Si todas podemos coincidir en algo, es que las relaciones son complicadas. Y aun así, necesitamos de otros para vivir, para ser santificadas y para servir. Los conflictos, los malentendidos y las discusiones no se deben a la familia en la que creciste ni a la circunstancia en sí; se deben a que todos somos pecadores y que cada día necesitamos morir más a nuestro yo para ver al otro como más importante que uno mismo. Esto implica que la complejidad de las relaciones no requiere más técnicas ni métodos novedosos; no, lo que necesitamos es el evangelio encarnado en relaciones profundas que nos hablen la verdad con amor (Ef. 4:15).

Y el ministerio de mujeres o tu grupo en casa es la oportunidad perfecta para ejercitarnos en esto, ya que muchas veces es en los grupos de mujeres donde brotan conflictos e incluso, tristemente, escasean las relaciones profundas. La Biblia nos enseña que necesitamos ambas, porque los conflictos nos muestran lo que hay en nuestro corazón por la manera en que respondemos, y las relaciones profundas son herramientas de gracia que Dios usa para ver nuestros puntos ciegos y traerlos a la luz del evangelio.

El corazón del asunto

Con mi esposo hemos conversado, después de orar por algunas hermanas y hermanos, sobre los diferentes conflictos que surgen dentro de una comunidad de fe, para aprender que no hay conflicto grande ni pequeño que el evangelio no pueda resolver. El problema no es que sucedan las contiendas, los desacuerdos y las heridas entre hermanos, sino cómo se resuelven.

Si la Biblia dice: «Sean más bien amables, unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef. 4:32), ¿por qué es tan difícil vivirlo? Porque el corazón del asunto es el problema, nuestro pecado que aún combate dentro de nosotras. Quizá lo sabes y lo afirmas, pero en medio de un conflicto, olvidamos que nosotras también somos parte del problema o de la falta de reconciliación.

Muchas veces nuestra respuesta al leer este versículo recae en dos pensamientos: (1) pensar en lo que la otra persona debe hacer porque es la responsable. (2) en la dificultad de perdonar y pedir perdón, basada en la interpretación personal. Sin embargo, nota que el versículo nos sirve tanto para resolver como para anticiparnos a discusiones. Si todos los días cultiváramos la amabilidad, la misericordia y el perdón hacia los demás porque reconocemos cuánto los hemos recibido de Cristo, quizá nuestras discusiones se resolverían más rápido. Piénsalo.

El problema, entonces, no es el conflicto en sí; es cómo nos tratamos unos a otros por lo que proviene del corazón. El problema es que un conflicto se vuelve destructivo cuando ambas partes siguen discutiendo sobre quién tiene razón o quién tiene la culpa. Y si persistimos en nuestra razón, no podemos entender a la otra persona ni recordar lo que Dios nos pide en medio de esa situación, aunque tengamos razón. 

Si las ancianas han de enseñar a las más jóvenes a amar a sus hijos y a sus esposos, el promover relaciones profundas, genuinas y reconciliadas en sus hogares es importante. El fruto de ello favorece a sus iglesias y al testimonio del evangelio. En nuestros grupos de mujeres, las comparaciones, la envidia, el chisme, los prejuicios, el asumir la intención de otras, proliferan. Por eso, nuestro papel es tomar la mirada de nuestras hermanas y dirigirlas hacia Cristo y Su obra. ¿Qué verdad les recordamos?

En Cristo estamos unidas

Primero necesitamos sentar las bases. El fundamento por el cual estamos unidas a nuestras hermanas se llama Cristo. Es por Su obra de salvación y por Su plan redentor que hemos sido injertadas en Su gran familia. Así que nuestras relaciones con creyentes no están asentadas en meros gustos en común, sino en que adquirimos una identidad divina por gracia que está llamada a reflejar a Su Creador y Salvador en medio de Su familia.

Esta unión es eterna y visible ahora mismo en nuestras comunidades locales. Pablo les recordó a los de Éfeso que ni los judíos ni los gentiles que habían puesto su fe en Jesús eran mejores, porque ambos fueron acercados a Dios por la sangre de Cristo (Ef. 2:13). Ni el judío que tenía la letra ni el gentil que estaba lejos sin la letra (Ef. 2:11-12). En Cristo hay paz y unidad, que es lo que recibimos nosotras cuando venimos a ser Sus hijas: paz y unidad por medio de Su perdón.

Pablo sigue diciendo: «Porque Él mismo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, poniendo fin a la enemistad en Su carne [...] Y vino y anunció paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Porque por medio de Cristo, los unos y los otros, tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios. Están edificados sobre el mismo fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular» (Ef. 2:14, 17-20).

Cristo es la paz y es nuestra paz para con Dios, pero también es la paz entre nosotras. Él es quien ha hecho posible, por Su vida, muerte y resurrección, nuestra unión y reconciliación mediante la fe en Él. Por eso, nos perdona y nos llama a perdonar diariamente a otros (Ef. 4:32). A extendernos la misma misericordia y gracia que hemos recibido, y amar a nuestras hermanas como Dios nos ama en Cristo. 

Nadie es más que nadie; todas necesitamos a Cristo. Ya no somos extrañas, somos conciudadanas del mismo Reino y estamos en la misma misión. Y podemos comprender la lucha del pecado en otras, porque nosotras también luchamos, pero con la certeza de que Cristo ya lo venció por nosotras. Su muerte redentora derribó toda pared de separación y eso es mayor que la ofensa o la injusticia que provoca un conflicto. Cristo nos imparte vida nueva y nos da al Espíritu Santo para unirnos en contra del pecado y de las artimañas de Satanás, más que en contra de nosotras.

Por Su Espíritu, podemos reconocer que nosotras también herimos y, al examinar nuestro corazón, podemos reconocer nuestras intenciones, esa viga en nuestros ojos. Podemos ver cuánto retardamos el perdón o cuánto el deseo de venganza brilla más que la misericordia. Sin embargo, el problema es que muchas veces no queremos. El problema es que minimizamos lo que nosotras hacemos; el problema es el yo en el centro. Las relaciones se quiebran cuando los conflictos no se resuelven sobre la base del evangelio y nos perdemos el fruto de tener relaciones profundas que nos ayudan a crecer y cumplen el propósito de Dios de santificarnos.

Relaciones profundas

En tus discipulados con más jóvenes, en tus enseñanzas, en tu forma de vida o en los tiempos de una taza de café o de comida con otras mujeres, habla con intencionalidad al respecto. Practiquen Gálatas 6:1: «Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado». 

Los tiempos de convivencia alrededor de temas cotidianos, de compartir recetas de cocina, de hablar de series y películas, de reírse de anécdotas pasadas, también incluyen promover una cultura que aprenda a formular preguntas profundas o a hablar de temas profundos. Conversen de aquellos pecados respetables con la libertad que tenemos en el evangelio de compartirlos; hagan de su grupo un lugar seguro para cosechar en un futuro relaciones profundas, relaciones que influyen en otras para ver a Cristo y relaciones que son ejemplo para otras de que, en Cristo, se pueden tener conflictos, pero también se pueden resolver con gracia para Su gloria.

¿Dónde empezar? Lee 1 Tesalonicenses 5:12-24, Efesios 4:1-16 o Romanos 12. Estudien estos pasajes, anímense a vivirlos, no solo hablen «cristianamente», rindan cuentas de sus áreas de dificultad y no teman decir que no saben cómo resolverlas. Al final, recuérdense que no lo hacen en sus fuerzas, que Dios no está con el dedo señalador viendo si es que lo lograrán; al contrario, Dios está con Sus brazos de Padre recibiéndolas cada vez y ayudándolas a obedecer. 

Los conflictos son un medio de gracia para crecer en relaciones profundas, en temas profundos, y son un telescopio a nuestro corazón para que seamos como Cristo. El fruto progresivo se verá en relaciones que se perdonan más rápido, que ven primero su corazón y piensan primero en el otro, y que, sobre todo, temen a Dios para negarse a sí mismas y vivir para Su gloria. No lo haremos perfectamente, pero algo es seguro: «El que comenzó la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Flp. 1:6). Mientras tanto, Cristo vale toda la pena de morir a nosotras —a ese yo— para amar, perdonar a otros y resolver los conflictos con gracia.

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Sobre el autor

Susana de Cano

Susana vive en la Ciudad de Guatemala. Es esposa de Sergio Cano con quien tiene tres hijos, Sergio Alejandro, Daniela y Susi, quien recientemente esta casada con Esteban. Es apasionada por enseñar la Palabra de Dios a otras mujeres para … leer más …


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