Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Un nuevo aliento de vida, día 4

Annamarie Sauter: ¿Qué haces cuando una crisis interrumpe tu camino?

Nancy DeMoss Wolgemuth: Te vuelves hacia donde puedes encontrar a Dios. Ahí es hacia donde acudes. Tú no te presentas en última instancia a tu marido. Tú no te presentas en última instancia, a tus amigos. Tú, en última instancia, acudes a Dios. Dios es nuestro pronto auxilio en las tribulaciones en cualquier época de la vida.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. La lectura bíblica para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Jeremías capítulos 32 al 34.

En cualquier momento la historia de tu vida puede dar un giro inesperado. Si has sufrido un golpe duro en la vida, el programa de hoy te traerá aliento y te dará una perspectiva bíblica. Esta enseñanza es parte de la serie titulada, «Un nuevo aliento de vida».

Nancy: No sé ustedes, pero yo he disfrutado mucho conociendo a esta sunamita, como se le conoce, en 2 Reyes capítulo 4. Estamos viendo a una mujer que es generosa, hospitalaria, amable, contenta, y una mujer que ha sido bendecida por Dios de muchas maneras, como resultado de invertirse en las vidas de otros.

Para aquellas de ustedes que se están uniendo a nosotras ahora en esta serie, permítanme volver a leer el pasaje del que hemos hablado hasta ahora. Luego, continuaremos en la siguiente sección de hoy con 2 Reyes capítulo 4, comenzando en el versículo 8:

«Y aconteció que un día pasaba Eliseo por Sunem, donde había una mujer distinguida, y ella le persuadió a que comiera. Y así fue que siempre que pasaba, entraba allí a comer. Y ella dijo a su marido: “he aquí, ahora entiendo que este que siempre pasa por nuestra casa, es un hombre santo de Dios. Te ruego que hagamos un pequeño aposento alto, con paredes, y pongamos allí para él una cama, una mesa, una silla y un candelero; y será que cuando venga a nosotros, se podrá retirar allí. Y aconteció que un día vino él por allí, se retiró al aposento alto y allí se acostó. Entonces dijo a Giezi su criado: “Llama a esta sunamita”. (Sunamita es la mujer de Sunem) Y cuando la llamó, ella se presentó delante de él. Y él le dijo a Giezi: (Eliseo dijo a Giezi) Dile ahora: “He aquí, te has preocupado por nosotros con todo este cuidado; ¿qué puedo hacer por ti? ¿Quieres que le hable por ti al rey o al jefe del ejército?” Y ella respondió: “Yo vivo en medio de mi pueblo”».

Y ella puso esto en el contexto de todo este pasaje. Dijimos en la última sesión que lo que ella está diciendo es: «Tengo lo que necesito. Estoy satisfecha. Lo que tengo es suficiente». Ella no tenía todo lo que ella jamás hubiera querido tener –ya veremos eso en un momento– pero ella estaba contenta con lo que Dios había provisto y estaba usando lo que ella tenía para ser de bendición a otros.

Así que en el versículo 14, cuando Eliseo recibe la respuesta, él dice: «¿Qué, pues, se puede hacer por ella?»

«¿Qué podemos hacer por esta mujer que lo tiene todo, que no necesita nada, que tiene contentamiento? Queremos bendecirla de alguna manera por la forma en que ella nos ha bendecido a nosotros».

«Y Giezi respondió: En verdad ella no tiene ningún hijo y su marido es viejo». (Lee: Ella no puede tener hijos. Ella es estéril. No han sido capaces de tener este anhelo cumplido. Esto era una gran cosa en la cultura judía, por muchas razones).

«Y Eliseo le dijo a Giezi: Llámala. Y cuando él la llamó, ella se detuvo a la entrada. Entonces él le dijo: Por este tiempo, el año que viene, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, hombre de Dios, no engañes a tu sierva. (No me des ilusiones solo para que luego se desvanezcan), Pero la mujer concibió y dio a luz un hijo al año siguiente en el tiempo que Eliseo le había dicho» (vv. 8-17).

Así que, aquí tenemos esta mujer amable y generosa que ha servido. Ella ha invertido en las vidas de los demás. Y ahora, después de años de infertilidad, Dios le da este milagro de tener este niño, un gran regalo del Señor. Gran gozo y plenitud viene a la casa de esta mujer. Puedes imaginarte mientras ella observa crecer a su hijo, cómo se deleitaba en él. Este es el hijo de la vejez de su marido. No sabemos cuántos años ella tenía.

Me imagino que Eliseo amaba a este niño también, ya que él visitaba la casa. Ahora, no sé si el niño llamaba a Eliseo «tío Eli» o cómo, pero ahora había diferentes ruidos en esta casa. Había pequeños pasos golpeando el piso de esa casa, y una gran alegría y regocijo.

Ahora piensas, «wow, fin de la historia, ¡qué gran historia!» Podrías pensar que esta mujer habría vivido feliz para siempre con su marido y con su hijo. Ya tenían una casa, ya tenía un marido y ahora tiene un hijo. Un final de un cuento de hadas, ¿no es cierto? Pero la vida no es así.

De repente, sin previo aviso, una gran tormenta estalla en el mundo de esta mujer. Luego de haber tenido una gran alegría durante estos últimos años, ahora esa alegría se convierte en un gran dolor.

Un comentarista de este pasaje dice: «Cuán frágil, inestable, insegura es cada posesión terrenal».

Cualquier cosa que tengas que sea física o tangible, material, visible, cualquier cosa que puedas sostener en la mano, tocar, sentir, saborear, es temporal. Es precaria. Cada una de tus posesiones terrenales te puede ser quitada, y en algún momento lo será. Es por eso que las personas que se aferran a sus cosas –a las personas, los amigos, las casas, las cosas materiales– aquellas personas son inseguras porque todas esas cosas te pueden ser quitadas. Las personas verdaderamente seguras son aquellas que ponen su confianza en Dios, quien nunca puede ser arrebatado de nosotros.

Cuán insegura es cada posesión terrenal. Y vemos esto en el versículo 18 que dice: «Y cuando el niño creció...» No sabemos cuántos años tenía, pero era lo suficientemente mayor como para salir al campo. «...él salió un día a donde estaba su padre con los segadores».

Y vamos a ver en un par de versículos más adelante, que él era lo suficientemente pequeño como para ser cargado en el regazo de su madre. Por lo que algunos comentaristas han pensado que tal vez tenía entre cuatro y seis años de edad, tal vez siete u ocho –no era un niño grande– pero no era un niño pequeño tampoco.

Cuando el niño creció, salió un día adonde estaba su padre con los segadores. Y él dijo a su padre: «¡Ay mi cabeza, mi cabeza!» El padre le dijo a su criado: «Llévalo a su madre».

Ahora, no sabemos qué le pasó a este niño –posiblemente una insolación. Era tiempo de cosecha, así que el sol debió estar muy caliente, aún en la mañana. Era ese clima caliente y abrasador. Pero cualquier cosa que haya sido, este padre aparentemente asume que es un problema temporal. Él no se da cuenta de lo serio que es. Se imagina que la madre del niño puede ayudarlo. Así que le dice al siervo: «Llévalo a su madre». En el versículo 20 dice: «Y tomándolo, lo llevó a su madre, y estuvo sentado en sus rodillas hasta el mediodía, y murió».

En tres versículos el mundo de esta mujer se pone patas arriba. Devastación total. Por la mañana ella envía a un niño sano a trabajar con su padre en el campo. El niño llega a la casa antes de la hora del almuerzo quejándose de un dolor de cabeza. Y en un corto período de tiempo, mientras ella sostiene a este niño en su regazo, su hijo exhala su último aliento de vida y se va. En el transcurso de unas pocas horas, todo en el mundo de esta mujer ha cambiado.

Algunas de ustedes han estado allí. Te ha pasado que en un momento todo tu mundo cambia. En un día, antes de que el día haya terminado, antes de la hora del almuerzo, recibes una llamada, te dan una noticia. Puede ser con un niño. Puede ser con un compañero. Tal vez sea una casa en llamas, algo que no esperabas en absoluto que ocurriera cuando te levantaste esa mañana.

Y en este caso, la intensa alegría que esta mujer había experimentado a través de la provisión milagrosa de Dios, esa intensa alegría se ha convertido en una tristeza indescriptible.

Aquí está esta mujer que en un principio era estéril, infértil, pero Dios permitió que ella milagrosamente diera a luz este niño. Ella cría al niño, y ahora ella pierde el niño. Es como hablar de una montaña rusa de emociones en las diferentes estaciones de la vida. Primero estás arriba, y luego estás abajo, y ahora estás arriba, y luego... recibes como un latigazo solo al leer la rapidez con la que todo esto sucede en su vida.

En ese momento, ella ha perdido la alegría de su vida. Y luego, mientras ella piensa en el futuro, si es que siquiera se detiene a pensar en eso en este momento, ella no tiene ninguna esperanza para el futuro, humanamente hablando. Porque la muerte es tan definitiva, y ahora no hay hijo que llevará el nombre de la familia, quién cuidará de ella en su vejez. No sé si todos estos pensamientos se agolpaban en su cabeza en ese momento o si ella ni pensaba... No sabemos lo que estaba pasando por su mente, pero si ella se detuvo a pensar, estas son las cosas que ella hubiera pensado.

Pero también sabía que este niño era el resultado de un milagro. Este niño era un regalo de Dios. Este niño solo podía ser explicado en términos de Dios. Así que, si Dios podía darle un hijo después de años de esterilidad, en algún lugar profundo de su corazón ella sabía que Dios podía devolverle ese niño.

Luego dice en el versículo 21: «Entonces ella subió y lo puso sobre la cama del hombre de Dios, cerró la puerta detrás de él y salió».

Ella puso el cuerpo de este niño en un lugar privado, donde nadie perturbara el cuerpo. Tal vez ella no quiere que nadie sepa que él está muerto. Ella sabe que va a ir a ver el profeta, y no quiere que nadie entierre al niño antes de que ella vuelva, porque en aquella época enterraban rápido los muertos. Al poner a este niño en la cama del profeta, esto también parece ser un acto de fe y un acto de esperanza; de que tal vez el profeta sería capaz de traer de vuelta a la vida a este niño.

Versículo 22: «Luego llamó a su marido y le dijo: Te ruego que me envíes uno de los criados y una de las asnas, para que yo vaya corriendo al hombre de Dios y regrese».

He estado reflexionando sobre este pasaje, casi viviendo en él, lo que, por cierto, es una gran manera de hacer un estudio bíblico. Me he ayudado con comentarios, pero sobre todo, he estado adentrándome en el pasaje y tratando de experimentar lo que vivió esta mujer. Ella toma una acción inmediata y decisiva. No se quiebra ni tiene una crisis. De hecho, ella exhibe, creo yo, un notable autocontrol bajo las circunstancias. Ella no está frenética. Ella tiene su cabeza despejada. Ella determina lo que va a hacer, y lo hace.

En esta crisis creo que aquí hay una mujer que muestra una gran sabiduría y gracia. Lo cual, por cierto, no tendrás en ninguna crisis si no has estado desarrollando la sabiduría y la gracia antes de la crisis. He aquí una mujer que aprendió a tener contentamiento, que aprendió gracia, que aprendió generosidad, que escuchó al hombre de Dios. Ahora todo eso viene a sostenerla en este momento de crisis espantosa en su vida.

Esto no quiere decir que no hay lágrimas. Esto no quiere decir que ella no está afligida y triste y destrozada por la pérdida de este niño, pero no elimina la sabiduría y la gracia de ella. Ella demuestra eso en medio de la crisis.

Un escritor dijo: «La autoposesión es ese estado de ánimo en el que, aunque una persona no puede obstaculizar sus sentimientos, puede gobernarlos».

Creo que eso es lo que vemos que ella está haciendo aquí. Ella tiene los sentimientos. Tú no puedes evitarlos. De hecho, habría algo mal contigo si no tuvieras estas emociones tristes y profundas, en este preciso momento, pero por la gracia de Dios, ella es capaz de gobernar esas emociones para poder hacer lo que hay que hacer en el momento.

Y mientras ella se dirige hacia fuera, pienso en ese pasaje de Hebreos, el capítulo 11, que dice: «Por la fe, Abraham consideró que Dios era capaz incluso de levantar a su hijo de entre los muertos; y por la fe, las mujeres recibieron a sus muertos mediante resurrección».

Si conoces a Dios, si tu esperanza está en Dios, conoces a un Dios de resurrección. Vamos a hablar de eso a medida que continuamos en esta serie. Pero vamos a seguir en la progresión aquí.

En el versículo 23 ella llama a su marido. Y le dice: «Te ruego que me envíes uno de los criados y una de las asnas, para que yo vaya corriendo al hombre de Dios». Y su marido dice, versículo 23: «¿Por qué vas hoy a él? No es luna nueva ni día de reposo».

Así que parece que el padre no sabe que el niño ha muerto, y por cualquier razón, la sunamita no se detiene a decirle a su marido lo que ha pasado. Podemos especular cuáles son esas razones, pero en realidad no sabemos.

Así que el padre dice: «¿Por qué vas hoy a él? No es luna nueva ni día de reposo». Ella y su marido, tal vez, se habían acostumbrado a ir a la casa de Eliseo, a consultarle, a adorar Dios con el profeta, a escucharlo explicar la Palabra de Dios en los días religiosos, los días de descanso, los días de fiestas especiales. Así que ellos estaban acostumbrados a ir allá en días festivos especiales, días santos, días de celebración, para adorar, orar, escuchar al profeta leer y explicar la Palabra de Dios.

Así que él le dice, «hoy no es un día santo. No es un día de fiesta. ¿Por qué vas?» Y todo lo que ella dice es: «Quédate en paz».

Ahora, esa es la palabra hebrea Shalom, paz. Ella no le dice la terrible noticia de que su hijo acaba de morir... solo Shalom, paz. Algunas de las traducciones, algunas de las más antiguas lo traducen como «todo estará bien». Creo que esto podría ser traducido de cualquier manera ya sea –todo está bien o todo estará bien.

De todas formas, es una declaración de fe. El contexto es que ella sabe, ella ama y adora a un Dios que es sabio, que es bueno, que está vivo, que está trabajando y que puede hacer lo imposible. Así que en ese contexto, conociendo ella a ese Dios, ella dice: «Shalom, paz», «todo está bien», «todo estará bien».

Veamos el versículo 24: «Entonces ella aparejó el asna y dijo a su criado: arrea y anda; no detengas el paso por mí a menos que yo te lo diga (he aquí una mujer con una misión, una mujer en un apuro). Y ella fue y llegó al hombre de Dios en el monte Carmelo».

Ahora he leído cosas diferentes sobre este monte Carmelo. Estaba entre quince y treinta millas de distancia, dependiendo del lugar donde te encontraras al ir al monte. Al parecer, es común en el Medio Oriente que el amo, monte en asna (ella estaría, tal vez, montada en el asna) mientras que el siervo caminaría a su lado y «conduciría» el animal.

Así que ella dice: «Arrea y anda; no detengas el paso. Este no es un viaje de placer el que vamos a hacer. No vamos a dar una vuelta el domingo en el parque. Tenemos que llegar rápido».

Ella no le ha dicho a nadie lo que ha pasado. El siervo no sabe nada, al parecer. Su marido no lo sabe. Pero ella lo sabe, y sabe que tiene que llegar a toda prisa a la casa del profeta.

Una vez más, recuerda, ella no está conduciendo un automóvil. Este es un viaje que probablemente va a tomar algunas horas. No sé qué tan rápido van, pero no más rápido que lo que el siervo puede caminar. Así que tienen un par de horas por lo menos, donde ella está meditando y contemplando y pensando en lo que está pasando. Ella está guardando esto para sí misma, al no ser capaz de hablar con nadie sobre lo que está sucediendo.

Pero ella sabe hacia dónde se dirige, y que se dirige al hombre de Dios. Ella sabe que Eliseo es un hombre santo que conoce a Dios, que escucha a Dios, y que habla la palabra de Dios. Ella no sabe qué va a pasar, pero sabe que ella va a ir a donde va a encontrar a alguien que puede decirle lo que Dios dice.

Así que su corazón en medio de esta crisis es ir a donde puede encontrar a Dios. Ahí es hacia donde acudes. Tú no te presentas en última instancia a tu marido. Tú no te presentas en última instancia, a tus amigos. Tú, en última instancia, acudes a Dios. Al ir a la casa de Eliseo, eso es lo que ella está haciendo. Ella está acudiendo a Dios en la crisis porque se ha dado cuenta de que Dios es nuestro pronto auxilio en las tribulaciones en cualquier época de la vida.

Ahora bien, cuando ella está en el peor día de su vida, en el peor momento de su vida, el día en que siente que su corazón ha sido destrozado; ella sabe que el único consuelo que puede encontrar, que la única ayuda que puede encontrar, la única sabiduría que puede encontrar, el único de lo que sea que ella necesite, todo lo que ella puede hacer es ir a Dios y tratar de encontrar todo eso.

Versículo 25: «Y sucedió que cuando el hombre de Dios la vio a lo lejos, dijo a Giezi su criado: He aquí, allá viene la sunamita. Te ruego que corras ahora a su encuentro y le digas: “¿Te va bien a ti? ¿Le va bien a tu marido? ¿Le va bien al niño?”»

Aquí vemos que él está preocupado por ella. Ella obviamente tiene algo en su mente. Ella viene a toda prisa. Es inusual. No era típico que ella viniera a donde él en un día como este. «¿Está todo bien? ¿Estás bien? ¿Tu esposo está bien? ¿Está bien tu hijo?» Y de nuevo, por segunda vez, ella responde, «Shalom». Todo está bien. Todo estará bien.

Ahora, ¿qué quiso ella decir en este contexto? Creo que hay varias cosas que ella pudo haber querido decir, y tal vez más que solo esto.

En primer lugar, ella estaba hablando con Giezi en este punto, quien es el siervo de Eliseo. Ella no está todavía en la casa de Eliseo. Giezi, el sirviente, es quien salió a su encuentro. Creo que tal vez ella no quería abrir su corazón y compartir su necesidad hasta que pudiera llegar al hombre de Dios. Giezi se había quedado en su casa cada vez que Eliseo se había quedado allí, así que ella conocía bien a este hombre. Ella pudo haber sentido que quizás él no tenía o no conocía a Dios de la misma manera que lo conocía Eliseo. Y vemos que esto sale a relucir en este pasaje y también en el próximo capítulo, que no vamos a estudiar en esta serie.

Vemos algunas cualidades en Giezi que no caracterizan a un hombre de Dios. Vemos a un hombre que no tiene el mismo tipo de compasión que Eliseo tiene. Vemos a un hombre que está más motivado por la ganancia personal que por servir y dar. Él no tiene un corazón de siervo. Ella conocía a este hombre, por lo que ella no va a derramar su corazón delante de él, alguien que realmente no conoce a Dios o no tiene el corazón de Dios.

Mientras meditaba en esto ayer en la noche, pensé si cuando le pregunto a alguien, «¿cómo estás?» ¿Están tan convencidos de que conozco a Dios y de que realmente me importa, que tengo un corazón compasivo, que van a estar dispuestos a decirme lo que realmente está en su corazón? ¿O son más propensos a decirme simplemente: Bien. Estoy bien?

Me pregunto cuántas personas me dicen cuando pregunto: «¿Cómo estás?», y me dicen, «estoy bien». No es porque estén bien, sino porque ellos no creen que realmente me importa, o tal vez ellos no saben que voy a tomarme el tiempo para escucharlos, para preocuparme por ellos, o tal vez que simplemente no sienten que realmente conozco a Dios de una manera que va a ministrarles en ese momento de necesidad.

Esa puede ser una razón por la que ella le dice a Giezi: «Todo está bien». Ella pudo haber querido decir que estaba expresando una aceptación y una entrega a la voluntad de Dios. Ella pudo haber querido decir que estaba aceptando y rindiéndose a la voluntad de Dios. «El Señor dio, el Señor quitó, todo lo que Dios hace es bueno».

Ahora, decir: «Todo está bien» en ese sentido no es pretender que no hay dolor, que no hay ningún daño, que no hay ninguna pérdida, que no hay angustia, sino reconocer que en medio de la tragedia, cuando todo su mundo se está cayendo a pedazos, «todo está bien, todavía».

Ahora, decir que «todo estará bien» (lo cual es una posible traducción) puede indicar que ella tenía fe y confianza en que Dios podía todavía intervenir y que todo estaría bien. De todos modos, si lo hizo o no, ella debía tener confianza en la providencia de Dios, aun incluso mientras su corazón estaba rompiéndose. Así que, ella dice: «Todo está bien». «Todo va a estar bien».

Matthew Henry comenta sobre este pasaje: «Cuando Dios llama a nuestras relaciones más queridas a la muerte, esto nos reviste de una tranquilidad que nos lleva a decir: «Está bien tanto con nosotros como con ellos». Es así, porque todo lo que Dios hace está bien; todo está bien con los que se han ido, si ellos han ido al cielo; y todo está bien con nosotros que nos quedamos atrás, si por la aflicción estamos avanzando en nuestro camino hacia allá.

Si somos acercadas al cielo por la aflicción de Dios, en ese proceso en nuestras vidas, entonces todo está bien.

Recibí un correo electrónico de una amiga hace poco, quien tiene un hijo pródigo que está fuera en un país lejano, y esta amiga ha estado orando conmigo a medida que he estado trabajando en esta serie sobre la sunamita.

Ella dice: «Estoy pensando en mi vida... pensando en la sunamita. Dos veces dijo: «Está bien. Todo está bien». Bueno, no todo estaba bien. ¿Por qué ella dijo eso? Ella lo dijo a causa de su fe y de su profunda confianza en un Dios que conocía de una manera íntima. Me la imagino cantando con un sentimiento profundo y sincero, «estoy bien con mi Dios».

Y luego ella me envió en ese correo electrónico el enlace a una canción de Navidad llamada, Todo está bien. Ella dijo: «He llegado a amar esta canción. Dios da la gracia para cantar, incluso en medio de las pruebas, desilusiones y del dolor en el corazón».

Luego ella firmó: «Descansando», y puso su nombre.

No sé dónde Dios te encuentre hoy o donde Él te puede encontrar mañana o en algún área muy importante de tu vida con un hijo, con un compañero, o con una situación en tu vida, una circunstancia sobre la que no tienes control, donde tu mundo de repente toma un giro repentino y todo parece desastroso.

La pregunta es: ¿Conoces tú a Dios de tal manera, que incluso a través de tus lágrimas puedes levantar los ojos y decir: «Todo aún está bien, y todo estará bien»? Ella dijo eso antes de escuchar el final de la historia, antes de ver toda la historia... todo iba a estar bien. Independientemente de si Dios invierte tus circunstancias o no, si tú estás en Su mano y le perteneces, entonces todo está realmente bien, y todo estará bien.

Annamarie: En medio de tu aflicción, ¿puedes decir «todo está bien»? Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado hablando acerca del ejemplo que tenemos en la mujer sunamita. ¿Está tu confianza en Dios o en cosas que te pueden ser quitadas? ¿Estás desarrollando gracia y sabiduría que te sostengan en los momentos de crisis?

Una forma en la que desarrollas el tipo de actitud de la que has escuchado hoy, es haciendo de la gratitud parte de tu vida. Nancy te explica cómo puedes desarrollar un corazón agradecido en su libro, «Sea agradecido: el camino al gozo». Encuentra el enlace a este recurso en la transcripción de este programa, en AvivaNuestrosCorazones.com

Y en la continuación de esta serie titulada, «Un nuevo aliento de vida», escucharás dónde puedes traer tus necesidades y dificultades más profundas, así que asegúrate de acompañarnos para el próximo programa de Aviva Nuestros Corazones.

Adornando el evangelio juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

Acerca del orador

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a …

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