Del autoengaño al descanso en Cristo

Crecí pensando que era una «buena persona». Me sometía a las reglas de casa y procuraba cumplir con mis obligaciones. Nadie debía decirme nada, pues yo era justa. Yo era mi propio dios, por consiguiente, toda regla giraba en torno a mis deseos y vanidades. Vivía tan lejos de la verdad, pero Dios fijó Sus ojos en mí. Quiso que lo conociera, lo buscara y respondiera a Su llamado, para hacer de mí una nueva criatura. 

Su gracia admirable me libró de mi ruina e hizo que Su Palabra sanara mi corazón y lavara mi mente (Sal.107:20). Comenzó a darme dirección y perspectiva, para que el enfoque de mi vida ya no fuera yo, sino Cristo en todo.

Poco a poco, en Su gran paciencia y misericordia, me fue mostrando que Él pone las reglas, que es Él quien dice lo que es correcto o incorrecto. Él sabe lo que me conviene, y toda respuesta verdadera se halla en el Dios que ha establecido Su Palabra como firme y eterna (Is. 40:8, Jn. 12:48). Dios tiene absoluta autoridad, pues Él es el Creador de todo y de todos.

En el libro de Deuteronomio, encontramos enseñanzas provechosas dadas por medio de Moisés, para que Israel viviera como pueblo del pacto. Allí vemos principios morales, éticos y de orden que reflejan el carácter santo de Dios. Entendidas a la luz de Cristo y del nuevo pacto, estas leyes nos muestran el carácter santo de Dios y serían de gran beneficio y descanso para una sociedad que cada vez se muestra más en decadencia.

Te animo a leer completo este hermoso libro de Deuteronomio; hoy nos enfocaremos en algunos puntos del capítulo 4. Moisés le recuerda a Israel la conducta que debían mostrar como pueblo de Dios, y que hoy nos instruye a nosotras al revelarnos el carácter de Dios y nuestra necesidad de depender de Su gracia.

Hay una frase indicativa, que se vuelve imperativa y no negociable: «guarden los mandamientos». Eso era lo más importante, no habría beneficio alguno en tener una lista de leyes si no había obediencia en sus corazones. 

El Señor sabe que necesitamos Sus mandamientos, y al sometermos a ellos, nos sometemos a la voluntad de Dios que es buena, agradable y perfecta. Podemos ver en Proverbios 3:17 que los caminos de Dios son agradables, todas Sus sendas son de paz. Sin importar el costo, la incomodidad o el dolor que eso nos cause, damos gloria a Dios con nuestra sujeción a Sus mandatos, no para ganar Su favor, sino como fruto de la gracia que ya hemos recibido en Él. 

Otra enseñanza valiosa está en el versículo 9 que dice: «Por tanto, cuídate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; sino que las hagas saber a tus hijos y a tus nietos». 

Y nosotras también, luchamos en guardar la Palabra de Dios, se nos olvida todo lo que Dios ha hecho por nosotras, de dónde nos rescató. Y esto nos lleva a no cumplir parte del propósito añadido de guardar la Palabra: testificar de Su poder, y dar a conocer a nuestros hijos y nietos sobre este Dios, que es real y presente y habita en aquellos que tiemblan ante Su Palabra (Is. 66:2). 

Oremos y trabajemos para que nuestras generaciones sean impactadas y anhelen a Cristo. Porque nuestros corazones son propensos a crear ídolos, así como le sucedía al pueblo de Israel. A causa del pecado remanente, aún fallamos; y por la dureza de nuestro corazón, hacemos ídolos de todo, como bien lo dijo Juan Calvino: «somos fábricas de ídolos». Más nunca olvidemos que nuestra restauración, ante todo pecado, está en Cristo. En Él siempre hay esperanza y oportunidad para el arrepentimiento y la conversión.

«Por tanto, reconoce hoy y reflexiona en tu corazón, que el Señor es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra; no hay otro», dice el versículo 39. 

Guardar la Palabra de Dios y ponerla por obra, será nuestra sabiduría y nuestra inteligencia ante los ojos de todos los que nos rodean. Es un modo de testificar al mundo, que el pueblo del Señor es sabio y entendido, porque camina conforme a Su Palabra (Dt. 4:6).

Amada, se nos dió vida nueva para seguir las huellas del Maestro y rendirle la vida que nos presta, como un sacrificio vivo y santo, para anunciar las excelencias de Jesucristo y dar gloria a Su santo nombre. Como hijas que desean honrar a Su Padre, debemos orar para amarlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza (Dt. 6:1-9).

Debo confesar con pena, que me faltan kilómetros para cumplir todo aquello que Dios me ha mostrado. En muchas maneras aún soy una hija rebelde y poco sumisa, pero prosigo al blanco y cada día pido morir a mí para vivir por Él. Mas Dios nos dice, que si desde allí, desde nuestro pecado, lo buscamos con el alma y de todo corazón, lo hallaremos. 

Dios quiere que lo conozcamos a través de una relación cercana e íntima. En ninguna persona he hallado mayor descanso que en la Persona de Jesucristo. Y en ningún lugar he encontrado mayor beneficio,que en la voluntad del Señor expresada en Su Palabra. 

Y tú, ¿buscarás rendirte también a Su voluntad?

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Sobre el autor

Patricia Pérez de Villa

Patricia Pérez de Villa, esposa de Arturo Villa, un siervo de Dios, y juntos han recibido tres herencias de Jehová: una hija y dos hijos. Reside en Guadalajara, México.

Patricia reconoce que Dios la apartó para Él y tiene … leer más …


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