Escritora invitada: Colleen Chao
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Es algo extraño escribir sobre el «sufrimiento» en el contexto estadounidense del primer mundo. ¿Qué es lo que realmente califica como sufrimiento? En tu propia vida, ¿qué catalogarías simplemente como una dificultad y qué considerarías un sufrimiento en toda la extensión de la palabra?
Considero que sé muy poco del sufrimiento cuando pienso en personas como Helen Roseveare, Madame Guyon y Olaudah Equiano, o cuando escucho acerca de víctimas actuales de persecución, trata de personas y esclavitud. Me siento tentada a desesperarme en mi propia «fragilidad». Así que cuando las personas me dicen que están asombradas de cómo estoy afrontando un diagnóstico terminal, me siento profundamente animada, pero también me estremezco un poco ante los cumplidos. Me conozco demasiado bien como para impresionarme de mí misma. Constantemente, de manera muy consciente, sé que Dios me está sosteniendo; Él está derramando Su Espíritu sobre mí (en la misma medida que el dolor que Él ha permitido); Él ha estado obrando en mí poco a poco durante muchísimos años.
Anoche estaba en la cama recordando mis años treinta y, cuando pensaba que podría terminar en un manicomio porque me sentía tan sobrepasada por la ansiedad y la depresión. Recordé las muchas veces que me puse en posición fetal y lloré delante de Dios: «¡No puedo con esto ni un día más!», durante largos años de soltería, durante los peores años de la enfermedad de mi hijo, cuando luchaba por respirar por las noches o estaba sin fuerzas en mis brazos con fiebre y dolor persistente, y durante mis propios doce años de dolor y enfermedad crónicos.
Y aquí está la realidad acerca del sufrimiento (al menos según mi propia experiencia limitada): ninguna de nosotras es buena en ello. Ninguna de nosotras tiene la capacidad de sufrir bien con esperanza y gozo, pero el secreto para poco a poco convertirnos en personas que sufren con esperanza y gozo ha sido sorprendentemente sencillo: ir a Dios. Una y otra y otra vez.
Voy a Él cuando estoy enojada con Su voluntad para mi vida.
Voy a Él en medio de la noche, cuando el dolor amenaza con desmoronarme.
Voy a Él cuando estoy cansada hasta los huesos o cuando me estoy dando a mí misma una épica fiesta de autocompasión.
Con «ir a Él» me refiero a que dirijo mis pensamientos hacia Él y le digo exactamente lo que estoy sintiendo, con todos los detalles crudos y difíciles. «Derrama como agua [mi] corazón ante la presencia del Señor» (Lam. 2:19) y, con la más pequeña semilla de fe, creo que Él me está escuchando y que será capaz de hacer algo con mi sufrimiento (Is. 64:4).
Ese acto rítmico de ir a Él ablanda mi corazón para escucharlo, para oír Su voz, para terminar mi monólogo egocéntrico y comenzar un hermoso diálogo con Él.
El regalo sagrado del sufrimiento
Y esto es de lo que me he ido convenciendo cada vez más a lo largo de este proceso, durante ya décadas: no puedo escucharlo ni dialogar con Él (y, por lo tanto, no puedo sufrir bien) apartada de Su Palabra. A través de las páginas de la Escritura, Él habla exactamente lo que mi corazón necesita oír. Se revela a Sí mismo (a veces de maneras que no reconozco de inmediato), y esas revelaciones lo cambian todo: mis pensamientos, mis deseos, mi perspectiva, todo. Y aquí reside uno de los regalos más sagrados del sufrimiento: quien sufre tiene una capacidad única para experimentar a Dios por medio de Su Palabra de maneras que no pueden experimentarse en días de comodidad y facilidad.
Charles Spurgeon lo expresó de esta manera:
«La prosperidad es una ventana pintada que bloquea gran parte de la luz clara de Dios. Solo cuando se quitan los tonos azul, carmesí y dorado, el vidrio recupera su transparencia. La adversidad quita el tinte, el color y la opacidad, y entonces vemos a nuestro Dios. En ausencia de otros bienes, el Dios bueno se ve mejor».1
Y Robert Hawker lo expresó así:
«Tus palabras son dulces y perfectas para mi alma cansada, y mi sentido de nada hace que Tu plenitud sea aún más preciosa».2
Sé que sueno como un disco rayado, pero cantaré esta canción hasta mi último día: en las manos de un Dios bueno, el sufrimiento es un regalo. Son las cuerdas de bondad y los lazos de amor que nos atan firmemente a Jesús (Os. 11:4). Es el acetona y el trapo que limpian la ventana pintada que bloquea nuestra vista de Él. Y no hay nada en la tierra más precioso que ver, conocer y amar a Jesús a través del sufrimiento (Flp. 3:10). Lentamente, de manera torpe, con el paso del tiempo, nuestro gozo, nuestra esperanza y nuestra paz crecen profundas y amplias, porque somos atraídas hacia Su presencia, hacia Su amor, y entonces ya no buscamos cualquier otro consuelo sustituto.
Afligidos por todos lados
En los últimos meses, nuestra familia ha estado afligida por todos lados, siendo el cáncer solo uno de muchos factores de estrés y dolores del corazón. (Jeremiah Burroughs escribió con gran acierto: «Muy rara vez una aflicción viene sola; por lo general, las aflicciones no son cosas aisladas, sino que llegan una tras otra, una sobre el cuello de la otra»3). Ayer me sentía triste y enojada por las dificultades implacables, y me sentía débil, desesperadamente necesitada; pero acudí a Dios una y otra vez a lo largo del día, y Él habló a mi corazón herido y me reveló Su cercanía y Su bondad por enésima vez.
Así que, de una persona débil a otra, aquí va mi firme exhortación, especialmente si crees que los sufrimientos de hoy superan con creces tu capacidad: sigue yendo a Dios. Dile todo lo que estás sintiendo, de manera cruda y sin reservas, no es demasiado para Él. Ora a través del Salmo 40, o Isaías 35, o Lamentaciones 3.
Confía en que Él nunca nos menosprecia por lo limitada que es nuestra capacidad para sufrir, ni por nuestra lucha para llegar al punto en que podamos «considerarlo como un gran gozo» cuando enfrentamos diversas pruebas (Stg. 1:2). Él nunca dice: «Bueno, Susana podría manejar esto mucho mejor que tú». Al contrario, Él es compasivo, tierno e infinitamente paciente, y se alegra de estar contigo y conmigo exactamente donde estamos hoy, y se alegra también de continuar Su buena obra de hacernos cada vez más semejantes a Su Hijo.
1 C. H. Spurgeon and Roy H. Clarke, Beside Still Waters: Words of Comfort for the Soul (Nashville, TN: T. Nelson Publishers, 1999).
2 Robert Hawker, Piercing Heaven: Prayers of the Puritans (Bellingham, WA: Lexham Press, 2019), 48.
3 Jeremiah Burroughs, The Rare Jewel of Christian Contentment (London: Banner of Truth Trust, 2002), 15.
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