La ansiedad detrás de una vida «soñada»

Ir a estudiar a Europa suena muy emocionante, especialmente Italia. No te voy a negar que lo fue, pero los días donde experimenté mayor ansiedad en mi vida, fue precisamente cuando estaba estudiando allá. Detrás de toda la moda, trattorias y fotos en monumentos hermosos, está el proceso legal, visitas a la questura (donde se encargan de los procesos administrativos de inmigración) y a todo eso se sumaba el sentimiento de no estar aprovechando en su totalidad las oportunidades que tenía delante. 

El día en que tenía que renovar mi permiso de estadía, mi mente se llenaba de pensamientos como: «¿Qué tal si me quedo en Italia permanentemente?, ¿y si no me renuevan el permiso?, ¿y si no entienden mi italiano en la questura?, ¿y si me hablan mal? No me gusta que me hablen mal… ¿y si lloro? ¡Ay, qué vergüenza…!». Ya me estaba dando vergüenza por algo que todavía no había pasado. Recuerdo frustrarme conmigo misma; quería ser una persona que irradiara paz, tranquilidad y confianza en el Señor, pero cada día me sentía más ansiosa, sola y con una incertidumbre demasiado grande.

Cada semana iniciaba con la fuerte determinación de no preocuparme de más por las cosas, por tener paz, no agobiarme y entregarle mis cargas al Señor, pero fallaba cada vez. No entendía por qué, por más que me esforzara, no escapaba del sentimiento de que algo iba a salir mal, del dolor en el estómago y de afanarme por el futuro. La realidad es que la ansiedad es una experiencia humana real en un mundo caído, pero no se responde con determinación, sino con esperanza anclada en la persona de Jesús. Así que, para que no te pase como a mí, me gustaría recordarte tres puntos que aprendí batallando contra mi corazón ansioso.

  1. Debo conocer a Jesús de manera íntima.

Siento recordártelo una vez más, pero no basta con leer rápido tu versículo diario en las mañanas. Nuestro corazón necesita algo más profundo: recordar quién es Dios. Recordar Su soberanía, Su fidelidad, y la verdad de que Él no nos dejará ni nos desamparará.

Algo práctico que me ayudó bastante en los momentos en los que mis preocupaciones parecían ganar la batalla, fue detenerme en los atributos del Señor cada vez que hacía mi devocional y meditar en cómo esas verdades afectaban mi identidad en Cristo. Una verdad que me repetía una y otra vez era: «soy infinitamente amada y salvada» (Jer. 31:3; Ro. 5:10). Esto me ayudaba a cambiar la ruta de pensamiento que suele llevarnos a ese hoyo negro de la ansiedad. Me preguntaba: si el Señor me ama con amor eterno, es decir, de manera infinita, Él estará conmigo y me ayudará. Y si Él dio a Su único Hijo por mí y gracias a eso soy salva, ¿qué importancia tiene lo material? Esto que me tiene tan preocupada, ¿tiene valor eterno?

Necesitamos que la verdad de La Palabra del Señor se ancle en nuestra mente y corazón, especialmente cuando la ansiedad intenta tomar el control. Conocer a Jesús implica una relación constante y de meditación en lo que Él nos dice en Su Palabra. Cuando la ansiedad comienza a mentir, necesito predicar el evangelio a mi propio corazón. Recordar que Jesús ya obró a mi favor me devuelve la perspectiva y me ancla en la verdad (Ro. 8:32).

  1. La oración no es opcional. 

La Biblia claramente nos muestra cómo debemos responder a esos momentos cuando la ansiedad toca a la puerta: «Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios» (Flp. 4:6). 

Dios no nos deja sin dirección. La oración redirige nuestra atención: la aparta de los pensamientos que nos abruman y la vuelve hacia nuestro Dios todopoderoso. En lugar de darle espacio a la ansiedad, Dios nos invita a acercarnos a Él.

No siempre podemos evitar que los pensamientos ansiosos aparezcan, pero sí podemos decidir no abrazarlos, no alimentarlos y no permitir que se arraiguen en nuestro corazón. Esto ocurre cuando somos diligentes en hacer lo que Dios nos llama a hacer presentando nuestras ansiedades y peticiones a Él.

  1. Tus circunstancias no deben determinar tu paz.

La paz verdadera no depende de que todo a nuestro alrededor esté en orden. Aun en medio del abandono, la pérdida o la incertidumbre, Dios promete Su presencia: «Porque aunque mi padre y mi madre me hayan abandonado, el Señor me recogerá» (Sal 27:10).

David entendía que la seguridad del corazón no se encontraba en las personas ni en las circunstancias, sino en habitar en la presencia del Señor: «Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo» (Sal. 27:4).

Habitar en la casa del Señor no se trata de un lugar físico, sino de vivir conscientes de Su presencia. Conocer a Dios de manera personal e íntima es necesario para caminar con paz aun cuando la ansiedad aparece. ¿Por qué? Porque cuando Dios es lo que más anhela mi corazón, estoy segura. Nada puede quitarme lo que ya tengo en Él.

La ansiedad surge cuando algo finito: personas, planes, estabilidad, resultados, se convierte en aquello que creemos necesitar para estar bien. Pero todo lo finito puede fallar. Solo Dios permanece. Cuando Él es nuestra mayor seguridad, las circunstancias pierden el poder de gobernar nuestra paz.

«¿A quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Fuera de Ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre». -Salmo 73: 25-26


Señor, cuando mi corazón se sienta débil y mis pensamientos se llenen de ansiedad, recuérdame que Tú eres mi porción y mi fortaleza. Fuera de Ti, nada necesito. Amén.

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Sobre el autor

Alanna Lugo

Desde pequeña, Alanna ha tenido una profunda pasión por el arte, lo que la llevó a estudiar Comunicación Digital y a desempeñarse como diseñadora gráfica. A lo largo de su carrera, ha ilustrado un libro y colaborado en proyectos creativos … leer más …

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