A veces pensamos en la cruz y vamos directo al Gólgota.
Pensamos en los clavos, en la corona de espinas, en las últimas palabras de Jesús. Pero antes de la cruz hubo un momento silencioso, lejos de las multitudes, donde el peso de lo que venía se hizo evidente.
- Un jardín.
- Una noche.
- Una oración.
Getsemaní…Y es allí donde vemos una de las expresiones más profundas de la obediencia de Cristo. Antes de que la cruz fuera visible para todos, la rendición ya había ocurrido en el corazón del Hijo.
Pero hay otro detalle que hace que este momento sea aún más significativo. La historia de la redención también comenzó en un jardín.
En el jardín del Edén, el primer Adán enfrentó una decisión: confiar en la palabra de Dios o seguir su propio camino. Allí, en medio de la abundancia y la perfección de la creación, eligió desobedecer. Su decisión trajo pecado, muerte y separación para toda la humanidad.
Siglos después, en otro jardín, el segundo Adán enfrentó una prueba aún mayor.
En Getsemaní, Jesús sabía que el camino delante de Él lo llevaría al sufrimiento y a la cruz. Y aun así oró:
«No se haga Mi voluntad, sino la Tuya» (Lc. 22:42).
Donde el primer Adán falló, Cristo obedeció.
Y esa obediencia cambiaría la historia para siempre.
Getsemaní: la rendición antes de la cruz
Antes de los clavos y antes de las palabras «Consumado es», Jesús pasó por el jardín de Getsemaní.
Allí, en la oscuridad de la noche, el peso de lo que venía era completamente real. Jesús sabía lo que estaba por suceder. Sabía que cargaría sobre Sí mismo el pecado del mundo. Sabía que el camino delante de Él lo llevaría al sufrimiento.
Y en ese momento oró al Padre: «Padre mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras» (Mt. 26:39).
No fue una oración de rebeldía. Fue una oración de rendición. Jesús no negó el dolor que venía. No fingió que sería fácil. Pero en medio de esa lucha decidió confiar en la voluntad del Padre.
Ese momento en Getsemaní revela algo profundo sobre el corazón de Cristo: Su obediencia no fue automática ni superficial. Fue una obediencia real, consciente y total.
La cruz que vendría después fue el resultado de esa rendición.
La cruz: la obediencia perfecta
Cuando finalmente llegó al Gólgota, nada de lo que estaba ocurriendo era un accidente. Las Escrituras habían hablado de ese momento siglos antes. Los salmos habían descrito detalles de Su sufrimiento. Todo el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento —los altares, los corderos, la sangre derramada, las fiestas ceremoniales— apuntaba hacia un sacrificio mayor que aún estaba por venir.
Ese sacrificio era Cristo.
Cuando Jesús colgó de la cruz, el plan de Dios estaba llegando a su culminación. Y en el momento en que todo fue cumplido, pronunció dos palabras que cambiaron la historia: «Consumado es» (Jn. 19:30).
En griego, la palabra es tetelestai. Significa que una obra ha sido completada plenamente, que una deuda ha sido pagada en su totalidad.
Nada faltaba. Nada debía añadirse. La obra de redención había sido llevada a cabo con perfección.
En ese mismo momento ocurrió algo extraordinario: el velo del templo se rasgó de arriba abajo (Mt. 27:51). Durante siglos, ese velo había marcado la separación entre Dios y el hombre. Solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año al Lugar Santísimo.
Pero cuando Cristo murió, ese acceso fue abierto. El sacrificio perfecto había sido ofrecido.
La cruz marcó el antes y el después de la historia.
Un contraste que confronta nuestro corazón
La cruz también nos confronta con algo más. Vivimos en una cultura que constantemente nos dice que sigamos lo que sentimos, que protejamos nuestra comodidad y que tomemos siempre el camino que parece más fácil. Pero la vida de Jesús muestra algo distinto.
En Getsemaní, Él no siguió el camino más cómodo. No eligió lo que parecía más seguro. Eligió confiar en la voluntad del Padre. Hebreos nos dice que Jesús soportó la cruz «por el gozo puesto delante de Él» (Heb. 12:2). Él veía más allá del dolor. Veía el resultado: pecadores reconciliados con Dios, vidas rescatadas, hijas adoptadas por gracia.
Por ese gozo, obedeció.
Estudiantes de la cruz
Andrew Murray escribió en su libro Humildad: «Jesucristo ocupó el lugar y cumplió el destino del hombre, como criatura, por Su vida de perfecta humildad. Su humildad es nuestra salvación. Su salvación es nuestra humildad».
Cuando miramos la cruz, no solo vemos lo que Cristo hizo por nosotras; también vemos el modelo de la vida que Él nos llama a vivir. La vida cristiana no es una vida donde siempre entendemos el camino de Dios. Tampoco es una vida donde todo resulta fácil. Muchas veces seguir a Cristo implica confiar en Él cuando nuestras emociones dicen otra cosa.
- Implica rendir nuestra voluntad.
- Implica decir, como Jesús dijo: «No se haga mi voluntad, sino la Tuya».
Pero la buena noticia es que nuestra rendición no nace del miedo ni de la culpa. Nace de la gracia.
Jesús se entregó primero por nosotras. Su obediencia perfecta abrió el camino para nuestra salvación. Y ahora, como hijas redimidas, podemos caminar tras Sus pasos con confianza, sabiendo que el Padre en quien Cristo confió es digno también de nuestra confianza.
Porque cuando miramos la cruz, vemos la rendición más grande de la historia.
La rendición del Hijo al Padre… una rendición verdaderamente incomparable.
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