Escritora invitada: Yeimy de Robainas

¿Alguna vez has estado profundamente angustiada por algo que el Señor no te ha concedido?

¿Has sentido desánimo al orar una y otra vez sin ver la respuesta que esperas?

¿Te has visto tentada a dejar de orar?

Yo puedo identificarme con esas preguntas.

Después de casarnos, mi esposo y yo anhelábamos tener un hijo. Comenzamos esa etapa con ilusión, pensando que llegaría pronto. En nuestra mente, sería algo sencillo: pedirlo y recibirlo sin demora. Pero no fue así. La espera duró dos años.

Fue una temporada que probó mi paciencia y expuso algo más profundo en mi corazón: mi deseo de control. Luché por mantener la esperanza, pero también enfrenté la posibilidad de que la respuesta de Dios fuera un «no».

En medio de la incertidumbre, el Señor nos mostró algo que muchas veces preferimos ignorar: no tenemos control sobre nada. Él es el Dador de la vida, el Sustentador de todo, y Aquel que gobierna cada detalle.

Por gracia, Su respuesta fue un «sí». Hoy tenemos a nuestro hijo Samuel. Y sí, lo llamamos así por la historia bíblica que encontramos en 1 Samuel 1–2.

Pero esta historia no se trata solo de una respuesta concedida. Se trata de un Dios que forma el corazón de quienes esperan en Él.

La fe no elimina el dolor

Ana tenía un anhelo legítimo, quería un hijo. Y su dolor era profundo. La Escritura dice que lloraba amargamente delante del Señor.

Nuestra fe no cancela el dolor. Vivimos en un mundo caído, y nuestros anhelos insatisfechos duelen.

El problema no es desear algo. El problema es cuando ese deseo se convierte en una exigencia. Cuando eso sucede, dejamos de confiar en Dios y comenzamos a exigirle. Quitamos a Dios del trono de nuestro corazón y colocamos allí aquello que deseamos.

Tal vez hoy tú estás ahí; con una oración sin respuesta, con un anhelo que parece no cumplirse, con una esperanza que se debilita. Pero hay algo que necesitas recordar: Dios no ha cambiado. Él sigue en Su trono. Y hay un lugar seguro para llevar tu dolor.

Lleva tu corazón al lugar correcto

Ana hizo algo profundamente correcto, llevó su dolor a Dios. Ella no disimuló su angustia. No la maquilló con frases espirituales. La Escritura dice que derramó su alma delante del Señor. Y esa es una de las expresiones más honestas de la vida de oración.

Muchas veces buscamos primero soluciones humanas, consejo inmediato o distracciones. Pero el llamado de Dios es claro: «Busquen Mi rostro» (Sal. 27:8a).

Derramar el corazón delante de Dios es venir con todo lo que hay dentro de nosotras: el dolor, la confusión, las preguntas, la desesperanza… y sí, también el anhelo de que Él actúe. Dios ya lo sabe todo, pero le agrada que nos acerquemos a Él con sinceridad.

«Derramen su corazón delante de Él; Dios es nuestro refugio». -Salmo 62:8b

Él no es un Dios distante. Es un Refugio cercano.

Ora con rendición, no con exigencia

Ana no exigió. No manipuló. No decretó. Oró con humildad y dependencia total de Dios: «Si te dignas mirar la aflicción de Tu sierva…». -1 Samuel 1:11b

Esa oración revela un corazón rendido.

Muchas veces nuestras oraciones están centradas en nosotras; en lo que queremos, en nuestros tiempos, en nuestras prioridades. Pero Jesús nos enseñó algo distinto, permanecer en Él y alinear nuestros deseos con Su voluntad (Jn. 15:7).

No se trata de orar menos, sino de orar mejor; de pasar de:

«Señor, haz lo que yo quiero» a

«Señor, haz Tu voluntad en mí».

Porque la oración no es un medio para controlar a Dios, sino un medio por el cual Dios transforma nuestro corazón.

Dios escucha… y responde según Su voluntad

Dios escuchó a Ana y le concedió un hijo, pero necesitamos tener claridad que la historia de Ana no es una garantía de que Dios siempre responderá como nosotras queremos. Lo que sí es una garantía es que Dios escucha, responde y siempre hace lo mejor.

Jesús mismo nos anima a orar con perseverancia (Lc. 11:9–10), pero esa perseverancia no es para torcer la voluntad de Dios, sino para depender de ella.

A veces Su respuesta será «sí», otras veces será «espera» y en ocasiones será «no». Pero en todas ellas, Su gracia es suficiente.

Alabanza y acción de gracias.

Ana pensaba en un hijo. Dios estaba levantando a un profeta. Samuel no solo fue la respuesta a una oración personal. Fue parte del plan redentor de Dios para Su pueblo.

Esto nos recuerda algo importante, y es que nuestras oraciones están conectadas con un plan mucho más grande de lo que podemos ver. Dios no solo está respondiendo peticiones. Está escribiendo una historia. Y en Su gracia, nos permite participar en ella.

La historia de Ana no termina con su petición, termina con adoración. En 1 Samuel 2, vemos a una mujer transformada. Ya no dominada por la angustia, sino llena de gozo en Dios. Y su cántico apunta más allá de su experiencia, apunta al carácter de Dios y finalmente, apunta a Cristo.

De manera similar, en Lucas 1, María eleva el Magnificat al reconocer que Dios ha enviado al Salvador prometido. Porque al final, la respuesta más grande de Dios no es una circunstancia cambiada, es Cristo. En Él encontramos lo que ningún anhelo terrenal puede satisfacer: perdón, vida, esperanza y plenitud eterna.

Tal vez hoy sigues esperando, sigues orando por lo mismo. No dejes de hacerlo. Sigue viniendo a Dios, derramando tu corazón, confiando en Él. Y mientras esperas, adórale. Porque aun en el silencio, en la espera, aun cuando la respuesta no es la que deseas. Dios sigue siendo bueno, fiel y sigue siendo suficiente.

No dejes de orar.

Ayúdanos a llegar a otras

Como ministerio nos esforzamos por hacer publicaciones de calidad que te ayuden a caminar con Cristo. Si hoy la autora te ha ayudado o motivado, ¿considerarías hacer una donación para apoyar nuestro blog de Mujer Verdadera?

Donar $3

Sobre el autor

No Photo Avaible for Escritora Invitada

Escritora Invitada

En Aviva Nuestros Corazones contamos con algunos invitados especiales para compartir sobre temas de la vida cristiana y lo que Dios está haciendo en sus vidas.

Únete a la conversación