¿Qué es el verdadero quebrantamiento?
Dannah Gresh: Hola, soy Dannah Gresh. Antes de que comience el programa de hoy, quiero invitarte a que continúes orando por nuestra querida Nancy. Su esposo, Robert Wolgemuth, partió para estar con el Señor temprano en la mañana del sábado 10 de enero. ¿Le pedirías a Dios que consuele a Nancy en los días que vienen? Muchas gracias.
Como probablemente ya sabes, Aviva Nuestros Corazones no es un programa en vivo, Nancy grabó lo que estás a punto de escuchar antes de que Robert enfermara. Aquí está ella en el programa de hoy.
Débora de Rivera: Nancy DeMoss Wolgemuth te invita a vivir en un espíritu de quebrantamiento ante Dios.
Nancy en 1995: El quebrantamiento no es un sentimiento. No es una emoción. Es una elección que hago. Es un acto de mi voluntad. Es un estilo de vida en el que estoy de acuerdo con Dios …
Dannah Gresh: Hola, soy Dannah Gresh. Antes de que comience el programa de hoy, quiero invitarte a que continúes orando por nuestra querida Nancy. Su esposo, Robert Wolgemuth, partió para estar con el Señor temprano en la mañana del sábado 10 de enero. ¿Le pedirías a Dios que consuele a Nancy en los días que vienen? Muchas gracias.
Como probablemente ya sabes, Aviva Nuestros Corazones no es un programa en vivo, Nancy grabó lo que estás a punto de escuchar antes de que Robert enfermara. Aquí está ella en el programa de hoy.
Débora de Rivera: Nancy DeMoss Wolgemuth te invita a vivir en un espíritu de quebrantamiento ante Dios.
Nancy en 1995: El quebrantamiento no es un sentimiento. No es una emoción. Es una elección que hago. Es un acto de mi voluntad. Es un estilo de vida en el que estoy de acuerdo con Dios acerca de la verdadera condición de mi corazón y mi vida, tal como solo Él puede verla.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Mentiras que las mujeres creen», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 14 de enero de 2026.
Seis años antes de que existiera el programa radial de Aviva Nuestros Corazones, Nancy compartió un mensaje para el personal del ministerio Cru. El mensaje impactó profundamente a la audiencia. Diez años después, algunos de estos obreros cristianos compartieron sus comentarios.
Varios de estos obreros cristianos:
Kathy Helvey: «Recuerdo cuando esa jovencita subió al escenario».
Julie Denker: «Y Dios la estaba utilizando para ablandar mi corazón».
Dave Warn: «Empezamos a caminar humildemente con Dios. Empezamos a ser sinceros los unos con los otros».
Bob Helvey: «Fue como si se me hubiera quitado la niebla de los ojos y me hubiera dado la oportunidad de ser honesto conmigo mismo».
Dave Warn: «Había sido limpiado de una forma que no habría podido imaginar tan solo seis meses antes».
Kathy Helvey: «No sabía de dónde venían las lágrimas. Nunca había llorado así antes».
Bob Helvey: «Era algo especial que Dios estaba haciendo. Nunca había experimentado nada igual».
Julie Denker: «Nunca había escuchado un mensaje como ese antes».
Kathy Helvey: «Nunca he vuelto a experimentar algo así. Nunca lo olvidaré. Nunca lo olvidaré».
Débora: Esta semana queremos conmemorar el trigésimo aniversario de ese mensaje, y comenzaremos a escucharlo hoy. El quebrantamiento es un tema que todos debemos considerar. Así que escuchemos a Nancy DeMoss Wolgemuth hablar sobre el quebrantamiento.
Nancy en 1995: ¿Qué tipo de corazón es el que Dios aviva? ¿Y qué se necesita en mi corazón para experimentar un avivamiento continuo? Escucha estas Escrituras, y pienso que la respuesta será clara.
«Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: “Yo habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos”» (Isaías 57:15).
«Cercano está el SEÑOR a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos de espíritu» (Salmos 34:18).
«Porque Tú no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás» (Salmos 51:16-17).
«Así dice el SEÑOR: …“Pero a este miraré: Al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante Mi palabra”» (Isaías 66:2).
Y luego escuchamos las palabras de Cristo:
«Bienaventurados [dichosos, felices] los pobres en espíritu [los que están en bancarrota, los que están sumidos en la pobreza, los que están desamparados, los que no tienen recursos propios], pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados [dichosos, felices] los que lloran, pues ellos [los que lloran por sus pecados, los que se afligen por lo que aflige el corazón de Dios] serán consolados».
Al escuchar estos versículos y pensar en muchos otros similares en las Escrituras, ¿qué tipo de corazón es el que Dios aviva? El corazón que Dios aviva es el quebrantado, el contrito, el humilde. Nos sentimos tentados a pensar en el avivamiento como un tiempo principalmente de alegría, bendición, plenitud, abundancia, emoción, entusiasmo, asombro y abundancia desbordante. Y así será, en el momento adecuado. Queremos un avivamiento sin dolor. Queremos, por así decirlo, un avivamiento alegre y con risas.
Pero los caminos de Dios son que el camino hacia arriba es primero el camino hacia abajo. Uno de los líderes del avivamiento en Borneo en 1973 nos recuerda que los avivamientos no comienzan felizmente con todos pasando un buen rato, sino que comienzan con un corazón quebrantado y contrito. Nunca nos encontraremos con Dios en un avivamiento hasta que primero nos hayamos encontrado con Él en el quebrantamiento.
La epístola de Santiago nos hace un llamado y nos recuerda lo siguiente. Dice:
«Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes. [Pero primero, hay un proceso:] Limpien sus manos, pecadores; y ustedes de doble ánimo, purifiquen sus corazones. Aflíjanse, laméntense y lloren. Que su risa se convierta en lamento y su gozo en tristeza. [Primero]Humíllense en la presencia del Señor y [entonces] Él los exaltará».
Puede haber muchas lágrimas sin quebrantamiento, así como en algunos casos puede haber un quebrantamiento genuino sin derramar lágrimas. El quebrantamiento no es un sentimiento. No es una emoción. Es una elección que hago. Es un acto de mi voluntad. Y el quebrantamiento no es principalmente una experiencia única o una experiencia de crisis en mi vida, aunque puede haberlas.
El quebrantamiento es más bien un estilo de vida continuo y constante. Es un estilo de vida en el que estoy de acuerdo con Dios acerca de la verdadera condición de mi corazón y mi vida tal como solo Él puede verla.Es un estilo de vida, de rendición incondicional y absoluta de mi voluntad a Dios.
Incluso como el caballo que ha sido domado y se rinde y es sensible a la dirección y los deseos de su jinete, es un estilo de vida en el que digo: «Sí, Señor. No se haga mi voluntad, sino la Tuya».
El quebrantamiento es la destrucción de mi voluntad propia para que la vida, el Espíritu, la fragancia, la vida de Cristo puedan ser liberados a través de mí. El quebrantamiento es un estilo de vida que consiste en responder con humildad y obediencia a la convicción del Espíritu de Dios y a la convicción de Su Palabra. Y así como Su convicción es continua, mi quebrantamiento debe ser continuo.
El quebrantamiento es un estilo de vida que me lleva en dos direcciones. Es un estilo de vida vertical, por así decirlo, con el techo abierto en mi relación con Dios, mientras camino en la luz con honestidad transparente y en humildad ante Él. Pero también es un estilo de vida que requiere que viva con las paredes derribadas, en mis relaciones con los demás.
Hay algunas ilustraciones maravillosas en las Escrituras de personas quebrantadas. Con frecuencia, esas ilustraciones se contrastan con las vidas de aquellos que no están quebrantados. Pensemos, por ejemplo, en dos reyes del Antiguo Testamento que se sentaron en el mismo trono. Uno cometió pecados atroces contra el corazón de Dios. Cometió adulterio y mintió. Cometió asesinato para encubrir su pecado, y luego vivió durante un largo período de tiempo encubriendo su pecado perverso y su traición contra Dios y contra su nación. Sin embargo, en las Escrituras se nos dice que el rey David era un hombre según el corazón de Dios.
Luego pensamos en el rey que lo precedió, el rey Saúl, cuyo pecado, en comparación con nosotros y si lo midiéramos con el de David, no fue tan grande. Todo lo que Saúl hizo, a simple vista, fue desobedecer parcialmente, lo que, en realidad, es desobediencia total. Sin embargo, en respuesta a su pecado, perdió su reino y su familia fue destruida. Cayó bajo la ira y el juicio de Dios.
Ahora, ¿cuál fue la diferencia? Ambos hombres fueron confrontados por profetas por su pecado. Y ambos dijeron verbalmente: «He pecado». Pero cuando el rey Saúl confesó su pecado, su confesión fue en el contexto de culpar a las personas, defenderse a sí mismo, de poner excusas, racionalizar y justificarse. Él reveló la verdadera condición de su corazón cuando, al mismo tiempo que decía: «He pecado», también decía: «Por favor, no se lo digas al pueblo». Él lo encubrió.
Mientras que el rey David, cuando se enfrentó a su pecado, cayó sobre su rostro ante Dios en confesión. La evidencia de ese corazón contrito y quebrantado fue que escribió para que todo el mundo viera esos salmos de contrición que tenemos hoy en nuestras Escrituras.
Escucha, a una persona quebrantada no le importa quién lo sepa. Dios no estaba tan preocupado por la naturaleza del pecado en sí mismo como por el corazón, la actitud y la respuesta de estos hombres cuando se enfrentaron a su pecado.
También el Evangelio de Lucas nos da tres maravillosas ilustraciones del contraste entre una persona quebrantada y una persona orgullosa e inquebrantable. ¿Recuerdas la parábola que contó Cristo? Las Escrituras nos dicen que Él contó esta parábola a aquellos que se consideraban justos a sí mismos y menospreciaban a los demás.
Él habló de dos hombres que entraron al templo a orar. ¿Recuerdas esto en Lucas, capítulo 18? Uno era un fariseo. Mientras estaba de pie orando, las Escrituras dicen que: «Oraba para sí». Y su oración consistía en mirar a todos los adúlteros, ladrones y asesinos que conocía, y luego a este humilde recaudador de impuestos a su lado, y decía: «Oh, Dios, te doy gracias porque soy mejor que todos estos pecadores que conozco».
Las personas orgullosas se comparan con los demás. Este fariseo se justificaba a sí mismo. Defendía su propia inocencia, y a su lado había un recaudador de impuestos humilde y despreciado, que ni siquiera podía levantar los ojos al cielo. Pero en presencia de la santidad de Dios, se golpeaba el pecho y decía: «Oh, Dios, lo único que puedo pedirte es que tengas misericordia de mí, porque soy un pecador». Él se negó a justificarse a sí mismo, y proclamó la justicia de Dios (ver Lucas 18:9-14).
En Lucas, capítulo 7, leemos la historia de Cristo cuando lo invitaron a cenar en la casa de Simón el fariseo. Las Escrituras nos dicen que había una mujer que había vivido una vida pecaminosa en esa ciudad, y aparentemente esto era de conocimiento público. Cuando ella escuchó que Cristo había venido a cenar a la casa de Simón el fariseo, entró en la casa, y probablemente sin haber sido invitada, llevando consigo un frasco de perfume de alabastro.
Se dirigió inmediatamente a los pies de Cristo, que estaba recostado para cenar. Las Escrituras dicen que se puso detrás de Él, a sus pies. Fíjate que todo lo que hizo esta mujer pecadora fue a los pies de Cristo. Se puso detrás de Él, a sus pies, llorando. Creo que es una imagen del quebrantamiento y el arrepentimiento de su corazón, incluso antes de llegar allí.
Entonces, cuando sus lágrimas comenzaron a caer sobre los pies de Cristo, ella se inclinó para secar las lágrimas de Sus pies con su cabello. Creo que esta es una imagen del perdón que ella experimentó cuando Jesús limpió su corazón pecaminoso. Y luego, en la libertad de su corazón, sin importarle nadie más a su alrededor ni lo que pensaran, se arrodilló aún más para besar los pies de Cristo, para adorarlo y amarlo.
Luego tomó el frasco de alabastro y derramó el perfume, el ungüento, sobre los pies de Cristo, como si no se diera cuenta de que había otras personas en la habitación. Lo único que le importaba era Cristo. Se postró ante Él con un espíritu quebrantado y contrito.
Ahora, Simón, el fariseo, es para nosotros la imagen de un hombre orgulloso e inquebrantable que se indigna por todo esto y dice para sí mismo: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, que es una pecadora» (v. 39).
Bueno, Cristo no solo sabía qué clase de mujer era ella, sino que también sabía qué clase de pecador era él, Simón el fariseo. Entonces Jesús le habló y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Y Simón respondió: «Di, Maestro» (v. 40).
Y como recordarás, Cristo le contó una historia sobre dos hombres que le debían dinero a un prestamista. Uno le debía una cantidad exorbitante y el otro solo una cantidad insignificante. Pero ninguno de los dos tenía con qué pagar, así que el prestamista les perdonó la deuda a ambos. Entonces Cristo le dijo a Simón: «¿Cuál de ellos, entonces, lo amará más?» (vv. 42).
Simón respondió: «Supongo que aquel a quien se le perdonó más. Y Jesús le dijo: Has entendido bien, pero hay algo que no has entendido de Mí”. Se volvió hacia la mujer y dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer?”, he entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies» (vv. 43-44, parafraseados). En ese tiempo eso era un gesto de cortesía común.
«…pero ella ha regado Mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso [un apretón de manos o un saludo], pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar Mis pies. No ungiste Mi cabeza con aceite, pero ella ungió Mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama» (Lucas 7:44-47).
¿Crees que Simón tenía que ser perdonado menos que esta mujer de la calle? Pienso que no. Ambos eran pecadores. La única diferencia era que ella sabía que lo era. Pero Simón, en la ceguera y el orgullo de su corazón, no podía verse a sí mismo como un pecador necesitado.
Hay otra ilustración en el evangelio de Lucas, capítulo 15. Cristo contó tres parábolas. En el versículo 1 se nos dice quiénes formaban parte de su audiencia. Había dos grupos de personas en esa audiencia. Primero estaban los publicanos (es decir, los recaudadores de impuestos) y los pecadores, y se nos dice que vinieron a escuchar a Cristo. Ellos escuchaban atentamente, con avidez, cada una de Sus palabras. Necesitaban a Cristo, y sabían que lo necesitaban.
Pero luego había otro grupo que se mantenía al margen. Eran los fariseos, los escribas y los maestros de la ley. Ellos estaban haciendo lo que solían hacer, murmurar y criticar diciendo: «¿Cómo es posible que este hombre reciba a los pecadores y coma con ellos?». ¿No te alegra que Cristo lo hiciera?
Entonces, Cristo contó tres parábolas dirigiéndose a los dos grupos de su audiencia. Y yo diría que en esta audiencia de hoy, cada uno de nosotros, en nuestro corazón, cae en una de estas dos categorías. Cristo habló primero de la oveja perdida, luego de la moneda perdida y luego del hijo pródigo. Y en esa última parábola habló de los dos hermanos y de cómo el menor, con un corazón orgulloso, rebelde, obstinado y descarriado, tomó su parte de la herencia y se fue a una tierra lejana donde lo malgastó todo en una vida desenfrenada.
Y después de haberlo gastado todo, comenzó a pasar necesidad. A menudo es nuestra necesidad la que nos lleva al camino del quebrantamiento y el arrepentimiento. Finalmente, al no tener más recursos propios, después de haber intentado todo lo posible para ganarse la vida, ahora indigente y sumido en la pobreza, las Escrituras dicen que este joven se quebrantó. En su quebrantamiento, dice que volvió en sí, se dio cuenta de su situación, fue honesto y reconoció cuál era su verdadera condición.
Él dijo: «Me levantaré e iré a mi padre». Este es un paso de arrepentimiento, apartarse de su propio camino y seguir el camino hacia el padre. «Le diré a mi padre: “He pecado contra el cielo y contra ti”». Este hijo pródigo tomó la decisión de ir a su padre y decirle: «No soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus trabajadores». Aunque luego vemos en el pasaje que su padre nunca le dio la oportunidad de decir esas palabras.
Esa es la actitud de un corazón quebrantado, de la persona humilde. Es un corazón que dice: «Oh Dios, no soy digno de que me concedas Tu gracia. Déjame ser como uno de tus trabajadores». Y ya sabes cómo recibió el padre a su hijo, cómo lo abrazó. El corazón paternal de Dios se extiende hacia los pecadores de corazón quebrantado, los anhela, los recibe y los abraza.
Traigan la mejor ropa y vístanlo; pónganle un anillo en su mano y sandalias en los pies. ¡Hagamos una fiesta! ¡Vamos a celebrar! (v. 22, parafraseado).
Sin embargo, pienso que no estamos tan familiarizados con la segunda parte de la historia. Había otro hermano, el hermano mayor. Las Escrituras nos dicen en el versículo 25 de Lucas 15 que: «el hijo mayor, mientras tanto, estaba en el campo». Él era el chico bueno. Estaba allí haciendo lo que se suponía que debía hacer, siendo fiel, trabajando duro. Nunca se había descarriado. Nunca había sido rebelde, al menos en apariencia, externamente. Era fiel y trabajador.
Y por cierto, puedo decir, desde lo más profundo de mi corazón y de mi caminar con el Señor y mi peregrinación con Él, que los años de permanencia en una posición, y el deseo oculto de reconocimiento y las expectativas no cumplidas pueden convertirnos en fariseos del siglo XX.
Aquí tenemos a este hijo fiel y trabajador en el campo, y se acerca a la casa y oye música y baile. En lugar de ir a la fuente para averiguar qué está pasando realmente, se dirige a un sirviente y le pregunta: «¿Qué está pasando?». El sirviente le cuenta los hechos, pero no la verdad. Las personas orgullosas y obstinadas no quieren la verdad. El sirviente le dijo: «Tu hermano ha vuelto a casa, y tu padre ha hecho una fiesta en su honor» (v. 27, parafraseado).
El sirviente no le dijo: «¡Es tu hermano! ¿Recuerdas cómo se marchó muy altivo y arrogante? Ha vuelto, pero no es la misma persona. Está quebrantado, humilde y arrepentido. No ha comido bien en mucho tiempo. Llegó a tocar fondo, pero su corazón está quebrantado y tu padre lo ha perdonado. ¡Es hora de celebrar!».
El hermano mayor escuchó que el menor había vuelto a casa, pero no se alegró por su regreso. Entonces, el padre, al enterarse de la ira del hermano mayor, salió de la fiesta. En una ocasión me dijeron que en una familia judía, cuando el padre se marchaba, la fiesta tenía que interrumpirse mientras él se ocupaba del hermano mayor, que era orgulloso e inquebrantable.
¿Y no es así en muchos de nuestros ministerios, iglesias y comunidades hoy en día? No hay celebración, ni alegría, porque tenemos que lidiar con las personas orgullosas, rebeldes, enojadas y resentidas.
Al mirar a este hermano mayor, recuerdo que cuanto más alto llegamos en términos de influencia, liderazgo, responsabilidad y fidelidad en el servicio, más fácil es volvernos orgullosos y ciegos a la verdadera condición de nuestro corazón. Se nos hace más difícil quebrantarnos, porque, después de todo, tenemos más que perder en términos de nuestra reputación.
Y mientras pensamos en estas diferentes comparaciones, permíteme preguntarte con cuáles te identificas: ¿Te identificas con el orgulloso rey Saúl? ¿O con los fariseos? ¿Con el hermano mayor? ¿O te identificas con el adúltero David? ¿Con el recaudador de impuestos quebrantado y pecador? ¿O con la mujer pecadora? ¿O con el hijo pródigo? Y puede que digas: «Bueno, yo no me considero como esas personas».
Bueno, en cada una de estas comparaciones, ambas partes habían pecado. La única diferencia estuvo en su respuesta al pecado: si eran orgullosos y rebeldes, o humildes y quebrantados ante Dios, conscientes de su pecado.
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth ha estado describiendo la importancia del quebrantamiento. Mañana escucharemos la segunda parte de este mensaje que ella compartió hace treinta años. Cuando Nancy dio este mensaje en el año 1995, tuvo un profundo impacto en quienes lo escucharon. Más adelante, esta semana escucharemos a algunos de los miembros de la audiencia.
Nancy tomó una vez un trozo de papel y escribió algunas de las cualidades de las personas orgullosas en comparación con las personas quebrantadas.Esa lista ha afectado profundamente a innumerables personas. Muchas todavía llevan copias en sus Biblias y la consultan año tras año. Escucha a Nancy leer esa lista el día de mañana aquí, en Aviva Nuestros Corazones.
Llamándote a clamar por un avivamiento genuino, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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