Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

El sufrimiento no es en vano, día 5

Annamarie Sauter: ¿Has sentido que lo mejor que puedes ofrecerle a Dios no es tan bueno? Con nosotras Elisabeth Elliot.

Elisabeth Elliot: ¿Cómo se siente una mamá cuando su pequeño de dos años entra a la casa con una hermosa flor aplastada en su pequeño puño sudoroso?

  • ¡Mira una flor mami!

Y se la ofrece… Y la madre dice: 

  • ¡Gracias! ¡Es muy bonita!

Porque significa mucho para ella. El amor lo transforma.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

Nancy DeMoss Wolgemuth: ¿Cuál dirías que es el mayor sufrimiento que has tenido? ¿Alguna vez has pensado en ese sufrimiento como un regalo de parte de Dios? Quizás me oyes decir esto y piensas: «¡Espera! ¡Eso ya es demasiado!» Bueno, en un momento escucharás cómo una mujer que experimentó grandes sufrimientos tenía este tipo de actitud, ¡y qué diferencia hizo en su vida!

Escuchemos a Elisabeth.

Elisabeth: Si Dios nos ha dado un don, este nunca es solo para nosotras. Siempre es para ofrecerlo de vuelta a Él, y muy a menudo tiene repercusiones en la vida del mundo.

Jesús se ofreció a Sí mismo como pan para la vida del mundo. Él dijo: «El pan que entregaré es mi cuerpo, y lo doy por la vida del mundo».

Para un cristiano, Jesús es el modelo a seguir. ¿Qué hizo Él? Se ofreció a Sí mismo, un sacrificio perfecto y completo, por el amor de Dios. Y tú y yo también deberíamos estar preparadas para ser pan partido y vino derramado por la vida del mundo.

Piensa en los dones de otras personas que conoces que hayan sido de gran bendición y alegría para tu vida. Pienso en el don de la música. Tengo un sobrino que es concertista de violín. Es un don inmenso, pero él no toca el violín para él mismo en su pequeño departamento. Ese don es para el bien del mundo. Creo que, de alguna manera, esta es una verdad para cada don que Dios nos da, lo cual no siempre es evidente desde el principio.

Entre los grandes dones de mi vida están mi esposo, mi hija, mis nietos. Hay momentos en los que puedo ser muy egoísta con respecto a estos dones y, sin embargo, debo reconocer que no son solo para mí. Estos dones que considero míos, deben tomarse con la mano abierta y ofrecerse de vuelta a Dios junto con mi cuerpo y todo lo que yo soy.

Has escuchado las palabras de Pablo en Romanos 12:1: «Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes». Me gusta particularmente esa traducción que dice: «Así es como se le debe adorar» (TLA)

Ahora, si presento a Dios mi cuerpo como un sacrificio vivo, entonces eso incluye todo lo que el cuerpo contiene —mi cerebro, mi personalidad, mi corazón, mis emociones, mi voluntad, mi temperamento, mis prejuicios, mis sentimientos— y todo lo demás se presenta a Dios como sacrificio vivo. Después de todo, Dios me ha dado un cuerpo para vivir en él. Comienzo a ver todo en mi vida como un don, y quiero decir todo.

Es posible que para algunas de ustedes esto pueda parecer una tontería, pero espero que en el contexto de las cosas que he estado diciendo, comiences a darte cuenta que todo puede verse como un don, incluso mi viudez. Después de que mi primer esposo fue asesinado comencé a reconocer muy lentamente, que era en el contexto de la viudez que Dios quería que yo lo glorificara.

Esa no fue una idea mía. No fue solo algo que Dios permitió, sino que en un sentido muy real, y que poco a poco comencé a entender, era algo que Él me había dado porque tenía algo más en mente. Y esto era un don no solo para mí, sino para la vida del mundo, en un sentido misterioso, que yo no necesitaba entender porque podía confiar en Él.

De nuevo, permíteme ayudarte con tres cosas. Trataré de explicar lo que voy a decir para que haya relación entre lo quiero decir, lo que me escuchas decir, lo que escribas en tu cuaderno y puedas pensar mañana muy lentamente cuando alguien te pregunte: «Bueno, ¿y qué dijo aquella mujer?»

En base a este título de Ofrenda, anotemos tres cosas.

Número uno: Todo es un don.

Número dos: Hay varios tipos de ofrendas que puedo presentarle a Dios.

O simplemente digamos que queremos considerar la ofrenda como sacrificio, pero cuando uso la palabra sacrificio con respecto a mi propia vida, por ejemplo en la frase «presentando mi cuerpo como sacrificio vivo», el énfasis no está en la pérdida, la desolación y el abandono. El énfasis está en el hecho de que Dios me ha dado algo que puedo ofrecerle a Él. Abordaremos esto un poco más tarde.

Y número tres: La obediencia es la mejor ofrenda. Permíteme repetirlas.

Número uno: Todo es un regalo.

Número dos: La ofrenda como un sacrificio.

Número tres: La ofrenda de obediencia.

Cuando me levanto cada día, trato de que mis oraciones a primera hora de la mañana sean un hábito. Es bueno hablar con Dios antes de empezar a hablar con otra persona. Procuro comenzar mis oraciones con acción de gracias.

Siempre hay una larga lista de cosas por las cuales estar agradecida. Una de ellas es que puedo levantarme por la mañana, que puedo estar en un lugar cómodo contemplando un hermoso paisaje. Doy gracias a Dios por el sueño de la noche, por la salud, las fuerzas, y por el trabajo que tengo que hacer. Estoy muy agradecida por el trabajo. Pienso en alguien como Joni Eareckson Tada y en lo que ella daría por tener la oportunidad de lavar los platos una sola vez o realizar el peor trabajo que tú y yo podamos detestar. Agradece a Dios que te puedes levantar.

Agradezco a Él por mi casa, mi esposo, mi salud, el dinero que tenemos, la comida, la ropa para cubrirnos, mis nietos, mi hija y así sucesivamente. Y estoy segura de que todas ustedes tienen listas igual de largas.

Pero no siempre me resulta fácil incluir en esa lista mi aguijón en la carne, las palabras que mi esposo me dijo y me lastiman, sí, sucede de vez en cuando. Estoy casada con un pecador. No sé con quién están casadas ustedes, pero que yo sepa, no hay otra opción más para casarse. Para mí siempre es un buen ejercicio recordar que mi pobre esposo también está casado con una pecadora.

Por eso doy gracias a Dios por mi esposo y sus imperfecciones –que no son muchas. Le agradezco por esa serie de dones que me ha regalado en ese hombre, los cuales puedo ofrecer de regreso a Dios con acción de gracias.

Cuando José fue llevado cautivo, no podría haber imaginado lo que Dios tenía en mente hacer años después. Pero en Génesis 45:8, leemos las palabras de José a sus hermanos: «Ahora pues, no fueron ustedes los que me enviaron aquí, sino Dios».

Lo que parecía ser una cosa terrible –hermanos celosos odiando a su hermano menor, queriendo deshacerse de él, decidieron matarlo, y luego al darse cuenta de que podían hacer algo de dinero con él, lo vendieron como esclavo. Él baja a Egipto convertido en esclavo y finalmente termina en la cárcel y una cosa tras otra. ¿Parece esto un don de Dios? Y sin embargo él dice: «No fueron ustedes los que me enviaron aquí, sino Dios».

Pablo dijo: «Me fue dado un aguijón…» (ver 2 Corintios 12: 7).

Jesús se refirió a la copa que Su Padre le había dado (ver Marcos 14:36).

Ahora, todas estas cosas representan un gran sufrimiento, no son cosas triviales en absoluto. José dijo cuando nombró a su hijo Efraín: «Dios me ha hecho fructificar en la tierra de mi aflicción» (Gén. 41:52).

No fue la experiencia lo que cambió; fue su respuesta. José confió en Dios.

Ahora, ¿cuál es la intención de Dios cuando nos da algo a ti y a mí? Él está poniendo algo en mis manos para ofrecérselo de regreso a Él en acción de gracias.

Recuerdo que cuando era niña quería comprar regalos de Navidad para mis padres, pero no tenía forma de ganar dinero. Mis hermanos hacían entregas de periódico y ganaban tal vez 25 centavos a la semana, o algo así. Era en la época de la Gran Depresión. Yo tenía que depender del dinero que mis padres me daban. Así que no habría tenido absolutamente nada para regalarle a mi madre en Navidad si mi madre no me hubiera dado algo antes.

Y así es Dios con nosotros, ¿no es así? Estamos totalmente desprovistas. Todo lo que tenemos viene de Él. No tenemos nada que ofrecer, excepto lo que Él nos ha dado. Hay una antigua oración de acción de gracias en el momento de la ofrenda: «Todo viene de ti, oh Señor, y de lo que hemos recibido de Tu mano te damos».

Lo recibimos de Él. Lo aceptamos en nuestras manos. Le damos gracias y luego se lo devolvemos como una ofrenda. Esta es la secuencia lógica de las cosas de las que he estado hablando. Todo es un don. Todo debe ser ofrecido de vuelta.

Durante el tiempo de enfermedad de mi esposo, esta lección se convirtió en una lección poderosa, transformadora, de las que cambian la vida. Cuando me despertaba en la madrugada, esas horas a las que Amy Carmichael llama «las horas en las que todas las colinas de la vida se convierten en montañas», mi mente se llenaba de imágenes vívidas de las cosas horribles que le iban a suceder a mi esposo desde aquel momento hasta su muerte.

Ahora bien, médicamente hablando, la muerte era el final indiscutible de la enfermedad de mi esposo. No había posibilidad de que sobreviviera; yo había enfrentado eso de una manera bastante determinada. Pero los médicos pronosticaban que tendrían que realizarle horribles mutilaciones desde ese momento hasta su muerte. Sentí que no podía soportarlo. A esas altas horas de la madrugada, comencé a clamar al Señor.

Una noche, supongo que alrededor de las 2 o 3 de la madrugada, entendí algo con claridad. Entendí que mi agonía, mi angustia, la cual era indirectamente por mi esposo, era algo que Dios había puesto en mis manos para ofrecerle a Él. Era un don.

Ahora, pensemos en este segundo aspecto: La idea del sacrificio.

Podemos encontrar esta palabra sacrificio en muchas ocasiones en la Escritura, era una parte muy importante de la vida hebrea en los días del Antiguo Testamento. El sacrificio de sangre se ofrecía diariamente en el tabernáculo. Pero el Antiguo Testamento, en los salmos, también habla del sacrificio de acción de gracias.

Y el versículo que vino a mí en esas horas de miedo fue Salmo 51:17: «Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás».

Estoy segura de que algunas de ustedes tienen un espíritu y un corazón quebrantados. Dios no despreciará esa ofrenda aunque sea todo lo que tienes. Me siento tan pobre, como la viuda de Sarepta. 

Seguramente recuerdas la historia de cómo Elías fue alimentado por cuervos durante un tiempo. Luego Dios le dijo que los cuervos dejarían de alimentarlo y que debía ir a un lugar llamado Sarepta donde una viuda lo alimentaría. Ahora, no creo que podamos imaginar la pobreza absoluta de una viuda en aquellos tiempos antiguos, pero ella era la más desamparada y pobre de todas. Ahora, ¿por qué razón el Dios Todopoderoso, quien posee los animales de todas las colinas, elegiría a una mujer en necesidad para alimentar a Su profeta Elías?

Seguro recuerdas que cuando Elías llega a Sarepta, encuentra a esta mujer reuniendo algo de leña y le pide un poco de agua. Luego le hace la petición más irracional que podemos imaginar. Él le dice: «Hazme una torta».

Bueno, si ella hablara español moderno, habría dicho: «¡Debes estar bromeando! Estoy aquí recogiendo leña para hornear el último puñado de harina y las últimas gotas de aceite que me quedan en un pan, lo único que se interpone entre mi hijo y yo, y la muerte. ¡Nos morimos de hambre ¿y tu me pides que te haga una torta?!»

Sin embargo, la mujer reconoció que se trataba de un hombre de Dios, y para ella cumplir con esto era una cuestión de obediencia a Dios. Ella le preparó una torta. Ella creyó en la palabra de Elías de que el aceite en la vasija no faltaría, ni la harina en la tinaja escasearía.

¿Qué estaba haciendo Dios al enviar al profeta a una mujer necesitada? Él había puesto en las manos de aquella mujer algo que ofrecerle de vuelta. ¡Pero qué ofrenda tan insignificante! Un puñado de harina y unas gotas de aceite.

¿Recuerdas cuando el niño le llevó su almuerzo a Jesús o cuando los discípulos lo tomaron de sus manos? Realmente no sabemos si ese niño lo ofreció voluntariamente, a menudo me pregunto acerca de esto. Él tenía cinco panes y dos peces, que los discípulos le llevaron a Jesús y los pusieron en Sus manos. Uno de los discípulos incluso preguntó: «¿De qué sirve eso para tan grande multitud?»

Ahora, digo esto para algunas de ustedes que sienten que no tienen nada que ofrecer a Dios. Quizás no tengas grandes sufrimientos. No tienes grandes dones. Te encontrabas detrás de la puerta cuando repartieron los dones. Y piensas, «pobre de mí, no puedo cantar, no puedo orar, no puedo escribir libros, ni puedo ser la mejor anfitriona. Realmente no puedo servir al Señor. Pero si tuviera los dones de tal persona, entonces sería una historia diferente».

No sé para quién de ustedes estoy diciendo esto, pero estoy segura de que algunas dirían: «¿De qué sirve mi ofrenda para tan grande multitud? ¿Me estás diciendo que tengo algo de importancia para la vida del mundo?»

Yo te digo: «Sí, eso es lo que te estoy diciendo porque Dios toma a una viuda sin nada. Dios toma el almuerzo de un niño, y lo convierte en algo para el bien del mundo porque esa persona lo ofreció».

Comencé a ver –repito, muy sutilmente, y no pienses que soy una especie de gigante espiritual para ver esto. Fue el Espíritu Santo de Dios quien me dijo: «Dámelo a Mí. Entrégalo. Ofrécelo, un sacrificio, algo en tus manos para darme a Mí».

¿Cómo se siente una mamá cuando su pequeño de dos años entra a la casa con una hermosa flor aplastada en su pequeño puño sudoroso?

  • ¡Mira una flor mami!

Y se la ofrece… Y la madre dice: 

  • ¡Gracias! ¡Es muy bonita!

Porque significa mucho para ella. El amor lo transforma. De eso se trata. El sufrimiento y el amor están inseparablemente unidos. Y el amor significa de manera invariable, sacrificio.

Hablamos del sacrificio de padres y madres. ¿Y qué del sacrificio de esposos y esposas? ¿Y qué del sacrificio de aquellos que están preparados para ser solteros por el resto de sus vidas para la gloria de Dios?

Pienso en Amy Carmichael. Ella creía que Dios realmente la estaba llamando a permanecer soltera, y eso la asustó. Ella pensó que tal vez la soledad la haría sentirse desconsolada. Dios le recordó las palabras: «El Señor redime el alma de Sus siervos, y no será condenado ninguno de los que en Él se refugian» (Salmo 34:22).

Y de esa ofrenda, ese quebrantamiento, ese sacrificio vivo, que fue la vida de Amy Carmichael, surgió una gran obra misionera que continúa hasta el día de hoy.

Amy Carmichael, una mujer soltera, se convirtió en madre de miles de niños indios. Hubo un momento en que la fraternidad que fundó, llamada Fraternidad Dohnavur (de niños pequeños rescatados de la prostitución en el templo) contaba con más de 900 personas. Y trabajó allí durante cincuenta y tres años.

Ella escribió estas palabras en uno de sus poemas:

«Si tu querido hogar más lleno está, Señor, y si para esto mi casa en la tierra un poco más vacía quedara, qué hermoso galardón ese sería». 

Tú y yo no tenemos idea de lo que Dios tiene en mente cuando entregamos esa ofrenda, pero todo es material para el sacrificio. Una y otra vez las personas me preguntan: «¿Cómo manejas la soledad?»

Yo les respondo: «No puedo manejar la soledad». Luego preguntan: «¿No pasaste mucho tiempo sola en la jungla?» Inevitablemente respondo: «Sí, lo hice. Pasé muchos más años sola que casada». Ellos añaden: «Bueno, ¿cómo lo manejaste?» A lo que respondo: «No lo hice. No pude. Tuve que entregárselo a Alguien que sí podía manejarlo». En otras palabras, mi soledad se convirtió en mi ofrenda.

Y así, si Dios no siempre elimina el sentimiento de soledad, es para que cada minuto de cada día, tal vez, tengas algo que ofrecerle y le digas: «Señor, aquí está. No puedo manejar esto».

Ahora, no sé cuáles son las emociones que no puedes manejar, pero creo que todas sabemos algo sobre la soledad. Las solteras siempre imaginan que las personas casadas no se sienten solas, sin embargo soy testigo de que existen diferentes tipos de soledad. Este es un ejemplo de ofrenda y sacrificio al que me he estado refiriendo hoy.

Nunca olvidaré lo que aquella misionera dijo en la capilla cuando era estudiante en la facultad, teníamos que asistir de manera obligatoria a la capilla cinco días a la semana. Escuchamos a cientos de oradores y prácticamente no recordábamos nada de la mayoría de ellos. Pero nunca he olvidado lo que dijo esta mujer.

Ella habló sobre el niño que le entregó su almuerzo a Jesús, y dijo:

«Si mi vida, al entregarla a Jesús se rompe, puede ser porque los pedazos alimentarán a una multitud, mientras que un pan entero solo saciaría a un pequeño niño».

¿Qué tienes en tu mano para darle? ¿Es un regalo que reconoces como un don, un talento, por ejemplo?

¿Es la disposición de ser madre y enfrentar las críticas de las mujeres que dicen que debes poner a tus hijos al cuidado de otra persona, salir y hacer lo que sea que te haga «feliz» y te haga «sentir realizada»?

¿Es la disposición de recibir las críticas del resto del mundo por algo que has decidido hacer por amor a Jesús? ¿Es la disposición a no ser reconocida, a no ser apreciada?

Sabes, tenemos una idea muy distorsionada de la palabra «ministerio». Creemos que ministerio significa una lista muy corta de cosas: predicar o cantar, ir a un seminario o escribir un libro o enseñar una clase de escuela dominical. Por supuesto, esos son ministerios, son formas de servicio. Pero la palabra ministerio significa servicio, y el servicio es parte de nuestra ofrenda a Dios.

La gente pensaría que mi ministerio consiste en mi trabajo misionero, en lo que he escrito, en mis conferencias. Pero, tú sabes, no paso la mayor parte de mi vida parada en un podio. La mayor parte de mi vida la paso sentada en un escritorio, parada en un lavaplatos, frente a una tabla de planchar, yendo al supermercado, sentada en los aeropuertos, haciendo un montón de cosas por las cuales no espero recibir medallas. Son momentos para ofrecer a Jesús.

Haz lo que te toca, lo cual me lleva al tercer punto: La ofrenda de la obediencia.

Cuando mi hermano Tommy era un niño de unos tres años, una de sus formas favoritas de jugar era sacar todas las bolsas de papel de la gaveta de la cocina donde mi madre las guardaba, y las esparcía por todo el piso. Bueno, mi madre lo permitía con Tommy. Él era el número cinco. Yo era la número dos y no creo que yo me hubiera salido con la mía si hubiera intentado hacer lo mismo. Ella aprendió muchas cosas en ese tiempo, y estoy segura de que estaba cansada. Ella le decía: «Puedes hacerlo con una condición: que vuelvas a guardar las bolsas en la gaveta antes de salir de la cocina».

Bueno, él lo entendió perfectamente bien –los niños generalmente comprenden mucho más de lo que creemos. Un día mi madre entró a la cocina, y había bolsas de papel por todo el piso, pero no había rastro de Tommy. Lo encontró en la sala donde mi padre estaba tocando himnos en el piano. Y mi madre dijo: «Tommy, quiero que vengas y vuelvas a poner las bolsas en la gaveta».

Él la miró con una sonrisa tan inocente, dulce y angelical, y respondió: «Pero yo quiero cantar Cristo me ama».

Mi padre dejó de tocar el piano y aprovechó la oportunidad para enseñarle una profunda lección: «Obedecer es mejor que los sacrificios». Estoy segura de que mi padre usó términos que Tommy podía entender.

De nada sirve cantar «Jesús me ama» cuando estás desobedeciendo a tu madre. Y la forma más grande de adoración es la obediencia. ¿Qué tengo para ofrecer a Dios que sea más importante que mi obediencia?

En el libro de Ezequiel en el capítulo 24 hay una gran lección sobre esto.

«Dios dijo: “Hijo de hombre, voy a quitarte de golpe el encanto de tus ojos; pero no te lamentarás, ni llorarás, ni correrán tus lágrimas.Gime en silencio, no hagas duelo por los muertos; átate el turbante, ponte el calzado en los pies y no te cubras los bigotes ni comas pan de duelo”» (vv.16-17) En otras palabras, olvida todos los rituales de luto.

Y Ezequiel dijo esto: «Hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi mujer; y a la mañana siguiente hice como me fue mandado» (v. 18).

Una descripción muy breve de algunas cosas muy importantes: «Por la tarde murió mi mujer; y a la mañana siguiente hice como me fue mandado».

He descubierto que nada trae más consuelo que la obediencia. Cuando estaba tratando de ofrecer mis sentimientos a Dios a esas horas de la madrugada, agradecí a Dios cuando llegó el momento de levantarme por esas cosas simples, ordinarias y prácticas por hacer –haz lo que te toca.

Dios les dio a la viuda de Sarepta, al niño y a Ezequiel algo para devolverle a Él –algo que a otros les importaría mucho. Dios le permitió a Ezequiel devolver su dolor y lo levantó para que hiciera lo que Dios le había ordenado hacer por la vida del mundo. Dios no solo estaba interesado en Ezequiel. Dios quería convertir a Ezequiel en pan partido y vino derramado por la vida del mundo.

Déjame preguntarte: ¿Quiénes son las personas que han influido profundamente en tu vida? Aquellos que han influido más profundamente en mi vida sin excepción, son las personas que han sufrido, porque precisamente en eso Dios ha refinado el oro, ha templado el acero, ha moldeado la vasija, ha partido el pan y ha convertido a esa persona en algo que alimenta a una multitud de los cuales yo he sido beneficiada.

Recibí en una ocasión una carta maravillosa de una mujer –una mujer mayor– me contaba que había perdido a su padre cuando era una niña, durante la Gran Depresión. Ninguno de los amigos de su padre asistió al funeral. Ella tuvo que usar un vestido prestado. La casa estaba hipotecada. Su madre quedó viuda con siete hijos. Y el abogado que se suponía que estaba a cargo de sus asuntos financieros les robó la herencia.

Esta señora escribió: «Cuando regresamos a la casa después del funeral, mi mamá tomó una escoba y comenzó a barrer la cocina. Y ahora miro hacia atrás, y me doy cuenta de que fue el suave sonido de esa escoba lo que inició el proceso de sanidad. Mi madre era una mujer desamparada, y cuando la gente le preguntó años después: "¿Cómo lo lograste?" Ella simplemente dijo: "Oré". Bueno, ella no solo oró. Ella oró, e hizo lo que le tocaba –tomó la escoba y se puso a barrer».

Por eso hoy te digo: Dios ha puesto algo en tus manos, algo que puedes aceptar. Puedes decir: «Gracias, Señor», y luego ofrecérselo a Él.

Déjame darte otro versículo en el Salmo 119 que me anima tremendamente. El versículo 91, dice: «Por Tus ordenanzas permanecen hasta hoy, pues todas las cosas te sirven».

¿Qué está sucediendo en tu vida hoy? ¿Está todo bien? Entonces es fácil agradecer a Dios, ¿no es así? ¿Te va mal? Si puedes, recuerda que «este día, como cualquier otro día, Sus ordenanzas permanecen». Esas verdades eternas son inquebrantables. El mundo y todos sus deseos apasionados algún día pasarán. El hombre que hace la voluntad de Dios es parte de lo eterno y no morirá.

Ugo Bassi dijo:

«Mide tu vida por las pérdidas y no por las ganancias;

No por el vino bebido, sino por el vino derramado,

Porque la fuerza del amor está en el sacrificio del amor;

Y el que más sufre, más tiene que ofrecer».

Nancy: Escuché esa cita hace muchos años, y es una de las que tengo en mi escritorio. A veces, las palabras más difíciles de escuchar son también las que más necesitamos escuchar. Elisabeth Elliot está ahora con el Señor, libre de todo tipo de sufrimiento. Pero mientras todavía estaba en la tierra, fue un modelo para todas nosotras de ese tipo de actitud de gratitud, incluso cuando su vida no era nada fácil. 

Annamarie: ¿Cómo pueden nuestro dolor y nuestras dificultades convertirse en algo hermoso en las manos de Dios? Eso es de lo que Elisabeth nos hablará el lunes en el último programa de esta serie. ¡Asegúrate de acompañarnos!

Confiando en Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.

Nancy: La lectura para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es el libro de Hageo.

Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Elisabeth Elliot

Elisabeth Elliot

Elisabeth Elliot fue una autora y oradora cristiana. Su primer marido, Jim Elliot, fue asesinado en 1956 cuando intentaba hacer contacto misionero con la Auca del este de Ecuador. Más tarde pasó dos años como misionera de los miembros de la tribu que mataron a su esposo.

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