Entre metas frustradas y la fidelidad de Dios

Escritora invitada: Yeimy de Robainas

Al inicio de un nuevo año, por lo general nos planteamos nuevas metas. Nuestra expectativa es lograrlas y llevarlas a cabo como deseamos. Sin embargo, existe la posibilidad real de que nuestras metas no se cumplan como esperamos. Esto nos desanima y entristece. Nos sentimos frustradas, y hasta amargadas o resentidas por no conseguir lo que queríamos. Todas hemos pasado por ahí. Todas hemos mirado una meta no cumplida con un nudo en la garganta, sintiendo que fallamos o que algo «se rompió» en el camino. No estás sola. Este blog quiere acompañarte a mirar estas frustraciones con ojos bíblicos, no solo con emociones heridas.

A veces nuestra primera reacción, será buscar la forma de sentirnos animadas en nuestra decepción. Pero como mujeres cristianas, más allá de preguntarnos cómo encontrar ánimo cuando nuestras metas no se cumplen, es sabio analizar en primer lugar algunas cuestiones importantes.

No está mal que tengamos metas, siempre y cuando estén alineadas con los valores del reino de Dios y no con los de este mundo. El problema surge cuando, sin darnos cuenta, colocamos nuestras metas en el lugar que solo Dios debe ocupar. Cuando lo que deseamos empieza a definir nuestro ánimo, nuestra identidad o nuestro sentido de valor, hemos permitido que algo bueno se convierta en un ídolo. Tener una visión correcta implica afirmar que nuestras metas no son nuestro Dios. Dios es Dios y no cambiará, aun cuando nuestras metas no se cumplan. 

¿Por qué no se cumplen nuestras metas?

Algunas ocasiones, aunque se trate de metas legítimas y del agrado de Dios, aún no será el momento adecuado. Y a veces, simplemente, Dios interrumpe nuestros planes porque no eran conformes a Su voluntad o nuestras motivaciones no eran correctas. 

Pero cuando la causa ha sido nuestra falta de responsabilidad, es necesario identificar excusas como: ser ociosas, la mala administración del tiempo, o el querer abarcar más de lo que podemos sostener. En esos casos, necesitamos buscar la gracia del Señor, crecer en diligencia y vencer aquello que nos impide caminar en las buenas obras que Él preparó para nosotras. Necesitamos hacer ajustes sabios y reconocer nuestros límites: sentirnos incapacitadas, tareas demasiado grandes que no sabemos por dónde empezar o querer abarcar más de lo que nuestras fuerzas, recursos y tiempo nos permiten. Necesitaremos hacer los ajustes y cambios que nos ayuden eficazmente, y determinar hasta dónde podemos llegar. Y aquí necesitamos recordar una verdad liberadora: nuestro valor no está en lo que logramos, sino en Aquel que nos sostiene aun cuando fallamos. La productividad cristiana no nace del esfuerzo humano, sino de permanecer en Cristo.

Cuando nuestras metas son interrumpidas por el Señor

A veces nuestras metas no se detienen… nos las detiene Dios. Él ve lo que nosotras no vemos: motivaciones torcidas, deseos que nos desvían, búsquedas que no honran Su nombre. Cuando nos enredamos en la «pasión de la carne, la pasión de los ojos, y la arrogancia de la vida» (1 Jn. 2:16), comenzamos a buscar en nuestras metas lo que solo Cristo puede darnos: valor, identidad, aceptación y seguridad.

Esto sucede cuando ponemos el blanco en lo que queremos lograr, pero olvidamos el por qué y para qué lo estamos persiguiendo. En lugar de moldear nuestras metas según la Palabra, nos dejamos moldear por los valores terrenales. Cristo es el centro, no nuestras listas. La motivación verdadera y digna de aquello que deseemos y hagamos debe ser Su gloria. 

Un ejemplo sencillo es la resolución de hacer dieta. Si la buscamos para agradar a Dios, cuidar nuestro cuerpo y servir mejor, es buena. Pero si la perseguimos para compararnos, sobresalir o ser aprobadas, ya no es una meta: es una carga.

Lo mismo ocurre con el deseo de tener una casa hermosa: puede ser un acto de mayordomía… o una plataforma de autoexaltación.

Incluso la obediencia de nuestros hijos puede convertirse en una meta equivocada si lo que buscamos no es honrar a Dios, sino proteger nuestra imagen ante otros.

En todas estas situaciones, el Señor puede orquestar circunstancias que nos muevan a reconocer que no vamos en la dirección correcta. A veces tendremos que detenernos en el camino para escuchar Su voz. Otras, tendremos que retroceder. Pero siempre es un retorno hacia Él, en arrepentimiento y fe.

Así que, cuando la razón no es negligencia sino la providencia de Dios, la invitación es a confiar. Nuestro Padre sabe lo que necesitamos, cuándo lo necesitamos y qué caminos debemos evitar. Sus tiempos no son lentos ni acelerados: son perfectos. Consultemos cada paso en oración, busquemos consejo piadoso y seamos fieles en lo que sí podemos hacer hoy. Dios ordena nuestros pasos; aunque muchos sean nuestros planes, solo Su consejo prevalecerá.

Recuerda tu propósito en Cristo y Su evangelio

Cualquiera que sea nuestra condición, recordemos esto: «El fin principal del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de Él por siempre»1. Gracias a la persona de Cristo podemos vivir hoy dentro de ese propósito. Nuestras metas deben buscar darle la gloria al Señor en todo lo que emprendamos y disfrutar de Él. 

Si nuestra tentación es la pereza y la falta de constancia, meditemos en la maravillosa oportunidad que tenemos de glorificar a Dios a través de Jesús. Para esto hemos recibido una nueva naturaleza y todo lo que necesitamos para la vida y la piedad. 

Si no es el tiempo del Señor, confiemos en que Su propósito se cumplirá en nosotras, de acuerdo a Sus planes de bien. Confiemos en Su propósito perfecto.

Si nuestras motivaciones no le agradan al Señor, confesemos nuestro pecado, roguemos por arrepentimiento y miremos a Cristo en fe otra vez. 

Jesús cumplió perfectamente cada obra que el Padre le encomendó: «Yo te glorifiqué en la tierra, habiendo terminado la obra que me diste que hiciera» (Jn. 17:4). En Él tenemos el verdadero propósito de nuestras vidas. Su vida ya está en nosotras y nosotras en Él. Sus metas son nuestras metas ahora. Al conocerlo en Su Palabra y vivir en Sus promesas, su vida se va abriendo paso a través de la nuestra y seremos más impregnadas de Su aroma. 

La verdadera libertad no viene de lograr más metas, sino de rendirlas todas delante de Cristo.

La mala noticia es que fallaremos en completar nuestras metas emocionantes de año nuevo. Somos inconstantes, pero la buena noticia es infinitamente mayor: Dios es fiel. Su propósito es firme. Aunque todo lo planificado se derrumbe, tenemos un refugio seguro en el evangelio. Quizás fallaste en tus metas… pero Cristo no falló en Su propósito para contigo. Y eso basta para empezar de nuevo con esperanza.

  1. Catecismo Menor de Westminster.

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