Quebrantadas para vivir
Dannah Gresh: Hola, soy Dannah Gresh. Antes de que comience el programa de hoy, quiero invitarte a que continúes orando por nuestra querida Nancy. Su esposo, Robert Wolgemuth, ahora está con el Señor. ¿Le pedirías a Dios que consuele a Nancy en los días venideros? Muchas gracias.
Antes de que Robert enfermara, Nancy grabó la enseñanza que escucharán. Aquí está el programa de hoy.
Nancy grabó la enseñanza que escucharán más adelante antes de que Robert enfermara. Ahora, aquí está el programa de hoy.
Débora de Rivera: Cristo contó en una ocasión una historia sobre dos hombres que ofrecían oraciones muy diferentes. El primero estaba muy centrado en sí mismo.
Hombre 1: Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: extorsionadores, injustos, adúlteros, y mucho menos como este recaudador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo …
Dannah Gresh: Hola, soy Dannah Gresh. Antes de que comience el programa de hoy, quiero invitarte a que continúes orando por nuestra querida Nancy. Su esposo, Robert Wolgemuth, ahora está con el Señor. ¿Le pedirías a Dios que consuele a Nancy en los días venideros? Muchas gracias.
Antes de que Robert enfermara, Nancy grabó la enseñanza que escucharán. Aquí está el programa de hoy.
Nancy grabó la enseñanza que escucharán más adelante antes de que Robert enfermara. Ahora, aquí está el programa de hoy.
Débora de Rivera: Cristo contó en una ocasión una historia sobre dos hombres que ofrecían oraciones muy diferentes. El primero estaba muy centrado en sí mismo.
Hombre 1: Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: extorsionadores, injustos, adúlteros, y mucho menos como este recaudador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y doy el diezmo de todo lo que poseo.
Débora: El otro hombre era un despreciado recaudador de impuestos. Él sabía que no tenía derecho a pedir ni esperar nada de Dios. Así que clamó con humildad.
Hombre 2: Dios, ten piedad de mí, que soy pecador.
Débora: ¿A cuál de estos te pareces?
Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «Quebrantamiento: El corazón avivado por Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 16 de enero de 2026.
Hace treinta años, Dios usó un mensaje sobre el quebrantamiento de maneras poderosas. Esta semana hemos estado escuchando ese mensaje. Nancy lo compartió en 1995 para el personal de Cru y ese mensaje tuvo un gran impacto en la audiencia de ese día, y pienso que hoy también te será de gran provecho. Quédate con nosotros durante los próximos veinte minutos mientras continuamos explorando el importante tema del quebrantamiento.
Nancy en 1995: ¿Eres una persona quebrantada? Puede que te preguntes: «¿Por dónde empiezo? ¿Cómo comienzo este estilo de vida de quebrantamiento?». En primer lugar, sin duda, necesitamos llegar a ver a Dios tal como es en realidad. Cuanto más nos acerquemos a Dios, más veremos nuestra propia necesidad.
Pienso en Job, un hombre justo. Él soportó un intenso sufrimiento como parte del gran plan cósmico de Dios y la guerra entre el cielo y el infierno, en cierto sentido, como un actor secundario. Pero bajo las filosofías y las opiniones de sus amigos, Job comenzó a revelar un corazón lleno de su propia justicia. Pasó muchos capítulos defendiéndose y protestando por su inocencia.
Habló y habló y habló, hasta que finalmente Dios dijo: «Job, ahora quiero hablar Yo».
Y durante varios capítulos, Dios comenzó a revelarse a Sí mismo y Sus caminos a Job, quien, cuando Dios terminó, apenas podía respirar. Job dijo: «He sabido de Ti solo de oídas, pero ahora mis ojos te ven. Por eso me retracto, y me arrepiento en polvo y ceniza» (Job 42:5-6). Ya no había justicia propia, sino un hombre quebrantado suplicando misericordia a Dios.
Me sumergí la mayor parte de los últimos siete meses en el libro de Isaías, y qué maravillosa la manera en como Dios se encontró conmigo allí. Lee conmigo el capítulo 5 de Isaías y observa a este gran siervo de Dios, pronunciando ayes (Is. 5:8-30).
- ¡Ay de los materialistas!
- ¡Ay de los orgullosos!
- ¡Ay de los sensuales!
- ¡Ay de los hedonistas que buscan el placer!
- ¡Ay de los inmorales!
Él tenía toda una lista.
Luego llegamos al primer versículo del capítulo 6, donde Isaías ve al Señor alto y exaltado. En el versículo 3, él dice: «Santo, santo, santo». Isaías ya no se ve a sí mismo a la luz de todas las personas pecadoras y malvadas que lo rodean, sino que ahora se ve a sí mismo bajo una sola luz, y es la luz del Dios santo, alto y exaltado.
Él dice: «Ya no hay más ayes para ellos». Las primeras palabras que salen de su boca al ver a Dios son: «¡Ay de mí! ¡Ay de mí!» (v. 5). Ve a Dios tal como es. Entra en Su presencia, y en Su presencia nos veremos tal como somos realmente.
Luego cae sobre la Roca. Cristo dijo: «Yo soy la roca, y cualquiera que caiga sobre esta roca, será quebrantado. Pero sobre quien caiga, la roca los herirá y serán quebrantados» (Romanos 9:33, parafraseado). No esperes a que Dios te quebrante. Cae sobre la Roca, sobre Cristo Jesús, que fue quebrantado por ti, y comienza el hábito de clamar junto al publicano que clamó: «Dios, ten piedad de mí, pecador», y con David: «Ten misericordia de mí, oh Dios».
Pienso que un paso práctico para desarrollar un estilo de vida de quebrantamiento es la necesidad de reconocer y verbalizar la necesidad, tanto a Dios como a los demás. Primero a Dios, para que pueda vivir con el techo abierto, diciendo: «Oh Señor, no es mi hermano; no es mi hermana. Soy yo, oh Señor, quien está en necesidad de oración», para entonces dejar de culpar a otros. Escucha, no hay quebrantamiento mientras el dedo de la culpa siga apuntando a otro.
Cuando reconozco mi necesidad ante Dios, digo:
Nada traigo para ti,
Mas tu cruz es mi sostén.
Desprovisto y en escasez,
Hallo en ti la paz y el bien.
Sucio y vil, acudo a ti,
A ser puro y limpio al fin.
(Roca de la Eternidad, por Augustus Toplady)
Estoy aprendiendo no solo a reconocer mis necesidades ante Dios, sino también ante los demás. Escucha, no hay quebrantamiento, no hay verdadero quebrantamiento, donde no hay transparencia.
Ahora, ¿significa eso que cada pecado que confieso debe ser confesado a cada persona que conozco? Por supuesto que no. Lo que estoy diciendo es que la persona quebrantada está dispuesta a que los demás la vean en su necesidad. Está dispuesta a ser transparente, a ser honesta. Está dispuesta a decir: «¿Orarías por mí? Tengo una necesidad. Dios está tratando conmigo en esta área».
Hace varios años, el Espíritu de Dios trajo a mi corazón una profunda convicción de que había desarrollado un patrón en mi vida de exagerar la verdad. Dios comenzó a mostrarme que eso era mentir, que yo mentía para parecer mejor y para causar una mejor impresión en los demás de lo que era realmente. Me encontré en quebrantamiento ante Dios, confesando ese pecado, buscando en Él la limpieza y la victoria.
Y déjenme decirles que la victoria no vino en su plenitud hasta que estuve dispuesta a encontrar a dos personas piadosas y confesarles abiertamente mi pecado y decirles: «¿Orarían por mí para que Dios me libere del pecado de la mentira?».
Quiero decirles que con ese quebrantamiento y esa apertura ante Dios y ante los demás, por doloroso que fuera en ese momento, vino una libertad y una liberación increíbles para decir la verdad a cada persona y en cada situación, sin importar el costo. El quebrantamiento trae la liberación de la vida de Cristo a través de nosotros.
Y, finalmente, estar quebrantado, vivir un estilo de vida de quebrantamiento, es hacer precisamente lo que sabes que Dios quiere que hagas, pero que tu carne no quiere hacer. La actitud del corazón de humildad y obediencia dice ante Dios: «Sí, Señor, te obedeceré».
Hay un estribillo que se canta con frecuencia en algunos de los avivamientos estudiantiles de los que hemos estado hablando. Dice así:
Cristo, Cristo, tierno Salvador,
mi humilde ruego escucha;
¡sálvame, Señor!
(Salvador, a Ti yo acudo, Fanny Crosby)
Pienso en aquel mendigo ciego que oyó que Cristo venía y gritó: «¡Oh, Cristo, Hijo de David, ten piedad de mí!». Escucha, las personas orgullosas y endurecidas no oran así. No ven necesidad de misericordia. Los ricos, los que tienen abundancia de bienes y no necesitan nada, no claman por misericordia. Pero aquellos que se han encontrado cara a cara con el Salvador crucificado, un Dios santo, pueden clamar por misericordia. Ese es el clamor del corazón empobrecido que reconoce su gran necesidad.
Hermanos y hermanas, Cristo está pasando por aquí. Él quiere visitarnos. Él quiere liberar Su Espíritu a través de nosotros, y Él puede hacerlo y lo hará cuando encuentre corazones humildes, quebrantados y contritos que se han vaciado de sí mismos para que Él pueda llenarlos de Él mismo.
Débora: Hemos estado escuchando un mensaje que Nancy DeMoss Wolgemuth compartió en 1995 sobre el tema del quebrantamiento. Escucharemos más de Nancy en un momento. Dios usó ese mensaje de maneras poderosas entre quienes lo escucharon hace treinta años. Y ese mensaje sigue muy vivo para nosotras hoy.
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Durante toda la semana hemos estado estudiando el tema del quebrantamiento. En el tiempo que nos queda hoy, Nancy nos mostrará el peligro de lo contrario al quebrantamiento: el peligro del orgullo.
Nancy: Mientras continuamos buscando al Señor para un avivamiento, necesitamos reconocer que este tema del orgullo no es algo pequeño. Es algo muy, muy importante para Dios. Las Escrituras dicen que Dios se opone a los orgullosos, pero derrama Su gracia sobre los humildes; que Dios rechaza a los orgullosos. La forma en que lo he escuchado es que: «Él se pone en formación de batalla contra aquellos que son orgullosos».
No sé ustedes, pero yo quiero que Dios se acerque a mí. Quiero acercarme a Dios. Pero estamos viendo que las únicas personas que pueden acercarse a Dios son los humildes, los mansos, los contritos, los quebrantados. Por lo tanto, todo vestigio de orgullo en mi vida es algo que mantiene a Dios a distancia de mí. Me mantiene separada de Dios y hace que Dios se ponga en mi contra.
Imagina que el Dios todopoderoso está contra ti. Eso es exactamente lo que ocurre cuando somos orgullosos, cuando nos negamos a humillarnos, cuando nos negamos a reconocer nuestras malas acciones. Cuando nos negamos a aceptar la responsabilidad de nuestros actos y nuestras actitudes, convertimos a Dios en nuestro adversario.
¿Y qué hace Dios con los orgullosos? Lo vemos una y otra vez a lo largo de las Escrituras. En Daniel, capítulo 4, este es probablemente el tema de todo el libro. El versículo 37 dice: «Él [Dios] puede humillar a los que caminan con soberbia» (v. 37).
Dios humillará a los que se niegan a humillarse a sí mismos. Dios está comprometido, y lo verás a lo largo de las Escrituras, a castigar el orgullo y a derribar a los orgullosos.
Permítanme leerles una serie de versículos de las Escrituras sobre cómo Dios responde a los orgullosos. Isaías, capítulo 2:
«La mirada altiva del hombre será abatida, y humillada la soberbia de los hombres. Solo el Señor será exaltado en aquel día» (v. 11).
Ahora escucha varios versículos de Proverbios.
«Cuando viene la soberbia [el orgullo], viene también la deshonra…» (Prov. 11:2).
«El Señor derribará la casa de los soberbios…» (Prov. 15:25).
Piensa en esto. ¿Hay orgullo en tu hogar, en tu casa? ¿Hay orgullo en tu matrimonio? ¿Orgullo en tu corazón? Dios dice: «Yo actuaré contra tu hogar. Lo derribaré. Destruiré aquello que es orgulloso».
«Abominación al Señor es todo el que es altivo de corazón; ciertamente no quedará sin castigo» (Prov. 16:5).
«Delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la arrogancia de espíritu» (Prov. 16:18).
«El orgullo del hombre lo humillará…» (Prov. 29:23).
El salmo 101, el versículo 5, dice:
«No toleraré al de ojos altaneros y de corazón arrogante».
En Jeremías, capítulo 50, dice:
«Y la arrogante tropezará y caerá sin que nadie la levante» (v. 32).
Abdías capítulo 1:
«“Aunque te remontes como el águila, y aunque entre las estrellas pongas tu nido, de allí te derribaré”, declara el Señor» (v. 4).
Este es el principio que se encuentra en toda la Palabra de Dios: si te exaltas a ti mismo, Dios te derribará. Él lo promete. Cuenta con ello. Si te exaltas a ti mismo, esto es cierto para las personas; es cierto para una familia, es cierto para una iglesia, es cierto para una nación, es cierto para un lugar de trabajo, es cierto para las naciones de este mundo. Si te exaltas a ti mismo, entonces Dios, a Su manera y en Su tiempo, Él te derribará.
Pero hay otra cara de esa moneda. Si escoges humillarte, Dios te exaltará. Él exaltará a los que se humillan, a los que toman el lugar que les corresponde bajo Su autoridad. Por eso, quiero que dediquemos unos momentos a examinar el ejemplo más poderoso de verdadera humildad cristiana que jamás haya existido: el ejemplo de Cristo.
Abran sus Biblias en Filipenses, capítulo 2. Estamos familiarizados con este pasaje, pero creo que es un pasaje al que debo volver una y otra vez para recordarme cómo luce la humildad. Este es el espíritu que yo anhelo tener, y que ustedes anhelan tener, si vamos a buscar al Señor. Mejor dicho, el espíritu que debemos tener, el espíritu de Cristo, ese espíritu humilde.
Pablo comienza en Filipenses capítulo 2… bueno, en realidad a lo largo de todo el libro de Filipenses, así que probablemente quieran leer este libro y estudiarlo, y buscar evidencias o características de la humildad.
También hay algunas evidencias de orgullo en el libro de Filipenses. ¿Recuerdan a las dos mujeres que no se llevaban bien? Pablo les dice: «Tienen que aprender a llevarse bien». Se trata de dos mujeres que trabajaban en la iglesia. Y eso es algo que ocurre hoy en nuestras iglesias, mujeres que no se llevan bien entre sí.
Pablo dice: «Humíllense». Y en el capítulo 2, justo en medio del libro de Filipenses, encontramos este maravilloso retrato de la Persona más humilde que jamás haya existido, y quien también es el más exaltado que jamás haya existido: el Señor Jesucristo.
En Filipenses 2, los versículos 1 y 2, Pablo dice:
«Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión,hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito».
Él está hablando al cuerpo de Cristo, a una iglesia local. Pablo les está diciendo: «Escuchen, ustedes que están en Filipos, y ustedes allí en Little Rock o Chicago o Filadelfia, o dondequiera que vivan, en su iglesia local, sean todos de una misma mente y de un mismo propósito».
Y puede que te preguntes: «¿Eso significa que no tendremos diferencias o desacuerdos?». No, al contrario, sí tendrán diferencias, pero serán capaces de humillarse y amarse a través de esas diferencias y avanzar juntos en la búsqueda y el agrado del Señor.
En tu matrimonio, Pablo dice: «Ustedes, marido y mujer, sean de un mismo propósito». Eso no significa que no aporten diferentes fortalezas a su matrimonio. Tampoco significa que no tengan sus propias opiniones en su matrimonio. Significa que ambos, marido y mujer, se someten al señorío de Cristo. Y ahora ya no es la esposa la que quiere lo suyo, ni el esposo lo suyo; o que la manera de la esposa es la correcta, o que la forma del esposo es la correcta. Lo que Pablo está diciendo aquí es que, cuando somos de una misma mente y un mismo propósito, ya no existe este choque, o este conflicto inevitable.
Ahora hay dos personas que se han unido, se han humillado, se han inclinado juntas, han doblado sus rodillas y sus cuellos ante el señorío de Cristo y han dicho: «Señor, Tú tienes el control de este matrimonio, de este hogar, de esta iglesia. Haz Tu voluntad. No mi voluntad, sino la Tuya. Hágase Tu voluntad». Así es como se llega a tener una misma mente.
Y Pablo dice en el versículo 3: «No hagan nada por contienda o rivalidad». No hagas nada por comparación, no hagas lo que haces para lucir mejor, para mostrar una mejor imagen, un afán de superioridad, para demostrar que uno es mejor. La contienda, vanagloria, rivalidad, comparación pecaminosa; no hagas lo que haces para tratar de lucir mejor; antes bien, con humildad, estima a los demás como más importantes, mejores que tú. Otra traducción dice: estimando a los demás como superiores.
Déjame preguntarte algo. Piensa en tu cónyuge. Piensa en las personas de tu grupo pequeño, las personas de tu entorno laboral, las personas con las que vives y trabajas, con las que vas a la iglesia. ¿Estimas a todas esas personas como mejores que tú?
Puedo asegurarte que tu matrimonio cambiará radicalmente si empiezas a mirar a tu esposo con ojos humildes, si lo consideras más importante que a ti misma.
Y puede que digas: «Entonces, ¿quién se preocupará por mí?». Bueno, Dios lo hará. Si te humillas, Dios te exaltará. Él se encargará de tus necesidades. «¿Y si termino dejando que me pasen por encima?».
Te diré algo: si te acercas a tu esposo con un espíritu humilde y enseñable, probablemente descubrirás que él te pondrá en un pedestal tan alto que necesitarás un telescopio para verte.
No estoy diciendo con certeza que eso sucederá. Puede que no sea así. Puede que tu esposo no tenga un corazón para el Señor. Pero hay algo en nosotros, incluso como seres humanos, que nos atrae hacia la humildad.
Si aplicas lo mismo con tus hijos, cuando ellos se humillan y tienen un espíritu dócil, receptivo y flexible, enseñable, ¿no te sientes más atraído hacia ellos que cuando entran con los brazos cruzados, poniendo los ojos en blanco y resistiéndose a tu liderazgo y tu autoridad? ¿No te dan ganas de enfrentarte a ellos cuando ves que se enfrentan a ti?
Bueno, Dios se opone a los orgullosos, pero se acerca a los humildes. Por eso dice: «Considera a los demás como más importantes que a ti misma». Y para hacer eso hay que tener el Espíritu de Cristo. No es algo natural, es algo sobrenatural.
Luego, en el versículo 4, Pablo dice: «No buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás». No pienses solo en tus aficiones, tus intereses, tus cosas, tu familia, las cosas que te preocupan. Busca los intereses de los demás.
Cuando vayas a reunirte con alguien, pregúntate: «¿Cómo puedo hacer que esa persona se abra y sea transparente? ¿Qué hay en su corazón? ¿Cómo puedo averiguar cuáles son sus necesidades? ¿Sus cargas? ¿Sus preocupaciones?». Muestra interés por los demás.
Lee conmigo el versículo 5:
«Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús,el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse,sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo…».
Ese es el corazón de la humildad. Tomando la forma de un siervo.
Y quizás tú dices: «Bueno, sí, no me importa ser un siervo, siempre y cuando nadie me obligue a servir. Quiero elegir a quién sirvo, cuándo sirvo y cómo sirvo». Pero Dios te dice: «No, hazlo como lo hizo Cristo. Él se despojó de Su reputación y tomó la forma de un siervo, haciéndose semejante a los hombres».
Estamos hablando del Creador del universo: tomó la forma de siervo y bajó para lavar los pies de aquel que lo traicionaría. Tomando la forma de siervo. Nunca eres más como Cristo que cuando te humillas para servir a tu familia, para servir en tu iglesia.
Versículo 8: «Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte…». Esa es otra marca de la humildad: la obediencia. Obediencia. Moldeable. Receptivo a la autoridad dada por Dios. Cristo obedeció la Palabra de Dios, obedeció la voluntad de Dios y obedeció a las autoridades humanas que Dios puso en su vida.
¿Y hasta dónde llegó en Su obediencia? ¡Hasta la muerte! Hasta el punto de entregar su vida y morir en una cruz. ¿Y qué pasó después? Aquí está el principio de Dios en acción. Si te humillas, Dios te exaltará. Mira lo que dicen los versículos 9:
«Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre».
Pedro nos lo dice así, en 1 Pedro, capítulo 5: «…revístanse [todos] de humildad en su trato mutuo…».
Quiero retarte a que, cuando te vistas por la mañana, no solo te asegures de que llevas puesta la ropa, sino de que llevas puesta la humildad. Revístanse de humildad todos en trato mutuo.
Será mejor que te vistas de humildad antes de salir de tu habitación por la mañana, antes de ver a tu esposo y a tus hijos, y antes de ir al trabajo.
«Y todos, revístanse de humildad en su trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo» (vv. 5-6).
Quiero decirte, y lo he dicho muchas veces a lo largo de los años, y me escucharás decirlo de nuevo: nunca te equivocarás si sigues el camino de la humildad.
Cuando te acuestas por la noche, con la cara hacia la pared, dándole la espalda a tu esposo, y hay una barrera de hielo entre ustedes, se han dicho cosas hirientes. Él empezó. Tú empezaste. ¿Sabes qué?, en ese momento ya no importa, ¿verdad?
Y tú piensas: «Bueno, ¡él tiene que humillarse!». Pero Dios te dice: «Humíllate tú. Corre hacia la cruz. Ve si puedes llegar tú primero. Haz tuya la mente y el corazón de Cristo, el Siervo. Aquel que consideró los intereses de los demás por encima de los suyos». Humíllate.
Ve si puedes ser la primera en pedir perdón cuando hayas hablado con dureza a un miembro de tu familia, a un hijo al que has disciplinado con ira. Vuelve, pide perdón. Di: «Me equivoqué. Pequé. ¿Me perdonas, por favor?». Y si no puedes pronunciar esas palabras, di: «Dios, necesito Tu gracia aun para humillarme y decir esas palabras».
En todas las circunstancias y situaciones de la vida hay un camino de humildad que puedes tomar. Puedes escoger revestirte de humildad. Más de Cristo; menos de mí. Todo de Cristo; nada de mí. Ese es el camino de la humildad.
Puede que lo primero que pienses sea: «Pero, ¡me están pisoteando! ¡Mis necesidades no serán satisfechas!». Te aseguro que tus necesidades serán satisfechas. Dios se acercará a ti. Él te cuidará. Él se dispondrá a derramar Su gracia sobre ti cuando ocupes el lugar de la humildad. Pero si no lo haces, te condenarás a una vida con Dios en tu contra.
Eso es lo que está sucediendo hoy en nuestras iglesias. Matrimonios, individuos, parejas, familias que están siendo resistidos por Dios debido al orgullo. Dios dice: «¿Quieres avivamiento? Yo avivo los corazones de los contritos, los humildes, aquellos que se dan cuenta de que no son nada y que Yo soy todo».
Oh Señor, cuánto te oramos que nos concedas un bautismo de humildad. Sumérgenos en ella y vístenos con ella, con humildad. Te oro que podamos escoger el camino de la humildad como lo hizo Cristo por nosotras. Él, que era rico, se hizo pobre para que nosotras, a través de Su pobreza, fuéramos enriquecidas.
Y Señor, ayúdanos a despojarnos de ese orgullo, de esa forma de pensar y vivir horrible, corrupta y egocéntrica que nos mantiene en semejante esclavitud.
Llévanos de regreso a nuestros hogares como mujeres que caminan en humildad, a nuestras iglesias, a nuestros lugares de trabajo, para irradiar allí la humildad de Cristo, para desprender la fragancia de la humildad de Cristo, y no para que otros digan: «Mira qué humilde es», si no para que puedan decir: «Mira cuán grande es Dios».
Que seas exaltado, oh Dios. Oro en el nombre de Jesús, amén.
Débora: Ella es Nancy DeMoss Wolgemuth con un mensaje que toda mujer necesita sobre la humildad. ¿Por qué? Porque todas nosotras estamos tentadas a estar llenas de orgullo.
Durante toda la semana hemos estado conmemorando el trigésimo aniversario de un mensaje que Nancy dio sobre el quebrantamiento. Hemos escuchado a muchas personas que estuvieron en la audiencia. Mañana escucharemos lo que sucedió después de que terminó ese mensaje. Escucha sobre el poder del arrepentimiento radical en el próximo episodio aquí, en Aviva Nuestros Corazones. ¡Te esperamos!
Llamándote a clamar por un avivamiento genuino, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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