Tú puedes ser libre
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth sabe que muchas de nosotras hemos estado orando por una situación difícil durante años.
Nancy DeMoss Wolgemuth: A veces, lo que creemos que necesitamos es que la presión desaparezca, que el problema se resuelva, que no haya más dificultades. Pero Dios sabe que lo que realmente necesitamos es experimentar Su gracia y Su plenitud, en medio de nuestros problemas o dificultades.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora del libro «En busca de Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 24 de marzo de 2026.
El día de ayer Nancy comenzó una serie titulada «Su poder sanador». Si has estado luchando durante mucho tiempo con una necesidad insatisfecha, oro para que esta semana obtengas una perspectiva extraordinaria.
Nancy da inicio al episodio de hoy.
Nancy: Siempre es una alegría para mí escuchar …
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth sabe que muchas de nosotras hemos estado orando por una situación difícil durante años.
Nancy DeMoss Wolgemuth: A veces, lo que creemos que necesitamos es que la presión desaparezca, que el problema se resuelva, que no haya más dificultades. Pero Dios sabe que lo que realmente necesitamos es experimentar Su gracia y Su plenitud, en medio de nuestros problemas o dificultades.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora del libro «En busca de Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 24 de marzo de 2026.
El día de ayer Nancy comenzó una serie titulada «Su poder sanador». Si has estado luchando durante mucho tiempo con una necesidad insatisfecha, oro para que esta semana obtengas una perspectiva extraordinaria.
Nancy da inicio al episodio de hoy.
Nancy: Siempre es una alegría para mí escuchar a mujeres que han sido liberadas por el poder de la verdad de Dios. Me regocijo cuando recibo cartas como estas. Una mujer dijo:
«Dios me liberó del odio que había tenido en mi corazón desde que tenía nueve años. Ahora tengo cuarenta. ¡Él realmente me liberó!».
De los nueve a los cuarenta, es mucho tiempo para vivir con odio en tu corazón. ¿Y no te alegra que tenemos un Dios que puede llevarnos a la verdad, ya sea a los nueve o a los cuarenta? Su nombre es Cristo. Él puede liberarnos.
Y bueno, esta semana estamos hablando de una mujer que tenía un problema desde hacía mucho tiempo. Era un problema físico, pero le afectaba en sus relaciones. Emocionalmente, ella había perdido la esperanza. Quizás ella no sea muy diferente a muchas de nosotras hoy, y a aquellas que conocemos y amamos que han vivido con una enfermedad física crónica que les afecta en el ámbito espiritual y emocional. No se puede separar todo eso. Si te sientes enferma durante doce años, eso te afectará en tus emociones y en tus relaciones con el Señor y con los demás.
Pero luego hay otras de nosotras que quizás no hayan padecido una enfermedad física crónica, sino una enfermedad crónica del corazón: un problema de pecado, un problema de amargura, de falta de perdón o de ira que quizás hayamos arrastrado durante años. Y quizás hemos llegado a identificarnos por esa enfermedad y descubrimos que hemos perdido la esperanza, que no hay solución. Vemos que esta mujer en Marcos 5 había acudido a muchos médicos. Había sufrido mucho a manos de esos médicos. Le habían quitado todo su dinero y ya no le quedaban recursos. No estaba mejor, sino peor. Luego, ayer vimos que ella escuchó hablar de Jesús.
Por cierto, déjame decirte que tal vez haya alguien en tu vida que sea como esta mujer. Quizás no seas tú en este momento, pero puede ser alguien que conoces y amas. Puede ser que seas tú quien pueda hablarles acerca de Cristo y ayudarlos a encontrar a Aquel que puede hacer por ellos lo que Cristo hizo por esta mujer en Marcos 5.
Nos encontramos en el versículo 27 del capítulo 5 del Evangelio de Marcos. Las Escrituras dicen que «Cuando ella oyó hablar de Jesús, se llegó a Él por detrás entre la multitud y tocó Su manto». Ella se acercó por detrás. Hemos visto que había una multitud que presionaba a Cristo. Había una multitud que lo rodeaba. Esto me dice que ella tuvo que luchar para abrirse paso hasta Cristo.
Ella era una mujer a la que nadie podía tocar. Cualquiera que la conociera y supiera su situación sabía que, según la ley del Antiguo Testamento, debido a la enfermedad sanguínea que padecía, era considerada impura. Era ceremonialmente impura. Si alguien la tocaba, o incluso tocaba cualquier cosa que ella llevara puesta, quedaba impuro. Ella tuvo que arriesgarse a lo que pudieran pensar, a lo que pudieran saber de ella, para abrirse paso entre la multitud y llegar hasta Cristo.
Y me llamó la atención este pequeño detalle de que se acercó a Él por detrás entre la multitud. ¿Por qué? Bueno, las Escrituras no nos lo dicen, pero tal vez podamos ponernos en el lugar de esta mujer y hacernos una idea de lo que pudo haber sentido.
- Me pregunto si se sentía indigna de mirar a Cristo a la cara.
- Quizás creyó todas esas mentiras que otras personas le habían dicho durante tantos años: «Eres basura. No vales nada». Tal vez pensó que Cristo sentiría lo mismo.
- A lo mejor le daba vergüenza ponerse delante de Él.
- Puede que tuviera miedo de que, si Él la veía y conocía su condición, la rechazara como habían hecho otros y la echara, ya que ella era impura.
- Me pregunto si temía que Él se enojara si lo tocaba. Este era el Hijo puro de Dios, y ahora esta mujer impura iba a tocarlo.
Ella realmente no lo conocía, y tal vez tenía algunas dudas o preguntas acerca de cómo la trataría. Es evidente que se sentía indigna de acercarse a Él. Entonces, ella se acercó por detrás entre la multitud y tocó Su manto.
En el versículo 28, ella dijo: «Si tan solo toco Sus ropas, sanaré». Esa es una declaración de fe proveniente de una mujer que había sido muy decepcionada durante tantos años por tantos supuestos profesionales.
Ahora, el pasaje paralelo en Mateo 9 nos dice que ella no solo tocó Sus ropas, sino que «tocó el borde de Su manto» (v. 20). ¿Por qué el borde? ¿Cómo se abrió paso esta mujer entre la multitud? Cuando llegó a Cristo, ¿se arrastró? No lo sé. Las Escrituras no lo dicen. Pero me imagino a una mujer desesperada, tan desesperada que se arrastró en una posición humillante solo para alcanzar el borde de Su manto.
Para esta mujer que lo había intentado todo, ella no tenía nada que perder. ¿Qué importaba? Estaba dispuesta a arriesgarse al rechazo en este acto de desesperación. Ella sabía que no tenía dinero. Sabía que no tenía nada con qué pagarle. Lo que tal vez no sabía acerca de Cristo era que nuestra incapacidad para pagar es lo que nos hace candidatas para recibir Su gracia, cuando no tenemos nada que ofrecerle, como dice ese antiguo himno:
Nada traigo para Ti,
mas Tu cruz es mi sostén,
Ella necesitaba que le recordaran que Cristo da Su gracia a aquellos que no tienen nada que ofrecerle a cambio. Con fe, ella dijo: «Si tan solo toco sus ropas, sanaré». Esa palabra «sanar»es la palabra de la que proviene nuestra palabra «higiene». Significa «intacta, limpia». De alguna manera, en su corazón, la fe se encendió, se avivó. Y es Dios quien pone esa fe en nuestros corazones, para creer que si tan solo pudiéramos llegar a Cristo, entonces seremos limpias.
Luego, el versículo 29 nos habla del milagro. Dice «Al instante…», ¡y eso me encanta! «Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su aflicción». Al instante. ¡Eso es un milagro! Después de doce años de ir de médico en médico, de consejero en consejero, de terapeuta en terapeuta, de medicamento en medicamento, de tratamiento en tratamiento, de remedio en remedio, ahora, inmediatamente, la fuente de su sangre se secó y ella quedó sana.
¿Cuánto tiempo duró este encuentro? No mucho. Me imagino que alguien con la mentalidad de hoy pensaría: «Bueno, ella puede recibir ayuda, pero tendrá que venir a Cristo todas las semanas durante un año más o menos». Pero Cristo quiere que acudamos a Él no solo cada semana, sino cada día y en cada momento. Pero hay momentos en nuestras vidas en los que Cristo nos toca, y nosotras extendemos la mano y le tocamos. Por la fe en Su Palabra y la fe en Su poder, a veces Él hace, y ciertamente puede hacer, una transformación inmediata.
Y eso no quiere decir que ya no hubiera un proceso a seguir en la vida de esta mujer. Ella tenía años con esta carga espiritual, con cosas que debía lidiar. Cuando venimos a Cristo, nos acercamos a Él, lo tocamos y somos transformadas por Su gracia, es posible que aún haya un proceso a seguir en nuestras vidas. La Biblia llama a ese proceso santificación. Es un proceso mediante el cual aprendemos a vivir la sanidad y la integridad que Cristo ha traído a nuestro espíritu.
Pero quiero que recordemos, y necesitamos escuchar esto hoy, que Cristo tiene la capacidad y el poder para hacer en un instante lo que todo el mundo dice que lleva toda una vida. Al tocarlo, al acercarnos a Él, a Su Palabra y a Su verdad, hay poder para liberarnos de los problemas que han estado en nuestras vidas durante años.
¿Qué fue lo que sucedió inmediatamente? Bueno, las Escrituras dicen: «La fuente de su sangre se secó». Cristo no le dio a esta mujer un parche, como solemos hacer nosotras. A veces eso es todo lo que sabemos hacer por las personas que realmente están sufriendo. Él no le dio una solución temporal: «Vete a tu casa, toma esta pastilla y vuelve a verme dentro de seis meses para decirme si estás mejor». Cristo fue a la raíz de su problema, al corazón de su problema, a la fuente de su sangrado. La fuente de su sangre se refiere a: «el origen de un manantial, el punto de partida, la raíz, el corazón del asunto». Eso es lo que Cristo hace y lo que otras personas no pueden hacer por nosotras, por muy profesionales que sean. Cristo llega a la raíz del asunto.
Él llega al corazón del problema. Al corazón de por qué vivimos con este odio, esta rabia, con esta ira, con esta amargura o con este conflicto sin resolver durante años. Él no se limita a poner una tirita, una curita, sino que llega al corazón del asunto.
Nosotras tendemos a tratar los síntomas, y por eso volvemos una y otra vez en busca de más respuestas y de soluciones del mundo. Pero si no llegan al fondo del asunto, si no llegan a la raíz del problema que ha causado ese sangrado interno en nuestra alma, entonces no serán de ayuda duradera.
A Jesús le importa más llegar a la fuente de nuestras heridas que simplemente vendarlas. Hoy en día, muchas personas solo ayudan a otras a sentirse mejor. Mi pregunta es: «¿De qué sirve ayudar a alguien a sentirse mejor si esa persona no está mejor, si no ha habido un cambio en su vida?». Jesús sabe que el problema central de mi vida y de la tuya no son esos síntomas de heridas, por muy reales que sean. Jesús sabe que el problema central es mi pecaminosidad, mi separación de Dios. Cuando se aborda ese problema, entonces hay sanación en otras áreas de mi vida.
Las Escrituras dicen que ella sabía que había sido sanada. Lo sabía por experiencia. Estaba segura de que, al haber tocado a Cristo, ella ahora estaba sana. Y pienso en las mujeres que me han escrito para contarme cómo han tenido este tipo de encuentro con Cristo que les ha cambiado la vida.
Una mujer me dijo: «Pude dejar atrás toda una vida de odio y perdonar a mi tío, que abusó de mí cuando era muy pequeña. Ahora tengo cincuenta y tres años». En la presencia de Cristo, ese toque sanador y toda una vida de odio liberada.
Otra mujer me dijo: «Dios, ayúdame a liberar a mi papá, perdonándole conscientemente, a quien he mantenido en prisión durante por lo menos veinticinco años. Hoy mi depresión ha desaparecido».
El flujo de sangre que experimentó esta mujer representa en nuestras vidas muchos de los problemas internos causados por ese problema del pecado en nuestro corazón.
En muchos casos, nos ha aislado, nos ha separado de Dios y de los demás. Muchas de nosotras intentamos buscar ayuda, pero nunca mejoramos realmente, porque hemos estado tratando los síntomas y no las raíces.
Cuando nos encontramos en una situación así, realmente tenemos tres opciones. Podemos seguir buscando otro tratamiento. Y, por cierto, algunas de nosotras preferimos seguir acudiendo a los profesionales del mundo porque tal vez no queremos sanar realmente. Cuando has vivido con este tipo de problema durante doce años o tal vez más, eso se convierte en tu identidad. Quizás hay personas que han encontrado seguridad en ser una persona enferma. Se contentan con seguir buscando un tratamiento más.
Pero hay otras personas, y pienso en algunas personas que conozco que me están escuchando hoy, que se han dado por vencidas. Simplemente han decidido vivir con el problema, tal vez incluso volverse insensibles; se han acostumbrado a él; se han adaptado a él. Se han dado por vencidas.
Bueno, esta mujer no hizo ninguna de las dos cosas. Ella tomó la tercera opción. Es la opción que hoy se te ofrece. Ella dijo: «Voy a llegar hasta Cristo. Voy a abrirme paso entre la multitud».
Algunos pensarían que Cristo no tiene tiempo para ti. Y en este relato de las Escrituras tenemos a Jairo, que tenía una emergencia, pero Cristo estuvo dispuesto a detenerse por esta mujer… y también se detendrá por ti. La clave es que llegues a Cristo. Él se especializa en lo imposible. No tienes que seguir viviendo en la condición en la que has vivido todos estos años. Puedes liberarte de la ira interna, de la esclavitud, de la esclavitud emocional, de las adicciones. ¡Puedes ser liberada por la gracia de Cristo!
Así que ejercita la fe en Su poder. Acércate y dile: «Cristo, Tú eres mi única esperanza. Te necesito. No tengo esperanza, ni solución, ni a quién recurrir más que a Ti. Lo he intentado todo, pero ahora te lo pido a Ti. ¿Me sanarías?».
El versículo 30, de Marcos capítulo 5, nos dice que Cristo, «dándose cuenta de que había salido poder de Él, volviéndose entre la gente, dijo: “¿Quién ha tocado Mi ropa?”». Cristo sabía que había salido poder de Él. Y esto no significa que después de ayudar a esta mujer tuviera menos poder que antes.
Pero Él sabía que el poder para sanar a esta mujer no estaba realmente en que ella lo había tocado. Y no había nada místico en Sus vestiduras. Era el poder de Dios dentro de Él, porque Cristo era Dios. Cristo es Dios. Lo que sanó a esta mujer fue el poder de Dios. De hecho, el mayor poder en todo el universo fue el mismo poder que pronunció la Palabra y creó este universo. Todos los mundos fueron creados por Su poder.
Esta mañana estaba caminando y, justo cuando empezaba a salir el sol, disfrutaba y apreciaba la belleza de la creación de Dios. Mientras contemplaba el poder de Dios al crear este mundo, mis pequeños problemas, mi pequeño mundo, ya no parecían tan importantes. Cuando llegas a conocer a Dios en el contexto de Su gran poder, Jesús sabía que había salido poder de Él y que ese poder era lo que había sanado a esta mujer. El poder de Dios fue desplegado por Cristo en Su soberana voluntad, conforme a lo que Él quiso hacer.
Esta mujer realmente tuvo muy poco que ver con su propia sanidad. Ella ejerció fe. Ella extendió la mano en su desesperación, y ella creyó que Cristo podía sanarla. Ella no podía sanarse a sí misma. Tenía una enfermedad incurable. Los problemas de nuestros corazones son incurables. No podemos solucionarlos por nosotras mismas. Solo Cristo y Su poder pueden hacerlo. Y es una manifestación sobrenatural de Su poder lo que hace la diferencia en nuestras vidas. Así es como experimentamos la vida, la vida eterna, la purificación, el perdón, la integridad y la sanidad para los problemas de nuestro corazón. No fue el hecho de que ella tocara su manto lo que la sanó, sino el poder de Cristo.
Y permíteme añadir aquí que esta mujer experimentó una sanidad física inmediata. Hay ocasiones en las que Dios, en su soberanía, decide no conceder la sanidad física. Pienso, por ejemplo, en el apóstol Pablo, que padecía algún tipo de dolencia física. Y no es que él no orara al respecto, ni que no quisiera ser sanado. Era algo que le pesaba mucho. Tres veces nos dice en 2.ª Corintios que clamó al Señor: «¡Por favor, sáname de esta aflicción!». En ese caso, Dios decidió no sanar al apóstol Pablo, y le dijo: «Te daré lo que realmente necesitas, que es Mi gracia para atravesar esta aflicción».
Hace un momento, entre uno de los descansos, una mujer me dijo: «He tenido dos tumores cerebrales. Si miro atrás, a esos acontecimientos, a esos momentos de mi vida, tengo que decir que en realidad fueron una bendición». En cierto sentido, ella me estaba diciendo: «No le pediría a Dios que me quitara eso ahora que he experimentado esta la relación con Él y la gracia que me ha dado como resultado de haber atravesado esas dificultades físicas».
El Señor sabe exactamente lo que tú y yo realmente necesitamos. A veces, lo que creemos que necesitamos es que la presión desaparezca, que el problema se resuelva, que no haya más dificultades. Pero Dios sabe que lo que realmente necesitamos es experimentar Su gracia y Su plenitud en nuestras vidas en medio del problema o la dificultad.
Entonces, Jesús pregunta: «¿Quién me ha tocado? ¿Quién ha tocado mi ropa?». Y los discípulos le dijeron en el versículo 31: «Ves que la multitud te oprime, ¿y preguntas? “¿Quién me ha tocado?”. Todos te tocan. Hay personas por todas partes que te tocan”».
Y ¿no es interesante que Jesús supiera distinguir entre las muchas personas que formaban parte de la multitud religiosa que lo rodeaba y la única persona que se acercaba en fe, esperando que Él hiciera algo por ella? Pienso en todas las personas que vienen a la iglesia, a tu iglesia y a la mía, los domingos por la mañana y se agolpan. Hacen sus cosas religiosas. Pero Cristo sabe que hay alguien en esa multitud que está realmente interesada en resolver los problemas de su corazón. Por eso Cristo señaló a esta mujer.
Ahora, cuando Cristo dijo: «¿Quién me ha tocado?», es obvio que no lo preguntó por ignorancia. Él era Dios. Sabía quién había tocado su manto. Entonces, ¿por qué le pide a esta mujer, que tal vez era muy tímida y estaba asustada, que se identifique? ¿Por qué la pone en evidencia y la hace venir al micrófono para que cuente su historia? Bueno, podría haber varias razones. Pienso que una razón obvia es que Él sabía que era importante para esta mujer hacer una confesión pública de lo que había sido un asunto muy privado en su vida.
La Palabra de Dios dice que no solo debemos creer en nuestro corazón que Cristo es el Hijo de Dios y que Él es nuestro medio de salvación, sino que también debemos confesarlo con nuestra boca. Cristo dijo: «Si te avergüenzas de Mí, si te avergüenzas de confesarme públicamente, Yo también me avergonzaré de ti». Esta mujer necesitaba decir públicamente lo que Dios había hecho por ella. Necesitaba una oportunidad para expresar su fe, para alabar a Dios por lo que había sucedido en su vida. Cristo no iba a permitir que esta mujer se escondiera. Su fe tenía que ser confesada abiertamente.
Así que pienso que Cristo quería una relación personal con esta mujer. No quería que ella simplemente pasara junto a Él en la noche y fuera solo otra estadística, una persona más que Él había sanado. Pienso que Él le estaba diciendo: «Te sané para tener una relación contigo. No voy a dejar que te vayas y sigas con tu vida como antes. Quiero conocerte y quiero que tú Me conozcas».
Luego pienso que hay algo más que es importante, que probablemente sucedió cuando Cristo hizo que esta mujer se acercara y dijera la verdad sobre lo que había sucedido. Después de doce años de vivir con este tipo de enfermedad y este tipo de rechazo y aislamiento, es probable que hubiera viejas grabaciones, voces, sonando en la mente de esta mujer. Ella podría haber sido sanada, pero pudo haber regresado a su casa y haber continuado escuchando esas voces en su mente que le decían: «¡Impura! ¡Impura!».
Pienso que Cristo sabía que al ella presentarse y contar su historia, Él iba a apagar la grabadora y a poner una nueva grabación que decía: «¡Estás limpia! ¡Estás limpia!». Ahora ella tenía que comenzar el proceso de pensar de una nueva manera acerca de quién ella era.
Esto nos recuerda el pasaje de 1 Corintios 6, donde el apóstol Pablo enumera todo tipo de pecados: fornicarios, idólatras, adúlteros, homosexuales, ladrones. Él dice: «Ninguno de estos heredará el reino de Dios, y tales eran algunos de vosotros». Pero luego añade: «Ya no son así. Ustedes han sido lavados. Ustedes han sido santificados. Ustedes han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo». Ustedes son personas nuevas» (v. 11, parafraseado).
El versículo 32 nos dice que mientras buscaba a esta mujer, Cristo «miraba a Su alrededor». Esa palabra significa que miraba con atención penetrante. Él estaba decidido a identificar a esta mujer y hacer que ella se identificara a sí misma. El versículo 33 dice: «Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, vino y se postró delante de Él y le dijo toda la verdad».
El evangelio de Lucas lo dice así: «Declaró en presencia de todo el pueblo la razón por la cual lo había tocado, y cómo al instante había sido sanada» (v. 47).
Entonces, es posible que hayas experimentado la gracia salvadora de Dios en tu vida. Es posible que hayas sido liberada de la amargura, de algún pecado en particular en tu vida; pero no serás realmente libre hasta que puedas confesarlo ante el Señor y en presencia de otros. Hasta que puedas decir: «Este es mi testimonio. Aquí es donde estaba. Este era el problema en mi vida. Esto es lo que Dios ha hecho por mí».
Esos fracasos del pasado que tendemos a querer ocultar y que nadie conozca, en realidad pueden convertirse en una parte muy importante del mensaje de nuestra vida.
Débora: Ella es Nancy DeMoss Wolgemuth, en nuestra serie «Su poder sanador». En su enseñanza de hoy, Nancy nos habló de una mujer desesperada. Ella buscaba ser sana de su enfermedad. Gastó todos sus recursos y toda su energía, solo para terminar herida y decepcionada.
¿Te suena familiar? Quizás tú también estés desesperada por sanar alguna dolencia física, espiritual o emocional. Amada, hoy hemos visto que la verdadera sanidad, la que perdura, se encuentra en Cristo.
En nuestro episodio del día de mañana en Aviva Nuestros Corazones profundizaremos aún más en el hecho de por qué la sanidad física no es nuestra necesidad más profunda; Nancy te lo explicará. Y antes de terminar, aprende cómo puedes compartir tu esperanza en Cristo con otras personas hoy mismo. Nancy está de vuelta con algunas preguntas para reflexionar.
Nancy: ¿Qué ha hecho Cristo por ti?
- ¿Te ha salvado del pecado?
- ¿Te ha salvado de ti misma?
- ¿Te ha liberado de hábitos pecaminosos y ataduras?
Piensa en lo que Cristo ha hecho por ti a lo largo de tu relación con Él. Y entonces, déjame hacerte esta pregunta: ¿sigues escondida entre la multitud o estás dispuesta a dar un paso al frente públicamente para testificar y decir: «¡Alabo a Dios! ¡Esto es lo que Él ha hecho por mí!»?
Débora: Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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