Érase una vez, en una clase de escritura, recuerdo que un profesor dijo que solo existen dos tipos de tramas: un personaje emprende un viaje o un extraño llega a la ciudad. En las últimas temporadas navideñas, me he sorprendido clasificando mentalmente las historias en las categorías «viaje» o «extraño».
Piensa en el contenido navideño que has consumido recientemente, y que quizás incluso tengas reproduciéndose de fondo mientras envuelves regalos u horneas galletas. Aunque algunas historias pueden ser un poco más difíciles de clasificar, la mayoría encajan perfectamente en una de las dos categorías.
- Su tu hija y tú fueron a ver una producción local de ballet «El Cascanueces» vieron a Clara ser guiada por un mundo mágico y luego llevada de regreso a casa a salvo. Viaje.
- Si tus compañeros de cuarto pusieron la última comedia romántica navideña de Netflix, quizás presenciaste a un muñeco de nieve, cobrar vida y alterar el mundo de una viuda en duelo. Extraño.
- Si leíste con tus hijos alguna versión de «Un cuento de Navidad», acompañaste a Ebenezer Scrooge mientras revisaba momentos de su vida y experimentaba una genuina transformación de corazón. Viaje.
Y, por supuesto, están cientos de películas navideñas más que se transmiten cada año, muchas de las cuales presentan a protagonistas femeninas abrumadas que viajan lejos de sus ajetreadas vidas de la ciudad de regreso a sus pequeños pueblos, encontrando que sus prioridades se reordenan en algún punto de los caminos cubiertos por nieve.
Te guste o no este tipo de historias, las motivaciones que mueven a sus personajes suelen tocarnos de cerca. Después de todo, cada uno anda tras la conexión, la nostalgia, el propósito o el consuelo. Cada uno está adorando algo; pocos están adorando a alguien. A medida que tu propia historia navideña se desarrolla, ¿qué o a quién serás hallada buscando?
Un viaje que vale la pena
Una de mis partes favoritas de la historia bíblica de Navidad no se encuentra en Lucas 2, aunque miles leerán ese pasaje esta noche como parte de sus tradiciones de Nochebuena. Mientras que Lucas relata la visita de los pastores locales al pesebre, solo Mateo nos presenta a los magos, cuyo viaje nos recuerda que el impacto de la llegada de Cristo fue más allá de Belén.
Antes de la aparición de los sabios, Mateo comienza con una genealogía que incluye una lista de personajes conocidos del Antiguo Testamento que emprendieron viajes significativos:
- Abraham dejó su tierra natal y partió en obediencia al Señor, aunque no sabía a dónde iba (Gn. 12:1-5, Heb. 11:8-10).
- Jacob huyó de su hermano y más tarde regresó, luchando con Dios en el camino (Gn. 28:33).
- Rut siguió a Noemí hasta Belén, donde halló redención y un lugar en la genealogía de David (Rt. 1-4)
- David fue primero un pastor de ovejas, luego un fugitivo y finalmente un rey (1 Sam. 16-2 Sam. 5). «De la descendencia de este», dice Hechos 13:23, «Dios ha dado a Israel un Salvador, Jesús».
Esta lista de descendientes vivió en fe, confiando en lo que Dios había prometido, aunque lo hicieron generaciones antes del tan esperado Mesías. La genealogía en Mateo 1 culmina con Su llegada. Jesús no es simplemente un «extraño que viene a la ciudad» en el sentido literario, sino el Hijo de Dios nacido en Belén.
«Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un Gobernante que pastoreará a Mi pueblo Israel». -Mateo 2:6
En busca del Rey
La historia de los sabios en Mateo 2 une ambos arquetipos. Eran forasteros a la fe judía (astrólogos y hechiceros paganos) que parecían tener conocimiento de la profecía del Antiguo Testamento dada en el tiempo entre Abraham y David:
«Una estrella saldrá de Jacob, y un cetro se levantará de Israel». -Números 24:17
Ellos reconocieron la estrella como una señal del Rey, y viajaron de lejos para encontrarlo.
«Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos sabios del oriente llegaron a Jerusalén, preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos Su estrella en el oriente y lo hemos venido a adorar”». -Mateo 2:1-2
«Después de oír al rey, los sabios se fueron; y la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo sobre el lugar donde estaba el Niño. Cuando vieron la estrella, se regocijaron mucho con gran alegría.Entrando en la casa, vieron al Niño con Su madre María, y postrándose lo adoraron; y abriendo sus tesoros le presentaron obsequios de oro, incienso y mirra». -Mateo 2:9-11
Los sabios se acercaron a Jesús con adoración y gozo desbordante; llevaron regalos asociados con la realeza y se los presentaron al joven Rey. Encontrarse con Cristo de bebé no fue un desvío en su camino hacia algo mejor: Él era el tesoro que habían estado buscando desde el principio. Su viaje navideño culminó en adoración.
¿Qué estás buscando?
Muchos otros que esperaban el nacimiento de Jesús deseaban lo que Él podía hacer por ellos. Esperaban a un rey que derrocara a Roma, no a un Salvador que venciera su pecado. Cuando Jesús creció e inició Su ministerio público, las multitudes lo recibieron con la esperanza de que conquistara el dominio opresivo romano y estableciera un reino terrenal (Jn. 12:12-13). Querían Su poder, querían Su seguridad, protección y alivio de sus circunstancias; querían liberación, y no se necesita mucho para que nosotros nos acerquemos a Él de una manera similar, buscando Sus bendiciones en lugar de rendirnos a Su señorío.
Pero los sabios muestran otra opción. Mira nuevamente Mateo 2:10: «Cuando vieron la estrella, se regocijaron mucho con gran alegría. Entrando en la casa, vieron al Niño con Su madre María, y postrándose lo adoraron». Deja que su ejemplo te guíe a atesorar al verdadero
Rey esta Navidad.
1. Mira atrás, a las promesas que Dios ha cumplido.
Considera las promesas que Él ha hecho realidad: desde el llamado de Abraham, hasta el niño nacido en Belén, y el regalo de la salvación extendido a los gentiles en esta generación «estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo» (Ro. 4:21), «Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió» (Heb. 10:53).
2. Recuerda quién eres en Su historia.
Estos hombres sabios, aunque eran pecadores, no fueron apartados de Cristo. Tú también viniste a Él necesitando redención, no solo fuiste invitada a encontrarte con Jesús; Él te encontró con gracia y misericordia, y te invitó a ser parte de Su familia. «Pero vayan, y aprendan lo que significa: “misericordia quiero y no sacrificio”; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt. 9:13), «Pero Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8), «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos» (Gal. 4:4-5).
3. Regocíjate en tu Rey.
Cuando los sabios se encontraron con Jesús, «se regocijaron mucho con gran alegría» (Mt. 2:10). Al considerar quién es Él, deja que tu corazón cante con gratitud por Su venida. «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14), «a quien sin haber visto, ustedes lo aman, y a quien ahora no ven, pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria» (1 Pd. 1:8), «Y el Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz en el creer, para que abunden en esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Ro. 15:13).
Una historia digna de celebrar
Esta Navidad, en medio del chocolate caliente y la calidez de la temporada, recuerda esto: estás invitada a ser parte de una celebración que supera incluso los relatos navideños más conmovedores. En el centro de todo está Jesús: el cumplimiento de la historia más gloriosa jamás escrita y esperada del mundo.
Los profetas lo proclamaron, los sabios lo buscaron. Que encuentres tu gozo al adorar al Rey esta Navidad.
De parte de todo el equipo de Aviva Nuestros Corazones, ¡Feliz Navidad! Que la paz duradera que se encuentra en Jesús sea tuya, esta Navidad y siempre.
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