Vete en paz y queda sana
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth dice que la salud física no es nuestra necesidad más importante.
Nancy DeMoss Wolgemuth: ¿De qué sirve estar bien físicamente si tu corazón está enfermo, si estás apartada de tus relaciones y alejada de tu relación con Dios?
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora del libro «Quebrantamiento: El corazón avivado por Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 25 de marzo de 2026.
Esta semana, Nancy ha estado enseñando en una serie titulada «Su poder sanador», la cual se basa en la mujer descrita en Marcos, capítulo 5. Ella tocó la ropa de Cristo, buscando ser sanada.
Nancy continuará con esta enseñanza en unos minutos. Pero primero queremos recordarte que la necesidad de sanidad se presenta de muchas maneras. Mientras Nancy preparaba este mensaje, ella pensó en su amiga Karen Watts.
…Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth dice que la salud física no es nuestra necesidad más importante.
Nancy DeMoss Wolgemuth: ¿De qué sirve estar bien físicamente si tu corazón está enfermo, si estás apartada de tus relaciones y alejada de tu relación con Dios?
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora del libro «Quebrantamiento: El corazón avivado por Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 25 de marzo de 2026.
Esta semana, Nancy ha estado enseñando en una serie titulada «Su poder sanador», la cual se basa en la mujer descrita en Marcos, capítulo 5. Ella tocó la ropa de Cristo, buscando ser sanada.
Nancy continuará con esta enseñanza en unos minutos. Pero primero queremos recordarte que la necesidad de sanidad se presenta de muchas maneras. Mientras Nancy preparaba este mensaje, ella pensó en su amiga Karen Watts.
Nancy: Ella tiene una historia extraordinaria sobre cómo pasó por algunas experiencias muy decepcionantes en la vida. Un dolor enorme, muchos problemas con su familia, con sus hijos, con sus yernos, con sus padres, con muchos problemas dolorosos en su vida.
Con el paso del tiempo, ella se convirtió en una mujer profundamente enojada y amargada. Ella nos comparte cómo llegó al punto en que estaba a punto de entrar en un estado vegetativo. Se sentaba en el sofá, encendía la televisión y apenas podía desenvolverse debido a la amargura, la ira y el resentimiento hacia las circunstancias de su vida.
Débora: Estas circunstancias describen a alguien que sin duda necesita ser sanada, igual que la mujer de la que leemos en Marcos 5. Entonces, antes de que Nancy continúe con la enseñanza, escuchemos la historia de Karen.
Karen Watts: Tenía veintitrés años, ya estaba casada, tenía dos hijos y había pasado por otras tragedias en mi vida, así que a los veintitrés años era un desastre.
Nuestro matrimonio era definitivamente un desastre. Yo tenía un temperamento horrible y exigía que se hiciera mi voluntad. Les gritaba a mis hijos y era muy cruel.
Conocí al Señor en una conferencia y volví a casa dispuesta a cambiar.
Y, por supuesto, inmediatamente Dios comenzó a convencerme de pecado y a cambiarme constantemente, día a día, en las cosas morales como la bebida, los gritos y el lenguaje grosero.
Empecé a memorizar las Escrituras, Mateo 5, 6 y 7, que fue el reto que Dios me dio, y así fue como aprendí a ser una persona amorosa y piadosa a través de esa conferencia.
Pero no pasó mucho tiempo antes de que me convirtiera en una persona centrada en el rendimiento. Yo había construido un estilo de vida y comencé a descuidar mi relación con el Señor. Al mismo tiempo, hacía alarde de este estilo de vida piadoso que luego se convirtió en un estilo de vida realmente legalista, en el que miraba con desprecio a los demás que no habían llegado al punto en el que yo pensaba que estaba. Eso me arruinó. Realmente arruinó mi relación con el Señor.
El primer gran golpe que sufrimos como familia fue que nuestro hijo mayor se fue a un instituto bíblico y, de hecho, inmediatamente se metió en un estilo de vida inmoral y tomó decisiones totalmente contrarias a todo lo que le habíamos enseñado. Cuando volvió a casa para Navidad ese primer año, era un hombre totalmente diferente.
Perdimos el contacto con él casi por completo. Se metió de lleno en las drogas y durante unos seis años y medio no lo vimos mucho.
Mientras tanto, nuestro hijo menor se había casado con una joven dulce y piadosa, pero por circunstancias que aún hoy no entendemos del todo, ella cambió de opinión y ya no quería seguir casada, y abandonó a mi hijo. Ellos eran los líderes de jóvenes de nuestra iglesia, pero mi hijo estaba terriblemente devastado, y yo también.
Recuerdo el día en que dentro de mí dije: «Se acabó. Ya no quiero saber nada del Señor. No hizo lo que yo esperaba que hiciera. Yo hice todo bien y Él no cumplió lo que le pedí. Esto no era lo que se suponía que iba a pasar».
Me había tragado la filosofía de que si vivía para el Señor y le dedicaba mi vida, no tendría que enfrentarme a estas cosas.
Yo nunca oraba, nunca abría mi Biblia. Si me hablabas del Señor, te respondía: «No lo conozco».
Mi hijo mayor regresó a casa el verano anterior y eso fue como un despertar para mí. Él quería ser libre de su esclavitud. Dios le dio convicción de pecado y me dijo: «Mamá, necesito ayuda, necesito liberarme de las drogas, y sé que el único lugar donde puedo encontrarla es en casa».
Así que volvió a casa, y nos avisó con menos de veinticuatro horas de antelación. Y cuando entró por la puerta, pensé: No tengo nada que darle. Ya no tengo al Señor. Ya no oro, ¿qué puedo hacer?
Entonces, empecé a actuar de manera diferente. Sin embargo, un par de noches después, ya estábamos diciendo: «¿Has visto la última película?», y salíamos a alquilar una película. Lo llevábamos a la iglesia y él estaba encantado de estar allí. Eso fue como una llamada de atención para mí, porque no tenía nada que ofrecer a un hombre, a mi propio hijo, que quería volver al Señor.
Así que Dios comenzó a trabajar en mi corazón y empecé a asistir a un estudio bíblico que se llevaba a cabo en un pueblo al oeste, a unos cincuenta kilómetros de donde vivíamos. Empecé a ir allí porque no conocía a nadie.
Estábamos estudiando el libro de Lucas, y desde el primer día volví a encontrarme con mi Salvador, volví a recordar la salvación, el carácter, la piedad, el amor y la dulzura de Cristo mismo. Así que cuando llegué a esa conferencia, ya había empezado a ablandarme.
Nancy DeMoss Wolgemuth [hablando en una conferencia]: ¿Qué se necesita en mi corazón para experimentar un avivamiento continuo?
Débora: Karen acabó asistiendo a una conferencia de Revive Our Hearts en la que Nancy habló sobre el corazón avivado por Dios. Ella habló sobre la diferencia entre las personas orgullosas y las personas quebrantadas.
Nancy DeMoss Wolgemuth [speaking at a conference]: Las personas orgullosas son justas ante sus propios ojos. Tienen un espíritu crítico que busca defectos en los demás. Ven los defectos de los demás con un microscopio, pero los suyos con un telescopio. Y miran a los demás con desprecio.
Karen: Fue entonces cuando el Señor comenzó a quitar el corazón de piedra que había dentro de mí y a reemplazarlo por un corazón de carne.
Sentí que alguien me tocaba el hombro; me di la vuelta y vi a una anciana a la que nunca había visto antes. Me dijo, muy tímidamente: «Siento que Dios quiere que te diga cuánto te ama».
Algo se rompió dentro de mí y comencé a sollozar. Y Becky, mi cuñada, también comenzó a llorar, y por supuesto mi otra hermana, que me había traído, estaba allí de pie, y yo comencé a derramar mi arrepentimiento ante Dios, pidiendo perdón por el dolor que había causado.
Recuerdo que sentí, y esto puede sonar muy extraño, que volvía a sentirme agradable. Había tantas cosas que todavía estaban sin resolver en nuestra familia. Cuando surgían esos temas, yo comenzaba a decir la verdad otra vez y decía: «Sabes que Dios tiene el control. Dios no nos va a defraudar, Él nos ama».
Y comencé a animar a otras personas. La Palabra era nueva para mí y tenía un hambre insaciable por ella. Me levantaba temprano, y todavía lo hago. A las 5 de la mañana prácticamente corría a mi cocina y me postraba ante el Señor.
Ese fin de semana le dije al Señor: «Si puedes liberarme, aprovecharé cualquier oportunidad que se me presente para decírselo a cualquiera, ya sea en el supermercado, en mi cocina, a un grupo grande o pequeño; les diré que Tú tienes el poder de redimir un alma amargada y perdida, y de restaurar “los años que la langosta ha devorado”» (Jl. 2:25), y de mantener dulzura y fe incluso cuando las cosas siguen yendo mal.
Todavía escucho las voces de vez en cuando que me dicen: «Mira, está sucediendo de nuevo, todo se está desmoronando». Pero corro hacia la Palabra y me digo a mí misma y a cualquiera que quiera escucharme: «No [temeré] recibir malas noticias; [mi] corazón está firme, confiado en el Señor» (Sal. 112:7).
Débora: Karen Watts encontró la sanidad espiritual y emocional que necesitaba. No pudo encontrar ayuda siendo una buena persona moralmente hablando o manteniendo las apariencias en la iglesia, pero sí encontró sanidad cuando conoció verdaderamente a Cristo. Este testimonio nos lleva de vuelta a la serie de enseñanzas de Nancy en las que estamos actualmente, «Su poder sanador».
Nancy: Cuando pienso en la mujer que hemos estado estudiando en Marcos capítulo 5, pienso en mi amiga Karen como una ilustración moderna de esta mujer. Hemos estado hablando de esta mujer que durante doce años había tenido un problema de hemorragia, un flujo de sangre de su cuerpo. Ella era ceremonialmente impura. Había sido rechazada. Pero tuvo el valor y la fe para abrirse paso entre la multitud que presionaba a Cristo, y dijo: «Si tan solo toco Sus ropas, sanaré». Ella extendió la mano y lo tocó.
Hemos visto que inmediatamente ella experimentó el poder de Cristo fluyendo en su cuerpo y liberándola de esta enfermedad incurable, de la misma manera en que el poder de Cristo ha fluido en muchas de nosotras, liberándonos de años de esclavitud al pecado. El pecado es una enfermedad incurable. Solo el poder de Cristo, solo a través de la fe en Él, podemos ser liberadas de ese pecado.
Entonces, Jesús miró a Su alrededor y preguntó quién lo había tocado. Y vimos en el último episodio que Cristo hizo que esta mujer se acercara, se identificara y contara lo que había sucedido para que confesara públicamente lo que Él había hecho por ella. Luego vemos en el versículo 34 que Cristo, después de que ella le contó toda la verdad, Él entabló una conversación con ella. Vemos que Él quiere tener una relación con esta mujer.
Él le dijo: «Hija». Por lo que sabemos, esa es la única vez que Cristo se dirigió a una mujer con esa palabra, «hija» . ¿Te imaginas cómo se debió sentir esta mujer, que había sido rechazada y aislada de toda comunión durante doce años, no solo cuando Su poder se extendió para sanarla, sino que además la identificó? Temblando y asustada como estaba, Él escuchó su historia. Luego, Su respuesta fue: «Hija. Hija».
¿Qué le estaba diciendo Cristo? «Quiero tener una relación contigo». Y pienso que eso tuvo que ser mucho más importante para ella, en cuanto a las necesidades más profundas de su corazón, que deshacerse de esa enfermedad física. ¿De qué sirve estar bien físicamente si tu corazón está enfermo, si estás apartada de las relaciones, si estás alejada de una relación con Dios? Cristo sabía que la necesidad más profunda de su corazón era reconciliarse con Dios, de quien había estado alejada, no por su problema físico, sino por su pecado.
El pecado nos separa de Dios. Cristo se acercó a ella tal como ella se había acercado a Él con fe. Él le estaba diciendo: «Quiero tener una relación contigo». Tú puedes reconciliarte con Dios. Ella no recibió la seguridad de que ahora era hija de Dios hasta que hizo esa confesión pública. Pienso que, a veces, una de las razones por las que muchas mujeres luchan con dudas acerca de su salvación, y hay diferentes razones, pero una de ellas es que nunca han estado dispuestas a confesar públicamente a Cristo como su Señor, como lo hizo esta mujer.
Esta es una mujer que había estado alejada, que había estado aislada. Pero ahora tenía una familia. Ahora tenía a alguien que estaba conectado con su vida. Cuando vienes a Cristo, no es simplemente porque Él quiere sanarte de tus síntomas; Él quiere una relación familiar continua contigo.
Lo siguiente que Jesús le dijo fue: «Hija, tu fe te ha sanado» (v. 34). La sanidad había sido completa. Tu fe te ha hecho completa. Esa palabra «sanar» es la misma palabra griega en el texto original que se traduce en otros lugares como «salvar».
Tu fe te ha salvado. Normalmente, es la palabra que se utiliza en el Nuevo Testamento para referirse a la salvación del pecado. El uso que hizo Cristo de esta palabra sugiere que la fe de esta mujer no solo la llevó a la curación física, sino, lo que es mucho más importante, a la salvación espiritual. Esa era su mayor necesidad. La fuente de sangre no era tan importante como la fuente del pecado en su vida, que era la que había que tratar.
La imagen aquí es la de un Mesías, un Salvador que derramó Su sangre para que ella no tuviera que derramar la suya y para que nosotras no tuviéramos que derramar la nuestra. Él estuvo dispuesto a ser contaminado por esta mujer impura para que ella pudiera ser limpia. Él está dispuesto a arriesgar, si puedo decirlo así, nuestras vidas impuras y contaminadas que lo tocan con fe para poder extender Su bienestar y Su integridad a nuestros corazones.
Ahora, en cierto sentido, no fue la fe de esta mujer la que la sanó. Fue el objeto de su fe. La sanidad vino de Cristo. El valor de la fe siempre está en su objeto. Fue el poder de Cristo lo que la sanó.
Luego Jesús le dice: «Vete en paz y queda sana de tu aflicción». ¿Por qué le diría a esta mujer, a quien acababa de sanar, «queda sana de tu aflicción»? Pienso que este es un comentario muy importante de parte de Cristo, y uno que nosotras también necesitamos escuchar. Él está diciendo: «Te he sanado de esta dolencia física, pero ahora quiero que salgas y vivas como una mujer sana».
Él le estaba diciendo: «La sanación es completa. Es permanente. Ahora sal y vive como una mujer sana». La tentación de esta mujer podía haber sido volver a sus viejos patrones, a sus viejos hábitos. En el último episodio hablamos de estas cintas, de estas grabaciones, de estas voces, que podrían haber seguido sonando en su mente, diciéndole: «¡Impura! ¡Impura! ¡Impura!». Pero Cristo le dijo: «No vuelvas a vivir como una mujer impura cuando Yo te he limpiado. Estás curada. Estás completa. Recupera tu vida. Vete en paz. Ve y ten las relaciones personales que no has podido tener durante todos estos años. Vete con alegría. Disfruta de lo que he hecho por ti».
Hubiera sido posible que esta mujer quisiera aferrarse a su identidad como una mujer enferma. Quizás así había recibido algo de atención por eso. Pero Cristo le dice: «No sigas viviendo como una mujer enferma. Empieza a vivir ahora como una mujer sana».
Escucho a muchas mujeres cristianas, mujeres que dicen conocer a Cristo, y mi observación es que muchas de las que afirman haber sido sanadas espiritualmente por Cristo no están viviendo como mujeres sanas. Siguen viviendo en un estado enfermizo malsano, aferrándose a la identidad que tenían como personas antes de conocer a Cristo y antes de que Cristo se ocupara de sus problemas. Pienso que Jesús nos está diciendo, como le dijo a esta mujer: «Sal y vive en la victoria que es tuya a través de Mi poder. No sigas viviendo como una víctima. No eres una víctima. A través de Mi poder, ahora eres más que vencedora».
Eso no quiere decir que no habrá un proceso de crecimiento en nuestras vidas. Lo habrá. Ese proceso continúa. Tampoco quiere decir que no tendremos más problemas, porque la realidad es que los tendrás. Los problemas de esta mujer no habían terminado. Ella volvería a enfrentarse a problemas quizás diferentes a los que había enfrentado antes. Ahora tenía que averiguar cómo reintegrarse en la sociedad. Quizás tenía que lidiar con problemas económicos, encontrar a su familia, que posiblemente la había abandonado doce años atrás. Habría problemas, como los hay en tu vida y en la mía.
Pero esos problemas pueden ser, de hecho, parte del proceso de sanación. Pueden convertirse en un medio para obtener mayor ayuda y sanación. El punto de partida de este proceso es acudir a Cristo en fe, recibir Su gracia, encontrar en Él esperanza, ayuda y sanación, y creer que la integridad y la pureza, los frutos de la salvación, pueden ser realmente nuestros.
La mayoría de las personas que me escuchan hoy, y he hablado con algunas de ustedes, dirían que son cristianas. Han venido a Cristo. Han experimentado el perdón de sus pecados. Él ha hecho un milagro en tu vida. Puede que haya sido hace unos años o hace muchos años. O puede que haya sido muy recientemente, muy recientemente.
Ahora, mi pregunta es: ¿estás viviendo como la mujer sana en la que Él te ha convertido? ¿Estás experimentando por fe los frutos de esa salvación en tu vida o has vuelto a vivir como una mujer que tiene una enfermedad incurable?». Cristo dice: «Vete en paz. Estás sana de tu aflicción. Camina en la verdad. Camina en la fe. Camina en paz. Camina en alegría». Eso no significa que no tendrás problemas. Los tendrás. Pero incluso esos problemas son peldaños hacia una mayor libertad, sanación y gracia.
Y pienso en algunas de ustedes que han experimentado profundas y dolorosas heridas en sus vidas. Mi corazón está con ustedes. Hay más historias de las que cualquiera de nosotras podría saber sobre todas nosotras hoy. Pero el hecho es que tenemos un Salvador que dice: «Si extiendes tu mano y Me tocas con fe, hay poder para redimirte, para restaurarte, para hacerte una mujer sana. Vete en paz. Estás sana de esa aflicción».
Débora: Hoy hemos escuchado la historia de dos mujeres que pensaban que no tenían esperanza. Lo intentaron todo, pero la vida no parecía tener sentido… hasta que encontraron a Cristo.
Si te sientes identificada, espero que escuches los 5 episodios de esta serie de Nancy DeMoss Wolgemuth, titulada «Su poder sanador». Es una serie muy impactante, porque Nancy te llevará directamente a Cristo.
Puedes escuchar los 2 episodios anteriores visitando AvivaNuestrosCorazones.com, o en la aplicación Aviva Nuestros Corazones.
Imagina a mujeres de todas las edades viviendo juntas el evangelio de Cristo que las ha transformado. Mujeres caminando hombro a hombro, creciendo juntas y edificando todo el cuerpo de Cristo para reflejar Su belleza. Esta, mi amada hermana, es la comunidad cristiana tal como Dios la planeó: una comunidad de fortaleza mutua, que glorifica a Dios y hace que Su verdad sea creíble ante nuestro mundo.
En Aviva Nuestros Corazones queremos acompañarte en este llamado, y por eso contamos con un recurso que te ayudará a crecer en esta área. Se trata del libro «Adornadas», escrito por Nancy DeMoss Wolgemuth. Y me alegra decirte que durante este mes de marzo está disponible para ti por una donación en nuestro sitio web.
Si deseas profundizar en el diseño bíblico de Tito 2 y aprender a vivir —para alguien más— como una mujer que refleja el modelo que Cristo nos dejó, este recurso es para ti. Al adornar el evangelio de Cristo, tu vida encontrará su significado más pleno.
Visita AvivaNuestrosCorazones.com, haz tu donación y adquiere el libro «Adornadas».
Para terminar el episodio de hoy, quiero que nos hagamos una pregunta: ¿qué hacemos cuando oramos por sanidad, pero Dios no responde de la manera que esperábamos?
Nancy: ¿Y si Dios realmente me liberara de todo dolor, problema y pensamiento depresivo, y no tuviera que soportar nada de eso? Y puede que digas: «¿No sería eso maravilloso?».
Bueno, lo sería por un momento. Pero entonces perderíamos la belleza, la fragancia, la gloria que Dios quiere sacar de esas circunstancias. Quiero glorificar a Dios con mi vida y en mi vida, y que se cumplan Sus propósitos más de lo que quiero aliviar mi dolor. Ahora, hay momentos en los que deseo con todas mis fuerzas aliviar mi dolor, cuando lo deseo más que cualquier otra cosa. Pero es entonces cuando tengo que dar un paso atrás, poner las cosas en perspectiva y decir: «Mi vida no me pertenece. Mi vida pertenece al Señor. Estoy aquí para cumplir Sus propósitos. Si muero en el proceso, o me pasa lo peor que pueda imaginar, está bien, porque mi vida no es mía. No vivo para complacerme a mí misma, y tengo que ajustar mis valores y mi propósito».
Pienso que hay algunas formas prácticas, cosas que me han ayudado a reenfocarme, a ajustar mi forma de pensar a la de Dios. Cantar al Señor es una de ellas. A menudo les pregunto a las mujeres que están deprimidas o desanimadas: «¿Estás cantando al Señor y memorizando las Escrituras?». Esas dos cosas han sido un medio muy poderoso de liberación y sanación en mi vida.
A veces tengo que cantar entre lágrimas, casi sin poder articular palabra. Me refiero a sollozos y lágrimas tan intensos que nadie reconocería la canción. He aprendido a seguir cantando hasta que se disipa la nube.
Y en cuanto a memorizar las Escrituras: cuando no tienes palabras propias o no sabes qué orar, o te sientes totalmente perdida, o no quieres orar, como me ha pasado a mí en algunas ocasiones, tener las palabras de las Escrituras en mi corazón o en una tarjeta que me ayude a recordarlas, o simplemente llevar conmigo una pequeña Biblia, es algo que me ayuda mucho. Tengo algunas tarjetas con versículos de las Escrituras escritos en ellas. A veces, cuando salgo a caminar, llevo esas tarjetas conmigo y repito en voz alta la Palabra del Señor, hablándole a mi propio corazón lo que sé que es verdad.
Esa es realmente la forma en que aconsejo a mi propio corazón. Le digo: «Corazón, esto es lo que Dios dice. Lo que Dios dice puede ser totalmente opuesto a lo que parece y a lo que parecen tus circunstancias; pero no voy a creer lo que me dicen mis emociones, lo que me dicen mis circunstancias. En cambio, voy a escoger creer que lo que Dios ha dicho es verdad».
Débora: ¿Piensas tú también de esta manera? Únete a nosotras el día de mañana para continuar con nuestra serie «Su poder sanador». Te esperamos aquí en Aviva Nuestros Corazones.
Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación