Podcast Aviva Nuestros Corazones

La palabra de perdón

Annamarie Sauter: ¿Sabías que unas de las últimas palabras de Jesús en la cruz fueron una oración? En esta oración tenemos un hermoso cumplimiento de la profecía en Isaías capítulo 53.

Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Nancy: «Fue despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción; y como uno de quien los hombres esconden el rostro, fue despreciado, y no le estimamos. Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores;
con todo, nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Más Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados.

Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros. Fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca; como cordero que es llevado al matadero, y como oveja que ante sus trasquiladores permanece muda, no abrió Él su boca. Por opresión y juicio fue quitado; y en cuanto a su generación, ¿quién tuvo en cuenta que Él fuera cortado de la tierra de los vivientes por la trasgresión de mi pueblo, a quien correspondía la herida? Se dispuso con los impíos su sepultura, pero con el rico fue en su muerte, aunque no había hecho violencia, ni había engaño en su boca. Pero quiso el SEÑOR quebrantarle, sometiéndole a padecimiento. Cuando Él se entregue a sí mismo como ofrenda de expiación, verá a su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del SEÑOR en su mano prosperará. Debido a la angustia de su alma, Él lo verá y quedará satisfecho. Por su conocimiento, el Justo, mi Siervo, justificará a muchos, y cargará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes y con los fuertes repartirá despojos, porque derramó su alma hasta la muerte y con los transgresores fue contado, llevando Él, el pecado de muchos, e intercediendo por los transgresores» Isaías 53:3-12.

Annamarie: Ayer comenzamos nuestro recorrido a lo largo de la obra redentora de Cristo. Hemos estado escuchando algunos versículos y enseñanzas que en estas semanas previas a la Semana Santa nos ayudarán a fijar nuestros ojos en Cristo. Hoy veremos las primeras de Sus últimas palabras, estando en la cruz. Con nosotras Nancy, en la continuación de la serie, «Redención incomparable».

Nancy: A pocos kilómetros de donde grabamos, hay un cementerio donde hay un monumento enorme, pero está en ruinas. Un monumento a un hombre llamado Joseph Coveney. Él fue un discípulo de dos hombres cuyos nombres quizás puedas reconocer: Thomas Paine y Robert Ingersoll. Coveney murió el 12 de febrero de 1897, a la edad de 92 años. Fue conocido por su odio hacia Dios, hacia la Biblia, y por su estilo de vida y sus creencias profanas.

El día después que él murió, el New York Times publicó que en su lecho de muerte sus hijos le imploraron que renunciara a su ateísmo y que le pidiera perdón a Dios. La historia dice que él respondió con un débil murmullo: «Muero como he vivido, en incredulidad a Dios, la Biblia y la religión cristiana». Esas fueron las últimas palabras de Joseph Coveney.

En el mismo cementerio, hay otra lápida donde está enterrado Del Fehsenfeld Jr. Del fue el fundador del ministerio Life Action, el ministerio sombrilla de Aviva Nuestros Corazones. Tuve el privilegio de servir bajo su liderazgo por unos doce años, más o menos, hasta que murió de un tumor en el cerebro a la edad de 42 años.

Recuerdo haber estado sentada en su habitación, junto a otros, durante esa temporada, y justo uno o dos días antes de quedar inconsciente, muy cercano a su partida a casa, y en este punto ya se le dificultaba mucho hablar. A simple vista, mientras observaba parecía estar dormido, pero de repente, con sus ojos aún cerrados, empezó a hablar. Sus palabras eran débiles pero inconfundibles. Esto fue lo que dijo:

Señor, por favor trae de nuevo Tu gloria a Tu iglesia. Manda fuego, trae los corazones de tu pueblo de vuelta a ti. Que ellos sepan que solo Tú eres Dios.

Esas fueron algunas de las últimas palabras de Del Fehsenfeld.

Las últimas palabras de una persona tienen mucho significado. Cuando alguien está hablando y sabes que serán sus últimas palabras, vas a querer escuchar atentamente porque quieres saber: ¿Qué es lo que hay en su corazón? ¿Qué es importante para ellos cuando llega el final? ¿Qué es lo que realmente creen?

La Escritura registra siete declaraciones que el Señor Jesús hizo durante las seis horas que estuvo sufriendo en la cruz. Estas oraciones son cortas, lo cual no debe sorprendernos al estar colgado en una cruz. Debió haber sido un gran esfuerzo para Él poder respirar, mucho más hablar.

Como Oswald Sanders dice: «Cada una de estas frases es un océano de verdad comprimida en cada gota de su discurso».

Pudiéramos pasar más de una semana solamente estudiando cada una de estas palabras; pero en los próximos días, vamos a estar tomando un día para ver cada una de ellas; cada una de las siete palabras de Cristo en la cruz. He sido muy bendecida en estos días previos a la grabación, solo meditando en estas palabras y dejando que ellas alienten mi corazón y hablen a mi propia vida.

De hecho, en su comentario, Matthew Henry dice:

«Una de las razones por las que Jesús murió una muerte de cruz fue quizás para poder tener la libertad de hablar hasta el final, para así glorificar a Su Padre, y edificar a los que estaban a su alrededor».

Aún hoy, 2,000 años después, nuestras vidas han sido edificadas por estas palabras tan poderosas de Cristo en la cruz.

Déjame pedirte que vayas en tu Biblia al Evangelio de Lucas, capítulo 23.  Comenzaré leyendo el versículo 32.

«Y llevaban también a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos con Él. Cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda» (vv.32-33).

Ahora, esta palabra calavera, otras versiones en  español la llaman «calvario». La palabra griega usada aquí es la palabra que se traduce «calavera». La palabra en Latín es calvario, y la palabra en Hebreo es Gólgota.

Así que todas estas palabras usadas, son solo diferentes idiomas para referirse a la misma palabra.  Se piensa que quizás el monte donde Jesús fue enterrado tenía forma de una calavera, una cima redonda, o a lo mejor era porque era el lugar de crucifixión y de  muerte.  Pero ellos llegaron al lugar llamado Calvario, Gólgota, la Calavera, y ahí lo crucificaron junto con dos criminales, uno a la derecha y otro a la izquierda.

El contexto aquí es lo que hemos visto en las sesiones anteriores de esta serie y es que Jesús había pasado por un proceso terriblemente injusto. Había sido injuriado, burlado, maltratado, humillado, despreciado, abandonado por sus discípulos. Había pasado por todo; había sido una experiencia horrible y tortuosa, tal como la muerte por crucifixión estaba destinada a ser.

De hecho, dicen que la crucifixión es una muerte tan dolorosa que muchas de sus víctimas gritaban, maldecían abiertamente, tanto que los soldados romanos tenían que cortarles la lengua. Esta era una manera horrible de morir.

De manera que, a la luz de todo esto, las palabras que salen de la boca de Jesús desde la cruz, son aún más notables e increíbles.

Las primeras palabras fueron proferidas al momento de ser clavado en la cruz. Posiblemente en el mismo momento de ser clavado en la cruz. Aproximadamente a las 9 de la mañana, Jesús es colgado en la cruz, ya débil por los golpes, por la tortura, y ahora al ser clavado en la cruz... y llegamos al versículo 34:

«Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y echaron suertes, repartiéndose entre sí sus vestidos».

Ahora, debemos tratar de hacernos una idea de esta escena, en la medida de lo posible. Esto está tan fuera de nuestra imaginación porque no vemos que ocurran estas cosas hoy en día. La multitud es ingobernable, está fuera de control. Hay mucho ruido, mucha burla, una gran cantidad de escarnios, y Jesús colgado para morir entre dos criminales peligrosos. ¿Y qué está haciendo? Está orando— las primeras palabras de Su boca— está orando.

Recordarán que Jesús inició Su ministerio aquí en la tierra orando. En Su bautismo, Él estaba orando. Este era el patrón que tenía en su vida a través de todo su ministerio, hablar con Su Padre, y ahora termina Su vida terrenal en oración, hablando con Su Padre, en comunión con Su Padre. Él ya no está en una posición para sanar, enseñar o ministrar a los demás como lo estuvo los 3 años previos, pero Él sí podía orar.

Pienso en amigos que tengo.  Estoy pensando en una en particular que está en los 90 años. Ella está débil, en una silla de ruedas. Durante muchos años enseñó la Biblia y ministró como  esposa de pastor de muchas maneras diferentes, pero ahora ella está muy sola, confinada en casa. Cuando la veo en la iglesia (hay personas que la traen a la iglesia) ella a menudo dice: «No hay nada que pueda hacer para servir al Señor ya, pero yo oro». En ocasiones ella se siente muy inútil y le tengo que recordar una y otra vez, «señora Jean, ¡usted no es inútil, esas oraciones son tan, tan importantes!»

De hecho, pienso en aquellos que no pueden hacer nada más que orar, y me pregunto si no es el ministerio más importante de sus vidas, y si no serán ellos los ministros más efectivos en la faz de la tierra, aquellos que oran.

Al Jesús orar, es interesante que Él no ora por Él mismo, sino que ora por otros; y no ora primero por Sus amigos, sino por Sus enemigos. No oímos que le esté pidiendo a Dios que lo salve. En Getsemaní el libró esa lucha para finalmente darse cuenta de que para redimir el mundo Él debía tomar esa copa. Él se rindió ante esto. Así que no lo vemos pidiéndole a Dios que  salve su vida. Él no está pidiéndole a Dios que destruya al enemigo.

En esta oración tenemos un hermoso cumplimiento de la profecía de Isaías capítulo 53; todo ese capítulo es la profecía del sufrimiento del Salvador, del Mesías sufriente, pero el versículo 13 de Isaías 53 nos dice que:

«Con los transgresores fue contado, (crucificado entre dos criminales, contado con transgresores) llevando Él, el pecado de muchos, e intercediendo por los transgresores».

Cientos de años antes, el profeta había dicho bajo la inspiración del Espíritu Santo que Jesús, el Mesías, el Salvador, habría de interceder por los transgresores. «Padre, perdónalos». Esto era exactamente lo que se estaba cumpliendo. Él estaba intercediendo… rogando por sus transgresores.

De manera que vemos que en su oración, no hay enojo; no hay amargura; solo hay perdón. Su primer acto en la cruz, las primeras palabras que salieron de su boca para hacer frente a este rechazo increíblemente atroz, a la injusticia y al abuso, fueron palabras que extendieron perdón.

La palabra griega traducida perdonar aquí es una palabra que significa: «déjalos ir». De hecho, un comentarista dice que el tiempo aquí sugiere que Jesús continuaba diciendo, «Padre, perdónalos; Padre, perdónalos; Padre, perdónalos… déjalos ir». Eso es lo que estaba respirando.  Esa oración, mientras Él estaba en la cruz.

En esta oración Jesús simplemente estaba viviendo lo que enseñó a otros a hacer. Recuerda cuando Jesús dijo en el Evangelio de Lucas unos capítulos antes: «a vosotros los que oís, os digo: amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os vituperan» (vv.27-28).

En su oración, Él comienza por dirigirse a Su Padre. Él confiaba en Su Padre y se volvió hacia Él, aún cuando toda la evidencia visible era que parecía que Dios no lo amaba o que se había retirado de Él. La falta de evidencia visible no hizo tambalear su fe. Él aún clamaba «Padre». Se dirigió en confianza a Su Padre.

Después Él ora, «perdónalos». Ahora, tenemos que preguntarnos, quiénes son «ellos»? ¿Por quiénes estaba orando Jesús? Creo que Él oraba por los suyos dentro de una multitud. Una multitud que incluía,

  • Esos soldados romanos que estaban allí en el momento de clavarlo en la cruz.
  • Pilato, Herodes, los líderes religiosos que lo habían condenado injustamente a la muerte.
  • Esa multitud salvaje que vociferaba, «¡crucifíquenlo!»
  • Creo que estaba orando por Sus discípulos, Sus amigos más cercanos que lo habían traicionado, negado y abandonado.
  • Y creo que estaba orando por nosotros.

Nosotros no tenemos que experimentar la tormenta de la ira de Dios porque Jesús nos cubrió con el escudo de Su amor cuando Él oró, «Padre, perdónalos».

Ahora bien, Él dijo: «No saben lo que hacen». Aquí tenemos que preguntarnos: ¿En qué sentido no sabían lo que estaban haciendo? Porque ellos sabían que estaban crucificándolo. Pilato sabía que Jesús era inocente. Lo dijo al menos dos veces. Pero el hecho es que no sabían a quién estaban crucificando.

Semanas después, poco después de Pentecostés, Pedro estaba predicando, y dijo, en Hechos, capítulo 3:

«…disteis muerte al Autor de la vida... Y ahora, hermanos, yo sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros gobernantes» (vv. 15 y 17)

«Disteis muerte al Autor de la vida, pero ustedes no sabían lo que estaban haciendo. Ustedes no sabían a quién estaban matando».

La ignorancia no es inocencia. Ellos fueron voluntariamente ignorantes, como lo somos nosotras tan a menudo. Se negaron a creer en Él. Nuestra ceguera, el grado en que no seamos capaces de entender la enormidad de nuestro pecado, es inexcusable porque es el resultado de la incredulidad y de la rebelión. Nuestra ignorancia, nuestra ceguera es solo una prueba más de nuestra culpa, de nuestra depravación total.

Nos damos cuenta, cuando leemos en el Antiguo Testamento, que incluso los pecados cometidos en ignorancia debían ser expiados. «Satanás ha cegado el entendimiento de los incrédulos», nos dice 2 a los Corintios 4:4; y hasta que Dios abra nuestros ojos, no nos damos cuenta de la magnitud y la enormidad de la naturaleza de nuestro pecado. No nos damos cuenta de cómo Dios ve nuestro pecado y lo que ese pecado le hizo a Jesús. Estamos ajenas a muchas de las formas en que hemos pecado hasta que el Espíritu Santo nos convence y nos muestra nuestro pecado.

Es a esto a lo que creo que se refiere el apóstol Pablo en 1 de Timoteo 1 cuando dice:  «habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y agresor». Él no sabía eso en aquel momento. Y no fue hasta que viendo en retrospectiva se dio cuenta de la naturaleza de su pecado. Y continúa diciendo: «Sin embargo, se me mostró misericordia porque lo hice por ignorancia en mi incredulidad». Él pensó que estaba sirviendo a Dios al perseguir esos cristianos, pero su incredulidad lo llevó a actuar por ignorancia. Y continúa diciendo, «pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante, con la fe y el amor que se hallan en Cristo Jesús» (vv.13-14).

¡Alabamos a Dios por Su misericordia y Su gracia por pecadores ignorantes! ¿No te da gozo saber esto? Eso es lo que Pablo recibió; eso es lo que nosotras recibimos. Su misericordia y Su gracia.

Ahora, ¿fue la oración de Jesús contestada? «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Quiero decir, «¡Sí, por supuesto que sí!» Fue respondida de varias maneras. Creo que esta oración probablemente fue lo que preparó el camino para que el ladrón penitente pidiera perdón por sus pecados, cuando vio a Jesús extendiendo perdón a todos los que pecaban en su contra.

Creo que fue esta oración la que posiblemente suavizó el corazón del centurión romano, quien después de la muerte de Jesús dijo, «ciertamente Él era Hijo de Dios». La fe penetró en su corazón al oír las palabras que salieron de los labios de Jesús.

Y luego, siete semanas después, cuando los 3,000 se convirtieron en Pentecostés, es muy probable que muchos de los convertidos ese día hubieran estado en la escena de la cruz y hubieran escuchado la oración de Jesús por el perdón de sus pecados, y quizás sus corazones fueron suavizados y preparados para creer.

¿Y no ha sido la oración de Jesús respondida por generaciones por venir, generaciones que se arrepentirían, creerían, serían salvas, incluyéndonos a nosotras que estamos aquí hoy? ¡Gracias a Dios que Él oró esa oración para el perdón de nuestros pecados!

Así que ya ves, a pesar de nuestro pecado y de nuestra rebelión contra Dios, a pesar de lo que nuestro pecado requirió de Cristo, el deseo de Su corazón hacia nosotras era perdonarnos, y mucho antes de que nosotras supiéramos quién Él era o la enormidad de nuestro pecado contra Él, Él oró por nuestro perdón.

Él pagó el precio que hizo posible que un Dios santo y justo pudiera perdonar a pecadores, liberándolos de su deuda, porque, tal y como nos lo recuerda el libro de Hebreos, «Sin derramamiento de sangre no hay perdón de los pecados» (v.9:22). Esta oración no podría haber sido contestada si Jesús no hubiera estado dispuesto a derramar Su sangre para que nuestros pecados pudieran ser perdonados. Él murió como nuestro sustituto para que esta oración de perdón pudiera ser concedida.

Como dijo Martin Lutero, «si Cristo no hubiera perdonado, el mundo habría sido quemado como una brasa y enviado al infierno».

Cuando leo esas palabras, pienso, «¡Aleluya! ¡Qué Salvador!» Gracias Cristo por orar por el perdón de nuestros pecados!

Annamarie: Así es, ¡qué gran Salvador! Nancy nos ha estado mostrado el poder de la oración de Cristo en la cruz. Ella regresará en un momento.

Estamos tan agradecidas de que el Señor esté usando mensajes como este para hablarle a tantas mujeres. Una oyente que no tenía el deseo de escuchar uno de nuestros programas nos escribió,

«...No me parecía atractivo el título, no pensé que era lo que necesitaba para este momento de mi vida. Días después decidí escucharlo y he sido confrontada por el Señor. ¡Esto es justo lo que necesitaba!... Estoy deseosa de escuchar cada programa y compartirlo con otras. Qué Dios les bendiga en esta labor tan importante que les ha dado».

Quizás, al igual que esta oyente, tú has sido bendecida con estas enseñanzas, así que, ¿por qué no compartes este programa con mujeres en tu círculo de influencia? Puedes hacerlo fácilmente a través de nuestra página web, AvivaNuestrosCorazones.com.

No sé si mientras escuchabas a Nancy pensaste, «Bueno… ellas se sienten amadas por Dios, pero yo no». Aquí está Nancy de regreso para ayudarte a ver este pensamiento a la luz de la verdad.

Nancy: Al día de hoy, no solo hace 2.000 años en la cruz, en un evento objetivo de la historia pasada, pero al día de hoy, Él es el Abogado del pecador, Aquel que intercede por nuestra causa ante el Padre, quien se ofrece a Sí mismo y Su sangre para expiar, para quitarnos nuestros pecados, y para satisfacer la justa ira del Padre y Su juicio contra el pecado.

He compartido con ustedes varias veces durante esta serie el libro llamado El Salvador Sufriente, por Krummacher, escrito en los 1800. Él dice,

¡O cuan gloriosa esperanza brilla desde el Calvario hacia un mundo pecador! Montañas de pecado desaparecen ante Su intercesión.

Él oró por el perdón de Sus enemigos, por esos que pecaron contra Él, y como resultado, montañas de pecado desaparecen ante Su intercesión.

Al concluir el día de hoy, déjame recordarte que la cruz de Cristo no solo provee el perdón de nuestras ofensas contra un Dios Santo, sino que también nos llama a extender perdón a todos los que nos han ofendido y han pecado contra nosotros. Ser crucificado con Cristo requiere que dejemos pasar las ofensas, que dejemos ir a nuestros ofensores, que oremos por su perdón. Porque nadie puede decir, mientras fija sus ojos en Cristo…aun en  momentos, cuando se trata de cosas muy difíciles de perdonar, nadie puede decir, «yo he sido ofendido mucho más que Cristo lo fue, por lo tanto, puedo mantener esta falta de perdón». Podemos dejarlo ir, y no solo podemos, sino que debemos dejarlo ir porque Él oró por nuestro perdón.

Solo quiero recordarles que no hay nadie —nadie— nadie que esté fuera del alcance de Su amor, gracia y misericordia. No tú, independientemente de los pecados que hayas cometido, y tampoco cualquier persona que te haya hecho daño, sin importar lo grande que puedan ser sus pecados en tu contra. Nadie—nadie—ha pecado tan grandemente que Jesús no desee que sus pecados sean perdonados. Y gracias a Dios, gracias a Jesús, es Su cruz que hace que el perdón sea posible. ¿Amén? Amén.

Annamarie: Esta es Nancy DeMoss de Wolgemuth ayudándonos a contemplar la belleza del evangelio.

¿Ha traído Dios a alguien a tu mente a quien necesitas perdonar? El perdonar así como Dios nos perdonó abre el camino a una vida de verdadera libertad. Escucha este himno, y mientras lo haces, pídele a Dios que te ayude a perdonar así como Él te ha perdonado ti.

Annamarie: Amén. ¿Has tenido momentos en los que luchas con pensamientos acerca del destino de tu alma al morir? Bueno, no querrás perderte el programa de mañana. Te esperamos aquí en, Aviva Nuestros Corazones.

Conociendo al redentor juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Ante el Trono Celestial, Sovereign Grace Music, Sea la gloria solo a ti, ℗ 2002 Sovereign Grace Music.  Canción usada con permiso.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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