevas, del evangelio de Jesucristo que perdona nuestros pecados. Sin embargo, luchamos con lo que significa no solo ser receptores, sino también dadores del perdón de Cristo a los demás.

Yo solo quería pensar en lo que implicaba esto para mí, y luego para las mujeres que estoy sirviendo. ¿Cómo tomamos el perdón que recibimos de Cristo y extendemos ese perdón a otros en una forma que sea regenerativa, reconciliadora y sanadora? Dios es el sanador de las relaciones rotas y el perdón es la llave para poder ser capaces de experimentar eso.

Lisa: Antes de adentrarnos más profundamente en el libro, vamos a retroceder un poquito: ¿Podemos comparar la manera en que el mundo describe el perdón  y cómo Dios describe el perdón? ¿Existe una desconexión entre la manera en la que estamos viendo esto y la forma en que el mundo está usando y definiendo esta palabra?

Nancy: Sí, creo que el mundo en realidad tiene un concepto muy pobre de lo que significa el perdón. Déjame retroceder un poco y decir algo —quizás no suene muy profundo, pero necesitamos recordarlo— y es que todos seremos lastimados. Todos seremos heridos. Nos pisamos los dedos de los pies unos a otros. Nos lastimamos mutuamente. A veces intencionalmente. A veces sin querer. Pero todos somos lastimados, así que no es cuestión de  “si” sucederá sino  “cuándo” sucederá.

Entonces la pregunta es ¿cómo respondemos a esas heridas? La manera natural de responder y la mejor manera que el mundo conoce para responder es guardándolo; enterrándolo y tratando de seguir adelante. Y lo que tienes como resultado es a muchas personas heridas que van por la vida sin haber lidiado con esos problemas, convirtiéndose en víctimas de ellas mismas e hiriendo a los demás.

O el mundo te dice que debes convertirte en un colector de deudas. ¿Qué quieres decir con eso? Esa persona me hirió. Tiene que pagar, y lo haré pagar. Ahora, puedo hacerlo abiertamente. Puedo presionar a esa persona y causarle dolor con mis palabras, con mi espíritu, con mi comportamiento, o lo puedo hacer de una manera más sofisticada y respetable,  que está en mi corazón, sutilmente, en mi manera de hablar a otros de esa persona, manteniendo a esa persona como un rehén en mi corazón.

El punto es este: hasta que te des cuenta de lo que has hecho, que hayas visto el daño que hiciste y que te hayas arrepentido, yo voy a guardar esto contra ti. Te voy a poner en la prisión del deudor, y no te voy a dejar libre hasta que pagues.

Me parece que esa es  la vía que la mayoría de las personas eligen. Lo que pasa es que este es el camino al resentimiento, a la amargura y a las relaciones rotas. Ese tipo de amargura es como un ácido que destruye el recipiente donde esta contenido. Creo que la mayoría de las personas no se han dado cuenta de que hay una mejor manera de lidiar con estos sentimientos.

Lisa: ¿Dices que esto es fundamentalmente un comportamiento destructivo de por sí?

Nancy: La amargura es increíblemente destructiva. Nunca vas a encontrar una persona amargada que sea feliz.

  • La amargura te roba el gozo.
  • Roba la paz.
  • Roba las relaciones.
  • Afecta nuestra relación con Dios.
  • Afecta nuestra relación con los demás.

Piénsalo. Tú no quieres estar rodeado de personas amargadas, y las personas no quieren estar cerca de nosotros cuando estamos amargadas. Así que cuando pensamos en cómo Dios estructuró toda la fábrica del universo, este no fue solo un simple mandamiento que Él dio a su antojo. Dios dice que Él sabe que es para tu propio bien y para el bien de tus relaciones.

¿Quieres ser feliz en Cristo, como dice el viejo himno, “confía y obedece”? El liberarnos de esa amargura; el llegar al lugar donde podamos aprender a dejarla ir nos bendecirá. Bendecirá matrimonios. Bendecirá nuestro ambiente de trabajo, nuestro ambiente en la iglesia. Dios sabe que la amargura es destructiva y el perdón es un medio para la bendición, el gozo y la paz. Por eso Él lo quiere para nosotros.

Lisa: Ahora, ya puedo yo escuchar alguno de nuestros oyentes decir: “Bueno, eso puede estar bien en teoría, pero tú no puedes decirme que perdone hasta que hayas escuchado mi historia porque mi historia es muy complicada, y no creo que tú me estarías apurando a perdonar sin realmente escuchar lo que pasó”. ¿Realmente puedes hacer que alguien piense en perdonar sin conocer todos los detalles?

Nancy: Déjame decirte, Lisa, que cuando caminamos por este tema, ...sé de esto por muchas; muchas personas se estaban sumergiendo en aguas turbias y otras en aguas difíciles. No quiero de ninguna manera minimizar el dolor, el ser herido, el sentido de haber sido violado. Creo que es importante decir esto.

El pecado es destructivo. Es dañino. Es mortal. Pecan contra nosotros y pecamos contra otros y eso crea situaciones complicadas. He escuchado mucho de esto. Muchas veces cuando piensas que no puedes imaginarte una historia peor que la que acabas de oír, otra mujer surge con su historia.

Humanamente hablando, quiero decir que yo también he estado amargada. Sin embargo, sé que debo ayudar —con gracia y amor—a esa mujer a caminar a través de esa dificultad como a mí me hubiese gustado que me ayudaran. Esto es decirle: ¿cómo podemos superar el dolor, el daño, la ira, el resentimiento, el deseo de venganza?, ¿cómo por la gracia de Dios yo llego a ser curada?

Sé que este libro traerá a algunas recuerdos proveyentes de otros consejeros que les han dicho que no tienen que lidiar con estas cosas. “Pon esos recuerdos detrás de ti”. Da un poco de miedo el pensar en tener que quitar la curita y exponer la herida fresca otra vez, pero que no podemos realmente experimentar la plenitud de la curación y la restauración de Dios hasta que no estemos dispuestos a mirar honestamente la ofensa y decir que esto realmente está mal. Esto realmente dolió.

La paz no viene escondiéndola, o pretendiendo que nunca pasó, o medicándote, o teniendo a alguien que simplemente me diga que lo supere. El lugar de partida es el reconocimiento de que pecaron contra mí. Fue algo horrible, y Dios está de acuerdo de que fue una cosa horrible. Aún así Dios tiene misericordia y gracia para conmigo para poder manejar esta situación y para que yo sea capaz de extender Su misericordia y Su gracia a la vida de la otra persona.

Lisa, al pensar en ofensas atroces, no hay nadie que haya sido tan profundamente ofendido como lo fue nuestro Señor Jesús. ¿No es eso lo que vemos en 1 de Pedro? Recuerda que todo el libro de 1 de Pedro es un libro que habla del tema del sufrimiento. ¿Cómo introduce Pedro todo este concepto sobre sufrimiento en las relaciones humanas?

Comienza al final del capítulo 2 donde él establece el ejemplo del Señor Jesús. Antes de él introducir el concepto de cómo podemos vivir de manera pacífica y perdonadora los unos con los otros en las relaciones humanas. Él dice, “Porque para este propósito habéis sido llamados”, capítulo 2 de 1 de Pedro, verso 21, “pues también Cristo sufrió por nosotros”.

Ahora, he escuchado mensajes acerca de ser llamados a un montón de cosas diferentes; llamados al campo misionero, al matrimonio, a la soltería, pero no escucharás todo un mensaje acerca de ser llamados al sufrimiento. Pero Pedro dice que realmente este es un llamado. Cuando sigues este llamado, cuando tu abrazas este llamado, tú estás siguiendo las pisadas de Cristo.

“Cristo también sufrió por ti”; él dice, “dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas”. Ahora escucha el versículo 22, “El cual no cometió pecado, ni engaño alguno se halló en su boca”. El no hizo absolutamente nada para merecer el comportamiento que Él recibió; los insultos, las heridas, las ofensas. El no cometió pecado.

Pero el verso 23 dice: “y quien cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba”. ¿Qué fue lo que Él hizo?, “sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia”. ¿Entonces qué significa eso?, para Él significó la muerte.

Verso 24: “y Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia”. Entonces aquí está la frase que amo. “Porque por sus heridas fuisteis sanados”.

¿Ves?, ni uno de nosotros nos atreveríamos a llamarnos cristianos, ni uno de nosotros pudiera ser hijo de Dios si no fuera por el hecho de que Cristo murió en nuestro lugar, por su propia voluntad para tomar para sí mismo esas heridas que pecadores, incluyéndonos a nosotros mismos, le infligieron, y por eso se nos concedió la sanación, el perdón y la libertad de las deudas que le debíamos a Dios.

Creo que ahí hay un principio poderoso, Lisa. Es el principio de la cruz que se aplica a nuestras relaciones humanas. Creo que hay relaciones en las que Dios nos pone o que nos encontramos en medio de ellas a través del curso de la vida donde nos lastiman.

En algunos casos, creo que estas heridas son por el bien de los ofensores en última instancia para que sean capaces de curarse, para que ellos sean capaces de liberarse de sus propios pecados. Cuando respondemos con maldición, cuando devolvemos el dolor y la ofensa y las heridas que nos hicieron, perdemos la oportunidad de que esos ofensores lleguen al lugar de quebrantamiento, arrepentimiento, rendición y de sanación en sus propias vidas.

Entonces por mi voluntad de aceptar las heridas, de encomendarme a Dios y de extender el perdón donde todo el mundo lo entendería si en vez de eso tomo la venganza, me convierto en un instrumento de la bendición de Dios en la vida de esa persona y por supuesto soy liberado de mi propia prisión aún si esa persona nunca cambia.

Lisa: Vamos a continuar con esa imagen que acabas de mencionar  de la prisión, porque me estoy imaginando que hay alguien escuchando que está detrás de las barras de esa prisión agarrándolas con las dos manos, con lágrimas que se deslizan por su rostro.

Nancy:  Con los puños cerrados.

Lisa: Sí, con los puños cerrados.

Nancy: Nudillos blancos.  

Lisa: Sí. Ella quiere salir, pero también, extrañamente, se siente segura allí. La ha hecho muy cómoda para sí misma. Sin embargo cuando miras alrededor de esa celda, ves fotos de muerte y destrucción, por así decirlo. Aún así lo considera un lugar seguro para estar.

Nancy: Creo que es algo que a muchas mujeres les da miedo. Y no quiero excluir a los hombres aquí, pero he hablado con muchas mujeres y muchas estamos resistiéndonos a perdonar. No tienes que vivir de esa manera. En algunos casos, muchas viven años de esclavitud espiritual, emocional, mental… y les estamos diciendo que ellas pueden ser liberadas de esto.

Sin embargo, algunas mujeres, yo pienso, han llegado a acostumbrarse a su celda en prisión y están pensando, “creo que prefiero pasar el resto de mi vida aquí que tener que arriesgarme en lo que sea que tenga que involucrarme para salir. En vez de liberar a esa otra persona de la cárcel de mi mente, quiero pensar en esto un poco más”.

En tu mente tú estás enjuiciando a esa persona. La tienes en la corte. Hay algo —odio decirlo— dulce acerca de esos pensamientos vengativos. Al menos creemos que lo es. No nos damos cuenta lo destructivo que es.

Después da un poco de temor decir: “¿Qué pasa si lo dejo ir? Piensa en la esposa, en el matrimonio donde su esposo ha herido su espíritu, probablemente ha sido infiel en ese matrimonio.

‘Si yo lo libero de esta celda de prisión en la cual lo puse, me estás diciendo que eso me hará libre… pero tal vez me haga más vulnerable. Tal vez él me lastime otra vez. De hecho, por el historial que tiene, me va a lastimar otra vez. No sé si quiero ir allí. No sé si realmente quiero soltar esto.

De hecho, quiero que le duela. Quiero que sienta el dolor que he sentido. Él me ha hecho miserable. Quiero que él sea miserable. Si yo lo perdono, entonces estaré permitiendo que él quede libre’.

He escuchado mujeres realmente decirme esto.

“No quiero dejar pasar esto en lo que respecta a mi esposo porque después él no se dará cuenta de que necesita cambiar. No querrá detenerse”.

Así que repetimos estas cosas en nuestras mentes y en última instancia lo que estamos haciendo es ponernos a nosotras mismas en el lugar de Dios. “Quiero ser Dios en esta situación. Quiero estar en control. No quiero renunciar a ese derecho de tener el control”.

Dejar ir el derecho de exigir el pago, el derecho de hacer que esa persona pague, es algo que atemoriza. Es por eso que el camino del perdón requiere fe. Requiere que yo confíe en lo que Jesús hizo. 1 de Pedro 2 dice que Él se comprometió a sí mismo; Él continuó encomendándose a Aquel que juzga con justicia.

Si no supiéramos que tenemos un Padre celestial que es un justo, sabio y amoroso Dios que al final va a hacer que todos los males sean corregidos, entonces el perdón sería como saltar al vacío de un acantilado. Sería impensable. Pero cuando perdonamos, nos colocamos a nosotros mismos y a nuestra situación en las manos de Dios.

Estoy pensando en esa maravillosa historia de gracia y perdón del antiguo testamento, en la última parte del libro de Génesis, toda la historia de José, que fue maltratado de tantas maneras. Digo que fue un maltrato tras otro, no solo una ofensa. Sus hermanos lo lastimaron de tantas maneras por muchos años.

Después en Egipto en las manos de Potifar.  La esposa de Potifar, terminando en prisión por un crimen que no cometió. Luego el hombre de la prisión que pudo haberlo sacado, falla en mantener su palabra logrando que José se quedara más años encerrado. A este hombre no le fue bien por muchos años…

Cuando el punto llega en su vida donde todo aquello queda atrás y él tenía una posición en la cual podía tomar venganza de cualquiera y de todos los que pecaron contra él, sus hermanos, dándose cuenta de quién es él, llegan temblando y temerosos, y sabiendo que él era la ley de esa tierra ahora. ¿Qué es lo que les va a hacer?, están aterrorizados y José les dice: “¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?” (Génesis 50:19).

Ese es el trabajo de Dios. Eso fue lo que el apóstol Pablo dijo en Romanos 12, verso 19, “Mía es la venganza (de Dios)”. Él pagará, así que no tomes la venganza en tus propias manos.

Entonces pudiéramos pensar: “Bueno, Dios, ve y cáele atrás. Señor, voy a orar para que Tú tomes  venganza”. Ese no es el corazón. El corazón es: “Señor, quiero que perdones esta persona. Quiero que restaures a esta persona”.

Eso requiere fe. Requiere la voluntad de rendir el control y de decir, “No soy Dios. No estoy en el lugar de Dios. Ese no es mi trabajo. No hago un buen papel haciéndome a mí misma Dios. No soy capaz de ser Dios. No puedo manejar este universo. No es mi trabajo. No tengo el conjunto de habilidades para hacerlo”. Cuando insisto en hacerlo, realmente me estoy distanciando de Dios.

Así que, usando la imagen con la cual comenzaste aquí,  la mujer que está agarrada a los barrotes de su celda diciendo que quiere salir, pero que no sabe si quiere salir; que quiere aferrarse a esto aunque quisiera dejarlo ir… Todas hemos estado ahí, sabiendo que necesitamos soltarlo, pero queriendo aferrarnos a ello.

Tengo que decirte, Lisa, voy a interrumpirme a mí misma aquí. No había terminado de escribir bien el libro, de darle el manuscrito al editor, y durante las siguientes dos o tres semanas, habiendo vivido sumergida en el tema por meses, un año o más probablemente, me encontré a mí misma.. (odio decir “fui víctima”) siendo recipiente de varias ofensas.

Ahora, ninguna de ellas se compara con lo que muchas de ustedes, que nos  escuchando, están pasando en estos momentos, pero eran cosas que dolían. Resucitaron heridas viejas que pensé que eran del pasado y que habían quedado atrás y que había perdonado y olvidado y que me había alejado de ellas.

Me encuentro a mí misma en unas cuantas situaciones relacionales siendo herida y realmente queriendo aferrarme a ello, parada con mis puños cerrados en los barrotes de la prisión y sabiendo que acababa de escribir el libro acerca del perdón. Acabo de decirle a todas estas mujeres: “Déjalo ir. Déjalo ir. Presiona el botón de borrar”, por usar una analogía que utilicé en el libro. “Déjalo ir. Limpia el récord. No te aferres a esto. Solo te lastimarás a ti misma”.

Estoy viendo que hay libertad fuera de esta celda en prisión, pero estoy en ella diciendo, “creo que me gusta aquí. Quiero asegurarme de que esta situación sea correctamente manejada”. Tuve que predicarme el evangelio a mí misma. Mis palabras en este libro, mis propias palabras, volvieron a perseguirme.

Fue un combate de lucha libre. Me gustaría decir que casi de inmediato lo dejé, pero realmente fue cuestión de días, quizás un par de semanas, que duré sosteniéndolo ahí en mi regazo y de no querer dejarlo ir.

Pero mi corazón sabe que no quiere vivir ahí, y Dios no me permite vivir ahí. Estoy tan agradecida porque el convencimiento del Espíritu Santo fue tal que Él se mantuvo señalándome mi pecado de falta de perdón, mi pecado de no dejarlo ir. Cuando estaba queriendo concentrarme en el pecado que había sido cometido contra mí, Dios me estaba diciendo: “Quiero que veas tu propio pecado”.

Solo tuve que tomar el paso al cual exhorto a los demás en este libro,  es dejarlo en manos de Dios. Déjalo ir. Presiona el botón de borrar. No tienes que entenderlo. Ellos no tienen que saberlo.

Escribí una carta —realmente la escribí más que en mi mente— la escribí en mi computadora. Lo compartí con algunos amigos cercanos del grupo de rendición de cuentas en mi vida y les pregunté qué creían acerca de enviar esta carta. Ellos me dijeron, sabiamente: “Tienes que dejarlo ir. Tienes que dejarlo ir”. Estaba pensando: “Pero ellos necesitan saber”. Déjalo ir. Déjalo ir.

Ciertamente, en algunos casos creo que hay algo que necesitamos hacer, en términos de hacer que la otra persona esté consciente de lo que ha pasado, pero no mientras estemos agarrados del derecho a castigar, no mientras estemos aferrados a la amargura, a la falta de perdón en nuestros corazones. Con ese corazón nunca podremos ser un instrumento para su restauración.

Annamarie: Nancy DeMoss de Wolgemuth nos ha estado ofreciendo un vistazo muy práctico sobre lo que significa perdonar aún cuando no sentimos el deseo de hacerlo, en una conversación con su amiga Lisa Barry. Este es un asunto crucial para todas nosotras.

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¿Tienes que estar sana de dolor emocional antes de perdonar? Nancy abordará esto mañana. Regresa a Aviva Nuestros Corazones.

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Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras fueron tomadas de la Biblia de las Américas a menos que se indique otra fuente.

 

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.