El día de hoy comenzamos nuestra lectura de la primera de dos cartas que el apóstol Pablo escribió a quien fuera un joven ministro: Timoteo era hijo de padre griego y de una madre judía creyente llamada Eunice. Su abuela, Loida, también había puesto su fe en Cristo y dejó una profunda influencia espiritual en su vida.
Como leemos en la introducción de esta carta escrita por Sugel Michelén en la «Biblia Mujer Verdadera», Pablo, como un padre espiritual, sentía un afecto muy profundo por Timoteo, a quien instruyó constantemente y le encargó misiones importantes en medio de la iglesia. Lo envió a Éfeso para poner orden en algunos temas de la iglesia ahí y para hablar la verdad del evangelio, pues había falsos maestros que estaban desviando a la iglesia. Estos maestros promovían especulaciones, genealogías y discusiones inútiles en lugar de enseñar el verdadero evangelio. Era indispensable que …
El día de hoy comenzamos nuestra lectura de la primera de dos cartas que el apóstol Pablo escribió a quien fuera un joven ministro: Timoteo era hijo de padre griego y de una madre judía creyente llamada Eunice. Su abuela, Loida, también había puesto su fe en Cristo y dejó una profunda influencia espiritual en su vida.
Como leemos en la introducción de esta carta escrita por Sugel Michelén en la «Biblia Mujer Verdadera», Pablo, como un padre espiritual, sentía un afecto muy profundo por Timoteo, a quien instruyó constantemente y le encargó misiones importantes en medio de la iglesia. Lo envió a Éfeso para poner orden en algunos temas de la iglesia ahí y para hablar la verdad del evangelio, pues había falsos maestros que estaban desviando a la iglesia. Estos maestros promovían especulaciones, genealogías y discusiones inútiles en lugar de enseñar el verdadero evangelio. Era indispensable que Timoteo confrontara ese error para preservar la sana doctrina, pues aquellos maestros estaban sustituyendo el evangelio por una religión centrada en el hombre.
La responsabilidad de proteger la sana doctrina
Así que, después de hacer su familiar saludo de sus cartas, el apóstol le enfatiza a Timoteo la misión para la cual lo había dejado en Éfeso: instruir a quienes estaban enseñando «doctrinas extrañas». Además de que estos hombres no eran maestros, no estaban enseñando el verdadero evangelio, y a eso añadían, según explican los eruditos de la Biblia, historias fantasiosas que eran fabricadas a partir de elementos del judaísmo. Estas historias pretendían dar interpretaciones ficticias de las genealogías del Antiguo Testamento. No tenemos mucha información de cómo eso se veía realmente, pero indudablemente estaban centrando la salvación en el hombre y su criterio carnal y humano, y no en el plan salvador de Dios por medio de la fe.
Pablo le encarga esto a Timoteo no para que ellos simplemente eliminaran lo falso de su sistema de creencias y entonces adquirieran otro conocimiento, sino que el objetivo de la sana doctrina era producir creyentes verdaderos que aman a Dios, cuyo amor nace de un corazón limpio, que ha sido lavado por un arrepentimiento verdadero y la fe en el sacrificio de Cristo; de una buena conciencia, que tiene cuentas claras con Dios y los demás; y una fe sincera en Cristo como el único y suficiente Salvador.
Y esta sigue siendo la realidad hoy, por eso debemos estar atentas y filtrar las enseñanzas por la Palabra de Dios, y no el razonamiento humano; por eso la iglesia siempre necesitará proteger la verdad de las Escrituras. Es necesario recordar que la sana doctrina transforma el corazón y produce una vida piadosa; en tanto, la falsa enseñanza produce orgullo, discusiones y especulación.
Quienes se habían desviado habían caído en la vana palabrería, sin edificación, sin fruto espiritual. Se decían maestros de la Ley, pero no entendían que la Ley no fue dada para salvar, sino para revelar el pecado y la voluntad santa de Dios para Sus hijos, mostrando la necesidad de un Salvador y así conducir al hombre a Cristo.
El testimonio de Pablo demuestra el poder del evangelio
Después de hablar de la sana doctrina, Pablo utiliza su propia vida como la mejor evidencia del poder transformador del evangelio. Él reconoce que fue blasfemo, perseguidor y violento, pero precisamente por eso su conversión demuestra que nadie está fuera del alcance de la misericordia de Cristo. No había nada en el pasado de Pablo que mereciera exaltación alguna, sino únicamente la gracia de Dios que había recibido al ser detenido por la mano de Dios de su camino de perdición; porque aun siendo instruido por uno de los más grandes maestros de la Ley, él era parte de quienes habían caído en las falsas enseñanzas tratando de ganarse su salvación.
Y entonces viene, en el versículo 15, una de las declaraciones más claras del evangelio en todo el Nuevo Testamento:
«Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero».
Pablo, aun siendo apóstol, sigue reconociéndose completamente dependiente de la gracia. Y tú y yo, hermana, debemos reconocernos de la misma manera, necesitadas de esa misericordia y gracia de Dios; aun después de haber recibido salvación por la fe en Cristo, tenemos que volver a esa gracia que nos rescató de nuestra vana manera de vivir.
Esa gracia que no solo nos ha extendido el perdón y la salvación eterna, sino que nos llama a servir a Aquel que nos ha rescatado, nunca por nuestros méritos, sino por la misericordia abundante de Dios. Lo vemos en Pablo; Cristo no solo lo perdonó, sino que también lo fortaleció y lo llamó al ministerio. Y ese amor que brotaba de su corazón, y del que él mismo hablaba, nacía de un corazón puro, una buena conciencia y una fe sincera.
Qué maravilloso es no solo saber que nadie está demasiado lejos para ser alcanzado por la gracia de Cristo, sino ser partícipe de esa gracia inmerecida. ¡Adoremos a nuestro Dios! Porque un corazón que irrumpe en adoración al contemplar la gracia, un corazón que ha entendido la verdadera teología en el mensaje del evangelio, podrá decir como el apóstol: «Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén».
Pelea la buena batalla
Pablo vuelve a dirigirse personalmente a Timoteo y lo anima a pelear la buena batalla, esa batalla que no es humana ni busca una victoria terrenal o personal; a lo que el apóstol se refiere es a permanecer fiel al evangelio en medio de la oposición y del error.
Había dos falsos maestros que habían peleado la batalla equivocada, promoviendo sus falsas enseñanzas, y Pablo llegó al punto de entregarlos a Satanás, una expresión que probablemente describe un acto de disciplina dentro de la iglesia, con el propósito de que aprendieran a no blasfemar. Y esto había sido una advertencia seria en medio de la iglesia sobre las consecuencias de abandonar la verdad. Porque cuando una persona rechaza deliberadamente la verdad y endurece su conciencia, termina naufragando espiritualmente.
Querida hermana, cada creyente está llamado a perseverar en la verdad con una conciencia limpia; la pregunta es: ¿estamos peleando la buena batalla y aferrándonos a la verdad del evangelio?
Si ha sido difícil para ti pelear esta batalla porque te sientes lejos de la gracia de Dios o porque has prestado oído a un evangelio falso que descansa en los méritos propios, hoy puedes y debes recordar que puedes correr a Cristo.
Él es el centro de las buenas nuevas de salvación. Él es el Salvador que vino al mundo para rescatar a los pecadores. Es quien muestra misericordia al peor de ellos, quien llama y fortalece para servir, y quien merece toda la gloria como el Rey eterno, inmortal e invisible.
Para meditar:
- ¿Dedicas tiempo a conocer las Escrituras para discernir la verdad y permanecer firme en el evangelio de Cristo?
- ¿Vives con un corazón humilde, agradecido y consciente de que tu esperanza está únicamente en Jesús?
- ¿Buscas que la verdad produzca un corazón limpio, una buena conciencia, una fe sincera y un amor genuino por Dios y por los demás?
- El llamado para ti y para mí hoy es pelear la buena batalla permaneciendo fiel al evangelio.
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