
Recientemente estaba escribiendo un devocional sobre Marcos 10, y al estar estudiándolo, por un momento me quedé helada con lo que estaba meditando. Valdría mucho la pena que leyeras el capítulo completo, pero por ahora te pongo en contexto.
Ya iba Jesús encaminándose a Jerusalén para la Pascua en esa última semana antes de ser sacrificado, cuando aparta a Sus discípulos para anunciarles Su muerte una vez más, dando detalle de los padecimientos que le esperaban. Él les dijo que sería condenado, se burlarían de Él, lo escupirían y lo azotarían, para después darle muerte.
Apenas habiendo dicho esto, Marcos menciona la petición que había en el corazón de los hijos de Zebedeo. Ellos no habían entendido las enseñanzas de Jesús sobre la humildad, parecía que habían ignorado lo que les acababa de decir sobre Su inminente muerte y seguramente seguían pensando en un reinado físico, pues le pidieron estar cada uno a su lado cuando estuviera sentado en Su trono.
¿¡Qué!? Jesús les acaba de expresar las atrocidades que harían con Él y ellos se acercaron y le dijeron: «“Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos”. “¿Qué quieren que haga por ustedes?”, les preguntó. Ellos le dijeron: “Concédenos que en Tu gloria nos sentemos uno a Tu derecha y el otro a Tu izquierda”».
¡¿Es en serio?! ¿No había algo más amable que pudieran decir, ofrecerse a servirle tal vez? No, el deseo de su corazón era: ¡Señor queremos que nos des!
Imagínate estar en esa misma posición, estar a unos días de morir y que parezca que a nadie le importa lo que te pasa. ¿Cómo responderías? Bueno, el punto no es qué podemos hacer nosotras, sino qué nos enseñó Cristo a hacer.
El Señor Jesús no buscaba lástima de los demás, ni que lo rescataran de la muerte anunciada por amor a los perdidos; lo que les pidió a Sus discípulos fue que velaran y oraran, porque Él vino a dar vida y vida en abundancia, y eso era lo que había estado anunciando en sus 3 años de ministerio.
¡Cuánta compasión de Cristo! ¡Cuánta misericordia! Porque a pesar de saber que Sus discípulos lo iban a abandonar en el momento más crucial de Su sufrimiento al llevar la carga de nuestros pecados, les sirvió, les lavó los pies, les enseñó a orar y a predicar el evangelio, oró por ellos al Padre, les llamó Sus amigos…¡Sus amigos!! Sí, Cristo los amó, y los amó hasta el final.
Ahora, te quiero preguntar: ¿podemos amar a otros en circunstancias difíciles?
¡Exacto! ¡Sabía que dirías eso porque yo lo pienso muchas veces! Es muy difícil y parece casi imposible amar a otros cuando parece que nunca será recíproco. Pero cuando nos sometemos al control y guía del Espíritu Santo, podemos ser como Cristo, porque Él nos dejó ejemplo para seguir Sus pasos (1 Pd. 2:21).
Seguramente te han herido más de 10 veces, y probablemente las ofensas han venido de los más cercanos: tu esposo, tus hijos, tu familia, tus amigos, tus hermanos en la fe, porque tal vez…
- Tu esposo no te ha tratado como vaso más frágil en algunas ocasiones
- Tus padres te dieron la espalda cuando viniste a Cristo
- Tus amigos no han estado para ti en tiempos difíciles
- Tus hermanos en la fe han dicho cosas de ti que no son verdad
- Tus compañeros de ministerio tienen celos y hay rivalidad en el servicio
…pero siempre puedes recordar a Cristo y cómo Él perdonó a Sus ofensores. 1 Pedro 2 sigue diciendo: «El cual no cometió pecado, ni engaño alguno se halló en Su boca;y quien cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia».
Amada hermana, lleva tu causa al Juez justo; Él ve, Él oye, Él consuela.
En algunas situaciones, será difícil tener una reconciliación con las personas que nos hemos distanciado, pero eso no nos exime de poder extender la gracia y la misericordia que Dios nos ha dado ya.
En otras ocasiones, tal vez no será prudente buscar una reconciliación por temas delicados en medio de la ofensa, pero no te permitas tener a esas personas cautivas en la cárcel del enojo y la amargura en tu corazón. Te animo a que pidas consejo a personas maduras en la fe que puedan guiarte en tus circunstancias particulares.
Y si de algo estoy muy segura, porque desde la experiencia te lo digo, es que cuando en tu vida abunda la conciencia del amor de Cristo, que es mayor que cualquier amor terrenal, puedes vivir agradecida por quién eres en Él, porque sabes que ni tus heridas, ni las ofensas que han marcado tu vida definen quién eres. Sino Cristo en ti.
Así que, ¡corre a Cristo! Solo cuando estás constantemente en Su presencia podrás ver de manera clara Su gran amor consolador por ti. Aférrate a Sus promesas, arráigate en Su Palabra, mantente en oración, rodéate de personas que aman a Cristo y pueden animarte, pero sobretodo, confía en el amor más grande que tú puedes tener de este lado del cielo: Jesús.
Y recuerda…
«Él mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por Sus heridas fueron ustedes sanados». -1 Pedro 2:24
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