Podcast Aviva Nuestros Corazones

Recursos del Episodio

Annamarie Sauter: Cuando Federico experimentó un avivamiento personal le costó caro.

Federico Ortiz: Si el Señor es realmente el Señor de tu vida, entonces le darás tu todo. Una de las cosas que valoraba y tenía miedo de perder era mi familia; ¿por qué me asustaba?, porque tuve que compartir con Mayra el hecho de que me había endeudado muy por encima de lo que yo podía hacerle frente.

Annamarie: Este es tu programa Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth en la voz de Patricia de Saladín.

Durante las últimas semanas hemos estado escuchando a Nancy hablar acerca de lo que es un avivamiento personal. Este tema es tratado en esta serie titulada En busca de Dios: el gozo de un avivamiento en la relación personal con Dios.

Hoy Nancy nos presentará a un hombre que ha experimentado de forma muy tangible un avivamiento personal.

Nancy Leigh DeMoss: Hemos querido detenernos un momento en medio de la enseñanza sobre la obediencia para compartir con ustedes el testimonio de un hombre y una mujer que pienso ilustran mucho de los principios de los que hemos estado hablando durante la serie Buscándole a Él. Ilustran una nueva vida en Cristo, el arrepentimiento, la honestidad, la humildad, la santidad y la obediencia que hemos venido discutiendo—y también el principio de tener una conciencia tranquila, que es algo sobre lo que estaremos hablando en nuestros próximos programas.

Para que entiendan el contexto en el que se desarrolla esta historia les voy a hablar un poco de su trasfondo.

Federico Ortiz había trabajado por unos 20 años en una buena posición en un banco comercial, decidió invertir sus ahorros en una empresa de la que no conocía su funcionamiento y además de eso tomó dinero prestado para el costo de dicha empresa. En medio de todo esto y de una quiebra financiera es que el Señor llama a Federico a salvación. De una manera dramática Federico le entrega su vida a Cristo y es precisamente ahí después de la conversión de Federico donde nosotros queremos que tanto Federico como Mayra compartan con nosotros todas las implicaciones que tuvo sobre sus vidas el haberse convertido al Señor en cuanto a  la obediencia y tener una conciencia tranquila—porque ambos eran ahora una nueva criatura, pero había implicaciones, había consecuencias que era necesario enfrentar.

Dios le pidió a Federico que tomara medidas costosas para limpiar su conciencia. Quiero que escuchen, primero de Federico y luego de Mayra, cómo Dios les habló a sus corazones y cómo estuvieron dispuestos a decirle, “¡Sí Señor!” y a obedecer lo que Dios demandaba de ellos.

Vamos a escuchar a Federico para que nos cuente cuáles fueron esas circunstancias y la obediencia necesaria a esas circunstancias a mediados del año 2002.

Federico: Muchas gracias por la invitación. Realmente nosotros, Mayra y yo, estamos dando gracias a Dios de poder contar nuestro testimonio y hacerle ver a la gente lo agradables y perfectas que son las cosas del Señor.

Después de estar trabajando durante tantos años en el sector financiero y haberme iniciado—haber comprado una empresa de la cual yo no sabía nada y quebrar a los tres o cuatro años, por orgullo, yo seguí manteniendo un nivel de vida a base de financiamiento. Me fui endeudando y llegó un momento en el que ya yo no podía soportar más el nivel de financiamiento, los pagos de intereses más la presión que me tenían los acreedores.

Por otro lado, yo estaba negociando; estaba envuelto en unas operaciones  inmobiliarias  importantes que me iban a permitir saldar todos los préstamos y que todo quedara normal. No veía la necesidad de comentarle a Mayra, de contarle a Mayra lo que yo estaba haciendo, porque tan pronto se vendieran esas propiedades—que eran propiedades grandes—yo iba a tener una buena comisión de bienes raíces y todo iba a quedar para mí solo sin que nadie tuviera que saber absolutamente nada.

Ese era mi plan. Pero obviamente Dios tenía otros planes porque un día me llamaron y me dijeron que esas operaciones no se iban a hacer, no se iban a realizar los contratos que ya estaban para firmarse. No se iban a firmar. Al mismo tiempo que me estaban diciendo eso —que ya no se iban a firmar esos contratos— entonces, por el otro lado, las presiones de los acreedores. Yo llegué a un momento de presión tal porque uno de los acreedores que ya no aguantaba más fue a donde Mayra a contarle lo que estaba sucediendo y Mayra se vio sorprendida.

Ellos pensaron —porque eran amigos— pensaron que Mayra tenía conocimiento, pero yo no le había comentado nada. Ella se sorprendió. Entonces cuando ella me llama y me dice que se da cuenta que había un problema tan grave, yo entonces —en ese momento que ya yo estaba totalmente nublado—  no sabía cómo iba a reaccionar, qué era lo que iba a hacer. Con el temor de que la iba a perder a ella y a perder mi familia, la única solución que vi fue quitarme la vida. Yo traté de suicidarme comprando un veneno para ratón y tomármelo junto con todo el alcohol que había en mi casa. Ese día lo planifiqué muy rápidamente porque no iba a haber nadie en la casa. Mayra trabajaba corrido e iba a ir al salón y comía allá, mis hijos estaban trabajando cada uno por su lado y no había nadie en la casa; es decir que yo fui solamente para eso.

Sin embargo otra vez Dios no tenía eso en Sus planes e inquietó a Mayra para que fuera a la casa y me encontró en medio de una... ya casi comenzando una agonía. Ya yo me había tomado el veneno, me había tomado todo el alcohol y estaba casi inconsciente cuando ella llegó y encontró una carta que yo le dejé encima de la mesa del comedor. Ahí ella se dio cuenta de lo que estaba pasando, llama a un hermano, y mi hermano que—coincidencia o dioscidencia estaba a una esquina de mi casa y pudo ir rápidamente. Me rescataron, me llevaron a la clínica de emergencia y bueno, todo el proceso médico de lavado de estómago y no sé, yo estaba inconsciente, yo no sentía absolutamente nada en ese momento.

Nancy: En ese proceso, me parece que tú me comentaste, que tu hermana te leía todos los días la Palabra de Dios o que iba a cuidados intensivos y te leía la Biblia.

Federico: Tan pronto me trasladaron a la casa, que ya yo estaba físicamente más o menos bien, en las tardes, mi hermana iba todos los días. Mi hermana es creyente hace más de 30 años y ella iba todas las tardes a leerme la Biblia, una porción de la Biblia. Todavía en ese momento yo no había comenzado a leer la Biblia porque fue, digamos, la primera semana después del intento de suicidio; y ella sí iba todas las tardes. Yo recuerdo que ella salía de su trabajo, iba para mi casa, nos sentábamos en un balconcito pequeño que tenía el apartamento y comenzábamos a leer la Biblia, ella me leía todas las tardes. Y entonces yo comencé—en las mañanas y en las noches, comencé a leer la Biblia, comencé a leer los evangelios, las cartas.

Bien, entonces luego de esta dramática situación comencé a leer la Biblia, comencé a tener oraciones junto a personas que me estaban orientando. En ese proceso de conversión el Señor me llamó a pedir perdón, a romper con mi orgullo, a pedirle perdón,  no solamente a Él—que ya lo había hecho—sino también a cada una de las personas a quienes yo les había hecho daño; a quienes les había tomado financiamiento y no había podido pagarles.

Nancy: Tú me dijiste, Federico, que una persona clave que te instruyó y te dio las pautas de cómo tú debías ahora enfrentar la situación, porque algunos dirían, “Bueno, ya me convertí y ahora todo eso quedó atrás; si alguno está en Cristo nueva criatura es las cosas viejas pasaron”, pero esta persona te instruyó y te dijo, “No, hay restitución, hay confesión, hay que pedir perdón.” Sería bueno que nos contaras cómo sucedieron estos eventos.

Federico: Sí claro, durante todo el proceso —desde el inicio del proceso más bien— fui asistido por un abogado cristiano, un abogado que había sido profesor de mi hijo en la universidad y con quien mi hijo había trabajado. Entonces, él, gratuitamente y desinteresadamente me ayudó y lo primero que me pidió fue hacer un listado de todas las personas a quienes yo les debía; con nombre, apellido y valores. Ese listado también se le pasó a Mayra.

Mayra tenía ya conocimiento de todo lo que estaba pasando y comenzamos un proceso legal, porque todos me pusieron demanda; tenía que constantemente ir a la fiscalía del Distrito Nacional a llegar a acuerdos, o a tener conversaciones ya formales de tipo legal, y este abogado no solamente me orientó en la parte legal —de lo que debíamos hacer y priorizar las deudas, el pago de las deudas— sino que también me orientaba espiritualmente.

Siempre me recogía en su carro y me llevaba. En el trayecto podíamos conversar —ya yo estaba leyendo la Biblia—, comenzaba a hacerme preguntas y él me orientaba y en una de esas  ocasiones él me dijo: “Bueno, tú me has comentado que ya tú le has pedido perdón a Dios, ahora hay que pedirle perdón a los hombres.”

Para mí eso fue verdaderamente duro por mi orgullo, porque yo era sumamente orgulloso, y entonces bueno, yo entendía que si Dios me había librado de la muerte, de la muerte física, pues por lo menos yo debía obedecerlo y así fue.

Él me comentó, me dijo: “Mira, algunos te van a decir que no hay problema, que te perdonan; y otros te van a decir que no te perdonan.”

Nancy: Es así. Muchas veces cuando nosotros tenemos que pedir perdón, no siempre vamos a recibir la respuesta, no siempre el ofendido va a otorgarle el perdón al ofensor. Pero es nuestra responsabilidad—nuestra responsabilidad es obedecer y dejar que Dios tome el control de la respuesta de la persona a la que le vamos a pedir perdón; pero así es que realmente obedecemos, tú hiciste lo correcto.

Federico: En ese momento yo lo hice como en agradecimiento de que Él estaba—que ya yo había comenzado a ver la mano de Dios en todo el proceso. Me había librado no solamente de la muerte sino también de la cárcel, porque todas esas demandas me pudieron haber llevado a la cárcel. Entonces, en agradecimiento a eso yo obedecí ciegamente. Hay que ir donde cada una de las personas, entonces hice mi agenda y comencé a visitar a cada una de las personas ofendidas y efectivamente así mismo fue.

Algunos me dijeron que sí, que no había ningún problema, que me perdonaban y que todo quedaba igual; y otros me dijeron que no, que con eso ellos no iban al supermercado, que con esa excusa, con el perdón que yo les pedía, no iban al supermercado, que me fuera. Pero cada vez que yo salía —ya sea que me perdonaran o que no me perdonaran— cada vez que salía de una de esas oficinas y que pedía perdón, sentía que un peso se me quitaba de encima y me sentía liberado, y, esa es la palabra, me sentía liberado. Eso duró un proceso, bueno, fueron muchas personas, fueron varias personas que tuve que visitar para pedir perdón.

Nancy: En el transcurso de esas visitas, ¿alguna vez dijiste: “Yo no voy a poder seguir con esto, yo no tengo fuerzas”?

Federico: Bueno sí, en una ocasión, cuando esa persona me dijo que no, que con eso él no iba al supermercado; ni siquiera me invitó a que me sentara en una silla frente a su escritorio, simplemente me dejó de pie, me escuchó que yo le dijera, y en ese momento sí, yo sentí que... por qué yo estaba haciendo esto, que me daba vergüenza frente a esa persona. Obviamente, ya había pasado todo un proceso de vergüenza con él, porque no le había quedado bien, pero inmediatamente me llegó a mi pensamiento que estaba en un proceso de obediencia—realmente de obediencia, de obedecer las recomendaciones que me había hecho este amigo, este hermano abogado.

Nancy: Y que eran conforme a la voluntad de Dios. En todo ese tiempo había que pedir perdón y a la vez hacer restitución. Ustedes como pareja le hicieron frente a todas esas deudas. El pedir perdón fue acompañado de ese proceso de ir pagando, y eso es igualmente difícil, porque inmediatamente las cosas no se enmendaron en tu vida.

Inmediatamente que tú vienes al Señor, tú no consigues un súper trabajo—un trabajo excelente, con excelente paga, y todo se iba a resolver de la noche a la mañana; sino que  fue  un proceso. Quisiera escuchar tanto de ti como de Mayra, ¿cómo ustedes se organizaron para ir pagando esas deudas, hasta darle—como yo diría hoy día—la gloria a Dios y ver cómo sus vidas, no solo espiritualmente sino financieramente, han sido restauradas? Como dice el Señor: él devolvió los años que la langosta se comió.

Federico: Sí, así fue. Yo estoy plenamente convencido de que el Señor, tan pronto vio la disposición de mi corazón, en términos del arrepentimiento, en términos de la obediencia, el Señor abrió puertas, y abrió una puertecita, una ventanita, me abrió una oportunidad  de comenzar a trabajar en algo que yo tampoco conocía, pero yo debía salir a trabajar y  producir y acepté un trabajo con un salario menor que el que yo tenía ocho años antes. Entonces se hicieron arreglos, acuerdos de pago con cada una de las personas a las que les debíamos. Y Mayra que estaba trabajando —entre Mayra y yo— yo mi salario se lo entregaba Mayra. Mayra tenía la cabeza más organizada que la mía y se hicieron acuerdos de pagos con cada una de las personas y se les comenzó a pagar. Fue todo un proceso de varios años en eso.

Nancy: Mayra, cuéntanos tú ahora, porque como mujer tú jugaste un rol importante. Dios te puso en ese momento en tu papel de ayuda idónea, de soporte de esa casa en la situación en que se encontraban y definitivamente, fíjate como Federico decía que tú tenías la mente más clara, y tu trabajo sirvió también para pagar parte de todas estas deudas. Cuéntanos un poco.

Mayra: Sí, así es. Definitivamente Dios como el orquestador perfecto—yo había conseguido un trabajo dos años y medio antes de que ocurriera la catástrofe, vamos a decir, cuando Federico confiesa todas sus deudas, porque yo tenía 10 años que no estaba trabajando y ya a los 46 años que me buscan para un trabajo administrativo  dentro de una empresa —y yo no lo quería coger pero a insistencia lo tomé— pero definitivamente cuando ocurre esto ya yo estaba en una posición como gerente general donde yo tenía un buen ingreso que no era como yo entré.

Realmente el abogado —Federico estaba en una depresión crónica a pesar de que él estaba medicado—, el abogado conversaba conmigo porque él entendía que a pesar de la tribulación yo tenía el juicio quizás más enfocado. Y yo entiendo que era el Señor, ahora es que yo estoy convencida de que la gracia de Dios estuvo sobre mí; y recuerdo que yo leía mucho el libro de Isaías, Isaías 40 decía que Él nos renueva las fuerzas. Esa fuerza no era mía. Las personas se quedaban sorprendidas de mi fortaleza y de la entereza con que yo tuve que enfrentar cosas que para mí eran nuevas.

Y eran hombres que me amenazaban. Inclusive, hubo uno de los prestamistas que le comentó a Federico que él hubiese querido tener una mujer como la que él tenía,  que lo defendía tanto, porque él iba con pistolas como para amedrentarme para que yo le pagara,  pero el abogado lo que hizo fue que puso las deudas en orden de peligro —y esas de los prestamistas informales no eran tan peligrosas porque no estaban sustentadas legalmente, y él, como buen abogado— que fue las que tenían un sustento legal que podrían implicar cárcel fueron las que se atendieron en primer lugar.

¿Cómo el Señor multiplicó nuestros recursos? Ni idea. Realmente yo a veces decía: “Pero, ¿será que Él me está depositando en la cuenta?”, porque yo tenía un salario que, para una mujer en ese tiempo, era era un salario bueno pero no era como para pagar la cantidad de deudas que había. Se hicieron acuerdos de pagos y Federico me entregaba su dinero. Entonces el abogado me iba diciendo: “Necesito 30,000 pesos”, y yo sacaba 30,000 pesos de la cuenta. Pero realmente Dios se hizo muy manifiesto en todo porque nosotros empezamos…

Claro, el abogado nos dijo: “¿Qué ustedes tienen para vender?”, y nosotros nos despojamos de todas nuestras cosas materiales. Nos mudamos a un apartamento muy pequeño que también de manera milagrosa el Señor nos proveyó, porque yo no podía dejar de trabajar. Las personas con las que yo trabajaba estaban acostumbradas al estilo de un trabajo mío; yo no faltaba. Llegaba primero que los empleados y me iba más tarde que el último empleado, y yo tenía que hacer los quehaceres domésticos porque salí de la ayuda doméstica.

Realmente, ese día yo cogí la hora del mediodía para buscar en el periódico alternativas de apartamentos económicos, y en un día, al mediodía, visité tres y cuando entré a donde nosotros nos mudamos durante esos tres años que estuvimos en esa situación—era cerca de mi trabajo, era un apartamento súper económico, era un lugar donde nosotros sentíamos mucha paz. Federico y yo inclusive lo quisimos comprar cuando se presentó la oportunidad, pero la señora no nos lo quiso vender. Sentíamos que ahí estaba el Señor y sabíamos que ese era el lugar que Él había preparado para nosotros pasar ese tiempo de grandes tribulaciones.

Nancy: Lo maravilloso de todo esto es que el Señor dice que, “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, y la obediencia es, vamos a decir, la evidencia de que amamos a Dios; y  Dios a ustedes los salvó y puso el deseo y el poder para obedecer en una situación muy difícil. Él dice, “Yo honro a los que me honran”, y me maravilla hoy, después de 11 años—porque hace 11 años,  ver cómo el Señor les dio la claridad para obedecer—el Espíritu de Dios los guió a obedecer, y les dio la fuerza y el poder para obedecer y restauró en ustedes una conciencia tranquila, porque ahora no solamente habían pedido perdón, sino que hicieron  restitución de todas las cosas. Hoy en día ustedes pueden disfrutar de una vida tranquila y cómoda. Y a Dios sea la gloria en ese sentido.

Federico, ¿cómo tú dirías que Dios utilizó la verdad de Su Palabra y el poder que tiene esa Palabra para obrar todo esto en tu vida?

Federico: Bueno, pues yo desde el principio vi —en el principio de todos los procesos legales—, vi la mano de Dios envuelta en todo esto. Porque además de mi hermana que me leía la Biblia, yo comencé también a leer la Biblia en esas primeras semanas.  El abogado que me ayudó, cada vez que nos reuníamos—que era dos o tres veces a la semana—también siempre me hacía recomendaciones bíblicas, me aclaraba dudas, todo ese tipo de cosas. En una ocasión, una ocasión específicamente, yo debía haber ido a la fiscalía. Fuimos porque hicieron una notificación—lo que llaman una “notificación en el aire”. Yo no me enteré que debía haber ido a una cita, y a los pocos días se aparecieron unos policías en mi casa para buscarme con una citación formal, una orden de conducencia, como se llama.

Bien, entonces porque yo no había asistido a una cita anterior, cuando llegamos allá, yo llamé al abogado e inmediatamente le dije lo que estaba pasando y nos fuimos con los policías; y cuando llegamos a la fiscalía, mi expediente no apareció. La persona que tenía a cargo la responsabilidad de verme tampoco estaba, se había tenido que ir porque se sentía mal, y el ayudante no encontró el expediente; por lo tanto, el otro ayudante del fiscal simplemente me despachó y me dijo que mis acreedores—que volverían a citarme, para que tuviéramos que volver otro día a hacer un acuerdo, a formalizar un acuerdo de pago.

Entonces, yo en ese momento eso no lo entendí. Yo no entendía cómo es posible que me manden a buscar y que el expediente no aparezca, donde yo no tengo ningún tipo de influencias, yo no tengo absolutamente nada que ver con policías, ni con abogados,  ni con fiscales, ni con gobiernos, ni que tuviera algún tipo de influencia, digamos, para que ese expediente no apareciera.

Entonces el abogado me dijo —yo recuerdo, en ese momento me dijo— que era Dios obrando, porque aunque Dios no me podía defender, o no me podía librar de mis responsabilidades y de mis consecuencias por mis malas actuaciones... Pero ellos, la parte contraria, también estaban actuando mal, y Dios es un Dios de justicia que tenía que ser absolutamente justo y que tenía que ser real, no con trampas. Y que... no simplemente no apareció la persona, salió de la fiscalía, se sintió mal y el expediente no apareció y yo me fui para mi casa.

Luego de ahí se hicieron acuerdos. Eso pasó un tiempo para que me volvieran a citar —varias semanas— y se hicieron acuerdos en ese proceso.

Entonces, yo pude ver, aun con mi poco—con mi nada de conocimiento en ese momento,  con mi poca experiencia, pude ver cómo Dios estaba obrando en mi vida. Entonces, a partir de ahí yo tenía un agradecimiento especial a Dios, también al abogado, obviamente, que me estaba ayudando desinteresadamente y todo lo que él me dijera, todo lo que él me decía que Dios me iba a pedir, yo obedecía al mandato de Dios a través de ese abogado.

Comencé a profundizar en la Biblia, comencé a leer y a estudiar y ahí comencé a ver cómo Dios obra a través de Jesucristo, a través de Su Santo Espíritu, como fue la vida de Jesús, conociendo los Evangelios, conociendo las cartas de Pablo, de Romanos; el libro de los Hechos para mí es maravilloso, cómo se formó la Iglesia en esos primeros años.

Mayra: ¿Puedo interrumpir? Yo recuerdo que tú me decías, porque tú te sentías muy pecador—realmente tú tenías un peso muy grande y cuando entendimos el sacrificio de la cruz—, que tú me decías que Jesucristo había muerto por esos pecados. Como que te ibas  liberando tú y yo lo sentía —porque tú estabas con mucha vergüenza ante nosotros y ante la sociedad— cómo el Señor a través de Su Espíritu y el entendimiento de Su Palabra, tú empezaste a sentirte realmente como que tú eras una nueva criatura en Cristo.

Federico: Sí. Yo recuerdo también que una de esas tardes en que mi hermana iba, yo le preguntaba que si todo eso que decía la Biblia era verdad, si era cierto y que cómo funcionaba eso del perdón, del perdón de Dios a través del sacrificio de Jesucristo. Entonces ella me explicó y me dijo que ciertamente Jesucristo había venido para salvar a los que creyeran en Él y a perdonar los pecados de nosotros, y yo recuerdo que le pregunté: “¿Tú crees que me pueda perdonar esto?”

Mayra: Sí, porque era realmente... yo recuerdo que tú te sentías... tú no querías ni siquiera salir al balcón. Era como que el Señor te libró de la muerte pero todavía tú no te sentías con derecho, ni siquiera a salir a tomarte un refresco ni nada. Entonces, nosotras podíamos ver —Erika y yo, que éramos las que estábamos en la casa— cómo poco a poco a través de Su Palabra el Señor fue dándote la seguridad en Él, la nueva identidad en Cristo que nosotros tenemos. Amén.

Nancy: ¡Qué bueno que Cristo no solo nos perdona todos nuestros pecados sino que Él vivió la vida de obediencia perfecta que entonces es puesta a nuestra cuenta! El Señor no solo nos ve perdonados, sino que nos ve vestidos con esa justicia perfecta de Jesucristo.

Mayra y para ti, todo este proceso—¿qué significó para ti la obediencia?

Mayra: Bueno, realmente volvemos a caer en que el Señor es que mueve corazones, porque de yo ser una mujer—era una mujer sumamente independiente que empezó a trabajar a los 17 años para ganar su independencia de su padre que era muy estricto, y a los 19 años le sugerí a mi papá mudarme sola para no estar bajo su constante dirección.

Me caso con Federico y en ese momento que ya yo tenía una posición gerencial, que tenía un salario con el que yo podía vivir cómodamente, y me encuentro con que tenía que —a través de mi salario— entregarlo todo para pagar unas deudas que él había contraído a mis espaldas y que yo no conocía. Muchas personas que estaban a mi alrededor me decían que una manera de yo librarme de él, de estar vinculada, era divorciándome, porque ya el divorcio me sacaba de tener que asumir las responsabilidades que yo no…

Y recuerdo cómo el Señor me traía el pacto que yo había hecho un día ante Su altar, de que eso estaba unido por Él, o sea y que el hombre no lo podía... y yo tenía que estar en las buenas y en las malas, y entonces, realmente, yo sentía que  yo era parte del problema. El Señor me hizo sentir cómo asumirlo, con mucho dolor, porque tuve que despojarme de muchas cosas que eran importantes para mí en ese momento y llevar una vida muy sencilla. Tenía un poco de vergüenza ante mis familiares,  pero a través de la Palabra de Dios, los Salmos me ayudaron mucho, el asistir a la iglesia y adorar al Señor. Era un momento donde yo sentía que podía llorar, porque nunca lloraba delante de Federico para que él no se sintiera  peor de lo que  él se sentía.  En el baño cuando me bañaba, yo lloraba y a veces yo sentía que no tenía las fuerzas, pero el Señor volvía y me las renovaba.

Realmente lo más maravilloso fue cuando el Señor me entrega esa autoridad de yo resolver cosas y me bendice económicamente para yo poder ayudar a Federico y luego el Señor me llama la atención porque yo me empoderé de algo que no me correspondía,  que era un lugar en el matrimonio que era momentáneo, porque yo era la ayuda idónea. Cuando ya Él había restaurado a Federico, tanto física, espiritualmente, económicamente—aun así yo seguía ingresando más dinero que él porque ya había adquirido posiciones  mayores y el Señor me pide que ya mi tiempo de ser cabeza había finalizado porque ya mi esposo estaba restaurado.

Y entonces eso fue también un proceso que vamos a decir—difícil porque yo no lo entendía y tenía miedo, pero el Señor de verdad que me dio las fuerzas, la seguridad en Él de que sí, yo podía depender de Dios, y ya de Federico, para la gloria de Él.

Nancy: Mayra, es realmente para la gloria de Dios como tú me comentabas, de cómo de tener una actitud de enojo y de molestia hacia tu esposo y hasta en momentos haber deseado que él hubiera muerto ante todas estas deudas, Dios te transformó, al obedecer, en una mujer que quería amarlo y respetarlo y darle su lugar y honrarlo como tu esposo—que tu dices del pacto.

Creo que pueden ver el increíble poder que tiene la obediencia. El obedecer trae bendiciones. No sé qué paso de obediencia o qué peso debes eliminar de tu conciencia, o qué paso de humildad o de arrepentimiento te está pidiendo Dios que des, pero me pregunto si­—mientras escuchabas a Federico y a Mayra dar su testimonio— si el Señor ha inquietado tu corazón y tu conciencia y te ha dicho, “Tienes asuntos pendientes, tienes que lidiar con algunas cosas.”

Algo de tu pasado o de tu presente que tengas escondido; necesitas ser honesta y transparente sobre ello. Podrías pensar, “No es verdad que podría lidiar con eso, me costaría demasiado, podría perder mi trabajo, podría perder mi familia.” Pero, ¿me dejarías motivarte y animarte? Obedece a Dios. Lo que sea que signifique, lo que sea que te cueste y confíale a Él los resultados.

Señor, oro porque en los próximos minutos muchas de las que han estado escuchando este testimonio tan poderoso ondeen las banderas blancas de rendición y digan, “Sí Señor, yo te voy a obedecer.” Señor, que seas glorificado y honrado a través de la obediencia de tus hijos. En el nombre de Jesús, amén.

Annamarie: Así como Dios obró en la vida de Federico y Mayra también puede obrar en tu vida y en la de tu familia. No dejes de buscarle.

Estamos pidiéndole al Señor que se mueva en los corazones de las mujeres en América Latina, ayudándoles a descubrir, abrazar y deleitarse en Cristo. ¿Quieres formar parte de lo que Dios está haciendo a través de este ministerio?

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La obediencia combina actitudes internas del corazón con las acciones externas. Escucha lo importante que es esta combinación en nuestro próximo programa de Aviva Nuestros Corazones.  

Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

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