La soberanía de Dios es nuestro descanso

En la historia de la humanidad, solo un hombre ha reconocido la soberanía de Dios Padre sobre su vida sin protestar, frustrarse o amargarse: nuestro Señor Jesucristo. Después de Él, todo ser humano desea ser el dueño, amo y señor de su destino, pues la rebelión, y el espíritu independiente y autosuficiente son unas de las tantas consecuencias de la entrada del pecado. Sin importar si es abierta o discretamente, desde lo profundo de su corazón, cada persona instintivamente tiende a la actitud que hubo también en los compatriotas de Jesús, como nos relata Lucas 19:14:

«Pero sus ciudadanos lo odiaban, y enviaron una delegación tras él, diciendo: “No queremos que este reine sobre nosotros”».

Con esas tristes palabras, la nación pasó por alto el día de su visitación, y acarreó un terrible juicio sobre ella. De no haber sido por Su gracia, la cual abrió nuestros ojos al evangelio, y nos hizo entender que Jesucristo es el Testigo Fiel, el Primogénito de los muertos y el Soberano de los reyes de la tierra, como nos enseña Apocalipsis 1:5, nosotras también estaríamos bajo juicio de perdición, separadas de Dios, y andando según los deseos de la carne.

Pero, habiendo sido llamadas de las tinieblas a Su luz admirable, habiendo sido selladas con el Espíritu Santo de la promesa y teniendo las Escrituras a nuestra disposición, ahora comprendemos quién es Dios, qué hizo Jesucristo a nuestro favor y por qué necesitamos constantemente la guía del Espíritu. Y uno de los tantos aspectos de Dios que nos ha sido revelado y es recalcado una y otra vez en la Palabra es que Dios es soberano.

Aunque el término «soberanía» no aparece explícitamente en las Escrituras, las palabras «soberano», «altísimo» y «Rey» se repiten innumerables veces en la Biblia para referirse a Dios. La palabra «soberano» alude a alguien que posee la autoridad suprema, la independencia y la autonomía. A lo largo de la historia hemos visto cómo suben y caen reyes, cómo una autoridad suplanta a otra y cómo reinos independientes han sido subyugados por otros. Pero de nuestro Dios se nos dice lo siguiente en el Salmo 93:1:

«El Señor reina, vestido está de majestad; el Señor se ha vestido y ceñido de poder; ciertamente el mundo está bien afirmado, será inconmovible. Desde la antigüedad está establecido tu trono; Tú eres desde la eternidad».

Al leer esto, vamos captando la idea de soberanía, la cual algunos teólogos la han descrito como Su capacidad de llevar a cabo Su voluntad de una forma libre, independiente y sabiamente. Como Señor, Amo y Dueño de todo lo que existe, desde Su trono dirige todas las cosas como le place, para gloria de Su Nombre y sin que nadie pueda impedirlo.

Su soberanía abarca todo Su ser. Porque es soberano, ejerce Su poder y Su amor, y extiende Su misericordia y da la salvación a quien le place.

Daniel 4:34-35 dice: «Porque Su dominio es un dominio eterno, y Su reino permanece de generación en generación. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, mas Él actúa conforme a Su voluntad en el ejército del cielo y entre los habitantes de la tierra. Nadie puede detener Su mano, ni decirle: “¿Qué has hecho?”».

Estos textos nos indican que cuestionar el proceder del Señor es presunción, pero aceptarlo es sumisión. Y precisamente eso fue lo que hizo Jesús: someterse a la voluntad de Su Padre y resistir las presuntuosas ofertas que el maligno le insinuó cuando fue tentado en el desierto (ver Mateo 4:1-11). Ese debe ser nuestro ejemplo a seguir como Sus hijas, pues es bajo sumisión que nosotras hallaremos descanso verdadero para el alma.

Esto no quiere decir que no expresemos nuestras dudas, temores y ansiedades al Señor. Los salmistas y profetas acudieron ante Su Presencia y allí preguntaron el porqué de esto o aquello, o el hasta cuándo. Sin embargo, fue precisamente en Su santuario donde, como sucedió con Asaf en el Salmo 73, se entiende la limitación de nuestro entendimiento, la insensatez a la cual está inclinado el corazón cuando lo vemos actuar de formas aparentemente muy pavorosas y donde Dios nos invita a creer en esperanza contra esperanza porque Él sabe lo que está haciendo tras bastidores.

Creer que Dios llama las cosas que no son como si fuesen, que es el Dios de lo difícil e imposible, que todo es para Su gloria y nuestro bien, aunque todo parezca un sinsentido a nuestro juicio, y que nada, absolutamente nada, ocurre al azar… es ejercer fe, y no una fe ciega, sino una fe basada en hechos reales e históricos, y acontecimientos predichos en el Antiguo Testamento cumplidos al tiempo señalado, los cuales fueron recopilados para nuestra enseñanza, esperanza y amonestación.

En nuestro grupo pequeño podemos enseñar a nuestras hermanas sobre este atributo maravilloso al describir lo que es la soberanía de Dios y al hacer buenas preguntas que las apunten al Señor.

Pensemos en cómo fue que nos convertimos. ¿Qué fue lo que nos atrajo a Dios cuando en realidad estábamos lejos de Él o simplemente éramos religiosas? ¿O por qué nacimos en nuestra familia específica? ¿Por qué somos como somos: altas o bajas; de tez clara u oscura; ojos verdes o marrones; nariz respingada o ancha? ¿Cómo fue que mi esposo llegó a mi vida? ¿Por qué tenemos los hijos que tenemos, ya sean fáciles o difíciles de criar?

Y podemos responder argumentando que de algunas no somos responsables, sino nuestros padres; o que fueron solo malas decisiones, pero la realidad es que Dios ha sido soberano sobre cada decisión acerca de ti. Si entendiéramos y atesoráramos a profundidad lo que nos enseñan los siguientes pasajes, estaríamos profundamente convencidas de que nuestras almas experimentarán la quietud que tanto anhelamos al confiar en Su soberanía.

«El Señor es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte. Las cuerdas cayeron en lugares agradables; en verdad es hermosa la herencia que me ha tocado». 

—Salmo 16:5-6

«Me dirás entonces: “¿Por qué pues, todavía reprocha Dios? Porque ¿quién se resiste a Su voluntad?”. Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: ‘Porque me hiciste así’. ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario?». —Romanos 9:19-21

Así de sencillo es nuestro Dios y Su proceder: hace lo que quiere, como quiere, con quien quiere y cuando quiere. Su soberanía es uno de los aspectos más importantes de la teología, ya que esta es la consecuencia natural de Su omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia. Todo está bajo Su control, y todo sucede porque Él lo permite, sea bueno o malo, agradable o desagradable, entendible o no entendible para nuestro razonamiento.

Esta verdad al hombre natural le es aborrecible, pero a nosotras, como creyentes, debería traernos un gran alivio, ya que todas las cosas descansan en los hombros de Aquel que es incansable, todopoderoso y quien hace todo conforme al designio de Su voluntad, la cual es buena, agradable y perfecta. 

Aun el pecado no es sorpresa para Él, sino que es parte integral de Su designio. No conocemos el porqué, pero algún día sí que veremos el panorama por completo y cómo este le da gloria. Habrá un momento en que todo será puesto en el debido orden; mientras tanto, nuestros pensamientos deben estar concentrados en lo siguiente:

«La conclusión, cuando todo se ha oído, es esta: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto concierne a toda persona. Porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo». —Eclesiastés 12:13-14

¡Uf! Qué alivio es saber que la maldad no quedará impune para siempre.

Decidamos hoy dejar todo lo secreto en las manos del Soberano, y enfoquémonos en temerle y creer sin reservas todo aquello que nos ha sido revelado, lo cual es nuestra responsabilidad. De hecho, ver Su soberanía nos lleva a un asombro de pensar: ¿Por qué me escogiste a mí dentro de millones de personas, y por qué eres tan paciente y bondadoso ante tanto descaro de este mundo pecador?

Que esta reflexión te ayude a guiar a las mujeres de tu comunidad a adorar al Señor por ser el Señor de todo y de ellas. Que en medio de sus luchas, de sus afanes, de su dolor, de sus preguntas sin respuestas, ellas puedan encontrar que reconocer la soberanía de Dios las lleva inevitablemente a adorarlo a Él y a descansar en Él. Al final, Dios es lo mejor que tenemos y tendremos siempre, y todo ha sido por Su gracia.

Deseo concluir con esta hermosa doxología de la epístola de Judas en los versículos 24-25 de tal manera que aceptemos con gozo este concepto de soberanía:

«Y a Aquel que es poderoso para guardarlos a ustedes sin caída y para presentarnos sin mancha en presencia de Su gloria con gran alegría, al único Dios nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo, y ahora y por todos los siglos. Amén».

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Sobre el autor

Margarita de Michelén

Mejor conocida por Maggie, recibió por la gracia de Dios a Jesucristo como su Señor y Salvador en el año 1980. Está casada con Eric Michelén desde 1981. Ambos desde su juventud han servido en Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo. … leer más …


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