¿Qué pasaría si toda tu vida se resumiera en cuatro frases de ochenta y cinco palabras? ¿Qué acontecimientos decisivos quedarían registrados para la historia? ¿Qué palabras se elegirían cuidadosamente para narrar tu vida?
Hay una sierva devota en las Escrituras cuya vida se resume en Lucas 2:36-38. Su (breve) historia nos dice mucho hoy en día. Su nombre es Ana. Ella terminó bien. Se mantuvo fiel y útil a Dios a pesar de su dolor personal. Mientras leemos sobre esta mujer, que esperaba la llegada del Niño que nos redimió de la oscuridad y nos trajo a Su gloriosa luz, recordemos a Ana.
La decepción de Ana no la descalificó
Había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, habiendo vivido con su marido siete años desde que era virgen, y luego como viuda hasta los ochenta y cuatro años (Lc. 2:36-37).
Como mujer joven, podemos suponer que Ana esperaba con alegría que el álbum familiar de Aser se llenara con la crónica de su matrimonio y el nacimiento de muchos hijos e hijas, la historia típica de las mujeres en el mundo antiguo.
Probablemente se casó alrededor de los doce o trece años, pero siete años después, el cuento de hadas de Ana terminó abruptamente. No se nos dan los detalles de la muerte de su marido, pero Ana quedó marcada como viuda para el resto de su vida. Cuando ocurrió la tragedia, Ana tuvo que tomar decisiones. ¿Iba a permitir que Dios utilizara su quebrantamiento para ministrar a otros o descalificarse a sí misma para vivir en una prisión de lástima? ¿Iba a llenarse de amargura o elegir confiar y rendirse al plan de Dios? El versículo 37 señala a una mujer que se acercó a Dios y dijo «sí, Señor» a un futuro imprevisto y poco deseado.
La gratitud de Ana sustentó su ministerio
«Después de viuda, hasta los ochenta y cuatro años. Nunca se alejaba del templo, sirviendo noche y día con ayunos y oraciones». —Lucas 2:37
Como puede afirmar cualquiera que haya perdido a su cónyuge, Ana necesitaba la gracia de Dios para salir del abismo del dolor y entrar en una vida con un nuevo propósito. Su ministerio nació de una pérdida trágica. Esta viuda se dedicó a la obra del Señor. Las prioridades de su ministerio eran servir en el templo, ayunando y orando día tras día. Ana encarna la descripción de 1 Timoteo 5:5 de una verdadera viuda: «La que es verdaderamente viuda, quedando sola, ha puesto su esperanza en Dios y continúa en súplicas y oraciones noche y día».
Tengo una amiga, Marcia, que sirve a Jesús como Ana. Es soltera, pero no por elección propia. Su marido incrédulo se divorció de ella hace muchos años. Después de servir en el ministerio vocacional, ahora sirve como mujer mayor sin un título oficial ni un sueldo. Pasa sus días en su iglesia local animando a los santos, dirigiendo la oración, reuniéndose individualmente con almas agobiadas o echando una mano cuando es necesario. Marcia ofrece generosamente sus dones espirituales al Cuerpo de Cristo sin un plan de jubilación a la vista.
¿Qué nos mantiene en el ministerio? Cualquier intento de borrar los remordimientos o la vergüenza, demostrar que somos dignas, ganarnos el favor de Dios o erigir una plataforma de celebridad, no nos llevará muy lejos antes de que el tren se descarrile. No puedo hablar por Ana, pero imagino que lo que la mantuvo en marcha fue una gratitud sin límites por la provisión y la gracia de Dios a lo largo de su vida. A esto se sumaba su amor por la Palabra de Dios y por la comunidad de Su pueblo, su verdadera familia. La esperanza de Ana no se basaba en deseos, sino en una fe inquebrantable en las promesas de Dios.
Aunque algunas mujeres pueden optar por dar un paso atrás y dedicarse tiempo a sí mismas en una etapa posterior de su vida, este no era el caso de Ana. En lugar de ceder su ministerio a la generación más joven, Ana era como las personas justas descritas en Salmos 92:14, que «aún en la vejez darán fruto; [y] estarán vigorosos y muy verdes» para servir a la siguiente generación.
La esperanza futura de Ana se cumplió
«Llegando ella en ese preciso momento, daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén». —Lucas 2:38
Me imagino que Ana, como la mayoría de las mujeres, nunca dejó de anhelar un marido o un hijo. Es posible que haya orado durante años con gemidos y lágrimas sin palabras. Amiga, tú y yo tenemos anhelos insatisfechos que tal vez nunca se cumplan en la tierra; pero podemos estar agradecidas por esto: estos deseos nos mantienen anhelando nuestro verdadero hogar en el cielo, y podemos estar seguras de que Dios satisfará nuestras necesidades con Su gracia, en el momento perfecto.
Desde el principio de los tiempos, Dios eligió un plan sorprendente para Ana: su sueño de tener una familia se desvaneció como el vapor. Me pregunto si Ana alguna vez experimentó momentos en los que sintió que Él la había pasado por alto, hasta ese fatídico día. Su Padre celestial tenía algo mejor en mente: contemplar al Niño Jesús, en lugar de tener y criar a su propio hijo biológico.
Las Escrituras detallan que Simeón sostuvo al Niño Jesús mientras profetizaba: «Este Niño ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, y una espada traspasará aun tu propia alma, a fin de que sean revelados los pensamientos de muchos corazones» (Lc. 2:34-35).
¿No te imaginas a Ana de pie junto a María para animarla mientras ella trataba de comprender las misteriosas palabras de Simeón? ¿Es posible que los instintos maternales de Ana se impusieran cuando extendió sus manos para pedir permiso para tomar a Jesús en sus brazos? Ponte en el lugar de Ana. Reflexiona sobre ese momento conmovedor. Nada de lo que el mundo podía ofrecer a Ana se comparaba con acunar al Niño que es el Consejero Admirable, el Dios Poderoso, el Padre Eterno y el Príncipe de Paz. Imagina la alegría, el amor y el asombro que estallaron en cada célula de su ser mientras contemplaba el rostro de Dios. ¡Qué clímax para la historia de Ana!
¿Seguirás el ejemplo de Ana?
Dios está escribiendo una historia igualmente asombrosa a través de tu vida. Él está usando tu influencia y tus oraciones para ayudar a dar forma a las historias de las mujeres a las que sirves en el ministerio. Ya sea en la iglesia local, en el campo misionero o en tu propio patio trasero. Será difícil. Te desanimarás y querrás rendirte. Y cuando lo hagas, considera de nuevo lo maravilloso que es todo esto: el privilegio de ser sierva del Rey de reyes y Señor de señores.
Ana nunca se rindió, a pesar del costo diario del ministerio. Cumplió su llamado mientras esperaba ardientemente la venida del Mesías. Una vez que contempló Su belleza, no pudo contener su amor por Jesús ni dejar de hablar del valor incalculable de la salvación a través de Su nombre. Con nuestros ojos fijos en Jesús, nosotras también perseveraremos en el ministerio hasta el final. Nosotras perseveramos proclamando el Nombre de Jesús a nuestras hermanas, a las más jóvenes y a nuestros hijos.
Terminemos nuestra carrera bien, es decir, glorificando a Cristo con todo nuestro ser. O bien, si aún eres una joven, empieza a meditar en cómo quieres terminar tu carrera y busca a una anciana para ayudarte. Ana confió en una promesa y, cuando la vio, su corazón se regocijó. Nosotras estamos confiando en la promesa de Su segunda venida; nos podemos regocijar en la esperanza de verlo cara a cara. Mientras tanto, sirvámosle con entusiasmo, verdad y gracia.
Tomemos a Ana como modelo mientras servimos fielmente y esperamos la segunda venida de Jesús, contando y repitiendo Sus palabras:
«Yo vengo pronto, y Mi recompensa está conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin». —Apocalipsis 22:12-13
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