En casa y a salvo
Nancy DeMoss Wolgemuth: Fue a través del amor de Robert que llegué a experimentar, de maneras completamente nuevas y preciosas el amor de Cristo por mí.
Dannah: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Incomparable», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 31 de marzo de 2026.
Eclesiastés, capítulo 7, dice:
«Mejor es ir a una casa de luto
Que ir a una casa de banquete,
Porque aquello es el fin de todo hombre,
Y al que vive lo hará reflexionar en su corazón.
Mejor es la tristeza que la risa,
Porque cuando el rostro está triste, el corazón puede estar contento» (vv. 2-3).
Ayer y hoy hemos tenido la oportunidad de entrar en la casa del luto, mientras escuchamos momentos del servicio memorial en el que se recordó la vida del esposo …
Nancy DeMoss Wolgemuth: Fue a través del amor de Robert que llegué a experimentar, de maneras completamente nuevas y preciosas el amor de Cristo por mí.
Dannah: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Incomparable», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 31 de marzo de 2026.
Eclesiastés, capítulo 7, dice:
«Mejor es ir a una casa de luto
Que ir a una casa de banquete,
Porque aquello es el fin de todo hombre,
Y al que vive lo hará reflexionar en su corazón.
Mejor es la tristeza que la risa,
Porque cuando el rostro está triste, el corazón puede estar contento» (vv. 2-3).
Ayer y hoy hemos tenido la oportunidad de entrar en la casa del luto, mientras escuchamos momentos del servicio memorial en el que se recordó la vida del esposo de Nancy, Robert Wolgemuth. Escuchemos ahora a la anfitriona de Aviva Nuestros Corazones, Nancy DeMoss Wolgemuth. Ella y Robert estuvieron casados durante casi 122 meses.
Nancy: Qué momentos tan preciosos han sido estos, juntos los unos con los otros y con el Señor.
El pueblo de Dios siempre ha sido un pueblo que canta.
El mundo rara vez tiene motivos significativos para cantar, pero nosotros sí tenemos motivos para cantar. Y hoy, aun mientras lamentamos la pérdida de este hombre tan amado, cantamos. El Salmo 118 es un cántico de acción de gracias.
El domingo por la mañana, el 28 de diciembre, mientras me preparaba para ir al hospital en Niles, donde Robert estaba inconsciente en la UCI, sin saber qué traería ese día, ni qué traerían los días siguientes, el versículo que el Señor puso en mi corazón esa mañana fue el Salmo 118, versículo 24:
«Este es el día que el Señor ha hecho; regocijémonos y alegrémonos en él» (Sal. 118:24).
Quizás recuerdes que este salmo conmemora el éxodo de Egipto, cómo Dios libró a Su pueblo de la muerte y derrotó a sus enemigos. Este canto se entonaba tradicionalmente por los adoradores judíos del Antiguo Testamento al final de la comida de la Pascua. Y luego aprendemos en los Evangelios que, después de que Jesús y Sus discípulos compartieron esa última cena, esa comida de la Pascua juntos, se nos dice que «cantaron un himno y luego salieron juntos».
¿A dónde iban? Al monte de los Olivos. Muchos eruditos y teólogos creen que este fue el salmo que cantaron aquella noche. Es asombroso pensar en Jesús, camino a Su arresto, a Su juicio y a Su crucifixión, cantando con Sus discípulos: «Este es el día que el Señor ha hecho; regocijémonos y alegrémonos en él».
Ese versículo me acompañó durante ese día, hace apenas unas semanas. Lo que yo no sabía entonces era que ese sería el día en que a Robert se le colocaría soporte vital y sería trasladado a un hospital en Grand Rapids, donde pasaría sus últimos días en esta tierra.
Hoy nos enfrentamos a la tristeza, el lamento y el dolor; muchos de nosotros con nuevos desafíos y pruebas por delante. Pero hoy hacemos una pausa para recordar, como acabamos de cantar, que este mundo no es nuestro hogar final. Nuestros dolores aquí son apenas peldaños en un sendero que siempre va en ascenso. Nuestros corazones seguirán cantando, con gozo, hasta entonces, aun cuando nuestros ojos estén llenos de lágrimas. Seguiremos adelante hasta el día en que nuestros ojos contemplen la Ciudad de Dios y al Dios de esa gran ciudad, hasta el día en que Él nos llame a casa. (Idea tomada del himno «Until Then», de Stuart Hamblen).
Así que gracias por cantar hoy. Gracias por darnos la oportunidad, como familia de Robert, de cantar juntos, de regocijarnos en este día que el Señor ha hecho.
Robert solía decir: «Al final de mi vida, quiero ser conocido como un hombre agradecido». Así que sé que, si Robert pudiera hablar hoy, querría decir: «gracias». Querría que supieran cuán agradecido estaba por ustedes: familia, amigos, colegas; relaciones de mucho más tiempo del que yo compartí con él. Y también relaciones más recientes: médicos, enfermeras, recepcionistas del hospital, a lo largo de estos últimos cinco años, una enfermedad tras otra (con largos períodos de buena salud por los cuales damos gracias). Y a todos los que cuidaron de él hasta estas últimas semanas, brindándole una atención tan preciosa, sabia y amable, gracias; y cuán agradecida estoy con cada uno de ustedes.
Y no solo Robert, sino que yo también quiero agradecer el cuidado, el amor y la bondad que me han mostrado en estos últimos días y semanas: los mensajes, las llamadas, las notas, las lágrimas, los abrazos; por Dan y Mary, que pasaron conmigo esa última noche, en esa vigilia nocturna, ya sin todo el equipo, sin máquinas, monitores, tubos. Ni siquiera sé cómo se llaman todas esas cosas.
Sin Cristo, la muerte es un enemigo terrible. Es indigna. Es despojarse. Pero para tantos que caminaron con nosotros por ese valle, que para Robert ese no fue el final, no fue realmente la meta final, sino la línea de partida hacia la vida eterna con el Jesús que él amaba.
Así que gracias por recorrer este camino conmigo y con Robert durante estos últimos años, y ahora conmigo en los años que vendrán. Hay muchas más cosas en mi corazón de las que podría compartir en el tiempo que nos queda. Y sé que en los días venideros tendré más oportunidades para decir más.
Pero quiero detenerme solo en algunos aspectos, como esposa de Robert, como la mujer que lo amó. Quiero resaltar algunas de las cosas que se han dicho desde la perspectiva de una esposa.
Una de mis hermanas me envió un correo electrónico hace uno o dos días. Ella me decía:
«Robert tenía un corazón agradecido, un espíritu generoso, una capacidad aparentemente ilimitada para amar, compasión por los demás y un profundo amor por Dios. En un mundo de personas que solo saben recibir, él era alguien que daba. Era rápido para ver las necesidades y ofrecerse a suplirlas».
Luego habló de su bondad y de un espíritu expansivo que crecía para extender aún más amor en cada nueva relación personal. ¡Qué manera tan hermosa de decirlo!
Así que, al pensar en las principales lecciones que me deja la vida de Robert, y en lo que quiero que nos llevemos hoy, cosas que todavía pueden impactar nuestras vidas antes de llegar a nuestra «meta final», lo primero y más importante tiene que ser (y lo han escuchado una y otra vez) el amor. Amor por Dios y amor por los demás, los dos mandamientos más grandes, como nos dijo Jesús.
Robert amaba a Dios. Cada mañana, cuando orábamos juntos, las primeras palabras que yo escuchaba de él al comenzar el día eran: «Buenos días, Señor Jesús. Te amamos». Casi todos los días orábamos así, juntos. Él pronunciaba esas palabras.
Él amaba la Palabra del Señor. Y adoptó esa costumbre, que convirtió en un principio de vida (que creo que primero recibieron Julie y Missy de su mamá): «el trono antes que el teléfono».
Bobbie y Robert eran personas madrugadoras. Pero cuando Robert se casó conmigo, no se casó con una persona madrugadora. Él no esperaba que mi hábito de dormirme tarde y su ritmo de acostarse temprano se solaparan. Cuando yo estaba por despertarme, él se estaba quedando dormido; pensándolo bien, entre los dos cubríamos un día entero, la mayor parte del día y la noche.
Pero cada mañana, Robert pasaba tiempo primero en la Palabra de Dios y luego enviaba mensajes. Así que cuando yo despertaba, tenía tres o cuatro versículos bíblicos enviados por Robert, fruto de su tiempo a solas con el Señor. Muchos de los que hoy están aquí han recibido mensajes así temprano en la mañana. Eso era muy significativo para mí, porque cada mañana estaba siendo lavada con el agua de la Palabra, mientras él me amaba por medio de la Palabra de Dios, me hacía sentir tan segura y confiada en el Señor, y me atraía a Su Palabra también.
Esos mensajes eran preciosos, no solo para mí, sino también para otros amigos. Él amaba a Dios, y me amaba a mí.
Como no me casé sino hasta los cincuenta y siete años, y habiendo pasado la mayor parte de esos años siendo muy cuidadosa con los límites apropiados con los hombres, el matrimonio fue para mí como ponerme un par de zapatos completamente nuevos. Fue todo un mundo nuevo. Nunca dejé de maravillarme que Robert me hubiera escogido para ser su esposa.
En el hospital, justo antes de que fuera demasiado tarde, porque los dedos de Robert se hinchaban rápidamente por todos los líquidos que le estaban administrando, una de las enfermeras logró quitarle el anillo sin tener que cortarlo, y le tomó unos diez minutos. Estuve muy agradecida por eso.
Hay dos cosas grabadas en el interior de ese anillo. Mi mamá fue quien inició esto. Siempre me ha encantado el libro de Rut, y ella llamaba a Robert mi Booz, pero lo escribía B-E-A-U-A-Z. Él era mi «Beau-az». «Mi Beau-az» está escrito de esa manera y grabado dentro del anillo. Y luego está la referencia de Rut 2:10. dice:
«Ella bajó su rostro, se postró en tierra y le dijo: “¿Por qué he hallado gracia ante sus ojos para que se fije en mí?”».
Especialmente en nuestros primeros años de matrimonio, firmé Rut 2:10 en tantos mensajes de texto, en tantas notas, y Robert sabía exactamente lo que yo quería decir. No podía creer que él hubiera decidido amarme. Nunca hizo que pareciera algo difícil, pero para mí era algo asombroso.
Desde el comienzo de nuestro matrimonio sabíamos que no tendríamos tantos años como la mayoría de nuestros amigos, así que decidimos desde el principio no desperdiciar el tiempo: no malgastar días estando en desacuerdo ni permitir que las cosas pequeñas se volvieran grandes.
Nos propusimos amarnos el uno al otro y a otros con generosidad. Nos propusimos expresar nuestro amor, y yo aprendía de Robert, quien tenía mucha más experiencia en esto que yo. Nos propusimos amarnos en cada oportunidad que tuviéramos y expresarlo de mil maneras diferentes: con palabras, con acciones, con notas.
Ayer abrí una gaveta en nuestro baño, y allí había una pequeña nota escrita en una servilleta de papel que estuvo mucho tiempo sobre el mostrador. De alguna manera terminó en la gaveta de nuestro baño. Está escrita con marcador, con su letra, y dice: «Yo amo a mi PC», «mi chica preciosa». Él era mi QE, mi querido esposo, y yo era su PC.
Celebrábamos aniversarios mensuales porque sabíamos que no tendríamos tantos años como otros. Pero tuvimos diez años… bueno, el conteo ya se me estaba complicando, porque soy más de palabras que de números. La semana pasada llegamos al mes número 121. Este habría sido nuestro aniversario número 122 de meses.
Robert y yo nos intercambiábamos notas. Mantuvimos muy ocupada a la tienda donde vendían las tarjetas que comprábamos. Estábamos atentos el uno al otro. Nos dábamos tarjetas para días especiales y también en días que no tenían ninguna importancia en particular.
En nuestro décimo aniversario, el 14 de noviembre, no lo sabíamos, pero cada uno había escrito una carta para el otro, y descubrimos que ambos habíamos hecho lo mismo. Yo me estaba preparando para grabar, así que no pudimos salir a una cena especial esa noche ni hacer algo fuera de casa. Pero pudimos hacerlo en diciembre.
El 14 de noviembre sacamos las cartas que habíamos escrito e impreso el uno para el otro, y nos las leímos mutuamente. La carta de Robert se titulaba: «Diez razones por las que Robert está agradecido por Nancy Leigh en su décimo aniversario».
Solo les leeré una de esas diez. Él escribió: «En nuestra primera cita de verdad, me mostraste el poder del contacto al tomarme la mano durante dos horas y media. Desde ese primer gesto, cuando me tomaste la mano durante horas, me conquistaste por completo».
«Diez razones por las que Robert está agradecido por Nancy Leigh». Bueno, siendo mujer, yo necesitaba más palabras. Así que en mi carta incluí 120 cosas que había apreciado de Robert en estos 120 meses. Era toda una lista.
Así que comencé diciendo: «Feliz aniversario, mi querido esposo, mi amado. ¿Cómo podríamos haber imaginado todo lo que el Señor tenía preparado para nosotros cuando dijimos “sí, acepto” hace diez años?».
Las mías eran solo frases. Eran 120 cosas que venían a mi mente sobre nuestros diez años juntos: recuerdos, experiencias compartidas, personas cuyas vidas se habían entrelazado con las nuestras. Muchos de los que están aquí hoy habrían estado en esa lista; eran pequeños y dulces momentos de nuestra vida juntos.
Y al final escribí: «En los días, meses o años que Él tenga por delante para nosotros, que continúe moldeando nuestras vidas juntas, santificándonos, profundizando nuestro amor por Él y el uno por el otro, y usándonos como Él quiera. Cuán profundamente agradecida estoy de ser tu esposa, cariño».
No teníamos manera de saber que nos quedarían menos de sesenta días juntos, y que la mayoría de esos días él no se sentiría bien y estaría luchando por seguir adelante.
Así que él amaba al Señor, me amaba a mí y amaba a los demás. Ya han escuchado que lo decía con frecuencia. Se lo decía a las personas y hablaba así de las personas, delante de otros.
Muchas veces, cuando iba a las oficinas del ministerio para un tiempo en la capilla o para un almuerzo con el equipo, al regresar me decía: «Amo tanto a tu equipo». Y luego mencionaba a personas que había visto: «Amo a esta persona». Él era, simplemente, su mayor animador.
Y también lo fue para mí y para las personas que están hoy en esta sala. A menudo orábamos, dondequiera que fuéramos, para que el Señor nos permitiera ser una bendición para cada persona cuyo camino se cruzara con el nuestro ese día.
Así que está el hombre que lavaba el auto; ese era Robert, no yo, por cierto. (¿Quién va a encargarse ahora de mantener el auto limpio?) Pero él me enseñó a no pasar de largo frente a las personas, a no ignorar a quienes suelen ser invisibles».
El hospital de Niles era el lugar al que él tenía que ir durante el año que tuvo cáncer para hacerse muchos análisis de sangre. Y durante el COVID, estaba aquella recepcionista sentada allí, haciéndole las mismas preguntas cada vez que él iba: «¿Ha estado…?». ¿Recuerdan cuáles eran esas preguntas?
Nosotros la saludábamos. Le mostrábamos cariño. Porque parecía que a nadie le importaba quién era ella ni cómo se llamaba. Ese era su trabajo. Pero Robert sabía cómo amar a esas personas y hacerles saber que eran vistas, que importaban, que él estaba escuchando su historia y, por supuesto, aprovechando cada oportunidad para hablarles de Jesús y compartir Su amor.
Y no son los veinticinco libros que escribió, ni los comités que presidió, ni las empresas que dirigió, y tampoco los salarios que pagó; lo que permanece es que amó a Jesús y amó a las personas, y ese fue el amor de Cristo fluyendo a través de él hacia nosotros.
En Cantar de los Cantares lo dice así: «Fuerte como la muerte es el amor… Las muchas aguas no podrán extinguir el amor… Ni los ríos lo apagarán» (Cant. 8:6–7).
Ahora, digo esto cada vez que tengo oportunidad, en redes sociales y en persona: durante estos diez años he sido bendecida con un esposo y un matrimonio extraordinarios. Pero Robert no se sentía extraordinario.
A menudo decía que no había nada especial en él. Sabía que era un pecador, que no merecía la gracia de Dios. Sabía cuánta misericordia y gracia había recibido de parte de Dios, y eso fue lo que lo llevó a amar tanto.
Nosotros amamos porque Él nos amó primero. Y fue al recibir ese amor que Robert pudo amarme a mí y amarnos a nosotros. Es como resultado de haber recibido el amor de Dios a través de Robert que ahora podemos extender ese amor en nuestras relaciones y hacia otros.
Ese amor, en el caso de Robert, a veces se expresó en maneras grandes, en decisiones importantes y en sacrificios significativos. Por ejemplo, y alguien ya lo mencionó, Robert se mudó de Orlando, del reino de Disney, a Michigan, en pleno invierno.
De hecho, regresamos de nuestra luna de miel y de visitar a algunas personas en enero. Él fue a la oficina donde se tramitan las licencias de conducir para cambiar su licencia de Florida por una licencia de Michigan. La persona que lo atendía la miró y dijo algo como: «¿Quién hace esto?».
Él respondió: «Ella se llama Nancy». Eso era amor verdadero.
Recuerdo que yo estaba planeando mudarme a Florida para estar donde estaba mi esposo. Pero llegó el día en que él me llamó y dijo: «¿Sabes qué? Mi trabajo es flexible. Puedo hacerlo desde cualquier lugar. Tú tienes aquí un equipo, y Dios está haciendo una obra en este ministerio. Yo quiero ver que eso continúe. Creo que el Señor quiere que me mude a Michigan».
Esto fue cuando estábamos comprometidos. Y le dije: «¿Harías eso?».
Él me respondió lo siguiente: «Tengo siete palabras para ti: “Se entregó a sí mismo por ella”».
Ese es el amor de Jesús. Él se entregó por nosotros. Y fue a través del amor de Robert que llegué a experimentar, de maneras completas, nuevas y preciosas, el amor de Cristo por mí.
Robert se jubiló a los setenta y cinco años, hace apenas dos años y medio. Él continuó apoyándome, porque yo aún no estoy en una etapa en la que tenga esa libertad. Así que sigo estudiando y enseñando la Palabra, y dirigiendo Aviva Nuestros Corazones.
Eso fue un sacrificio para él en esta etapa de la vida, cuando muchos de sus contemporáneos estaban viajando; no es que nosotros tengamos un gran interés en viajar, pero ellos tienen mucha más libertad de la que nosotros hemos tenido en estos años. Pero él me decía: «Esto es a lo que Dios nos ha llamado, juntos». Y lo hacía con gozo.
La mayoría de las veces, su amor y nuestro amor en el matrimonio y el uno por el otro no se manifestaba en las cosas grandes. Creo que, en su mayoría, se expresaba en las decisiones sencillas, diarias, pequeñas, que se van sumando hasta formar toda una vida de amor. Ese es el tipo de amor que experimentamos en nuestro matrimonio.
Estoy consciente de que muchos matrimonios tienen a uno o a ambos cónyuges que no saben cómo amar de la manera en que nosotros lo experimentamos. Y eso puede ser muy doloroso y muy difícil. Pero quiero recordarnos que este tipo de amor no es solo para personas extraordinarias. Es algo a lo que cada uno de nosotros puede aspirar, ya sea casado o soltero, porque en la familia de Dios, en el cuerpo de Cristo, y como Su pueblo en este mundo, estamos llamados a manifestar Su amor.
Robert y yo no sabíamos cuántos días, meses o años el Señor nos daría. Cuando comienzas a los cincuenta y siete y a los sesenta y siete, sabes que no serán tantos. Pero la verdad es que ninguno de nosotros sabe cuántos días, meses o años tiene, sin importar cuán joven o cuán mayor sea.
Así que el clamor de mi propio corazón, y espero que del corazón de todos nosotros hoy, es que escojamos ser personas que aman. Tal vez incluso… no, ni siquiera tal vez… hagámoslo antes de salir de aquí hoy.
Ya sea tu cónyuge, un hijo o un amigo, míralo a los ojos y dile: «Te amo». Y ganas puntos extra si dices su nombre: «Te amo, Will Ellerman, y amo a tu mamá, Rebecca, y a tantos de los que están en esta sala».
Bueno, permítanme mencionar brevemente dos cosas más, porque han estado muy presentes en mi corazón.
Robert vivió de manera intencional, sin secretos. Robert siempre decía: «Puedes ver todo lo que hay en mi computadora. No tengo nada que ocultar: no secretos, no hay rincones escondidos, no cartas, nada… tampoco mi teléfono».
Vivía siempre con la meta final, y más allá, en perspectiva. Al mirar atrás ahora, en estos últimos meses… no creo que tuviera una premonición de que su tiempo estaba tan cerca. Pero sabía que tenía setenta y siete años, casi setenta y ocho.
Estaba enfrentando algunos desafíos de salud y sabía que probablemente no le quedaban muchos años más. Y vivía con eso en mente. Por eso era tan intencional con las llamadas que hacía.
Compró una gran cantidad de tarjetas hermosas con su nombre impreso. Y me dijo: «No voy a poder usar todas estas antes de morir, pero quiero usar tantas como pueda para escribirles a personas que han sido parte de mi vida y una bendición para mí». Quería darles las gracias.
Hizo llamadas a personas con las que no había hablado en mucho tiempo. Vivía con intención, preparándose para el final. Quería estar listo para dejar esta tierra y estar con el Señor, y quería que las personas supieran que las amaba, que eran importantes para él.
Como saben, pasamos la Navidad y el Año Nuevo en el hospital. No habíamos hecho mucho para decorar nuestra casa.
Por primera vez en nuestra vida matrimonial, este año no lo hicimos, porque íbamos a estar viajando gran parte del mes y yo tenía muchas grabaciones hasta bien entrado diciembre. A mí me importó más que a Robert no decorar; me causó un poco de tristeza. Pero luego me di cuenta de que, al final, no estuvimos en casa. Estábamos en el hospital, rodeados de enfermeras, médicos y equipos médicos.
Nuestro único pequeño detalle navideño que llegó al hospital en la víspera de Navidad fue una velita. La tomé casi sin pensarlo camino al hospital y la puse en la mesita junto a su cama. Esa fue nuestra decoración de Navidad.
Para el segundo o tercer día, Robert ya no sabía ni dónde estaba. Cuando el médico del hospital entró y le preguntó: «¿Dónde estás?», él respondió: «Estoy en First Pres», que era su iglesia en Orlando. No había estado allí en diez años. Con la infección, los medicamentos y todo lo demás, no se daba cuenta de dónde estaba. Pero teníamos esa pequeña vela para recordarnos la sencillez, la belleza y la maravilla del mensaje de la Navidad.
Pensé para mis adentros: hacíamos tantas cosas con tarjetas. No solo por los aniversarios mensuales, sino también en Navidad y en Acción de Gracias. Buscábamos cada oportunidad para expresar nuestro amor por el Señor y el uno por el otro.
Y pensé: Robert es tan organizado y tan previsor, que no me sorprendería que ya hubiera escrito una tarjeta de Navidad para mí. Por lo general, él la escogía, aunque casi siempre no la escribía hasta la noche anterior. Luego, durante la madrugada, cuando se levantaba, tomaba la tarjeta y la dejaba sobre el mostrador de mi baño, y yo la encontraba al levantarme por la mañana.
Pero no estábamos en casa. No hubo tarjeta de Navidad.
Hace unos días, mientras revisaba algunas de las cosas de Robert, encontré la tarjeta de Navidad que él había elegido. Aún no había escrito nada dentro, pero ya la había seleccionado. En la portada dice: «Te amo», y dentro tenía un hermoso mensaje impreso. Bien hecho, Robert; la tenías lista.
Me produce cierta tristeza que, debido a lo rápido que fue su deterioro y a lo mal que se había sentido durante un par de semanas antes de ser hospitalizado, no hayamos podido despedirnos el uno del otro.
Pero esto es lo que amo: pasamos diez años amándonos, honrándonos, sirviéndonos y bendiciéndonos mutuamente, como si cada día pudiera ser el último. Nada que realmente importara quedó sin ser dicho o hecho. Y eso fue porque Robert vivió de manera intencional, y me enseñó a vivir así también.
Y, finalmente, vivió con una profunda confianza en la bondad y la soberanía de Dios. En 2019 escribimos nuestro único libro juntos: «Confía en Dios para escribir tu historia». En ese libro contamos las historias de muchos de nuestros amigos. Los entrevistamos acerca de lugares difíciles por los que habían caminado en la vida: la pérdida de un cónyuge, un divorcio, problemas de salud, dificultades financieras. Ellos nos permitieron compartir sus historias.
Y no es que todo estuviera resuelto, arreglado y envuelto con un bonito lazo. Algunos de ellos aún estaban atravesando esas circunstancias. De hecho, una de las personas cuya historia contamos en el libro falleció antes de que el libro saliera publicado. Estaba muriéndose cuando lo entrevistamos.
Pero en ese momento, nuestras propias vidas estaban en una etapa muy dulce. Así que, en uno de los capítulos iniciales, al presentarnos a los lectores, contamos un poco de nuestra historia, de nuestros antecedentes y de nuestro noviazgo.
Básicamente, dijimos: «Esta es una temporada hermosa para nosotros. No sabemos qué tiene Dios preparado, pero sabemos que en la vida habrá pruebas, habrá dificultades aún por venir. No sabemos qué problemas de salud podríamos enfrentar, pero sabemos que esto no se trata de nosotros. Se trata de Dios y de una historia que Él está escribiendo en y a través de nuestras vidas. Y sabemos que se puede confiar en Él para escribir nuestra historia».
Ese libro se publicó a finales de 2019. En marzo de 2020 llegó el COVID. Y ese mismo mes fue cuando a Robert le diagnosticaron el primero de dos cánceres no relacionados entre sí ese año, sin ningún antecedente previo de cáncer.
De repente, el mundo se cerró por completo, y Robert estaba atravesando cirugías y tratamientos. Y nosotros teníamos este libro que acabábamos de publicar, titulado «Confía en Dios para escribir tu historia». Nos miramos el uno al otro y dijimos: «¿De verdad creemos lo que escribimos en ese libro?».
Sabíamos la respuesta, porque tenemos una historia preciosa con un Dios maravilloso. Y dijimos: «Nunca hemos estado en este lugar antes. Nunca hemos estado en este capítulo. Pero sí, creemos que podemos confiar en Dios para escribir nuestra historia».
Lo creemos para todo: el clima, la salud, la vida, la muerte. Los Salmos nos dicen, y este pasaje se lo leí a Robert muchas veces en el hospital: «En Tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos» (Sal. 139:16).
¡Cuánto consuelo, esperanza, serenidad y paz trae esa certeza, aun en medio de lágrimas y pruebas!
Robert y yo habíamos desarrollado, durante el último año más o menos, una pequeña rutina. Cenábamos temprano, a las cinco de la tarde. Robert nunca era de pararse rápido de la mesa, así que nos quedábamos conversando, y luego él lavaba los platos.
Me di cuenta, cuando regresé a casa del hospital hace una o dos semanas, de que habíamos cambiado el lavaplatos hace un par de años… y yo no sabía cómo encenderlo. A veces lo cargaba, a veces lo descargaba, pero no sabía cómo ponerlo en marcha. Así que tuve que pedir ayuda técnica para encender el lavaplatos, porque eso siempre lo hacía Robert.
Luego pasábamos a la sala, Robert encendía las noticias y yo me recostaba en el sofá con la cabeza sobre su regazo. Mientras él veía las noticias, yo me quedaba dormida. Eran como las siete de la noche. Ahí tomaba mi siesta vespertina, porque después de esa siesta, Robert se preparaba para ir a dormir, y yo me preparaba para comenzar mi jornada nocturna. Porque, recuerden, nuestros días empezaban a horas distintas.
Robert se llamaba a sí mismo «el que sostiene a la maestra». Decía: «Yo soy el apoyo de la maestra. Tú eres la maestra, y yo soy quien la sostiene».
A él le encantaba que yo descansara en sus brazos: sin computadora, sin llamadas, sin mensajes; simplemente descansando, sostenida por quien se llamaba a sí mismo el que sostenía o apoyaba a la maestra.
Cuando Robert salía de viaje, oraba conmigo antes de irse. Muchas veces decía: «Señor, cuando yo no esté aquí para sostener a Nancy en mis brazos, permite que ella sienta que está siendo sostenida en Tus brazos».
Robert sostuvo a muchos de nosotros en su enorme corazón y en sus brazos de amor. Y ahora Robert ya no está aquí. Nuestras vidas han sido marcadas para siempre por la suya. Pero este es un tiempo para hundirnos, para descansar, profundamente en los brazos del amor de Cristo y, luego, extender esos brazos a otros, los unos a los otros: en nuestros matrimonios, en sus matrimonios, en nuestras amistades, en nuestras relaciones.
Débora: Esa fue Nancy DeMoss Wolgemuth, viuda de Robert Wolgemuth, compartiendo reflexiones sobre su amado esposo: su vida, su amor y, por supuesto, su Dios. Para conocer más acerca de Robert, visita ReviveOurHearts.com/Robert. Allí Revive Our Hearts publicó el video del servicio memorial.
Ahora, aquí está Nancy para orar.
Nancy: Señor, que el ejemplo que hemos visto en Robert, que nos ha tocado de maneras tan profundas, nos transforme por mucho tiempo. Gracias, Señor, por el regalo de este hombre tan precioso que te reflejó a nosotros.
Y, Señor, gracias porque hoy él está seguro, está a salvo en casa. Sé que hay personas en esta sala o escuchando en línea a quienes él anhelaba ver llegar a conocer y confiar en Jesús. Él deseaba saber que, cuando él cruzara esa «meta final» y llegara a donde tenía que llegar, un día ellos estarían allí en el cielo con él.
Por eso, Señor, oro por cada uno de los que él amó y por quienes oró durante años, para que lleguen a conocer y confiar en Jesús, y para que un día estén con nosotros luego de pasar esa «meta final», esa nueva línea de partida, junto a Jesús, seguros en casa por toda la eternidad.
Oramos con profunda gratitud, sabiendo que el cielo gobierna y que, oh Jesús, Tú estás muy cerca. Te amamos. Amén.
Débora: Recordándote que la meta final es la línea de partida para estar con Jesús por la eternidad, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Colabora con nosotras
Tenemos el privilegio de proporcionar las transcripciones de estos mensajes vivificantes. Si el Señor ha usado Aviva Nuestros Corazones para bendecir tu vida, ¿considerarías donar hoy para ayudar a cubrir los costos y expander el mensaje?
Donar $5
Únete a la conversación