Seis minutos antes de que terminara el sermón, tomé mi teléfono, le envié un mensaje a un amigo que estaba sentado cerca y le dije: «Creo que voy a escribir un correo a nuestro ministerio de solteros». A la mañana siguiente, después de unas horas de indecisión, presioné «enviar».
A lo largo de los años, he escuchado cientos, si no es que miles de mensajes - y nunca me había comunicado con un predicador para darle seguimiento a una cita que compartió. Pero esa noche de martes, las últimas palabras que leyó captaron mi atención:
«No hay nada como el gozo y la libertad que provienen de rendirlo todo al rey Jesús, aun las cosas más preciosas de la vida, incluso la esperanza del matrimonio».
El pastor de mi iglesia encargado de los jóvenes solteros, quien predicaba esa noche, terminó su mensaje compartiendo sobre su amigo, un hombre de más o menos mi edad que solía sentarse en esos mismos asientos y asistir a los mismos servicios y actividades sociales a las que yo voy. Durante años, ambos habían conversado sobre las luchas de su amigo con la soltería, su deseo de casarse, y más recientemente, su llamado al campo misionero.
Ese amigo había respondido a ese llamado y se había mudado al extranjero. Mientras nuestro pastor se preparaba para el mensaje, se puso en contacto con él para preguntarle cómo había cambiado su perspectiva sobre la soltería y esto fue lo que respondió:
«Cuanto más tiempo paso entre los perdidos, menos significativa me parece la idea del matrimonio. El día del juicio se acerca, la eternidad está en juego. Para mí, los placeres momentáneos del matrimonio no pueden compararse con la recompensa eterna de vivir como si la eternidad dependiera de cada alma. No hay nada como el gozo y la libertad que provienen de rendirlo todo al rey Jesús, aun las cosas más preciosas de la vida, incluso la esperanza del matrimonio».
Jesús cumple Su promesa: «Estas cosas les he hablado, para que Mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto» (Jn. 15:11). Algunas de las experiencias más profundas que he tenido con Dios han surgido al rendirle mis sueños de matrimonio al Señor, para así mostrar que soy Su discípulo (Jn. 15:8).
Veo que se acerca cada vez más el día en que el gozo eterno y siempre creciente de morar con el Creador se manifestará plenamente. Los placeres del matrimonio serán como nada en ese día.
La eternidad está en juego
Esas cinco palabras se quedaron conmigo mientras conducía de regreso a casa. A la mañana siguiente, le envié un mensaje a nuestro pastor con dos peticiones: le pedí que me enviara la cita anterior y le pregunté si creía que su amigo estaría dispuesto a conceder una entrevista anónima que pudiéramos compartir aquí.
Agradezco que la respuesta a ambas solicitudes fuera afirmativa. A continuación encontrarás la primera parte de mi entrevista con «Nate», un seudónimo elegido porque las respuestas y el corazón de este amigo misionero me recordaron las palabras de Nate Saint, un misionero que sirvió junto a Jimm Elliot en Ecuador en 1956:
«Las personas que no conocen al Señor se preguntan por qué en el mundo desperdiciamos nuestras vidas como misioneros. Olvidan que ellos también están gastando sus vidas… y cuando la burbuja estalle, no tendrán nada de valor eterno que mostrar por los años que han malgastado.1
…que nosotros, los que conocemos a Cristo, escuchemos el clamor de los condenados mientras se precipitan de cabeza hacia la noche sin Cristo, sin haber tenido jamás una oportunidad. Que seamos movidos a compasión, como lo fue nuestro Señor». 2
Katie: Durante el servicio, nuestro pastor mencionó que solías sentarte en estos mismos asientos del auditorio los martes por las noches. ¿Podrías contarnos un poco cómo era tu vida en ese entonces y cómo es ahora?
Nate: Me mudé a Houston después de la universidad para trabajar en una empresa de construcción. Ninguno de mis familiares vivía en Texas. Dios me llevó a una iglesia en Houston y me bendijo con muchos amigos, pero lo más importante fue que me bendijo con Él mismo. Gracias a un amigo que era un discipulador eficaz, crecí de manera constante en una pasión por la Palabra de Dios.
Quería hacer discípulos, pero me sentía confundido. ¿A quién debía discipular? ¿Qué debía enseñarles? Intenté compartir el evangelio con mis compañeros de trabajo, pero no hubo fruto. Mi meta era invitar al menos a una persona cada semana para comer juntos y compartir el evangelio, pero muchas veces no lo lograba. Disfrutaba mi trabajo y tenía un buen equipo. También disfrutaba mucho mi vida social. Esto fue una bendición y una maldición: el deseo de pertenecer y ser incluido socialmente me distrajo de una vida espiritual más rendida.
Viví en Houston durante nueve años antes de ser enviado al campo misionero. Ahora llevo once meses viviendo en el sur de Asia. Hasta ahora, mi tiempo se ha dedicado a clases de idioma, práctica del idioma e involucramiento con la comunidad. Hay un parque enorme cerca de mi casa donde voy a compartir el evangelio con desconocidos y practicar el idioma. Irónicamente, descubro que comparto el evangelio con más constancia en un idioma extranjero que en el mío nativo.
Cuando termine mi capacitación en el idioma, planeo cumplir mi sueño de equipar a los santos locales para la obra del ministerio. Me conectaré con las iglesias locales para entrenarlas a compartir su testimonio, a predicar el evangelio, a hacer discípulos de los creyentes nuevos y a comenzar reuniones en casa. También oro para que Dios me use para llevar las buenas nuevas a grupos y lugares donde nunca antes se ha escuchado.
Katie: ¿Qué fue lo primero que movió tu corazón hacia las misiones y cómo comenzó Dios a guiarte para servir en el extranjero?
Nate:
Evento #1: Crecí en la iglesia y conocía algo de doctrina, pero nunca había leído la Biblia. Después de mudarme a Houston, me uní a un grupo pequeño de estudio bíblico y, por primera vez, comencé a leer la Biblia solo. Aproximadamente tres meses después de haberme unido, nuestro estudio llegó al tema de la vida después de la muerte. Interrumpí con una pregunta: «Esperen, entonces, después de morir, todos van al cielo o al infierno ¿verdad?», los muchachos respondieron: «Sí».
Otra pregunta vino a mi mente: «Y la única manera de ir al cielo es creer en Jesús ¿cierto?». «Sí, eso es cierto», respondieron.
«Y nadie puede creer en Jesús a menos que alguien vaya y les hable acerca de Él ¿verdad?», una vez más, respondieron: «Sí».
Mi mente se llenó de emoción y de preguntas. Entonces «¿qué estamos haciendo? ¿Por qué la gente en la iglesia no parece más preocupada por esto? ¿Por qué nadie habla de su preocupación por el estado eterno de sus seres queridos, amigos, etc.? ¿No deberíamos orar unos por otros y por los perdidos a la luz de la eternidad? ¿No deberíamos todos sentir el peso de esto y vivir con urgencia?». La primera semilla fue plantada en mi corazón.
Evento #2: Una amiga (en realidad, una chica con la que estaba saliendo) me preguntó: «Si Dios te llamara a servir como misionero en el extranjero, ¿crees que irías?». Reflexioné por varios segundos antes de responder: «No, no creo que lo haría. Amo Estados Unidos y no puedo imaginar lo difícil que debe ser aprender un nuevo idioma y vivir en otro país».
Me fui a casa, pero la pregunta seguía volviendo a mi mente. No me gustó mi respuesta. Yo cantaba canciones que decían que mi vida estaba «rendida» a Él, pero el hecho era claro: mientras no estuviera dispuesto a ir al extranjero, o dispuesto a hacer cualquier cosa por Cristo, no podría decir honestamente que mi vida estaba rendida al rey Jesús.
En esencia, estaba diciendo: «Señor, puedes tener toda mi vida… siempre y cuando me dejes en Estados Unidos». Eso es una rendición condicional, pero no es lo que Jesús pide. Él demanda una rendición incondicional. ¿Podría realmente llamarlo mi «Señor»?
Evento #3: ¿Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por Dios… incluso dejar Estados Unidos? ¿Incluso servir como misionero y soportar gran sufrimiento? Esa pregunta me perseguía constantemente, y tenía hambre de respuestas. Comencé a ver todos los sermones sobre misiones que pude encontrar.
Cada video, saturado con verdades bíblicas, era como un martillo golpeando mi corazón. La compasión por los perdidos me consumía, la realidad de la eternidad, ya sea en el cielo o en el infierno, no podía parecerme más real ni más cercana. ¿Qué iba a hacer al respecto?
¡No te pierdas la segunda parte de esta entrevista la próxima semana!
1 Ellen Vaughn, Becoming Elisabeth Elliot (Nashville: B&H, 2020), 134.
2 Ellen Vaughn, Becoming Elisabeth Elliot (Nashville: B&H, 2020), 149.
3 Statistic taken from https://www.messagemissions.com.
4 “The Critical Question,” David Platt. https://www.youtube.com/watch?v=v88e96lmtq4&t=277s.
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