¿Cómo están tus rodillas? La práctica poderosa de arrodillarse mientras oras

Al recordar la vida y el legado de Robert Wolgemuth, amado esposo de Nancy DeMoss Wolgemuth, quisimos volver a compartir la última publicación que escribió para el blog de Revive Our Hearts. Este artículo refleja no solo lo que Robert creía, sino cómo vivía: de rodillas delante del Señor a quien amaba. Que sus palabras atraigan tu corazón hacia la misma postura que Robert modeló con tanta fidelidad: una vida de humildad, rendición e intimidad con Jesús.

¿Cómo están tus rodillas?

Debido a que he tenido un par de cirugías en esa articulación vulnerable entre los tobillos y las caderas, a veces, algunos viejos amigos que recuerdan mi trágica experiencia como adulto (que debería haber sido más sensato al unirse a ligas de básquetbol), me hacen esta pregunta.

Así que tengo la misma pregunta para ti. ¿Cómo están tus rodillas?

Una bendición invaluable

No hace mucho, mi numerosa familia celebró el vigésimo segundo aniversario de la entrada de mi padre al cielo. Ese día siempre trae a mi mente recuerdos relacionados con las rodillas.

Cuando era niño, recuerdo algo que hacía mi padre, y tenía que ver con sus rodillas. Samuel Wolgemuth era pastor de una pequeña iglesia en el centro-sur de Pensilvania. Cada domingo por la mañana, subía a la plataforma, colocaba su Biblia y sus notas sobre el sencillo púlpito y se arrodillaba. Desde esa posición oraba, pidiendo al Señor Su dirección para compartir la Palabra con la congregación reunida allí.

Puedo verlo con tanta claridad como si hubiera ocurrido el fin de semana pasado, pero arrodillarse para orar no era solo un ritual dominical para este hombre.

Cada mañana, antes del amanecer, Samuel se arrodillaba a orar. Abría su Biblia sobre la silla frente a él, leía una porción de las Escrituras y luego presentaba sus peticiones al Señor. En humildad, de rodillas.

Sus hijos podían oírlo orar. El timbre de su profunda voz resonaba suavemente por toda la casa. Como un hombre con un corazón para Dios y para las misiones mundiales, oraba por muchos de sus amigos que servían en lugares lejanos. Oraba por la iglesia que amaba. Y de rodillas —una vez más, una posición familiar ante el Trono— oraba por su familia… su descendencia, que ahora suma más de lo que jamás habría imaginado cuando era un joven arando un campo en la granja de sus padres, caminando detrás de una sola mula.

La oración humilde de un hombre de rodillas siempre ha sido para mí una señal importante.

Cuando conocí a Nancy en 2003, escuché la historia de su padre, Arthur DeMoss. Era un hombre que no había crecido en un hogar cristiano, pero que fue gloriosamente convertido en sus veintes mientras asistía a una reunión de avivamiento con un amigo.

Como la mayor de seis hermanos, Nancy tiene recuerdos muy vívidos de lo que su padre hacía temprano cada mañana. Al igual que mi papá, Art DeMoss leía la Palabra de Dios y oraba, de rodillas. ¿Puedes imaginar la bendición invaluable que Nancy y yo compartimos: padres que leían sus Biblias y oraban? ¿De rodillas?

Más que un ritual

No hace mucho dediqué tiempo a investigar los relatos en las Escrituras… historias de personas que se arrodillaron. Claramente, una de mis favoritas es la historia de Daniel. Leemos acerca de su hábito de oración en el capítulo 6 del libro del Antiguo Testamento que lleva su nombre.

Tal vez recuerdes que, aunque Daniel era conocido y respetado por las autoridades en Babilonia, donde vivía como exiliado, algunos de sus enemigos conspiraron contra él. Estos hombres sabían que Daniel oraba tres veces al día, pero también sabían que el rey Darío había prohibido en el reino que oraran a alguien que no fuera a él. Estos aduladores engañaron a Darío —quien amaba a Daniel— para que firmara una ley que establecía que, si una persona oraba a un dios no autorizado, moriría. La pena segura por quebrantar esta ley era convertirse en comida para una manada de leones.

Tan pronto como Daniel se enteró de la firma de esta nueva ley, fue a su casa: «en su aposento superior tenía ventanas abiertas en dirección a Jerusalén», y…«continuó arrodillándose tres veces al día, orando y dando gracias delante de su Dios» (Dan. 6:10).

La práctica de arrodillarse era más que un ritual inofensivo. En el caso de Daniel, fue un acto descarado de abierta rebeldía.

Otro relato bíblico de arrodillarse se encuentra en el libro de los Hechos del Nuevo Testamento. Aunque imaginar a Daniel inclinándose para orar es una escena dramática, quizá no haya una narrativa más sobrecogedora de oración de rodillas que la ejecución de Esteban a manos del Sanedrín, la élite religiosa de su tiempo, arrogante y convencida de su propia justicia.

Sin contenerse para decir la verdad, Esteban miró a los rostros de estos hombres verdaderamente malvados y proclamó con valentía: «Ustedes recibieron la ley por disposición de ángeles y sin embargo no la guardaron» (Hch. 7:53). Ellos no lo tomaron a la ligera y, llenos de furia, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo ejecutaron por lapidación, una forma brutal y espantosa de morir: piedras golpeando dolorosamente su rostro, aplastando su ojo, rompiendo su nariz o destrozando sus dientes. Sangre salpicando por todas partes. ¿Puedes siquiera imaginarlo? Ese fue el terrible final de Esteban.

«Y mientras lo apedreaban, Esteban invocaba al Señor y decía: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Cayendo de rodillas, clamó en alta voz: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”. Habiendo dicho esto, durmió». -Hechos 7:59–60

A pesar de estos relatos tan dramáticos de hombres arrodillados, creo que mi favorito (Marcos 5) es mucho menos dramático. Mucho más cercano y repetible. Un hombre llamado Jairo, un respetado líder de la sinagoga, tenía una hija gravemente enferma. Como padre de dos hijas, puedo identificarme.

En 1984, cuando nació Julie, justo afuera del quirófano, las primeras palabras que escuché de parte del médico que acababa de entregar su pequeño cuerpo, fueron estas: «Tiene una niña, pero hay algo mal con ella».

Retrocede el reloj cincuenta años y me encontrarás en la sala de espera para padres del hospital, de rodillas, suplicando a mi Padre por mi pequeña hija. No tenía idea de lo que el médico había querido decir, pero en desesperación y humildad, su papá estaba de rodillas.

Así que Jairo, en favor de su hija muy enferma, se apresuró a ir a Jesús. Y allí mismo, delante de personas que lo conocían como un respetado miembro del liderazgo religioso, dejando a un lado toda formalidad, se humilló, arrodillándose a los pies del Salvador. ¿Puedes imaginarlo allí, con sus vestiduras religiosas ensuciándose con el polvo? Créeme, habiendo conocido lo que se siente ser un padre con una hija enferma, eso era lo último en lo que pensaba.

Mañana por la mañana te espera

Entonces, ¿cómo están tus rodillas? Al igual que los hombres cuyas historias acabamos de considerar, ¿te encuentras descansando sobre ellas por la mañana? Si es así, bienvenido al grupo de aquellos que a lo largo de la historia han hecho esto al orar. Si no, la mañana del día de mañana te está esperando. Arrodíllate delante de tu Dios. Él merece tu adoración humilde.

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Sobre el autor

Robert Wolgemuth

Robert Wolgemuth (1948–2026) fue el amado esposo («DH») de Nancy DeMoss Wolgemuth. Además de ser padre de dos hijas adultas que tuvo con su difunta esposa, Bobbie Wolgemuth (f. 2014), Robert fue abuelo de cinco nietos y bisabuelo de tres.

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