Enfócate en lo importante

Pasa todos los días. La esposa explota contra su esposo por dejar sus calcetines sucios en el suelo. El esposo dirige palabras cortantes a su esposa por decirle en qué espacio estacionarse. Una madre cansada se enoja con sus hijos por dejar pasta dental en el lavabo. Un padre con exceso de trabajo menosprecia a su hijo porque perdió el control remoto del televisor. Volvemos grandes las cosas pequeñas, haciendo que las pequeñas roturas se vuelvan cráteres cada vez que exageramos las cosas pequeñas.

¿Realmente importa si mi esposo elige un espacio para estacionarse diferente al que yo escogería? ¿Las manchas de pasta dental realmente justifican mi desesperación total? ¿Y los calcetines en el suelo? Puede que sea una molestia o incluso una manía (y algo que debería discutir con mi esposo), pero cuando exploto por una cuestión tan insignificante, invariablemente causo más daño. 

Para que conste, es mucho más fácil reparar una grieta que un cráter, pero nos encontramos en las trincheras todo el tiempo. Pensamos que no podemos evitar nuestras reacciones (así somos), pero realmente no es verdad. Sí es posible ser cuidadosas con nuestras acciones, cuidar lo que decimos, mostrar bondad cuando no queramos hacerlo con la ayuda del Espíritu Santo y el amor de Dios llenando nuestros corazones. 

No tenemos que exagerar con la pasta dental en el lavabo o la ropa sucia esparcida en el suelo. En cambio, podemos ser amables con los demás (especialmente con los que vivimos), y podemos aprender a no exagerar en las cosas pequeñas.

Las palabras sabias vienen de Dios

En la vida existen problemas grandes y problemas pequeños. El problema es que volvemos grandes los problemas pequeños evitando totalmente los grandes. Aprender a diferenciar entre los problemas que deben ser discutidos versus los que debemos empapar en un balde de gracia, requiere sabiduría y discernimiento, y ambos vienen de Dios. 

¿Recuerdas lo que dijo Santiago? «Porque toda clase de fieras y de aves, de reptiles y de animales marinos, se puede domar y ha sido domado por el ser humano,pero ningún hombre puede domar la lengua. Es un mal turbulento y lleno de veneno mortal» (Santiago 3:7-8). La humanidad podrá atravesar montañas, domar las olas del mar, y recrear el cerebro humano, pero nadie, nadie, puede atar la lengua. Lejos de Cristo obrando en nosotras, somos un lío de palabras mordaces, amargas y rotas sin remedio . 

Necesitamos que Jesús nos ayude a saber cuándo hablar, cuándo estar en silencio, y qué decir. Proverbios 20:15 dice: «Hay oro y abundancia de joyas, pero cosa más preciosa son los labios con conocimiento». Si es excepcional encontrar un tesoro lleno de joyas, es aún más extraordinario encontrar a alguien que solo use palabras sabias.

Las palabras sabias alientan la búsqueda de Cristo

A veces tenemos una idea equivocada, especialmente en el matrimonio y la crianza, de que nuestro trabajo es arreglar todo lo que creemos que «está mal» con otros. Pero no es nuestro trabajo. En vez de esto, nuestro trabajo es amarlos tanto como Cristo los ama. A veces eso significa hablar la verdad en amor, y otras veces es aceptar a los que amamos como Dios los hizo.

Tu esposo no es como tú. Tus hijos no son como tú. Son buenos en cosas que tú no eres, tú eres buena en cosas con las que ellos batallan, y eso está bien. Lo mejor que podemos hacer por los que amamos es ayudarlos a crecer a la imagen de Dios, no a nuestra imagen. 

No estamos animando a nuestros seres queridos a buscar a Cristo cuando insistimos en corregir cosas que nos molestan, o los criticamos por no cumplir con nuestras expectativas. En vez de hacer eso, los forzamos a buscar nuestra felicidad, y de esta manera, no solo los distraemos de lo que es más importante, sino que volvemos estas pequeñas grietas en cráteres, exagerando las cosas pequeñas.

Por ejemplo, me gusta que la casa esté limpia, así que es fácil que yo vuelva la limpieza de la casa una prioridad. Me molesta cuando hay desorden. Pero, honestamente, tener una casa limpia constantemente es algo pequeño comparado con desarrollar la vida espiritual de mis hijos, mi relación con ellos, el tiempo con mi esposo, y mi propia relación con Cristo.

Si hay cierta razón y sentido en tener una casa limpia, también tiene sentido dejar los problemas pequeños como pequeños y los grandes como grandes. Confundir las dos cosas lleva a la frustración y a las palabras duras que pueden dañar a las personas que amamos.

Las palabras sabias pueden mantener lo pequeño en ese mismo tamaño

Jesús es el mejor ejemplo de lo que realmente es enfocarse en lo importante. Vivió cada momento de Su humanidad sin distracciones. No se desvió por problemas secundarios como las reglas para el día de reposo o las reglas de la limpieza (Mat. 15:20). Sin importar la situación (o la tentación), Jesús nunca permitió que los problemas menores pintaran el panorama general. Ni siquiera los encuentros cercanos con enfermedades como la lepra alteraron su conducta. 

El deseo de Cristo ante cada enfrentamiento se parecía a las instrucciones de Pablo para los ricos en 1 Timoteo 6:18-19: «Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida».

Y ahí está la meta: animar a que los nuestros se aferren a lo que realmente es la vida. Animarlos a que se esfuercen por el reino del cielo y atesoren lo eterno. Que sean ricos para Dios, generosos con otros, siempre mostrando el amor de Cristo que está en nuestros corazones. Pero cuando exageramos las cosas pequeñas, insistiendo en las cosas que no tienen importancia, nos alejamos de esa meta.

Antes de empezar una pelea con tu esposo, piensa y considera si el problema es grande o pequeño, y deja pasar lo pequeño. Dejar pasar las cosas pequeñas promueve la paz, pero si hacemos que el grano de arena se convierta en una montaña, terminaremos en una discusión. 

¿Y qué pasa si tu esposo no es el mejor en recoger sus cosas? Él trabaja duro, y su dedicación es de notar. Edifiquémonos en vez de destrozarnos. Dile a tus hijos que estás orgullosa de ellos. Háblale a sus corazones y a sus vidas en vez de criticarlos con tus palabras, y evalúa si tus deseos se alinean con esas metas.

Las palabras sabias vienen de la oración

Preguntarte si un problema es «grande» o «pequeño» antes de actuar es algo simple pero también una herramienta efectiva. Y si no estás segura, pregúntale al Señor antes de hablar. Me pregunto cuántas peleas podríamos prevenir si aprendiéramos a hablar con Dios antes que con otros. 

Nuestra cultura actual está llena de temas sobre los que se puede discutir, y es fácil confundir lo que es un asunto significativo y uno de menor importancia debido al miedo y la frustración. Desgraciadamente, etiquetarlos equivocadamente provoca más división. Las grietas se convierten en cráteres en cuestión de segundos cuando los temas menores se convierten en mayores, pero podemos amar con toda intención tratando de distinguir entre ambos. 

Sé que no es fácil retener la lengua. Es difícil quedarse callado en ciertas cosas para enfatizar otras. También he sentido esos comentarios queriendo salir de mi boca, y siento que me queman por dentro cuando me quedo callada. Pero con Dios, todo es posible… incluso domar la lengua.

Así que, amiga mía, escoge tus palabras con sabiduría. Pregúntate, ¿esto es un problema grande o pequeño? ¿Estoy perjudicando o ayudando a mis relaciones diciendo estas palabras? Con el tiempo, creo que verás que es mejor no exagerar en las cosas pequeñas. 

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Sobre el autor

Stacey Salsbery

Stacey Salsbery

Stacey Salsbery es esposa de granjero y madre de cuatro hijos. Cuando no está sirviendo una comida, viajando en un tractor con su esposo o llevando a los niños a practicar, la encontrará escapando de la locura escribiendo devocionales en Deeper Devos, donde les da a los lectores una una mirada práctica y más profunda a la Palabra de Dios. Sus cosas favoritas en el mundo (sin contar a su Salvador, esposo e hijos) incluyen decorar de casa, comprar libros nuevos y salir a correr. Stacey y su familia residen en los campos de maíz de Indiana.

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