Isaías fue llevado a la santa presencia de Dios y luego enviado con un mensaje que muchos rechazarían. En medio de la crisis de Acaz, Dios prometió que un día «la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel».
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Reflexión
¿Cómo desafía la inmediata conciencia de Isaías acerca de su propio pecado la manera en que tú te acercas a encontrarte con Dios?
Devocional
Dios es un Dios de gracia; Él escogió a Israel, proveyó todo para ellos, les regaló Su ley perfecta, pero Su pueblo lo desechó. En Isaías 5:24 dice que ellos despreciaron la Palabra de Dios, desecharon la ley del Señor; por tanto, la ira del Señor se encendió contra Su pueblo. Dios quitaría Su protección de ellos, habría muerte, mucho dolor y mucha sangre, pero ni aun esto aplacaría Su ira, Su mano seguiría extendida.
El derramamiento de sangre no podía aplacar la ira del Señor contra Israel, como tampoco podía aplacarla contra pecadores como nosotros; sin embargo, la sangre de Uno, el Perfecto y Santo fue suficiente. Jesucristo, el justo, nuestro abogado, quien murió por nuestros pecados y nos presentó como justas ante ese Juez y Señor de los Ejércitos.
La parábola de la viña
Dios se dedicó a preparar esta viña con mucho cuidado y esperaba que esta viña diera uvas buenas, no obstante, produjo uvas silvestres; en otras versiones dice que son uvas sin ningún valor o inservibles. Isaías no deja lugar a la imaginación para interpretar erróneamente; Dios explica que la viña es la casa de Israel y que Él es el Amado, dueño de ellos.
Al leer este mensaje, me pregunto sobre mi propia vida, cuántas veces debí dar buenas uvas y he dado uvas inservibles. El Señor me recuerda que no seremos fructíferas si no le conocemos profundamente, ni le obedecemos, si no permanecemos pegadas a la Vid verdadera, como dice en Juan 15:5.
Dios promete arremeter contra la nación de Israel y, a través de Isaías, les recuerda su iniquidad. En los ayes, leemos que ellos fueron avaros con sus tierras, y Dios les había instruido en Levítico 25:23-25 que no ocuparan toda la tierra; ellos, sin embargo, no tuvieron misericordia, ignoraron la obra de Dios: a lo malo llamaron bueno y a lo bueno, malo. Eran arrogantes y sabios a su propio entender, eran borrachos, recibían soborno… en fin, no habían guardado su pacto con Dios, como Dios ya les había advertido en Deuteronomio 31:16.
Pero, al llegar al capítulo 6 nos encontramos con el llamado de Isaías y con una de las visiones más impresionantes de toda la Escritura: «En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime».
Es posible que Isaías estuviera triste y desesperanzado por la muerte del rey; sin embargo, el pasaje dice que Isaías vio al Señor sentado sobre Su trono. Aun cuando el rey terrenal había muerto, Isaías vio que el verdadero Rey estaba en Su trono.
Dios reina, mis hermanas, no importa en qué situación nos encontremos, recordemos lo que dice el Salmo 96:10: «¡El Señor reina! También afirmó que el mundo no será conmovido».
Isaías describe a los serafines, quienes declaraban que Dios es Santo, Santo, Santo. Ante la santidad de Dios, Isaías vio su condición real de pecador. «¡Ay de mí!, porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito». Eso es precisamente lo que debe producir en nosotras conocer la santidad de Dios, que podamos ver nuestra injusticia y confesar nuestra condición en arrepentimiento.
Uno de los serafines tomó un carbón encendido y lo pasó por su boca. Esta imagen me recuerda que la obra purificadora le pertenece a Dios; no nos podemos perdonar a nosotras mismas. Confesemos nuestro pecado y necesidad, y Dios hará Su obra en nosotras.
«Llena está toda la tierra de Su Gloria». Dios no estaba en control solo de la vida de Isaías o solo de la nación de Israel, sino que Él es el Dios cuya gloria llena toda la tierra. Él no está limitado. Dios nos recuerda esto también a nosotras. Su gloria llena la tierra, esta tierra quebrantada y enferma no escapa a Su dominio, Él está en Su trono y Su trono está por encima de todo. Su gloria lo cubre todo.
Heme aquí, Envíame a mí. Isaías se ofreció para llevar el mensaje de Dios. Y el mensaje fue de juicio y no muy esperanzador, pero Dios estaba detrás de este juicio, vendría directo de Su mano. Pero, aunque vendría juicio y desolación, aún quedaría un remanente. ¡Gloria a Dios, porque siempre nos da esperanza! Dios enviaría juicio, pero no los consumiría, no podría, porque había prometido un rey cuyo trono sería para siempre (2 Sam. 7:16)
En Isaías 7 hay problemas políticos. El rey Acaz de Judá y Rezim, rey de Aram, subieron contra Israel, pero no pudieron tomarla. Dios se dirige a Acaz y le dice que pida una señal, una señal de que Dios estaba con él y cumpliría Su promesa. Acaz no le pidió señal a Dios, lo cual parece una respuesta piadosa, pero a Dios no le agradó su falta de fe. Como Acaz no pidió señal, Dios le daría Su señal: «La virgen concebirá un hijo y le llamará Emmanuel». ¡SÍ! ¡Sí! ¡Sí!
Dios reitera Su promesa a pesar de la incredulidad de Su pueblo. Dios con nosotros, Emmanuel.
En el capítulo 8, Dios le muestra a Isaías sobre la invasión, el exilio y la desolación de mano de Asiria porque habían rechazado al Señor. Hay muchos elementos en este capítulo que me llaman la atención, pero quiero resaltar los versículos 17 y 18. Isaías dice que aguardará y esperará en el Señor. Isaías fue obediente a su llamado, dice que él y sus hijos estaban por señales y prodigios en Israel. Isaías recibió un mensaje de parte de Dios y él respondió «envíame a mí», pero su vida también era parte del mensaje.
Esta realidad me hace pensar que yo quiero que mi vida sea coherente con el mensaje por el cual vivo. Que todo mi ser luche contra el pecado y busque la santidad de Dios.
¿Qué otros pasajes de la Biblia se conectan con lo leído que apuntan a Cristo?
«Isaías no confesó los pecados de la nación, sino los suyos propios: “Soy hombre de labios inmundos”. Antes de ese momento, Isaías había sido un buen hombre. A partir de entonces, ya no actuó desde su fuerza natural o un sentido de superioridad, sino desde una profunda conciencia de su propia necesidad».
(Quebrantamiento, editorial Portavoz) —Nancy DeMoss Wolgemuth1
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