Lo que aprendí del amor en medio del sufrimiento: una historia de gracia en nuestra casa

El 2 de julio de 2024 nuestras vidas cambiaron de manera radical. Ese día sufrí un derrame cerebral mientras servía a un grupo de pastores en Lima, Perú. Hasta ese momento, nunca imaginamos que nuestra historia familiar daría un giro tan profundo e inesperado. Desde ese instante, una cadena de sucesos comenzó a marcar nuestra vida de maneras que jamás habíamos pensado experimentar. Hemos caminado por niveles de sufrimiento desconocidos y enfrentado escenarios de dolor que no habíamos imaginado. Pero en esta etapa dura, compleja y transformadora, ha surgido un anhelo en mi corazón: compartir lo que he aprendido del amor, especialmente a través de la manera en que mi esposa, Kathy, me ha amado.

Como mencioné, sufrí ese derrame cerebral mientras servía en Lima y desconocía que en ese momento otros siete ya estaban marcados en mi cerebro. Por otro lado, providencial y misteriosamente, Dios permitió que otros sufrimientos insondables llegaran simultáneamente en esa época de nuestra vida. Entre ellos, una condición con la que Kathy también estaba lidiando que le causaba mareos constantes, un malestar que afectaba su estabilidad física y emocional. A finales de julio se hizo evidente que mi situación requería atención constante. Había perdido habilidades, enfoque, funciones cognitivas y capacidad emocional. Y para mediados de agosto, el procedimiento cardíaco urgente que buscaba corregir un problema que había provocado mis derrames cerebrales ya estaba programado.

En medio de este panorama, dos condiciones médicas severas bajo un mismo techo, responsabilidades familiares y ministeriales, y una incertidumbre abrumadora acerca del futuro, Kathy se sacrificó para servirme. Hoy quiero compartir varias maneras en las que Dios, a través de ella, me enseñó lo que realmente es el amor.

El amor es un compromiso

«Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». -1 Corintios 13:7

Durante casi doce meses, los efectos de los derrames fueron tan profundos que yo era, en muchos sentidos, otra persona. Pasé de ser alguien estable, activo, relacional y seguro, a ser alguien callado, introvertido, retraído, centrado en mí mismo, con ansiedad, con dificultad para liderar y con una necesidad constante de apoyo. Yo mismo no me reconocía y sé que ella tampoco.

En su propia debilidad física, Kathy tomó una decisión: mirar los votos que había hecho el 21 de agosto de 1999. Aquellas palabras sobre cuidarnos en salud o enfermedad dejaron de ser una frase bonita del día de nuestra boda y se convirtieron en un ancla para este tiempo de sufrimiento.

Conversando juntos, hemos reconocido algo triste, pero real: no todos los matrimonios sobreviven a una crisis de salud. A veces, cuando uno de los cónyuges deja de ser quien era, la otra persona siente que la relación ha terminado, pero Kathy no tomó ese camino. Ella decidió amarme como el hombre que era y también como el hombre en el que me estaba convirtiendo por causa de la enfermedad.

Ahí ella me modeló algo profundo: amar es un compromiso y no una emoción pasajera.

Amar es humilde

«No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás». -Filipenses 2:3-4

Kathy tuvo que posponer su propio tratamiento neurológico porque, durante esos doce meses, el enfoque principal era cuidarme. Aunque podía realizar tareas de manera independiente, ella era una pieza vital para mi recuperación.

Yo necesitaba una guía para concentrarme, ánimo para seguir adelante y ayuda para organizar mi mente y mis días. La niebla mental que viví durante meses hacía que tareas simples se volvieran imposibles. Y ahí, una y otra vez, ella escogió sacrificar lo suyo para estar a mi lado.

Amar, como lo define la Escritura, es considerar a los demás como superiores a uno mismo. Kathy lo vivió literalmente. Ella puso mi bienestar por encima del suyo, no porque yo lo mereciera, sino porque su amor nació del temor del Señor.

El amor es paciente

«El amor es paciente, es bondadoso». -1 Corintios 13:4

Recuerdo que un día Kathy le preguntó a un experto en salud si yo volvería a ser la misma persona. Su respuesta fue directa. Le dijo que probablemente sí, aunque existía la posibilidad de que nunca lo hiciera. Él estaba optimista, pero en ese momento yo ni siquiera podía entender del todo lo que decía. Mi mente no procesaba y mis emociones estaban apagadas.

Entusiastamente ella recibió esas «buenas noticias» por los dos y luego vivió lo que significaban: esperar. Esperar meses. Esperar sin garantías. Esperar mientras lidiaba con su propio sufrimiento. Esperar mientras veía un progreso lento, a veces imperceptible. Esperar cuando no sabía si yo regresaría emocional y cognitivamente.

El amor es paciente y la paciencia no es pasiva. Es un acto de fe. Es creer que Dios está obrando cuando uno no puede verlo aún. Es sostenerse en la esperanza mientras el proceso avanza lentamente.

El amor es benevolente

«Sean afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, dándose preferencia unos a otros». -Romanos 12:10

La benevolencia es desear, sinceramente, el mayor bienestar para el otro. Eso fue lo que vi en ella día tras día. Su amor no fue simplemente un aguante; fue un deseo profundo de verme restaurado.

Hubo momentos en que tuvo que confrontarme, sacudirme y animarme con firmeza. Y aunque esas conversaciones podían ser difíciles, yo podía recibirlas porque jamás dudé de su motivación. Sabía que ella deseaba lo mejor para mí. Solo tenía que observar la manera tan intencional con la que me amó cada día.

El amor no es un sentimiento pasivo; es una búsqueda constante del bien del otro, incluso cuando ese bien requiere sacrificio.

El amor es cercano


«Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad». -1 Juan 3:18

Kathy nunca me dejó solo en este proceso. De hecho, al inicio decidí dormir en otra habitación porque sufría insomnio severo. Yo quería proteger su descanso, pero con el paso del tiempo, ella me dijo: «Prefiero que me despiertes y tenerte cerca que sentir que nos estamos separando».

Esas palabras fueron un ancla para mi corazón debilitado. El amor verdadero no se distancia, no se retira, no observa desde lejos. El amor está presente. Acompaña. Permanece.

El amor se preocupa

«Lleven los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo». - Gálatas 6:2

Han pasado dieciocho meses desde aquel primer derrame y aún hoy Kathy permanece atenta. Uno de los efectos secundarios que conservo es un equilibrio debilitado, y ella siempre está observando. Esta semana tuve síntomas neurológicos que regresaron repentinamente y, sin dudarlo, ella insistió en que fuera a ver al médico. No por ansiedad, sino por amor. Su vigilancia amorosa no es control, sino cuidado. Es una preocupación que edifica y protege.

Ese tipo de amor refleja el corazón de Cristo, quien carga nuestras debilidades y nos sostiene incluso cuando no podemos sostenernos a nosotros mismos.

Conclusión: la gracia que sostiene el hogar

No idealizo nuestra historia. Ha habido lágrimas, noches difíciles, silencios incómodos, conversaciones tensas, cansancio emocional, miedo y agotamiento físico. Pero en medio de todo eso, Dios ha escrito una historia de amor que no hubiéramos pedido, pero que ahora agradecemos.

He aprendido que el amor real brilla más en la oscuridad y que, aunque las tormentas revelan nuestra fragilidad, también revelan la gracia de Dios en quienes nos rodean.

Kathy me ha mostrado que el amor permanece cuando las emociones se evaporan, sacrifica cuando la vida se vuelve pesada, espera cuando los procesos son lentos, busca el bien del otro incluso cuando duele, se queda aun cuando sería más fácil huir y cuida con atención, constancia y ternura.

Hoy puedo decir que Dios nos ha sostenido. Y muchas veces lo ha hecho a través de las manos, las oraciones, la paciencia y la fidelidad de mi esposa. En medio del sufrimiento hemos visto el amor de Cristo hecho carne en nuestro hogar. Y por eso damos gracias.

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Sobre el autor

Joselo Mercado

José (Joselo) Mercado es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Oriundo de Puerto Rico, renuncia a su carrera de consultoría en Ingeniería de Sistemas en el año 2006 para ingresar al colegio de pastores de Sovereign Grace Ministries. … leer más …

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