Nuestro «felices para siempre»
Débora: Desde el Edén hasta la iglesia, desde el pacto con Adán hasta el Nuevo Pacto en Cristo, la Biblia nos muestra a un Dios que no cambia, que promete y que cumple.
Hoy, veremos cómo toda la historia bíblica apunta a un único propósito: restaurar lo que el pecado quebró y llevarnos de regreso a Su presencia. Aquí está Courtney Doctor.
Courtney Doctor: Desde la creación, el deseo de Dios, el corazón de nuestro Dios, es habitar con Su pueblo. Y la salvación, la gran misión de rescate, trata precisamente de traernos de regreso para que podamos habitar con nuestro buen Padre otra vez.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones, con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 13 de marzo de 2026.
Hoy escucharemos la última parte de la enseñanza que Courtney Doctor compartió en la conferencia …
Débora: Desde el Edén hasta la iglesia, desde el pacto con Adán hasta el Nuevo Pacto en Cristo, la Biblia nos muestra a un Dios que no cambia, que promete y que cumple.
Hoy, veremos cómo toda la historia bíblica apunta a un único propósito: restaurar lo que el pecado quebró y llevarnos de regreso a Su presencia. Aquí está Courtney Doctor.
Courtney Doctor: Desde la creación, el deseo de Dios, el corazón de nuestro Dios, es habitar con Su pueblo. Y la salvación, la gran misión de rescate, trata precisamente de traernos de regreso para que podamos habitar con nuestro buen Padre otra vez.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones, con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 13 de marzo de 2026.
Hoy escucharemos la última parte de la enseñanza que Courtney Doctor compartió en la conferencia True Woman‘25. Ella nos hablará de los pactos bíblicos para ver cómo Dios ha mostrado una y otra vez que Él es un Dios que hace pactos y que los guarda.
Courtney Doctor: Repasemos los pactos en la Biblia. Comencemos con el primer pacto: el pacto con Adán.
En el relato de la creación en Génesis 1 y 2, se nos dice 6 veces que todo lo que Dios hizo era, ¿qué?, bueno. «Era bueno… era bueno… era bueno». Ahora, ¿qué tenía de bueno? Lo principal que tenía de bueno el Jardín del Edén es que Dios estaba presente con Su pueblo. Adán y Eva tenían una comunión perfecta con su Padre, y tenían una comunión perfecta entre ellos y con el mundo que los rodeaba.
Necesitamos conocer esa parte de la historia. Tenemos que saber qué fue lo bueno y qué fue lo que se perdió, porque esta es una historia sobre cómo Dios restaura progresivamente todo lo que Adán perdió y cómo Cristo, el segundo Adán, recuperó para nosotras lo que el primer Adán perdió.
No fuimos creadas para vivir en un mundo de quebranto, de relaciones rotas, sufrimiento, enfermedad o muerte. Fuimos creadas para vivir en un mundo lleno del shalom de Dios, que es mucho más que solo paz. Es plenitud, florecimiento, porque fuimos creadas para vivir en Su presencia.
Entonces, en Génesis 1 y 2, Adán y Eva eran el pueblo de Dios. Estaban viviendo en la presencia de Dios, en el lugar que Él había preparado para ellos, y estaban cumpliendo los propósitos de Dios. En este pacto, Dios es el Rey, y Él prometió a Adán y Eva provisión y protección.
En Génesis 1:16 Dios le dijo a Adán: «De todo árbol del huerto puedes comer. Te he dado todo esto. Es una provisión abundante y una protección perfecta. Vas a encontrar vida en la obediencia, si tan solo obedeces Mi Palabra» (parafraseado). Había bendición. Adán y Eva eran la parte más débil del pacto. ¿Y qué debían prometer? Debían prometer lealtad, obediencia y confianza.
En el huerto, se les dio un trabajo significativo que hacer. Debían ser fructíferos, multiplicarse, llenar la tierra, someterla y ejercer dominio sobre ella. Y tenían una sola prohibición. Se les dio todas estas cosas, pero tenían una sola prohibición, una sola cosa que debían obedecer: «No coman del árbol del conocimiento del bien y del mal».
La vida en el Edén era maravillosa. Hay mucho en Génesis 1 y 2 que nos ayuda a entender aquello que anhelan nuestras almas, pero lamentablemente tenemos que pasar la página. Génesis 3 comienza de manera muy abrupta. El versículo dice: «La serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo». Como buenos lectores, de inmediato debemos darnos cuenta de que algo no está bien.
Los siguientes 13 versículos nos dicen que ocurrió algo horrible, algo que interrumpió la perfecta armonía.
Génesis 3 trata acerca de si Adán y Eva permanecerían o no leales a su Soberano. La pregunta que se les planteó fue: ¿A quién creerán? ¿A quién obedecerán? ¿Serán leales? ¿Serán colaboradores fieles del pacto? ¿Quién será su rey? ¿Quién gobernará sobre ustedes? ¿Será Dios o el enemigo de Dios?
Bueno, sabemos que Adán y Eva escogieron desobedecer a su buen Rey. Y tan pronto como lo hicieron, todas estas cosas entraron en la historia: el pecado, la vergüenza y las relaciones rotas. También sabemos que ellos trataron de esconderse, trataron de cubrirse. Pero, obviamente, no pudieron hacerlo.
Y este es verdaderamente el primer giro inesperado de la trama. Así que deberíamos preguntarnos: ¿Qué va a pasar ahora?¿Tendrá el pecado la última palabra? ¿Será el pacto quebrantado el final de la historia?
En Génesis, capítulo 3, en el versículo 8, vemos que el Dios que hace pactos y que guarda pactos entra en esta escena desastrosa y viene a ellos. Él llama a Adán y a Eva para que salgan de su escondite, los viste y los cubre. Luego les dice cuáles serán las consecuencias de su pecado, de su rebelión. Él comienza con la serpiente, pero lo que leemos es que, aun mientras maldice a la serpiente, al mismo tiempo, promete redención para Su pueblo de las consecuencias de su pecado. ¿Y por qué? Porque Él va a cumplir Su parte del pacto. Porque Él es un Dios que guarda Su pacto.
Génesis 3:15 dice:
«Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente Él [este descendiente varón prometido, singular, “Él”; eso es lo que conlleva esa palabra. Se nos promete que un descendiente varón en singular, un hijo] te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el talón».
Dios estaba prometiendo que Él derrotaría a aquel que los había corrompido.
Y, en realidad, todo el drama se desarrolla a la luz de esta promesa y de estos acontecimientos. Cada vez que aparece un personaje en escena, cada vez que pasamos la página y nace un nuevo niño y se introduce un nuevo personaje, deberíamos preguntarnos: «¿Será este Aquel que Dios prometió? ¿Será esta la simiente prometida que aplastará a la serpiente?».
Estamos leyendo una historia en la que todos se preguntaban: «¿Quién podrá aplastar a la serpiente? ¿Quién podrá rescatarnos de su dominio? ¿Quién podrá llevarnos de regreso al Edén? ¿Quién restaurará el pacto?». Bueno, veamos cómo responde Dios.
Hablemos del segundo pacto: el pacto con Noé. Adán y Eva fueron expulsados del huerto, y luego vemos cómo el pecado y la muerte abundan en los siguientes ocho capítulos: Caín asesina a Abel, Lamec mata a varios hombres y la corrupción se desborda. En Génesis, capítulo 6, versículo 5, dice que:
«El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal».
Deberíamos preguntarnos nuevamente: «¿Ganó el pecado?». Dios prometió en Génesis 3:15 que Él ganaría. Pero todo lo que leemos después del huerto es que el pecado va en aumento, y entonces Dios envía el diluvio sobre toda la tierra. Entonces, la pregunta es: «¿Prevaleció Su promesa sobre la destrucción? Nuestro Dios que hace pactos, ¿seguirá siendo un Dios que guarda pactos? ¿Será fiel a Su Palabra?».
Cuando leemos el relato en Génesis 6–9 de Noé y el diluvio, debemos leer estos capítulos como si escucháramos a Dios gritar desde las montañas que Él será para siempre fiel a Sí mismo, a Su Palabra y a Su pueblo. Él cumplirá todo lo que prometió hacer. Nada triunfará sobre Él, ni siquiera el pecado y la corrupción.
El diluvio destruyó casi todo, pero Dios, una vez más, impartió salvación en medio del juicio. Él restableció el pacto con Noé que había hecho con Adán en el Edén. Restableció Su pacto con la humanidad y las personas aún seguirán llevando Su imagen. Así que las cosas que eran ciertas en el Jardín del Edén siguen siendo verdad. Las personas continúan siendo llamadas a llenar la tierra con la presencia de Dios.
Y nos preguntamos: ¿Era entonces Noé la simiente prometida? ¿Era él quien aplastaría a la serpiente? Bueno, tristemente, en Génesis 9–11, vemos que no. Una vez más vemos que hubo una rápida espiral descendente: Noé peca, sus hijos también, y luego tenemos el relato de sus descendientes desobedeciendo completamente a Dios e intentando construir la Torre de Babel.
Y entonces nos preguntamos una vez más: ¿Ganó el pecado? Bueno, al pasar la página a Génesis capítulo 12, vemos el tercer pacto. El primer pacto fue con Adán, el segundo pacto fue con Noé y ahora veremos el tercer pacto con Abraham. Dios llamó a un hombre de entre todos los pueblos de la tierra a venir y seguirle, y entró en pacto con él.
Dios le prometió a Abraham varias cosas: le prometió una simiente —y esa palabra debería sonarnos familiar— y herederos. De hecho, le dijo a Abraham: «Vas a tener descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo». Le prometió una tierra, lo cual es un tema central en el Antiguo Testamento cuando vemos al pueblo finalmente entrar en la tierra prometida, solo para ser exiliado de ella, y más tarde regresar.
Pero, sobre todo, Dios le dice a Abraham que por medio de él va a bendecir a todos los pueblos de la tierra. La mirada de Dios siempre ha estado puesta en toda la tierra. En Génesis 12 dice lo siguiente:
«El Señor le dijo a Abram: “Vete de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que Yo te mostraré. Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. En ti serán benditas todas las familias de la tierra”».
¡Esta es una gran promesa! Luego en Génesis 15, leemos sobre una ceremonia tradicional de pacto. Los animales fueron partidos en dos; se hizo un camino entre ellos, pero a diferencia de cualquier otra ceremonia de pacto, solo una de las partes caminó por el medio.
Solo Dios caminó entre los pedazos. Y cualquier lector debería preguntarse por qué. ¿Por qué solo Dios? Bueno, sigue leyendo. La historia continúa. Abraham tuvo a Isaac, Isaac tuvo a Jacob, Jacob tuvo a José. Y eventualmente llegaron a ser alrededor de 70 personas. Aquel hombre se convirtió en una pequeña familia de unas 70 personas. Más adelante vemos que ellos fueron a Egipto porque había una hambruna, y se quedaron allí por 400 años.
Luego, las Escrituras nos dicen que los descendientes de Abraham llegaron a ser tan numerosos como las estrellas en el cielo, pero que, mientras estuvieron en Egipto, este grupo familiar se convirtió en un pueblo numeroso y fueron esclavizados por los egipcios. Pero Dios, que es siempre fiel, entró en Egipto. Nuestra historia es una historia en la que Dios siempre viene hacia nosotros.
Entonces, Dios entra en Egipto y rescata a este grupo de personas. Esto es lo que llamamos el Éxodo y es el acontecimiento más mencionado en todo el Antiguo Testamento. Es como un modelo, una referencia del rescate que estaba por venir.
Después de que los descendientes de Abraham salen de Egipto y cruzan milagrosamente el Mar Rojo, lo primero que sucede es que Dios llama a este pueblo hacia Sí mismo al pie del monte Sinaí, y allí los establece como la nación de Israel.
En Éxodo 19 vemos que Dios entra en pacto con Israel por medio de Moisés, y este es el cuarto pacto. Así que ahora ya no es un pacto solo con un hombre o una familia, sino con una nación. En Éxodo 19, comenzando en el versículo 4, dice:
«Ustedes han visto lo que he hecho a los egipcios, y cómo los he tomado sobre alas de águilas y los he traído a Mí. [Básicamente Dios les está diciendo: “Ustedes no hicieron nada. Yo lo hice todo”.] Ahora pues, si en verdad escuchan Mi voz y guardan Mi pacto [¿Entiendes lo que Dios está diciendo aquí: “Si son fieles colaboradores del pacto…”, porque ese es su rol: ser leales y obedientes], serán Mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque Mía es toda la tierra. Ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (vv. 4-6).
Entonces, este pacto que Dios estableció con Israel por medio de Moisés incluye la ley e incluye el tabernáculo. Y es allí donde Dios comenzó el proceso de habitar con Su pueblo otra vez. Él estableció a Israel como Su pueblo, y restableció Sus propósitos. «Ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes. Están llamados a mediar bendición. Eso es lo que hacen los sacerdotes. Deben ser una nación entera que medie bendición al mundo entero».
Y después de eso, después de hacerlos Sus colaboradores en el pacto, Él les dio la ley, que era su parte del pacto. Esto es lo que ellos debían hacer: guardar la ley. Solo así ellos serían fieles colaboradores del pacto.
Así que, en este punto de la historia, ellos son el pueblo de Dios y están viviendo en la presencia de Dios de alguna manera a través del tabernáculo, en el lugar que Dios tiene para ellos. Están cerca de la Tierra Prometida, pero aún no están viviendo según los propósitos de Dios. Deberían hacerlo, pero no los están cumpliendo.
Avanzando en la historia, vemos que el pueblo de Dios entró en la Tierra Prometida, se estableció allí y quiso un rey. Bueno, Saúl fue su primer rey, y luego Dios les dio a David y entró en pacto con David. Este es nuestro quinto pacto.
2 Samuel 7, en el versículo 11, dice:
«…El Señor también te hace saber que el Señor te edificará una casa. Cuando tus días se cumplan y reposes con tus padres, levantaré a tu descendiente después de ti [ahí está otra vez esa palabra: tu simiente, tu descendiente], el cual saldrá de tus entrañas, y estableceré su reino. Él edificará una casa para Mi nombre…» (vv. 11-13).
Mientras leemos esto, puede que pensemos: Está hablando de Salomón. Se refiere a Salomón. Pero entonces Dios dijo algo, y como lectores sabemos que no puede ser Salomón. Él dijo: «Y Yo estableceré el trono de su reino para siempre».
Un trono eterno y un reino eterno. La simiente prometida todavía estaba por venir. No fue Adán, no fue Noé, no fue Abraham, no fue Moisés, no fue David. Todavía esperábamos a Aquel que aplaste la cabeza de Satanás (Génesis 3:15), a Aquel que bendijera a todos los pueblos de la tierra (Génesis 12). Estábamos esperando a Alguien que fuera el israelita perfecto, que guardara perfectamente la ley, que fuera un colaborador perfecto del pacto, y ahora estamos esperando a Uno cuyo reino y trono perdurarán para siempre.
¡Cuánta expectativa! Si esto es lo que necesitamos, ¿cómo regresaremos al Jardín del Edén? ¿Cómo seremos salvados? ¿Cómo seremos rescatados? Bueno, antes de llegar a esa respuesta, quiero responder nuestra cuarta pregunta.
Y nuestra cuarta pregunta es: ¿Por qué? ¿Por qué se comprometería Dios con ellos, con nosotros? ¿Qué mueve a Dios a actuar? ¿Qué mueve a Dios a cortar un pacto con nosotros? Quiero decirte que, si no recuerdas nada de lo que vimos hoy, por favor, recuerda aunque sea esto. Si los pactos hacen avanzar la historia, hay entonces un tema que corre por debajo de todos los pactos; es un tema que revela el corazón de Dios, y está capturado en esta frase: «Yo seré su Dios y ustedes serán Mi pueblo».
Esa frase se repite una y otra, y otra, y otra vez. «Yo seré tu Dios, el Dios de tus descendientes. Después de ti los tomaré como Mi pueblo. Yo seré tu Dios» (Génesis 17:7-8 parafraseado). Quiero que recuerdes lo que dice en Levítico 26, en el versículo 12:
«Andaré entre ustedes y seré su Dios, y ustedes serán Mi pueblo. Yo soy el Señor su Dios…» (vv. 12-13).
«Ellos serán Mi pueblo. Yo seré su Dios. Yo seré su Dios. Ellos serán Mi pueblo. Ellos serán Mi pueblo. Yo seré su Dios. Ustedes serán Mi pueblo, y Yo seré su Dios». Toda la historia bíblica es la historia de Dios arreglando las cosas con el fin de habitar con nosotros otra vez. Ese es el corazón de nuestro Padre, que no se detendrá ante nada, para que podamos habitar con Él de nuevo.
Pero, ¿cómo? ¿Cómo, cómo puede el Santo habitar en medio de los impuros? ¿Cómo puede el Justo habitar en medio de los injustos? ¿Cómo cumplirá Dios Sus propósitos y guardará Su pacto? A medida que la historia avanza, vemos a Israel fallar su parte del pacto una y otra, y otra, y otra vez. Son desobedientes, rebeldes e infieles.
La mayoría de los profetas surgieron durante ese tiempo, el tiempo de los reyes y del exilio, y lo que ellos trataban de hacer era llamar al pueblo de Dios de vuelta a la fidelidad del pacto. Finalmente, Dios los sacó de la tierra, lejos del templo.
Y cuando estaban en el exilio, todavía eran el pueblo de Dios, pero ya no estaban viviendo en la presencia de Dios. El templo había sido destruido y ya no estaban en el lugar que Dios había hecho para ellos. Fueron exiliados de la tierra, y todo porque no cumplieron los propósitos de Dios.
Después de que regresaron del exilio, tenemos los 400 años de silencio de parte de Dios, y ese silencio se rompió con el anuncio del nacimiento que pone fin a todos los anuncios de nacimiento, que es: «…“y le pondrán por nombre Emmanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros”».
Juan comienza su evangelio diciendo: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…» (Jn. 1:14). ¿Recuerdas lo que dice Levítico 26? «Andaré entre ustedes…». Desde la creación, el deseo de Dios, el corazón de nuestro Dios, es habitar con Su pueblo. Y la salvación, la gran misión de rescate, trata precisamente de traernos de regreso para que podamos habitar con nuestro buen Padre otra vez. Dios cumple Su promesa de victoria y bendición al cortar el nuevo pacto.
Cuando Dios entró en pacto con Abraham, partió animales en dos y pasó por en medio de sus cuerpos desgarrados. De la misma manera, Él entra en un nuevo pacto con nosotros. Mateo 27, en el versículo 50, dice:
«Entonces Jesús, clamando otra vez a gran voz, exhaló el espíritu. En ese momento el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo…» (vv. 50-51).
Y Hebreos amplía esto. En Hebreos 10, los versículos 19 y 20 dicen:
«Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, Su carne…» (vv. 19-20).
Su cuerpo. Ese es el corte del nuevo y definitivo pacto: Su cuerpo desgarrado en dos, cortado en nuestro favor.
Dios no solo cumplió ambos lados del pacto, Él se convirtió en el pacto. Él se convirtió en la ceremonia. Él se convirtió en el camino. Cristo dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie viene al Padre sino es por [¿por qué?] por Mí», ¡no hay otra manera!
- Cristo es el camino de regreso a la presencia de Dios.
- Él es el camino para ser contadas dentro del pueblo de Dios.
- Él es el lugar donde tú y yo fuimos destinadas a habitar.
- Cristo es el héroe de la historia, enviado por el Padre en el momento justo para rescatar a Su pueblo.
- Cristo es la simiente prometida que aplastó la cabeza de la serpiente.
- Él fue descendiente de Adán y de Noé y de Abraham y de David y nació para que todas las familias de la tierra fueran bendecidas.
- Él es el israelita más verdadero que guardó perfectamente la ley en nuestro lugar.
- Y Él es el Rey cuyo trono y Su reino nunca tendrán fin.
Cuando 2 Corintios 1:20 dice: «Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí. Por eso también por medio de Él, es nuestro Amén…». De esto está hablando: Sus promesas son «sí», y Dios cumplió todas Sus promesas en Cristo.
Y así, el plan de Dios de ser nuestro Dios y habitar con nosotros nunca ha cambiado. Es el cumplimiento de esas promesas. Un erudito dijo que el cumplimiento de esas promesas: «Es lo más horrendo y al mismo tiempo lo más glorioso que nadie podría haber imaginado».
¡Pero todavía hay más! Todavía hay una conclusión gloriosa para la historia, porque después de la crucifixión viene la resurrección, y después de la resurrección viene la ascensión, y luego Él derrama Su Espíritu sobre todos nosotros y establece Su iglesia. Y la iglesia es el pueblo de Dios recién formado. Aquí es donde vivimos nosotras. Este es nuestro lugar en la historia.
Aquí es donde tú y yo somos llamadas a amar y obedecer a Dios. Aquí es donde tú y yo somos llamadas a ser colaboradores fieles del pacto. Pero, ¿qué esperamos? ¿Cómo terminará la historia? ¿Cuál es nuestro «felices para siempre»?
Escucha lo que dice Apocalipsis 21:
«Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono…» (vv. 1–3).
Y me encanta que Juan nos diga que era gran voz. Es como si Dios mismo anhelara este día, y simplemente lo gritara. ¿Y qué es lo que Dios grita? «El tabernáculo de Dios está entre los hombres…». Viene un día en que el Señor del universo dirá esas en voz alta desde el trono: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres…».
Ahora, ¿por qué está tan emocionado de que llegue ese día? Versículo 3 de Apocalipsis 21: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos».
Dios habrá cumplido el deseo de Su corazón, que es habitar contigo y conmigo. Y luego dice que Él enjugará toda lágrima de sus ojos. ¿Sabes cuán cerca tiene que estar alguien para hacer eso? «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (v. 4).
Y en ese día, amigas, si ustedes están en Cristo, si han entrado en una relación con un Dios santo por medio del camino que Él abrió en el Nuevo Pacto, entonces seremos el pueblo de Dios, y viviremos plena y completamente por toda la eternidad viviendo en la presencia de Dios. Y estaremos, finalmente, en el lugar que Dios hizo para nosotras.
Cristo les dijo a Sus discípulos: «…voy a preparar [¿qué?] un lugar para ustedes». Un lugar para nosotras, cumpliendo finalmente los propósitos de Dios, para Su gloria.
Así que la Escritura, la Biblia, no es una recopilación de declaraciones de verdades independientes. No es una lista de reglas de lo que se debe y no se debe hacer. No es un conjunto de doctrinas para dominar intelectualmente. Es la historia más grande y más verdadera jamás contada. Es la historia de lo que Dios ha hecho para la redención de Su mundo: cómo Él ha obrado aquí por nosotras, a favor nuestro. Es la historia misma la que proclama a un Dios tan poderoso, tan soberano, tan fiel, y que es digno de toda tu vida.
Él es digno de tu lealtad. Él es digno de tu obediencia. Espero que hayas visto claramente que, si has confiado en este Dios, este Dios que hace pactos y guarda pactos, que Él ha cumplido todas Sus promesas en la muerte y resurrección de Su Hijo. Espero que sepas, profundamente en tu alma, que Dios nunca te dejará ni te desamparará. Él nunca te dejará ni te desamparará.
Él cortó pacto usando el cuerpo de Su propio Hijo, para que tú y yo nunca seamos apartadas. Así que descansa profundamente en el profundo, profundo amor de nuestro Dios fiel.
Débora: ¿No es increíble? Desde el principio, Dios ha estado moviendo la historia hacia un único destino: habitar nuevamente con Su pueblo.
Hoy, Courtney Doctor nos recordó que cada pacto, cada promesa y cada acto de Dios apunta al deseo profundo de Su corazón: «Yo seré su Dios y ustedes serán Mi pueblo». Amada, oro que tu corazón descanse en esa verdad que nunca cambiará.
Imagina a mujeres de todas las edades viviendo juntas el evangelio de Cristo que las ha transformado. Mujeres caminando hombro a hombro, creciendo juntas y edificando todo el cuerpo de Cristo para reflejar Su belleza. Esta, mi amada hermana, es la comunidad cristiana tal como Dios la planeó: una comunidad de fortaleza mutua, que glorifica a Dios y hace que Su verdad sea creíble ante nuestro mundo.
En Aviva Nuestros Corazones queremos acompañarte en este llamado, y por eso contamos con un recurso especial que te ayudará a crecer en esta área. Se trata del libro «Adornadas», escrito por Nancy DeMoss Wolgemuth. Y me alegra decirte que durante este mes de marzo está disponible para ti por una donación en nuestro sitio web.
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Sin más por el episodio de hoy, nos vemos el próximo lunes para una nueva serie de Aviva Nuestros Corazones.
Llamándote a completar la maravilla de la Palabra, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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