Señor
Débora: ¿Alguna vez te han invitado a «hacer de Cristo tu Señor»? Nancy DeMoss Wolgemuth te ayuda a reflexionar sobre esa frase.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Bueno, la realidad es que nosotras no hacemos a Cristo Señor, ¡Él es el Señor!Y la salvación consisteintrínsecamente en someterse a un nuevo señorío.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Rendición: El corazón en paz con Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 10 de febrero de 2026.
En el episodio de ayer, Nancy habló sobre la importancia de decir «Sí, Señor» a Dios, reconociendo que no te resistes a Su control sobre ti. Hoy, ella analizará más a fondo lo que significa que Cristo es el Señor y advertirá sobre algunos conceptos erróneos comunes.
Este mensaje forma parte de una serie más amplia sobre los nombres de Cristo, y …
Débora: ¿Alguna vez te han invitado a «hacer de Cristo tu Señor»? Nancy DeMoss Wolgemuth te ayuda a reflexionar sobre esa frase.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Bueno, la realidad es que nosotras no hacemos a Cristo Señor, ¡Él es el Señor!Y la salvación consisteintrínsecamente en someterse a un nuevo señorío.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Rendición: El corazón en paz con Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 10 de febrero de 2026.
En el episodio de ayer, Nancy habló sobre la importancia de decir «Sí, Señor» a Dios, reconociendo que no te resistes a Su control sobre ti. Hoy, ella analizará más a fondo lo que significa que Cristo es el Señor y advertirá sobre algunos conceptos erróneos comunes.
Este mensaje forma parte de una serie más amplia sobre los nombres de Cristo, y puedes escuchar esta serie en AvivaNuestrosCorazones.com. En la transcripción de hoy, encuentra el enlace a la serie «La maravilla de Su Nombre».
Ahora, aquí está Nancy para dar inicio al episodio de hoy.
Nancy: Algunos de estos nombres son muy fáciles de amar, como por ejemplo: «El Buen Pastor», «Enmanuel: Dios con nosotros, Salvador». Estos nombres nos reconfortan, nos consuelan, nos animan.
Pero hay otros nombres que no son tan fáciles de amar. Por ejemplo, el nombre de «Juez», y el nombre que vamos a ver en el día de hoy: Jesús como Señor.
Vivimos en una cultura igualitaria, y no tenemos «señores». No estamos tan familiarizadas con los términos británicos, la nobleza, los aristócratas. Ellos tienen señores y condes, y la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes. Quizás no conozcas mucho sobre esa estructura, pero ¿crees que te gustaría estar en la Cámara de los Lores o en la Cámara de los Comunes? Quieres estar en la Cámara de los Lores, pero no quieres que los señores te gobiernen, ¿verdad?
Bueno, por nuestra naturaleza, en nuestra cultura occidental tan individualizada e igualitaria, nos resistimos a la idea de que alguien nos «domine». No queremos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer. Y pensamos: «¿Señor?». Eso es lo que implica ese nombre, ¿no es así? En esta serie, quiero que veamos que todos los nombres de Cristo son maravillosos y hermosos. Todos los nombres son deseables.
Juan 1 nos dice que «la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo» (v. 17). Y cada uno de estos nombres nos trae gracia y nos trae verdad. Tenemos, por ejemplo, al «Buen Pastor». Él nos trae gracia al ver que nos alimenta, nos guía y nos protege. Pero la verdad es que también es nuestro Dueño. Él nos gobierna y nos disciplina.
Pensemos por un momento en «Enmanuel». Es un pensamiento consolador saber que la gracia de Dios está con nosotros. Eso nos anima y nos consuela. Y el hecho de que Dios esté con nosotros todo el tiempo también trae consigo el temor del Señor, porque Él ve todo lo que hacemos y todo lo que pensamos. Y lo mismo ocurre con el nombre «Señor». Veremos que en ese nombre encontramos tanto gracia como verdad, y que necesitamos ambas cosas.
En primer lugar, déjame darte algo de trasfondo o contexto sobre este nombre y hacer algunas observaciones al respecto, porque quiero asegurarme de que entendamos de qué estamos hablando cuando llamamos a Cristo «Señor».
La palabra «Señor» en el Nuevo Testamento es la palabra griega kyrios. Proviene de la palabra kuros, que significa poder o fuerza. En la cultura griega antigua, esta palabra se usaba de diferentes maneras.
Podía utilizarse como un término general de respeto, como decir «señor» a alguien hoy en día; un término respetuoso: kyrios, señor.
También era el título oficial de los emperadores romanos: kyrios, el Señor del Imperio.
Era un título que se daba también a los dioses griegos, a los que a menudo se les llamaba kyrios.
La idea básica de este término en esa cultura era la de alguien superior, alguien supremo, un ser soberano al que pertenecía una persona o una cosa, alguien que poseía autoridad, propiedad y poder absolutos. Por eso se le atribuía a los emperadores romanos y a los dioses griegos.
Era un ser al que se le debía lealtad y sumisión absolutas, kyrios, un ser absoluto que tenía derecho a controlar, derecho a decidir qué hacer con aquello que poseía y sobre lo que gobernaba.
Ahora, en las Escrituras, esta palabra kyrios a veces puede referirse, en un sentido menor, a personas a las que se les debe cierto nivel de respeto, y se les llama «señor» o «mi señor», solo como un término de respeto. A veces se refiere a Dios y otras veces se refiere a Cristo. Hay que fijarse en el contexto para determinar a quién se está refiriendo.
Sin embargo, una vez más, tenemos que remontarnos al Antiguo Testamento, ya que vemos cómo estos nombres de Cristo nos llevan una y otra vez al Dios del Antiguo Testamento. En las Escrituras hebreas, a Dios se le llama Yahvé o Adonai. Entre ambos nombres, se utilizan nueve mil veces en el Antiguo Testamento: Yahvé y Adonai.
Cuando el Antiguo Testamento, que fue escrito originalmente en hebreo, fue traducido al griego para que las personas de la época romana pudieran leerlo, se utilizó la palabra kyrios para referirse a las palabras hebreas Yahvé o Adonai. Así que en el Antiguo Testamento griego, que era el que tenían las personas en la época de Cristo, aparecía más de nueve mil veces la palabra kyrios, Dios es Señor.
Así que, cuando llegamos al Nuevo Testamento, kyrios, Señor, es el título predominante para Cristo. A Jesús se le llama con este título con más frecuencia que con cualquier otro título. Llamar a Cristo kyrios era hacerle igual a Dios, y las personas de la época de Cristo lo entendían así. Cuando se le llamaba «el Señor», no solo como señor, sino «el Señor», eso significaba llamarle igual a Dios.
En los evangelios, Cristo no dudó en referirse a Sí mismo como Señor. En Juan 13, Él les dice: «Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy» (v. 13). O sea, es bastante sencillo. «Yo soy el Señor». Él se llamó a Sí mismo «Señor del día de reposo» (Mc. 2:28). Y se llamó a Sí mismo «Señor de la cosecha» (Mt. 9:38).
Otros también se referían a él como Señor.
- Se le llama «Señor del cielo y de la tierra» (Hechos 17:24).
- Él es Señor de los muertos como de los vivos (Romanos 14:9).
- Es el «Señor de gloria» (1.ª Corintios 2:8).
- Es el «Señor de paz» (2.ª Tesalonicenses 3:16).
- Es el «Señor de todos» (Hechos 10:36).
- Y varias veces, tres en el Nuevo Testamento, se le llama el «Señor de señores» (1 Timoteo 6:15, Apocalipsis 17:14, Apocalipsis 19:16).
Ahora, cuando vemos que a Cristo se le llama kyrios o Señoren los Evangelios —Mateo, Marcos, Lucas y Juan—, se utiliza con mayor frecuencia como un término de respeto. Y no fue hasta después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús, cuando fue exaltado a la diestra del Padre, que Él asumió en el sentido más completo Su papel como Mesías, Cristo y Señor sobre todo. Eso es importante.
En Hechos, capítulo 2, se nos dice que: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo» (v. 36).
Después de Su muerte, sepultura, resurrección y ascensión, Él asumió en el sentido más completo los poderes y la fuerza de lo que significa ser Señor, exaltado a la diestra del Padre. Esto lo vemos en Romanos:
«…fue declarado Hijo de Dios con un acto de poder, conforme al Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos: nuestro Señor Jesucristo… Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos» (Romanos 1:4; 14:9).
De hecho, la primera persona registrada en el Nuevo Testamento que confesó a Cristo como Señor lo hizo justo después de Su resurrección, cuando María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «¡He visto al Señor!», en Juan capítulo 20, versículo 18.
Ahora, esta palabra «Señor» era una de las más importantes de la iglesia cristiana primitiva. «Cristo es el Señor». Esto se convirtió en la confesión central de aquellos primeros creyentes, lo que rápidamente creó un problema y un conflicto con el Imperio Romano, porque el emperador era el señor, o al menos eso se creía.
El emperador era supremo. El título oficial del emperador romano Domiciano era kyrios kai theos, «Señor y Dios». Así se llamaba al emperador, y todos los ciudadanos del imperio estaban obligados a jurar lealtad al emperador quemando una pizca de incienso a César y declarando: kaisar kyrios, César es Señor. Y si no lo hacían, les cortaban la cabeza.
Ahora, a los cristianos del primer siglo se les enseñaba a honrar al rey y a pagar impuestos. Eran ciudadanos modelo. Sin embargo, simplemente no podían ni querían jurar lealtad al César ni a nadie más como Señor, y cuando se negaban a proclamar kaisar kyrios —César es Señor—, eran arrojados a los leones salvajes o eran crucificados.
Esto me recuerda a los tres jóvenes hebreos del Antiguo Testamento que se negaron a postrarse ante la imagen de oro de Nabucodonosor y que fueron arrojados al horno ardiente.
Y ahora, en el Nuevo Testamento, uno tras otro, miles de estos seguidores de Cristo fueron a la muerte cantando y proclamando: «¡Jesús es el Señor!», no César es el Señor, sino Jesús es el Señor. Fue una confesión costosa, pero nadie habría sido considerado cristiano en esa época si no hubiera estado dispuesto a confesar, hasta el punto de morir si fuera necesario, que «Jesús es el Señor».
Y, por cierto, esa misma confesión les está costando hoy la libertad o la vida a muchos de nuestros hermanos y hermanas en Cristo —en Corea del Norte, Siria, Arabia Saudita, Irán, Egipto— y no solo en otras partes del mundo, sino que cada vez es más costoso aun en nuestra cultura proclamar que «Cristo es el Señor» y negarse a ceder ese lugar a nadie ni a nada más. Y creo que debemos decidir: ¿creemos realmente que Jesús es el Señor? ¿Estamos dispuestas a proclamarlo si el mundo entero va en la dirección opuesta y si empieza a ser costoso para nosotras?
Escucha, «Señor» no es solo un nombre o un título. Es un nombre que conlleva autoridad y el derecho a gobernar. Representa el mandato de inclinarse ante Su autoridad, de obedecerle. Decir: «Cristo es supremo, Aquel a quien prometemos nuestra lealtad, nuestra fidelidad y a quien rendimos toda obediencia. ¡Jesús es el Señor!
Abraham Kuyper fue un estadista y teólogo holandés de hace varias generaciones que dijo, y cito:
«No hay ni un centímetro cuadrado en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre el que Cristo, que es soberano sobre todo, no clame: “¡Mío!”».
¡Es Suya! ¡Él es el Señor!
Ahora, a lo largo de mi vida, hemos tenido algunas enseñanzas y reflexiones sobre todo este asunto dentro de la iglesia que han sido engañosas y, en mi opinión, peligrosas. ¿Alguna vez has escuchado o tal vez dicho algo como esto: «Acepté a Cristo como Salvador cuando era niño, pero no lo acepté como Señor hasta más tarde en mi vida»?
¿Sabes que cuando los dos títulos, Salvador y Señor, se mencionan juntos en las Escrituras, sin excepción, todas las veces Señor precede al Salvador? Él es nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y esos dos títulos son inseparables. Cuando lo recibes, recibes todo lo que Él es, y Él es tanto Señor como Salvador.
Quizás hayas oído a alguien decir: «Tienes que hacer de Cristo el Señor de tu vida». Bueno, lo cierto es que nosotras no hacemos a Jesús Señor, ¡Él es el Señor!Y la salvación consisteintrínsecamente en someterse a un nuevo señorío, a un nuevo dominio.
O tal vez hayas escuchado, cuando una persona está hablando de alguien que profesa ser creyente, pero que lleva un estilo de vida impío, y dicen: «Ella debe ser una cristiana carnal o una cristiana que se ha descarriado», o «Él solo necesita entregar su vida al Señor».
No existe en las Escrituras ninguna categoría para los verdaderos creyentes que, de manera persistente y habitual, escogen pecar y se niegan a someterse a Cristo como Señor. El hecho es que aquellos que han sido redimidos, aquellos que han sido salvos, ya no se pertenecen a sí mismos. Sí, pueden tomar decisiones equivocadas, como todas nosotras lo hacemos. Pueden desviarse a veces o caer en una condición de apostasía.
Pero esta es la diferencia: no pueden ser felices permaneciendo allí. Se sienten miserables porque tienen una nueva naturaleza si son verdaderos creyentes, si se han convertido verdaderamente, han nacido de nuevo, confiesan a Jesús como Señor y en lo profundo de su corazón quieren obedecerle.
Hace unas semanas tuve una conversación con una amiga cuyo hijo vive con su prometida. Tanto el hijo como su prometida profesan ser creyentes, y mi amiga me dijo: «Sé que él conoce al Señor». A medida que avanzaba la conversación, le dije con gentileza: «¿Estás segura? ¿Y cómo puedes estar segura?».
Bueno, otra amiga me escribió recientemente pidiéndome que orara por su hijo adolescente. Están lidiando con mentiras, borracheras, abuso de sustancias; este joven está siendo atraído por amigos impíos. Y mi amiga, la mamá, dijo: «Sabemos que ama a Dios, pero está tomando decisiones terribles. Por favor, ora para que entregue su vida a Cristo».
Ahora, puedo escuchar el clamor del corazón de esa madre, y el clamor del corazón de los padres. Algunas de las que me escuchan hoy tienen ese mismo clamor en su corazón. Y sí, quieren orar para que sus hijos o estas personas que les preocupan entreguen sus vidas a Cristo, pero ¿están realmente seguras de que aman verdaderamente a Dios?
Esta madre dice: «Sabemos que ama a Dios, pero está tomando decisiones horribles». Yo no conozco el corazón de su hijo. Ella no conoce el corazón de su hijo. Pero aquí está la cuestión: una decisión «por Jesús» como un niño o un joven adolescente o en cualquier momento de la vida no necesariamente lo hace a uno cristiano.
La persona que profesa ser cristiana puede incluso tener una hora, una fecha, un lugar, una ubicación. Pero una persona que profesa ser cristiana, pero no da evidencias creíbles de seguir a Cristo como Señor, ninguna evidencia de un cambio de vida, un cambio de corazón, entonces esa persona no tiene ninguna base de la seguridad de su salvación.
Y debes recordar eso cuando ores por amigos o familiares que tal vez hicieron una profesión de fe, que en algún momento pensaste que eran cristianos, pero ahora viven como impíos. No des por sentado que conocen al Señor. Tal vez estés orando de una manera incorrecta. Quizás debas orar para que sean convencidos de su estado de perdición. El punto es que Dios conoce sus corazones.
La obra de Cristo es la base de nuestra seguridad —lo que Él hizo en la cruz— y un corazón que ha sido verdaderamente convertido por Cristo se reflejará en deseos transformados y una vida transformada. Me doy cuenta, y todas nos damos cuenta, especialmente si has sido cristiana durante mucho tiempo, de que ese cambio a veces puede ser dolorosamente lento.
Habrá momentos en los que cedamos a las exigencias de nuestra carne, a los impulsos de nuestra carne. Pero si una persona permanece así, sin arrepentirse, sin mostrar evidencia de la convicción del Espíritu Santo, entonces tenemos que preguntarnos: ¿Tiene esta persona realmente una relación salvadora con Cristo?
Escucha, hay una gran diferencia entre llamar a Cristo «Señor» y conocerlo realmente como Señor. Y Jesús tuvo mucho que decir sobre ese tema. Pienso en la parte final del Sermón del Monte, al final del capítulo 7 de Mateo, donde Cristo dice estas palabras impactantes:
«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos» (v. 21).
Lo que Cristo está diciendo es: «No todos los que dicen ser cristianos lo son». No todos los que están escuchando hoy que dicen ser cristianos lo son realmente. Puedes decir que conoces a Cristo, pero eso no necesariamente es prueba de una fe genuina. La verdadera fe siempre se manifestará en una vida que desea obedecer a Dios.
Por eso Cristo dice: «El que entrará es el que hace la voluntad de Mi Padre que está en los cielos». Eso no significa que obedecer a Dios es lo que te lleva al cielo o lo que te salva. Significa que el que verdaderamente se ha convertido, el que ha puesto su fe en Cristo, obedecerá al Padre. Y esa es la persona que tiene vida eterna. Cristo continúa diciendo:
«Muchos me dirán en aquel día [muchos]: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en Tu nombre, y en Tu nombre echamos fuera demonios, y en Tu nombre hicimos muchos milagros?”. [Éramos obreros cristianos]. Entonces les declararé: “Jamás los conocí; APÁRTENSE DE MÍ, LOS QUE PRACTICAN LA INIQUIDAD”» (Mateo 7:22-23).
Hay un relato similar en las Escrituras. No solo en Mateo 7 donde está el Sermón del Monte, sino también en Lucas, capítulo 6, tenemos el Sermón del llano, donde Cristo dijo algo similar. Él dijo: «¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que Yo digo?» (v. 46). Puedes ver que llamarle «Señor» y honrarle y obedecerle como Señor son dos cosas muy diferentes.
En ambos sermones, tanto en el Sermón del Monte como en el Sermón del llano, o el Sermón del Valle, como algunos le dicen, después de que Cristo hablara sobre este asunto de llamarle «Señor», en ambos casos continúa contando una parábola sobre dos formas diferentes en que las personas responden a su Palabra.
Él dijo: «Hay quienes escuchan mis palabras y las ponen en práctica; estos son los que me llaman “Señor” y demuestran que lo dicen en serio al obedecerme». Luego dijo: «Esas personas son como un hombre sabio que construyó su casa sobre una roca. Esa casa se mantuvo firme durante las tormentas».
Creo que las tormentas son una imagen del juicio final. Esa casa resistió. Esa casa se mantuvo firme porque fue construida sobre Cristo como el verdadero Señor de la vida de esa persona.
Y luego Cristo dijo: «Hay quienes oyen mis palabras y no las ponen en práctica». Estas personas también le llaman «Señor», pero solo le dan palabras vacías y viven de una manera contraria a Su Palabra. Cristo dijo: «Estas personas son como un hombre necio que construyó su casa sobre la arena y vinieron las tormentas, las mismas tormentas, el juicio de Dios al final de los tiempos, y esa casa cayó, y fue grande la caída».
¿Qué tipo de persona eres tú? ¿Le llamas «Señor»? Eso está bien. Pero hay dos tipos de personas que le llaman «Señor». Las que demuestran que Él es realmente su Señor, y las que siguen siendo sus propios señores, o intentan serlo. ¡Qué insensato es ser tu propio señor, porque Cristo es el Señor, y un día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor!
No puedes llamarlo «Señor» y decir que no. Si lo llamas «Señor», solo puedes decir: «Sí, Señor».
Y es por eso que una y otra vez aquí en Aviva Nuestros Corazones y a través del Movimiento Mujer Verdadera, estamos llamando a las mujeres a ondear esa bandera blanca de rendición y decir: «Sí, Señor».
Si es tu deseo, repite conmigo desde donde estés: «Sí, Señor». Dilo con entusiasmo: «¡Sí, Señor!». Sí, Señor.
Dijimos que este nombre tiene verdad y gracia asociadas a él. La verdad es que Él es supremo. Él es soberano. Él es el Dueño a quien debemos toda lealtad y obediencia. No nos pertenecemos a nosotras mismas; le pertenecemos a Él. Esa es la verdad acerca de Cristo como Señor. Pero también hay tanta gracia envuelta en este nombre.
Él es un Señor compasivo. Siempre hace lo mejor para sus súbditos. Y como nuestro Señor, cuando le entregamos nuestras vidas, Él asume toda la responsabilidad de nuestro cuidado, nuestra supervisión y nuestra eternidad.
William Borden fue el heredero de esa gran compañía lechera Borden Milk. Él tuvo un encuentro con Cristo cuando era estudiante universitario. Se convirtió en misionero y murió de camino al campo misionero. Sin embargo, cuando era estudiante universitario, escribió en su diario, y cito:
«Decir “no” a uno mismo y “sí” a Cristo en todo momento. En el corazón de cada hombre hay un trono y una cruz. Si Cristo está en el trono, el yo está en la cruz; y si el yo, aunque sea un poco, está en el trono, entonces Cristo está en la cruz en el corazón de ese hombre».
Hay una pequeña frase en el Salmo 45, versículo 11, que quizás lo resume todo. Dice: «Inclínate ante Él, porque Él es tu señor». Puesto que Él es tu Señor, que Él es Señor, y que Él es tu Señor y el mío, ¿cuál es la respuesta apropiada? Inclinarse ante Él.
Oh Padre, inclinamos nuestros corazones ante Ti. Tú eres el Salvador y Tú eres el Señor. Tú eres el Señor y Tú eres el Salvador. ¡Qué nombres tan ricos, hermosos y dulces! Amamos lo que hemos visto de Ti hoy, y hemos sido animadas, conmovidas y quizás retadas. Te doy gracias, Señor, por haber hablado a nuestros corazones, por recordarnos lo grande que es nuestro Salvador. ¡Aleluya! ¡Qué gran Salvador!
Débora: Amén. ¡Jesús es el Señor! Nancy DeMoss Wolgemuth te ha estado mostrando lo poderosa y profunda que es esa afirmación. Con Cristo como Señor y Salvador de tu vida, puedes permanecer firme en cualquier prueba, rendida a Él.
Nuestro objetivo aquí en Aviva Nuestros Corazones es ayudar a las mujeres a llegar a ese punto de rendirse a Cristo. Queremos que experimenten un avivamiento al conocer, amar y confiar en Jesús. Y nos encanta escuchar cómo Dios ha usado Aviva Nuestros Corazones para lograr eso en la vida de las mujeres.
Si deseas compartir lo que Dios ha hecho en tu vida, visita AvivaNuestrosCorazones.com. Desplázate hasta la parte inferior de la página y haz clic en el botón que dice «Contáctanos». ¡Nos encantaría saber de ti! Y quizás te gustaría ser parte de ese objetivo de llamar a las mujeres a rendirse a Cristo. Una forma muy importante en la que puedes ayudar es orando. Ora por nosotros, para que seamos los primeros en decir: «Sí, Señor». Ora por las mujeres que escuchan nuestros programas o leen nuestros recursos. Y gracias por tu fidelidad al hacerlo.
Y puede que el Señor también te esté guiando para que nos ayudes económicamente. Eso también es importante. Visita AvivaNuestrosCorazones.com y haz clic en la pestaña «Donar». ¡De antemano te damos gracias por tu donación!
¿Cómo terminarías esta frase? «Vivir según la Palabra de Dios es como…». Según Nancy DeMoss Wolgemuth, tu respuesta no debería incluir las palabras «un picnic» o «un pastel». Entonces, ¿qué responderías? Escucha la enseñanza final de esta serie el día de mañana aquí, en Aviva Nuestros Corazones.
Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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