Después de la extensa consagración de los sacerdotes, los hijos de Aarón profanaron su oficio y llamado al ignorar las instrucciones de Dios. En una impactante manifestación de Su santidad, fueron consumidos por el fuego de Su presencia.
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Reflexión
Cuando piensas en la santidad de Dios, ¿te mueve eso a una adoración y obediencia más profundas, o corres el riesgo de volverte indiferente?
Devocional
El pueblo de Dios debía ser apartado para Él. Dios instruye a Moisés acerca del establecimiento de diversas leyes ceremoniales de purificación con el propósito de enseñarles de manera tangible la diferencia entre lo puro y lo impuro, y guiarlos hacia la santidad. El objetivo principal de todas estas leyes era enseñar al pueblo que ellos eran un pueblo diferente a los demás pueblos paganos a su alrededor y estas prácticas servirían para diferenciarlos de los demás.
Perseguir la santidad imponía sobre los judíos muchas leyes y restricciones en la vida diaria. Todas estas restricciones tienen la intención de recordarles de manera práctica y cotidiana: el pecado nos separa de Dios; la santidad nos acerca a Él.
En el libro de Levítico encontramos muchas veces la frase «como mandó el Señor», o alguna frase similar. Leemos que Moisés hacía exactamente como Dios había instruido.
Lee Levítico 10:1.
- ¿Qué hicieron Nadab y Abiú?
- ¿Por qué piensas que Dios juzgó esa transgresión de forma tan severa y dramática?
- ¿Qué indica esto acerca de la importancia de obedecer las instrucciones de Dios?
Lee Hechos 10:9-23 y Colosenses 2:16 a la luz de la porción que leímos hoy.
En el Nuevo Testamento vemos como la distinción entre animales puros e impuros terminó. Sin embargo, el pueblo de Dios continúa siendo un pueblo llamado a la santidad, apartado para Dios.
«Él se dio por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo para posesión Suya, celoso de buenas obras». – Tito 2:14
Medita en este texto de Tito a la luz de lo que has venido leyendo en el libro de Levítico.
«Los adoradores del Antiguo Testamento estaban demasiado familiarizados con las interminables ordenanzas requeridas para tratar su pecado y culpa... lavamientos ceremoniales, sacrificio de animales, derramamiento de sangre, ofrendas. Una y otra y otra vez. Pero estos rituales eran simbólicos, destinados a señalar la obra de Cristo en la cruz».
(Nancy DeMoss Wolgemuth en Incomparable, editorial Portavoz)
—Nancy DeMoss Wolgemuth1
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