9 de junio de 2026

Lee la Biblia, Día 160

Los salmos de hoy resaltan el anhelo de justicia y la necesidad del lamento en la vida del pueblo de Dios. Aun en circunstancias difíciles, podemos hallar consuelo en la confianza de David de que el Señor está cerca y finalmente prevalecerá.

Leer

Salmos 9-17

Reflexión

El Salmo 17 concluye con esta declaración: «En cuanto a mí, en justicia contemplaré Tu rostro; al despertar, me saciaré cuando contemple Tu semblante» (v. 15). ¿Cómo hablan las palabras de David a las áreas de descontento en tu propio corazón hoy? 

Devocional

El libro de los Salmos es el más largo de la Biblia y se divide en 5 secciones. Contiene diferentes tipos de Salmos: imprecatorios (que claman por justicia contra los enemigos), de lamento (que expresan dolor), de alabanza, de acción de gracias, reales (que hablan del Mesías como rey) y didácticos (que enseñan verdades para vivir). Hoy leeremos los Salmos imprecatorios. Al leerlos por primera vez, me sorprendió cómo David, un hombre conforme al corazón de Dios, como lo dice Hechos 13:22, pedía venganza a pesar de ser pecador, lo que me recordó que ser hijo de Dios no se basa en méritos, sino en gracia. Los Salmos nos enseñan a pedir la justicia de Dios para Su gloria.

No hay justo y nuestra justicia en Cristo

En los ocho salmos de hoy, se muestra la diferencia entre justos e impíos, pero el Salmo 14 destaca al decir que Dios no encuentra a ningún justo entre los hombres: «Todos se han desviado… no hay ni siquiera uno» (Sal. 14:3).

¿Cómo podía David, sabiendo esto y conociendo su propio corazón, considerarse justo? No era ciego a su pecado, sino que confiaba en la misericordia de Dios, creyendo que su justicia provenía de Él. En el Salmo 17:2, David expresa su fe: «Que de Tu presencia venga mi vindicación» y en el 17:15: «En justicia contemplaré Tu rostro».

David sabía, por revelación del Espíritu, que vendría el Justo, quien nos imputaría Su justicia. Así, aunque Dios no vea nuestra condición, vería la justicia de Cristo en nosotros. La respuesta de David ante esto fue alabanza, confianza, humildad y esperanza. ¡Que esa sea también nuestra respuesta al contemplar la gracia y misericordia de Dios!!

«¡Pero yo en Tu misericordia he confiado; mi corazón se regocijará en Tu salvación.Cantaré al Señor, porque me ha llenado de bienes!». –Salmos 13:5-6

Pidiendo por los enemigos

Pero y entonces ¿qué pasa con los salmos imprecatorios? ¿Cómo Dios puede permitir que alguien le desee mal a otro cuando nos dice que debemos amar a nuestros enemigos? Amar a nuestros enemigos no significa pasividad en cuánto a su posición con Dios; por ejemplo, los amamos al orar por salvación, los amamos al presentarles la verdad que es Cristo, los amamos al negarnos a compartir con ellos aquello que desagrada a nuestro Dios. 

Por lo tanto, estos Salmos nos recuerdan tres cosas importantes:

  1. Debemos leer los Salmos desde la perspectiva de quién es Dios. Él es santo, justo y poderoso, ¿tendrá al inocente por culpable? Como Su pueblo, siendo pregoneros de Su justicia, ¿callaremos?
  2. Pedir justicia en la Biblia no significa maldad, sino que implica dos cosas: o Dios salva o condena; o corren hacia Él o se alejan. Ambas resultan en Su gloria. Clamar por justicia no es un capricho emocional, sino un deseo de salvación. Los Salmos no son mandatos, sino expresiones del corazón. Cuando enfocamos nuestra mirada en el carácter de Dios, la inmoralidad y la injusticia nos indignan, especialmente cuando afectan a nuestros hermanos. 
  3. El género literario de este libro es poesía, así que las palabras son ilustrativas no necesariamente literales, hay exageración distintiva de la poesía.

Así que ten estos puntos en mente la próxima vez que te toque leer uno de los salmos imprecatorios y van a cobrar otro sentido para ti. 

«Oh Señor, tu Palabra me protegerá de los caminos que llevan al pecado. Por tu Espíritu y tu gracia, ayúdame a caminar contigo por sendas de justicia; líbrame de tropezar y caer hoy y siempre hasta llegar a salvo a Casa. Amén». 

(Nancy DeMoss Wolgemuth en  CSB Notetaking Bible, Revive Our Hearts Edition, p. 541) —Nancy DeMoss Wolgemuth1



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