Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Un tiempo terriblemente corto

Annamarie Sauter: Tenemos una tendencia natural a pensar que Dios debe ser lo que creemos que Él debería ser.

Rachel Barkey: Los peores momentos de cada día son cuando me despierto, los momentos cuando acabo de salir de un sueño profundo y me doy cuenta de la hora que es, del día que es, y luego recuerdo que estoy muriendo.

Mi frustración e ira son normales. Incluso están bien…algunos dirían. Pero desde su raíz, son incredulidad. Es mi corazón pecador diciendo, «no creo que esto sea lo correcto para mí, Dios. No sabes lo que estás haciendo, y si lo haces, entonces no eres bueno».

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

A lo largo de los últimos meses nos hemos visto forzadas a lidiar con la sobria realidad de que el tiempo es corto, especialmente cuando escuchamos sobre tantas muertes en las noticias. En días como estos es importante que renovemos nuestra visión de Dios. Hoy queremos compartir contigo un mensaje que te ayudará a hacer precisamente eso.

Nancy DeMoss Wolgemuth: En una ocasión, una mujer llamada Rachel Barkey, se dirigió a un grupo de cientos de mujeres en un evento patrocinado por su iglesia. Rachel nunca se había considerado a sí misma como alguien capaz de hablar en público. De hecho, le daba miedo pararse frente a multitudes, pero en ese día, esta joven esposa y madre, tuvo mucho que decir sobre el regalo de la vida y la realidad de la muerte. 

¡Me conmoví tanto cuando escuché su mensaje! Fue poderoso, aleccionador, realista y un recordatorio de esperanza de una mujer que estaba en la última etapa de su vida. 

Escuchemos a Rachel Barkey.

Rachel: Aunque hay muchos, muchos rostros conocidos entre ustedes, la mayoría no me conoce, pero puedo deducir que la mayoría sabe que estoy muriendo.

Hace seis semanas me dieron la noticia de que mi hígado y mis huesos están llenos de cáncer. Justo la semana pasada me enteré que se expandió a mi cráneo, incluso hoy fui a hacerme una IRM (Imagen por Resonancia Magnética) para ver si se había expandido a mi cerebro. Las estimaciones varían, pero excepto por un milagro, es probable que no esté aquí en 6 a 8 semanas o 42 a 126 días. Suena como mucho tiempo cuando estás esperando la Navidad o un paquete que viene retrasado, pero cuando es el tiempo que te queda para acurrucarte con tus hijos o pasar tiempo con tu esposo, es terriblemente, terriblemente corto. 

El cáncer ha sido una gran parte de mi vida por varios años ya. 

Fui diagnosticada con cáncer de mama hace 5 años. Quinn, nuestro hijo, solo tenía dos años, y Kate, nuestra hija, solo tenía siete meses. Yo apenas estaba empezando a dejar de amamantar, cuando encontré el bulto. Siempre me pregunté cómo sabría uno cuando era un bulto, pero cuando lo encontré, lo supe. 

A causa de mi edad, tenía 32 años, las cosas pasaron bastante rápido. Tuve una mastectomía parcial a las dos semanas y luego empecé seis rondas de la desagradable quimioterapia.

Justo después de terminar la quimio, tuve otra cirugía, esta vez una mastectomía bilateral –remoción de ambos senos– y reconstrucción. Unos meses después, descubrí que mi cáncer era genético, y opté por la eliminación de mis ovarios con intención de prevenir que el cáncer se volviera a desarrollar.

He tomado medicamentos todos los días desde hace 4 años para reducir las posibilidades de reaparición. 

En poco tiempo hice todo lo que pude y aún más de lo que mis doctores recomendaban para evitar la situación en la que me encuentro hoy en día. Pero por alguna razón, lo que me molestó fue el hecho de que de repente todos me definían por mi cáncer. Yo era sobreviviente de cáncer, lo soy. Bueno, lo era. Pero el cáncer no me define. Tampoco me define ser esposa o madre.

Todas estas cosas son parte de quien soy, pero no me definen. Lo que me define es mi relación con Jesús, y por eso estoy aquí esta noche, para decirles por qué Jesús me define, para decirles lo que he aprendido sobre lo que es en verdad importante en la vida, para compartir las cuatro cosas, los cuatro principios que han ayudado a moldearme en quien soy hoy y me dan esperanza.

He derramado muchas lágrimas en las últimas semanas mientras me aflijo en la realidad de mi muerte, y no tardaré en derramar muchas más. Pero en mi tristeza, hay una profunda y duradera paz y esperanza, una paz y esperanza que quisiera que ustedes tuvieran también.

Así que aquí están las cosas que he aprendido, las verdades importantes que quiero que mis hijos sepan:

  • Conozcan a Dios
  • Conózcanse a ustedes mismas 
  • Conozcan el evangelio 
  • Conozcan su propósito 

En Romanos 12 versículo 2, dice: 

«Y no adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto».

Antes de que vayamos más lejos, quiero establecer algo como punto de inicio. Voy a citar de la Biblia, y lo haré porque pienso que es la Palabra de Dios para ti y para mí, porque tan encantadora como quiero pensar que soy, lo que yo digo significa poco, pero lo que Dios dice significa todo. Así que aquí vamos.

Lo primero que he aprendido: Conocer a Dios 

Ahora, cuando Neal y yo nos acabábamos de casar, vivíamos en el centro de Vancouver y muchas tardes salíamos a caminar en Robson Street. Claro, de todos los lugares de Vancouver donde es probable encontrarse con una celebridad, es Robson Street. A Neal le gusta molestarme porque a menudo pienso que estoy viendo a una persona famosa cuando la realidad es que no.

El punto es: Había un hombre que veía a menudo y era igualito a Tom Selleck. ¿Lo recuerdan—Magnum, P.I.? Como sea, este hombre se veía exactamente como él. Era alto como Tom Selleck, tenía el bigote grueso como Tom Selleck. Un día, nosotros –Tom y yo– estábamos parados en la fila de la tienda London Drugs, y lo miré bien. Todavía pensé que era él, y luego lo oí hablar y no era él.

Usualmente hacemos esto con las personas, ¿no? Por otro lado, conozco a mi esposo Neal. Sé lo que es importante para él. Sé lo que le gusta y lo que no. Conozco su carácter. Conozco sus fuerzas, las cuales son muchas, y sus debilidades, las cuales son pocas. Lo conozco porque quiero conocerlo. Paso tiempo con él, lo observo, le hago preguntas.

Hay una tendencia natural entre nosotros de intentar hacer de Dios lo que pensamos que Él es o lo que pensamos que Él debería ser. Si todo está bien en nuestro mundo, nuestra visión de Dios es indiscutible. Él es bueno, Él es amoroso, Él es justo. Pero cuando las cosas empiezan a torcerse, ahí es cuando nuestra visión verdadera de Dios es revelada.

Pensamos que Dios no es bueno o que Él es injusto o que Él no está en control porque los huracanes destruyen ciudades enteras. Los niños son maltratados y abusados. Hay guerras y gente inocente muere, o mujeres que tienen cáncer y mueren, dejando a sus hijos sin una madre y los corazones de sus esposos rotos. Tratamos de acoplar a Dios a lo que queremos que Él sea en vez de buscarlo por quien Él realmente es.

Como alguien me dijo recientemente, «Rachel, no creo en tu Dios. No creo en un Dios que dejará que esto pase». El problema es que solo hay un Dios, y no podemos hacer que sea como queremos que Él sea. Él es quien Él es.

En su libro, Hecho a Su imagen, Steve Lawson concuerda diciendo: «Cuando perdemos la visión correcta de Dios, todo lo demás sale de perspectiva». Esencialmente, nuestra visión de Dios informará nuestra visión de todo lo demás. Será el lente a través del cual percibimos la realidad, y moldeará nuestros pensamientos, visión del mundo, actitudes y percepciones.

Dios se ha revelado a nosotros para que podamos conocerlo, y Él ha hecho esto de dos formas: Se ha revelado a través de la naturaleza, el Salmo 19 dice:

«Los cielos proclaman la obra de Dios; el firmamento revela la obra de sus manos. Un día se lo cuenta al otro día, una noche le enseña a otra noche. Sin palabras, sin sonidos, sin que se escuche una sola voz, su mensaje recorre toda la tierra, y llega al último rincón del mundo» (Salmo 19:1-4).

Toda la naturaleza habla del gran Dios.

Siempre me río cuando leo las noticias o cuando una nueva especie de animal es descubierta o algún científico muestra de nuevo, cuán complejo y asombroso es nuestro mundo. Pensamos que lo sabemos todo cuando en realidad sabemos muy poco. 

Justo como el arte es una reflexión del artista, la naturaleza es reflejo de su creador. Así que Dios se ha revelado a sí mismo en la naturaleza.

También se ha revelado a través de Jesús. El libro de Juan comienza así, hablando de Jesús:

«En el principio ya existía la palabra (Jesús), y la palabra estaba con Dios, y Dios mismo era la palabra. En el principio, la palabra estaba con Dios. Por ella fueron hechas todas las cosas. Sin ella nada fue hecho de lo que ha sido hecho. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad» (Juan 1:1-4).

Y en Hebreos 1:

«En estos días finales nos ha hablado por medio de Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y mediante el cual hizo el universo. Él es el resplandor de la gloria de Dios. Es la imagen misma de lo que Dios es. Él es quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder. Después de llevar a cabo la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la derecha de la Majestad, en las alturas» (vv. 2 y 3).

Ese es Jesús. Jesús es Dios. 

Cuando aprendemos sobre Jesús, estamos aprendiendo sobre quién es Dios. La Biblia completa apunta hacia Jesús y nos enseña quién es Dios.

Dios, por supuesto, tiene muchas características, pero la que voy a mencionar aquí abarca muchas otras y lo describe a Él y solo a Él. Él es santo.

Charles Dodge, teólogo de Princeton lo define diciendo:

La santidad de Dios no es solo concebida como un atributo entre otros. Es un término general representando la concepción de la consumada perfección de Dios y su completa Gloria. Es Su infinita perfección moral coronando Su infinita inteligencia y Su infinito poder.

Esto es para decir que Él es perfecto, y que porque Él es perfección moral, Él es diferente a nosotros porque ninguno de nosotros—sin importar cuanto nos ofrezcamos de voluntarios, o cuanto damos en la oficina, o cuanto sacrificamos por nuestros hijos, o cuánto nos convencemos de que somos buenos diciendo, «bueno, yo soy buena gente porque nunca he matado a nadie»; ninguno de nosotros puede reclamar perfección moral ni mucho menos inteligencia y poder infinitos.

Lo cual me lleva a mi siguiente punto: Conózcanse a ustedes mismas.

Aquí es donde espero que me permitan algunos minutos para quejarme. Mi intención es que sea una queja cortés, pero seguirá siendo una queja.

Todos tenemos cosas que nos fastidian, y las mías las conoce la gente cercana a mí. Soy muy delicada sobre los aromas, así que la gente que se empapa en perfume y colonia no es mi favorita. Así que soy delicada con los aromas.

Otros fastidios: En verdad tengo que morder mi lengua cuando recibo mal servicio al cliente. Cuando alguien en la industria de servicio no piensa, es perezoso, o simplemente rudo, todo en mí quiere decirles en su cara: «Gente, este es su trabajo».

Pero mi fastidio actual, el que hace que me queje, es la mentira de la autoestima, ¡está en todos lados! Pero lo que me causa más angustia es cuán presente está hoy en la iglesia.

La mentira de la autoestima es esta: Si yo creo que soy lo suficientemente buena, o que valgo lo suficiente, estaré contenta.

  • En el mundo secular, suena así: Cree en ti misma. Te lo mereces. Aprende a amarte a ti misma.
  • En el mundo cristiano, suena así: Si solo crees que eres amada por Dios, serás feliz o acéptate porque Dios ya te ha aceptado.

Ambas suenan bastante bien, en verdad. Nada mal con eso —¿cierto? Pero lo hay. ¿Lo oyes? Yo, yo, yo. La mentira de la autoestima es que tengo que hacer algo. Tengo que creer en algo, o tengo que aceptar algo a fin de estar feliz o completa.

Mucha gente me ha preguntado últimamente: «¿Por qué Dios te apartaría de tu familia cuando un asesino o secuestrador vive una larga vida?»

La suposición implícita ahí es que yo soy una buena persona y merezco algo mejor. Pero yo no soy una buena persona y no merezco algo mejor. Tengan paciencia conmigo mientras explico.

He hecho cosas malas, igual que todos. Cierto, no he matado a nadie, pero he hecho cosas que están mal. En Romanos 3:23, dice: «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios».

Sé que si yo no soy alabada o evito el castigo por hacer cosas buenas, elegiría gastar todo mi dinero en mí. Tomaría decisiones sobre cómo gastar todo mi tiempo y actividades alrededor de lo que es mejor para mí. Isaías 53:6 confirma esto: «todos perderemos el rumbo como ovejas, y cada uno tomará su propio camino». 

Lo triste es que la cultura nos dice que esto es algo bueno. «Puedes hacer lo que tú quieras si eso te hace feliz». Y a veces, pero no siempre, lanzamos la advertencia, «y no lastimas a nadie».

Dejadas a nuestras propias disposiciones, nuestra naturaleza pecadora no puede evitar expresarse. Claro, intentamos hacer lo correcto, pero hacer lo correcto por fuera no cambia lo interior. Nuestros corazones siguen iguales. Sé honesta contigo misma. Nuestra tendencia natural es no hacer las cosas buenas.

Usaré a mis hijos como ejemplo. Desde el último otoño he pensado que en verdad debo ser una mejor madre. La mayoría de ustedes que me conocen dirían, «siempre eres tan buena con tus hijos». No es cierto. Pregúntenles. Me doy cuenta que les digo, «no», muchísimas veces, y luego, cuando lo analizo, me doy cuenta de que estaba diciendo, «no» porque no me convenía a mí.

  • No quiero que salten en la cama porque eso significaría que tendría que arreglar las sábanas otra vez.
  • No quiero darles un bocadillo porque significaría parar de leer mis emails para dárselo.
  • No quiero hacer esa manualidad ahora porque significaría otro desorden que yo tendría que limpiar.

¿Lo oyen? Yo, yo, yo. Y ahora que sé que los días que me quedan con ellos son pocos, les digo, «sí», más a menudo.

Es una diferencia sutil, pero es una que les aliento a que escuchen porque el enfoque de la vida es muy seguido nosotras mismas cuando debería de ser Dios, y esto es la esencia del pecado.

Ya estoy incapacitada de estar fuera de cama por más de unas cuantas horas al día. Esta tarde requirió un día entero en cama, lo cual fue interrumpido por el hecho de que tuve que ir a hacerme la resonancia magnética, y muchos medicamentos para hacer posible para mí el poder estar aquí parada justo ahora, y eso me frustra.

El otro día Kate me pidió que la cargara. Ella tiene cinco años. Esto no pasa muy seguido por el mero hecho de que ella es simplemente muy grande. Pero ahí estaba ella, parada frente a mí con sus brazos abiertos preguntando, «mami, ¿puedes cargarme, por favor?» Pensé, esperé que ella estuviera pidiendo otra cosa, algo que yo pudiera hacer, porque no podía cargarla. Debía decirle eso porque si lo hacía, los huesos de mi espalda, los cuales están acribillados de cáncer, son tan débiles que colapsarían sobre mi columna vertebral. Comprensiblemente, me puse muy enojada y frustrada. Clamo contra el hecho de que no puedo hacer lo que quiero.

Los peores momentos de cada día son cuando me despierto, los momentos cuando acabo de salir de un sueño profundo y me doy cuenta de la hora que es, del día que es, y luego recuerdo que estoy muriendo.

Mi frustración e ira son normales. Incluso están bien—algunos dirían. Pero desde su raíz, son incredulidad. Es mi corazón pecador diciendo, «no creo que esto sea lo correcto para mí, Dios. No sabes lo que estás haciendo, y si lo haces, entonces no eres bueno».

Eso es lo que mi corazón naturalmente dice, y lo que el tuyo dice, también, cuando enfrentamos circunstancias que no nos gustan—cuando alguien en nuestro trabajo hace las cosas difíciles, cuando alguien en nuestra familia no hace lo que quisiéramos que hagan, cuando los accidentes, desastres naturales, o enfermedades, suceden. Pero Dios es bueno. Dios tiene el control. Él es justo. Cuando intento hacerlo un Dios que me sirva a mí, peco. Nuestra inclinación natural es el pecado y es nuestro más grande problema.

Nancy: En este mensaje, Rachel Barkey nos deja ver cómo el enfoque que tenemos de la vida es, muy a menudo, nosotras mismas… Pero nuestro enfoque debe ser Dios, porque esta tendencia a centrarnos en nosotras mismas es la esencia del pecado.

Rachel se dio cuenta de que su mayor problema no era su cáncer—era su pecado. Y la Escritura tiene buenas noticias para los pecadores, se llama evangelio. Después de llevar una vida sin pecado, Jesús fue a la cruz. Él tomó el castigo por tus pecados y los míos, y nos ofrece su perdón. Si nunca le has pedido que perdone tus pecados, ¡hoy es el día aceptable, hoy es el día de salvación!, ¿lo harías hoy?

Oh Señor, has hablado a nuestros corazones. Entre quienes nos escuchan hay algunas que no han conocido tu perdón porque no han venido a arrepentimiento, no han puesto su fe en Jesucristo; no saben dónde estarán cuando estén frente a Ti después de la muerte, dónde estarán por la eternidad.

Oro para que hoy sea el día de salvación, que muchas se den cuenta de que no pueden salvarse a sí mismas, pero que Tú sí puedes salvarlas. Oro que les des vida eterna a través de Cristo Jesús, nuestro Señor, en Su nombre. Amén.

Annamarie: Amén. 

Sabes, nuestra visión de Dios es el lente a través del cual percibimos la realidad, y moldeará nuestros pensamientos, nuestra visión del mundo, nuestras actitudes y nuestras percepciones. Si todo está bien, nuestra visión de Dios es indiscutible; Él es bueno, es amoroso y es justo. Pero cuando las cosas empiezan a torcerse, ahí es cuando nuestra visión verdadera de Dios es revelada. 

Y para conocerle como Él es tenemos a Jesús, y la Biblia completa apunta hacia Él. Una mujer que aceptó el Reto Mujer Verdadera 365, a través del cual estamos leyendo la Biblia de tapa a tapa nuevamente este año 2021, nos cuenta cómo al conocer a Dios de manera más profunda a través de Su Palabra, su relación con Cristo, su oración y su crecimiento en la fe han sido transformados. 

Escucha el testimonio de Lissa.

Lissa Veras: «El reto de Mujer Verdadera 365 me ha transformado. Lo he podido percibir en muchos aspectos de mi vida, pero sobre todo he visto un cambio significativo en mi relación con Cristo, en mi oración y en mi crecimiento en la fe. 

En mis 43 años, yo nunca había leído la Biblia completa. Conocía versículos y había estudiado alguno que otro libro en particular, pero nunca la había escudriñado de tapa a tapa.

Yo acepté el reto desde el día 1. Recuerdo haber orado y decirle al Señor que sabía que sería muy retador pero que yo venía, delante de Él, con un corazón dispuesto a hacerlo y que sería intencional en cumplirlo. Ese día le pedí que me ayudara porque yo quería conocerlo de manera más profunda y sabía que eso solo lo podría hacer a través de Su Palabra.

Empecé a leer el primer capítulo de Génesis y ya no pude parar. La comprensión y el conocimiento me hacían estar más llena del Espíritu y esperaba expectante al día siguiente para continuar.

Además de que ha sido una gran bendición, también puedo decir que ha sido una gran aventura. Yo decía amar a Dios, pero no le conocía lo suficiente. Ahora, puedo afirmar como dice Job 42: 5: «He sabido de Ti solo de oídas, pero ahora mis ojos te ven». 

Por otro lado, mi conocimiento de Dios es un antes y un después. No puedo negar que fue un gran reto, ya que tengo dos niños pequeños. Además, con la pandemia, llegó un momento en que me vi en casa con los niños; haciendo de esposa, ama de casa, mamá y profesora a la vez. Sin embargo, Su gracia me permitió continuar, me sostuvo durante todo este año y me permitió llegar hasta el final.

Igualmente, a medida que profundizaba en Su Palabra, podía utilizar y compartir la misma para ministrar a otras hermanas que estaban o están pasando por diferentes situaciones. Tenía la sensación de que cada día que hacía las lecturas asignadas y leía la reflexión, Dios me hablaba de una manera especial. Recuerdo que, para marzo, estábamos pasando por momentos de dificultad en mi familia y las lecturas de ese momento me sostuvieron y me llenaron de infinita paz. De hecho, hay un versículo que aprendí y que ha sido mi sostén desde ese momento y es el Salmo 56:3: «El día en que temo, yo en Ti confío». 

Durante todo este tiempo, mientras el mundo estaba de cabeza por la pandemia, yo me sentía segura y con mucha paz. Al final del reto, no solo pude tener un entendimiento más profundo de Dios, sino que me ayudó a conocerme a mí. Pude ver mi pequeñez frente a un Dios tan grande. Además, estoy más clara de dónde me sacó Dios y hacia dónde me lleva. 

Lo aprendido a través de este reto me motiva a continuar creciendo en el conocimiento de Su Palabra, a compartirla con otras hermanas y a vivir una vida que agrade a Cristo». 

Annamarie: Es muy edificante ver la obra de Dios a través de Su Palabra. Lissa es un hermoso ejemplo de cómo somos transformadas en nuestro entendimiento a través de nuestra intimidad con Cristo, por el poder de Su Espíritu.

Bueno, mañana escucharás la segunda parte del mensaje de Rachel. Sé que serás retada e inspirada mientras ella comparte con nosotras cómo confió en Dios para terminar bien la carrera. Te esperamos mañana aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Aprendiendo a confiar en Dios juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

La lectura bíblica para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Deuteronomio capítulos 8 al 10.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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