«Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad». —2 Corintios 3:17
La palabra libertad despierta algo profundo en nuestro corazón. Todas, de una forma u otra, anhelamos ser libres. Libres de la culpa que nos persigue, de las expectativas que otros ponen sobre nosotras, de la necesidad de demostrar nuestro valor, del temor al futuro o de la soledad que, en ocasiones, invade el alma.
Sin embargo, el mundo ofrece una definición de libertad muy diferente a la de Dios. Nos dice que ser libres es vivir sin límites, hacer lo que queremos y definir nuestra propia verdad. Pero esa clase de libertad nunca satisface; al contrario, termina convirtiéndose en una nueva forma de esclavitud.
La verdadera libertad solo se encuentra en una persona: Jesucristo.
Por eso el lema de Aviva Nuestros Corazones —«Llamando a las mujeres a libertad, plenitud y abundancia en Cristo»— nos recuerda una verdad maravillosa: la libertad no es una meta que alcanzamos por nuestro esfuerzo, sino un regalo que recibimos por la obra perfecta de Cristo.
Cuando pensamos en esa libertad, lo primero que viene a nuestra mente es que hemos sido liberadas del pecado. Y es cierto. Jesús dijo que, si el Hijo nos hace libres, seremos verdaderamente libres. Hemos conocido la Verdad, y esa Verdad nos ha hecho libres. Como afirma Romanos 8:2: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha libertado de la ley y del pecado y de la muerte».
¡Ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús! Esa es la mejor noticia que podemos recibir. Hemos sido reconciliadas con Dios, perdonadas y adoptadas como Sus hijas. Ya no vivimos bajo la culpa ni bajo la esclavitud del pecado, sino que hemos sido trasladadas del reino de las tinieblas al reino de Su amado Hijo.
Pero la libertad en Cristo comenzó el día de nuestra conversión. Es una realidad que transforma nuestra vida diaria mientras esperamos la libertad gloriosa que un día disfrutarán plenamente todos los hijos de Dios (Ro. 8:22-23).
Cuando fuimos perdonadas de nuestros pecados y selladas con el Espíritu Santo (Ef. 1:13-14), recibimos una nueva capacidad para vivir. Nuestra vida ya no está gobernada por nuestros deseos pecaminosos ni por los patrones de este mundo, sino dirigida por la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. Es una transformación que ocurre desde adentro hacia afuera.
Por eso Pablo exhorta:
«Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros». —Gálatas 5:13
La libertad cristiana no consiste en hacer lo que queremos, sino en ser libres para hacer aquello para lo cual fuimos creadas: amar a Dios, obedecerle con gozo y servir a los demás para Su gloria.
Cada día tenemos una nueva oportunidad de llenarnos de Su Palabra y, por el poder del Espíritu Santo, vestirnos de la nueva mujer que ha encontrado su identidad en Cristo. Esa transformación se refleja en las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef. 2:10).
Y esas obras casi nunca son extraordinarias. Generalmente se manifiestan en la fidelidad de la vida cotidiana, cuando abrazamos con gratitud el diseño de Dios y la etapa en la que Él nos ha colocado.
La mujer joven es libre para descansar en su identidad en Cristo y no en la aprobación de los demás. La esposa es libre para amar y servir como respuesta al amor que ha recibido de Dios. La madre es libre para criar a sus hijos con fidelidad, confiando en que es Dios quien produce el fruto.
La mujer mayor también vive esa misma libertad. Aunque sus responsabilidades cambien y sus hijos hayan formado sus propios hogares, su llamado no ha terminado. Dios la sigue usando para animar, discipular y transmitir sabiduría a las generaciones más jóvenes. Su valor nunca ha dependido de su productividad, sino de su unión con Cristo.
Y cuando llega la soledad —ya sea por viudez, soltería, un «nido vacío» o circunstancias inesperadas— la libertad en Cristo adquiere un brillo especial. La soledad puede ser real, pero no tiene la última palabra. En Cristo nunca estamos abandonadas. Él permanece con nosotras, sostiene nuestro corazón y nos recuerda que seguimos siendo profundamente amadas y útiles para Su reino.
La mujer libre en Cristo reconoce que fue creada a imagen de Dios y pone toda su vida al servicio de Su reino. No vive atrapada en comparaciones ni en los estereotipos que impone la cultura. Aunque enfrenta luchas, permanece firme en la verdad de la Palabra y encuentra su seguridad en Cristo.
Por eso puede abrazar con gozo los diferentes roles que Dios le ha confiado, servir con los dones que Él le ha dado y glorificar Su nombre en cualquier circunstancia, no para demostrar su valor, sino porque ya ha sido aceptada en el Amado.
El libro Mujer Verdadera 101 lo expresa de una manera hermosa:
«La Mujer Verdadera no es engreída, petulante o condenatoria. Alienta en vez de criticar. Sabe que no tiene esperanza sin la gracia de Dios. Es generosa y extiende gracia a otras personas... Extiende a otras personas la misma gracia que recibió de Dios» (p. 235).
Eso es verdadera libertad. La mujer que ha sido alcanzada por la gracia deja de competir con otras mujeres para comenzar a servirlas.
Desde las mujeres jóvenes hasta las mujeres mayores, todas encontramos en Cristo una libertad preciosa. No es una libertad centrada en nosotras mismas, sino una libertad que nos conforma cada vez más a la imagen de Jesús y nos capacita para amar, servir, perseverar y obedecer con gozo.
Al final, la verdadera libertad no consiste en que nuestras circunstancias cambien. Consiste en saber que pertenecemos a Cristo. Porque, como dice 2 Corintios 3:17: «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad». Una libertad que comenzó el día en que Él nos salvó, que transforma nuestra vida cada día y que alcanzará su plenitud cuando estemos para siempre en la presencia de nuestro Salvador.
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