La sanación que Él ha prometido
Débora: Si estás sufriendo, si necesitas el obrar del Señor en tu vida, Nancy DeMoss Wolgemuth te recuerda esta verdad importante.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Mira cómo Cristo fue a la cruz y entregó Su vida, dispuesto a soportar la agonía física, el dolor y, finalmente, la muerte, por un propósito mayor y más elevado. Él sabía que, al entregar Su vida, Dios sería glorificado y los propósitos redentores de Dios se cumplirían en este mundo. Por eso dijo: «Sí, Padre».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «Santidad: El corazón purificado por Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 27 de marzo de 2026.
Muchas mujeres que están escuchando mi voz en este momento tienen alguna necesidad física. Quizás has estado orando por sanidad durante meses o incluso años, pero en este momento sigues sufriendo ese …
Débora: Si estás sufriendo, si necesitas el obrar del Señor en tu vida, Nancy DeMoss Wolgemuth te recuerda esta verdad importante.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Mira cómo Cristo fue a la cruz y entregó Su vida, dispuesto a soportar la agonía física, el dolor y, finalmente, la muerte, por un propósito mayor y más elevado. Él sabía que, al entregar Su vida, Dios sería glorificado y los propósitos redentores de Dios se cumplirían en este mundo. Por eso dijo: «Sí, Padre».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «Santidad: El corazón purificado por Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 27 de marzo de 2026.
Muchas mujeres que están escuchando mi voz en este momento tienen alguna necesidad física. Quizás has estado orando por sanidad durante meses o incluso años, pero en este momento sigues sufriendo ese dolor.
Esta semana, Nancy nos ha estado contando la historia de una mujer que se encontraba en una situación de enfermedad; encontramos su historia en Marcos, capítulo 5. Esta mujer había sufrido un sangrado durante doce años y se acercó a Cristo para tocar su ropa y ser sana.
Si te perdiste alguno de los 4 episodios anteriores de esta serie, puedes escucharlos en AvivaNuestrosCorazones.com.
Más adelante en el programa, escucharemos a tres mujeres que saben muy bien lo que es el sufrimiento físico. Ellas compartirán sus dolorosas experiencias de primera mano.
Pero primero, aquí está Nancy con algunas reflexiones finales sobre Marcos 5.
Nancy: Cuando se trata del tema de enfermedades físicas, estas pueden ser prolongadas, incluso para personas piadosas. No hace mucho, una querida amiga mía, madre de cuatro hijos y de cuarenta y dos años, falleció. Ella perdió la vida a causa de la enfermedad de Lou Gehrig. Era una mujer muy piadosa. Dios no escogió sanarla de esa aflicción, aunque hubo muchas, muchas personas que oraron, creyendo que Él podía hacerlo y pidiéndole que la sanara. Estoy segura de que mi amiga, durante esos meses, examinó su corazón y le pidió al Señor que le mostrara, especialmente antes de saber que era terminal: «Señor, ¿hay algo que quieras decirme?».
La enfermedad física es algo que Dios puede usar en nuestras vidas, pero también es algo que el enemigo puede utilizar. Ahí es donde debemos encontrar el equilibrio. Creo que siempre es prudente, cuando hay una circunstancia que me presiona en mi vida, ya sea física, financiera o relacional, comenzar diciendo: «Señor, tienes mi atención. ¿Hay algo que quieras decirme, hay algo que quieras mostrarme y que yo no he visto?».
Lamentablemente, es cierto que a menudo no clamamos al Señor y no le abrimos realmente nuestro corazón hasta que estamos en un período de aflicción. Creo que fue C. S. Lewis quien dijo que Dios utiliza la aflicción como un megáfono. Él nos habla en nuestro dolor, de maneras que tal vez no escucharíamos en tiempos de bienestar.
Así que creo que es correcto comenzar diciendo: «Señor, ¿hay algún problema en mi vida relacionado con el pecado, la desobediencia o la incredulidad?». El pecado tiene consecuencias físicas en nuestras vidas. Hay algunos problemas físicos, a veces desórdenes o trastornos gastrointestinales, algunas afecciones cardíacas, algunos accidentes cerebrovasculares; todas estas cosas a veces pueden ser causadas por amargura no resuelta, por culpa no resuelta, relaciones que no son correctas, porque nuestros cuerpos no fueron diseñados para soportar la presión del pecado no confesado.
Es apropiado decir: «Señor, ¿hay algo que estás tratando de mostrarme acerca de mi vida o acerca de tus caminos? Tienes toda mi atención. Estoy escuchando; estoy dispuesta a escuchar». Ahí es donde Santiago 5 dice que si hay una aflicción física, debemos llamar a los ancianos en ciertos momentos y, con el proceso de confesión del pecado en ese contexto, orar por sanidad. Cuando es el pecado el que ha causado la aflicción física, podemos creer en Dios para la sanidad y la liberación de ello al confesar ese pecado.
Hay otras ocasiones en las que la enfermedad, aunque todas las enfermedades y la muerte se remontan en última instancia al pecado, pero hay otras ocasiones en las que puede estar presente en tu vida o en la mía sin estar directamente relacionada con nuestro pecado. Todos somos pecadores, pero puede que no esté directamente relacionado con eso. Nos apresuramos demasiado a intentar conectar los puntos entre las aflicciones que experimentamos y lo que pueden haber sido las causas espirituales, y somos particularmente propensas a hacerlo con otras personas. Quizás nos resulta más fácil conectar los puntos en la vida de otra persona que en la nuestra.
Creo que hay momentos en que nuestra enfermedad, cuando nuestra aflicción física, y se podrían incluir en esta categoría otros tipos de pérdidas materiales o aflicciones, son simplemente el resultado de vivir en un mundo caído. Cristo no prometió que nos libraría de eso. De hecho, Él dijo que tendríamos que soportarlo. Pero lo que sí prometió es que nos daría la gracia para atravesarlo, para soportarlo y ver a Dios glorificado a través de eso.
Hace un tiempo, escuchamos el testimonio de una mujer que dijo que, a través de largos períodos de enfermedad física y de aflicciones en su vida, había llegado a conocer a Dios de una manera que tal vez nunca antes lo había visto. Ella dijo: «Ahora miro hacia atrás y veo ese tiempo como una bendición». La mayoría de nosotras, en medio de ese tiempo, no lo consideraríamos una bendición.
Pienso que la tentación que el enemigo puede traer a nuestras vidas es hacernos sentir una culpa que no proviene del Señor. Hemos escudriñado nuestros corazones. Hemos dicho: «Señor, estoy abierta para que me muestres cualquier asunto que necesite tratar». Si tu corazón está limpio y no te condena, entonces ve en paz y cree en la gracia de Dios para vivir con esa aflicción. Pero el enemigo puede entrar a veces y seguir golpeándote y acusándote y diciéndote: «Debe haber algo mal», especialmente si tienes amigos como los de Job, que son propensos a decir: «Escucha, la única razón por la que las personas se enferman es porque pecan».
Pero la Palabra de Dios no enseña eso. De hecho, en Juan capítulo 9, un hombre ciego de nacimiento fue llevado ante Cristo. En aquel tiempo se creía que si alguien estaba enfermo o padecía alguna dolencia, era porque había pecado. Entonces, le preguntaron a Cristo: «¿Quién pecó, este hombre o sus padres? ¿De quién es el pecado que causó la ceguera de este hombre?». Jesús respondió: «Todos son pecadores [como todas nosotras], pero no es así como este hombre quedó ciego. Su ceguera es para que la gloria de Dios y el poder de Dios se manifiesten en su vida, para que Dios reciba la gloria» (vv. 2-3, parafraseados).
En ese caso, Dios recibió gloria por la curación del ciego, pero he visto otros casos en los que Dios recibió gran gloria porque alguien estuvo dispuesto a soportar un sufrimiento prolongado y una enfermedad física y, aun así, dar gracias en medio de ella. Antes de que mi amiga muriera por la enfermedad de Lou Gehrig, la observé y la escuché lidiar con el miedo aun siendo una mujer y madre joven. Yo la vi enfrentarse al miedo con valentía. Y no es que fuera una persona valiente por naturaleza. En realidad, era una persona tímida y miedosa. Pero ella dijo: «No voy a dejar que este miedo domine mi vida», incluso cuando sabía que su enfermedad era terminal.
Ella glorificó a Dios en su muerte tanto como lo había hecho en su vida, y tal vez más en algunos aspectos. Su vida dio gloria a Dios, pero la forma en que murió, orando y alabando, glorificó a Dios aún más. Todavía recuerdo estar en su casa con ella y su esposo, orando y cantando juntos «Cual la mar hermosa, es la paz de Dios», muy cerca del momento en que fue al hospital por última vez.
Todavía puedo escucharla decir esa noche, cuando apenas podía respirar y había perdido la mayor parte de su capacidad pulmonar, y estaba en un sillón reclinable, incapacitada para usar las manos o las piernas… Todavía puedo escucharla decir: «Dios ha sido tan bueno con nosotros. Dios ha sido tan bueno con nosotros». Había un poder, un fruto, una fragancia y una belleza que brotaban de la enfermedad, incluso de la muerte, que daban gloria a Dios.
No pretendo decir que la muerte sea hermosa en sí misma. La muerte no fue el plan de Dios; no fue Su idea original. Es la consecuencia de las decisiones que tomamos. La muerte es horrible, es malvada y perversa. Es la herramienta del destructor. Pero en Cristo, la muerte y la enfermedad ya no tienen poder sobre nosotras. No pueden controlarnos. No pueden gobernar nuestras vidas. No pueden arruinar nuestras vidas si estamos en Cristo, porque Él ha vencido a Satanás.
En medio de la aflicción física, podemos decir: «Señor, te pido sanidad». Ora por ello. Pídela. Dios nos dice que debemos pedir las cosas que deseamos de corazón, pero respondemos como lo hizo Cristo: «Lo que realmente quiero, más que mi voluntad, es que se haga Tu voluntad». Y hablando de perder la vida, mira cómo Cristo fue a la cruz y entregó Su vida, dispuesto a soportar la agonía física, el dolor y, finalmente, la muerte, por un propósito mayor y más elevado. Él sabía que, al entregar Su vida, Dios sería glorificado y los propósitos redentores de Dios se cumplirían en este mundo. Por eso dijo: «Sí, Padre».
¡Y la muerte no pudo retenerlo! Más allá de la cruz, más allá de la muerte, más allá del dolor, más allá de la pérdida, hay resurrección. Hay vida nueva. Recuerda que este no es el capítulo final. Esta enfermedad no será para siempre. Puede que dure toda la vida, pero no será para siempre. Habrá libertad de todo dolor, de todo sufrimiento, de toda lágrima, de toda pena. Todo será borrado en ese gran día eterno y es en eso que debemos fijar nuestros ojos.
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth te ha estado recordando la esperanza de la eternidad.
Aquí, en Aviva Nuestros Corazones, hemos escuchado a tres mujeres muy especiales que fijaron sus corazones en la eternidad en medio del sufrimiento físico.
Rachael Barkey luchó contra el cáncer de mama durante cuatro años y medio, y luego le diagnosticaron otro cáncer terminal. Ella compartió el mensaje que estamos a punto de escuchar un par de meses antes de irse a casa para estar con el Señor.
Colleen Chao ha estado en un viaje de siete años contra el cáncer. Ella sigue pidiendo al Señor que le dé más tiempo para servirle y amar a su familia.
Y Joni Eareckson Tada se lesionó en un accidente de buceo cuando era adolescente. Ha vivido con cuadriplejía desde el año 1967.
Estas tres mujeres han estado anteriormente en Aviva Nuestros Corazones. Puedes escuchar sus historias completas en nuestros archivos en AvivaNuestrosCorazones.com.
Al concluir este estudio de Marcos 5, hemos querido escuchar a cada una de ellas. Todas han sufrido mucho en esta vida y todas nos señalan la esperanza de la eternidad. Escuchemos a Colleen Chao, Rachel Barkey y Joni Eareckson Tada.
Joni Eareckson Tada: Mi hermana y yo decidimos pasar un día juntas en la playa. El agua era poco profunda. Me tiré desde una balsa y me rompí la cuarta vértebra cervical y me seccioné la médula espinal.
Rachel Barkey: Me diagnosticaron cáncer de mama hace casi cinco años. Quinn, nuestro hijo, tenía solo dos años, y Kate, nuestra hija, solo siete meses.
Colleen Chao: Mis padres habían estado cuidando a Jeremy, que estaba con ellos, cuando llegué a casa con el segundo diagnóstico. Les conté que los médicos me dijeron que se trataba de cáncer en fase 4, y les mencioné el tiempo de vida que creen que tengo.
Rachel: A menos que ocurra un milagro, es probable que no viva más de seis a dieciocho semanas.
Joni: Los médicos dijeron: «Nunca volverás a usar las manos ni los pies. Nunca podrás caminar ni correr».
Colleen: Mi hijo Jeremy me dijo: «Mamá, ¿por qué Dios ha permitido que tengas cáncer por segunda vez? No quiero que mueras. ¿Vas a morir?». Él ya había procesado esta difícil noticia.
Joni: Me hundí en una depresión, y le dije a mi hermana: «Cierra la puerta, apaga las luces, corre las cortinas y déjame sola».
Rachel: El otro día, mi hija Kate me pidió que la levantara en brazos. Me dijo: «Mamá, ¿puedes cargarme, por favor?».
Colleen: Mi hijo Jeremy salió de la habitación y lo escuché llorar.
Rachel: No pude levantarla. Tuve que decírselo porque, si lo hago, los huesos de mi espalda, que están plagados de cáncer, son tan débiles que colapsarán sobre mi médula espinal.
Joni: No podía entender por qué un Dios amoroso había permitido que algo así le sucediera a uno de Sus hijos.
Rachel: Es comprensible que me sintiera frustrada y enojada. Me indigno por no poder hacer lo que quiero.
Colleen: Parte del dolor más intenso lo han sufrido mi esposo y mi hijo, así como la incertidumbre de lo que les depara el futuro, porque yo sé que mi sufrimiento llegará a su fin, pero el de ellos continuará.
Joni: No puedo decirte cuántas veces por la noche me imaginaba allí, en el estanque de Betesda, sobre una manta, tal vez acostada junto al hombre paralítico sobre su camilla de paja. Esperaría junto a él, aguardando que Cristo entrara por aquellas columnatas cubiertas. Lo vería y, en mi mente, gritaría: «¡Oh, Cristo, Cristo, no pases de largo! ¡Aquí estoy! ¡Sáname!».
Colleen: El solo pensar que en algún momento voy a dejar de estar ahí, y que mi hijo tendrá que continuar sin la influencia de su madre, me destroza como pocas cosas en la vida lo han hecho. Nunca antes había sentido un dolor como este.
Joni: Por más que me imaginaba a mí misma en el estanque de Betesda, y por más que le pedía a Cristo que me sanara, nunca me levanté. Nunca caminé.
Rachel: Mi frustración y mi ira son normales. Incluso algunos dirían que son justificadas. Pero en el fondo, representan la incredulidad. Son la expresión de mi corazón pecaminoso que dice: «Dios, no creo que esto sea lo mejor para mí».
Joni: Durante al menos dos semanas permanecí tumbada en aquella habitación a oscuras, sumida en el remordimiento, el pesar y la autocompasión, y decía: «No puedo creer que esto esté pasando. Dios, ¿dónde estás?».
Rachel: Eso es lo que mi corazón dice naturalmente, y lo que el tuyo también hace cuando se enfrenta a circunstancias que no nos gustan.
Joni: Pienso que fue entonces cuando comencé a experimentar la importancia de las intercesiones de los demás.
Colleen: Me duele el corazón y tengo que confiar en Dios de una manera nueva con las personas más queridas de mi vida.
Rachel: Dios es bueno. Él tiene el control y es justo.
Joni: Empecé a sentir una presión en mi corazón que me decía: «Joni, no quieres vivir así. No quieres vivir compadeciéndote de ti misma. Sal de ese rincón y busca la Palabra de Dios. Encuentra la esperanza, porque está ahí para ti si tan solo crees y das ese primer paso de fe».
Colleen: Dios no va a desperdiciar aquello a lo que me ha llamado a renunciar. Es como lo que pasó con Abraham e Isaac.
Joni: Oré al Señor y le dije: «Si no puedo morir, entonces muéstrame cómo vivir».
Colleen: Esta será una imagen para Jeremy, una imagen de que él necesita de la vida de Cristo manifestada a partir de la muerte, a partir de lo que parece ser un desperdicio, algo interrumpido o prematuro.
Rachel: En medio de mi tristeza, hay una paz y una esperanza profundas y duraderas. Las personas me estaban definiendo por mi cáncer, porque yo era una sobreviviente del cáncer. Pero el cáncer no me define. Lo que me define es mi relación con Cristo.
Joni: Fue entonces cuando me di cuenta de que no era que a Cristo no le importaran todas esas personas enfermas y discapacitadas que estaban al pie de la colina. Los problemas físicos de aquellas personas no eran el objetivo principal de Cristo, sino que conocieran el evangelio.
Colleen: Dios me creó precisamente para sufrir y entrar en comunión con los sufrimientos de Cristo. Por eso estoy aquí, y no para tener una vida cómoda.
Rachel: Si mi sufrimiento es el medio que Dios utiliza para llevar a una sola persona a Él, sufrir es un honor para mí.
Colleen: Estar en la presencia de Cristo es una alegría, y para mí, Su presencia se siente con mayor intensidad en el sufrimiento.
Rachel: ¿Eso te parece extraño? Supongo que sí, pero en realidad es la única forma en que todo esto tiene sentido.
Joni: Cuando dejamos atrás el pecado y nuestros corazones comienzan a latir al unísono con Cristo, bueno, no puedes evitar sentir el favor, la alegría y la aprobación del mismo Dios Todopoderoso.
Rachel: ¿Es Dios un Dios que ve mi sufrimiento, pero es incapaz, o peor aún, no está dispuesto a salvarme? Mi Dios es capaz de salvarme, y lo hará; pero ¿salvarme de qué? De una vida sin Él.
Colleen: Hay un gozo, un propósito y una misión únicos cuando camino cerca de Cristo en el sufrimiento. Pienso que, a través del sufrimiento, mi gozo ha aumentado en lugar de disminuir o desvanecerse.
Joni: Cuando obedecemos a Dios, cuando nos volvemos santos como Él es santo, es como si Él abriera las compuertas del cielo y el gozo cayera en cascada, derramándose y salpicando nuestros corazones y corriendo hacia los demás en torrentes de aliento, para luego elevarse de nuevo hacia Dios en una fuente efervescente de alabanza.
Rachel: Muchos se han preguntado por qué: «¿Por qué les está pasando esto a ti, a Neil, a Quinn y Kate, a tu familia y amigos?».
Colleen: Esto me obliga a acercarme a Cristo. No me da otra opción. Solamente digo: «¿A dónde más puedo ir, Señor? Solo Tú tienes las palabras de vida».
Rachel: No pregunto por qué, porque ya sé la respuesta, y es esta: vivimos en un mundo pecaminoso. Suceden cosas malas, pero no se suponía que fuera así, y no siempre será así. Dios tiene un plan.
Colleen: Esas palabras de vida cobran vida cuando las cosas se ponen difíciles, pero mientras que cuando todo va bien y la vida es fácil, no las siento con tanta intensidad.
Rachel: Dios ha hecho un camino para que las personas pecadoras, como tú y yo, podamos estar con Él en un mundo perfecto. Y ese camino es Cristo.
Colleen: El evangelio es la esperanza de entrar en la presencia de Cristo sin vergüenza y sin miedo.
Rachel: Reconoce que has pecado y que tienes un problema grave ante un Dios que es perfecto y justo. Reconoce que no hay nada que puedas hacer para salvarte a ti misma. Confía en que Cristo, que murió para pagar el castigo por tu pecado, ha resucitado de entre los muertos y te ha dado Su justicia.
Colleen: He sido perdonada, y soy aceptada y amada. Él tomó nuestro pecado y lo eliminó, y no nos ve a través de él.
Joni: El sufrimiento es como un pequeño chapuzón del infierno que nos despierta desde nuestro letargo espiritual y nos hace pensar en aquello de lo que Cristo nos rescató en última instancia.
Colleen: Creo que la eternidad ha estado arraigada en mí, en mis pensamientos y anhelos, durante los últimos diez o quince años.
Joni: ¿Qué piensas que es un destello del cielo? ¿Son esos días tranquilos, alegres y soleados en los que no hay dolor, en los que todo va bien, en los que todo es cómodo y acogedor? No. Un chapuzón del cielo es encontrar a Cristo en un chapuzón del infierno.
Rachel: Él me llevará a un mundo perfecto donde Él está.
Colleen: Sinceramente, si no fuera por mi esposo y mi hijo, me encantaría irme hoy mismo. Ni siquiera haría quimioterapia. Me iría. ¡No puedo esperar!
Rachel: El cielo es donde la vida está llena de maravillas, aventuras y alegría, todo lo bueno, por toda la eternidad.
Joni: No pienses que lo que más espero en el cielo es tener un cuerpo nuevo: saltar, bailar, dar patadas y hacer aeróbicos. Oh, eso sería maravilloso; sería un gran beneficio adicional de ser invitada a la fiesta de coronación de Cristo.
Rachel: Mi Dios es capaz de salvarme, y lo hará. Este sufrimiento es temporal, y la vida que viviré en la eternidad hará que todo esto parezca ligero y momentáneo.
Joni: Quiero un corazón nuevo; quiero un corazón glorificado que ya no tergiverse la verdad, ni se resista a Dios, ni busque una escapatoria, ni se deje vencer por el dolor, ni se preocupe por el futuro, ni trate de justificarse a sí mismo.
Colleen: Espero que sepan y recuerden cuánto amaba a Cristo y lo bueno que ha sido Él para mí. Espero que recuerden mi alegría, que yo reía. He pensado mucho en eso. La realidad de consumirme delante de mi hijo es… es difícil. Le he pedido a Dios: «¿Me dejarás vivir con el corazón que me has dado hasta el final?». Que pueda reírme y ser un poco osada, contar chistes y estar alegre hasta el final. Espero que recuerden mi risa estridente.
Débora: Ella es Colleen Chao, autora de In the Hands of a Fiercely Tender God. También escuchamos a Rachael Barkey, quien regresó a su hogar con el Señor después de cuatro años y medio de vivir con cáncer. Y hemos escuchado también a Joni Eareckson Tada, fundadora y directora ejecutiva de Joni and Friends. Ella vive con cuadriplejía desde el año 1967. Puedes escuchar más de todas estas mujeres visitando AvivaNuestrosCorazones.com.
Las tres mujeres que acabamos de escuchar han hecho un trabajo extraordinario al utilizar sus difíciles historias para animar a otros y edificar el reino de Dios. ¿Y sabes qué? Tú también puedes hacer lo mismo con tu propio dolor.
Si crees que no puedes hacerlo, quizá parte de tu lucha sea no entender el amor que Dios tiene por ti como tu Padre celestial. Amada, Dios quiere que lo conozcas y que confíes en Su amor incondicional.
Acompáñanos el próximo lunes en Aviva Nuestros Corazones, junto a nuestro invitado, el Dr. Bruce Ware, para comenzar una nueva serie en la que hablaremos sobre este maravilloso amor. Te esperamos.
Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación