Débora de Rivera: ¿Por qué es importante entender el diseño de Dios para la mujer? Aquí está Mary Kassian.
Mary Kassian: Cuando el enemigo borra y distorsiona las diferencias entre hombre y mujer, no solo está provocando caos social. Está vandalizando la imagen más hermosa que Dios pintó… Está oscureciendo el evangelio mismo.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 23 de julio de 2026.
¿Qué es una mujer? Parece una pregunta tan sencilla, el tipo de pregunta que un niño podría responder. Pero cuando a una candidata a la Corte Suprema le hicieron esa pregunta durante su audiencia de confirmación, ella respondió: «No puedo. No soy bióloga».
Una de las mentes legales más destacadas de Estados Unidos no pudo —o no quiso— definir la palabra «mujer».
Hoy, Mary Kassian comienza una serie que …
Débora de Rivera: ¿Por qué es importante entender el diseño de Dios para la mujer? Aquí está Mary Kassian.
Mary Kassian: Cuando el enemigo borra y distorsiona las diferencias entre hombre y mujer, no solo está provocando caos social. Está vandalizando la imagen más hermosa que Dios pintó… Está oscureciendo el evangelio mismo.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 23 de julio de 2026.
¿Qué es una mujer? Parece una pregunta tan sencilla, el tipo de pregunta que un niño podría responder. Pero cuando a una candidata a la Corte Suprema le hicieron esa pregunta durante su audiencia de confirmación, ella respondió: «No puedo. No soy bióloga».
Una de las mentes legales más destacadas de Estados Unidos no pudo —o no quiso— definir la palabra «mujer».
Hoy, Mary Kassian comienza una serie que explora la pregunta que nuestra cultura está desesperadamente tratando de evitar: ¿Qué es una mujer? Ella desarrollará una definición de la feminidad arraigada en las Escrituras, que celebra el diseño de Dios y apunta a algo mucho más grande que nosotras mismas. Si alguna vez te has preguntado qué tenía Dios en mente cuando te creó mujer —o si has luchado por abrazar tu feminidad—, no querrás perderte esta conversación.
Con nosotras, Mary Kassian.
Mary: «Ser o no ser, esa es la cuestión».
Bueno… esa era la pregunta de Shakespeare. Y quizás también una pregunta para estudiantes de literatura inglesa.
Pero esa no es nuestra pregunta.
La nuestra es más sencilla. Es más fundamental.
¿Qué es una mujer? ESA es la pregunta.
Si alguien te detuviera hoy en la calle y te hiciera esa pregunta, ¿qué responderías?
Durante la mayor parte de la historia humana, la respuesta era tan obvia que casi no valía la pena hacer la pregunta. Una mujer es un ser humano adulto de sexo femenino. Los niños lo sabían. Los diccionarios lo afirmaban. La biología lo explicaba. Nadie lo debatía.
Pero algo cambió. No es que la pregunta se haya vuelto más complicada; es simplemente que el mundo comenzó a esquivar la respuesta.
Cuando a una candidata a la Corte Suprema le preguntaron durante su audiencia de confirmación: «¿Puede dar una definición de la palabra “mujer”?», una de las mentes legales más brillantes de Estados Unidos —una mujer que estaba a punto de ocupar un lugar en el tribunal más alto del país— miró al comité y respondió: «No puedo. No soy bióloga».
Piensa en eso por un momento. Alguien cuya carrera entera se había construido sobre definir términos con precisión y cuyo trabajo incluiría proteger los derechos de las mujeres, no pudo definir la palabra «mujer». O no quiso hacerlo. De cualquier manera, es impactante.
Una profesora de estudios de género dio esta definición: «Una mujer es cualquier cosa que sea una mujer». Lo cual suena muy inteligente y profundo… hasta que te das cuenta de que no significa absolutamente nada. Es el equivalente intelectual de decir: «Una caja es cualquier cosa que una caja sea». Está bien… ¿Pero qué es?
El mundo dice que no puede responder la pregunta: «¿Qué es una mujer?». Y, sin embargo, la responde de todos modos. Pero no lo hace con palabras. Lo hace con imágenes.
Desliza por cualquier red social. Siéntate frente a cualquier pantalla. Las imágenes están por todas partes: nos bombardean desde la publicidad, el entretenimiento, la moda y las redes sociales, moldeando silenciosamente lo que creemos que es la feminidad, para qué sirve y cuánto vale.
Las imágenes están por todas partes.
- La modelo retocada digitalmente: las mejillas perfectamente definidas, mirada seductora, un cuerpo moldeado por bisturí y hambre.
- La guerrera invencible con tacones de aguja y cuero ajustado, derrotando a diez asesinos hombres sin romperse una uña.
- La influencer perfecta: piel perfecta. Casa perfecta. Vida perfecta. Todo filtrado, planeado y cuidadosamente recortado.
- La mujer ejecutiva implacable: éxito corporativo, instinto feroz, le pasa por encima a cualquiera y no tiene compasión con nadie.
- La mujer estilo la serie Sexo y la ciudad: tacones altos, cócteles, aventuras de una noche, sin compromisos y sin disculpas.
- La identidad híbrida y fluida de género: desligada de las normas sociales, liberada completamente de cualquier categoría.
El mundo no quiere definirlo. Pero no puede dejar de representarlo.
Y esto es lo que esas imágenes han hecho: pasamos la vida comparándonos con ellas. No suficientemente bonitas, delgadas, fuertes, refinadas, exitosas, atrevidas o progresistas. Demasiado, pero nunca suficiente.
Nos moldeamos y cambiamos, intentando encajar en imágenes que nunca fueron reales para empezar. Ninguna de esas imágenes son lo suficientemente grande, hermosa o sólida como para construir una vida sobre ella. Solo hay un retrato de la feminidad que sí lo es. Y no fue creado por Hollywood, ni por Madison Avenue, ni por un departamento universitario de estudios de género.
Fue diseñado por Aquel que nos creó.
Antes de continuar, déjame decirte por qué probablemente soy la persona menos indicada para tener esta conversación contigo.
Crecí con cinco hermanos. ¡Cinco! Yo era lo que antes se llamaba una marimacho… y, sinceramente, en algunos sentidos todavía lo soy. Nunca fui una chica muy femenina. Nunca. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, yo estaba en el garaje con mi papá aprendiendo a usar herramientas eléctricas. Y déjame decirte algo: para mí no hay mejor regalo de Navidad que un nuevo taladro inalámbrico. Mi esposo ya aprendió que las joyas están bien, ¿pero una buena herramienta de impacto? Eso sí es amor.
Así que, si ya estás cansada de este tema y dejaste de prestar atención… o si estás pensando: «Bueno, esto no aplica a mí porque yo no soy del tipo femenino»… o si estás poniendo los ojos en blanco porque crees que voy a decirte que encajes en algún estereotipo… lo entiendo. De verdad lo entiendo. El tema de la feminidad nunca ha estado entre mis temas favoritos. Nunca he encajado del todo en el molde cultural.
Pero esto es lo que yo he descubierto: la verdadera feminidad no consiste en ajustarse a un molde prefabricado. No se trata de si prefieres herramientas eléctricas o joyas, motocicletas o manicuras, botas de excursionismo o tacones. Se trata de algo mucho más profundo. Algo que llega hasta lo más hondo —más allá de la personalidad, más allá de las preferencias, más allá de todo lo que la cultura te ha dicho.
Hay un hilo entretejido en el diseño de cada mujer, un hilo que corre a través de todas nosotras más profundamente que nuestras diferencias… y se remonta hasta el mismo principio.
No al comienzo de la conversación cultural. No al inicio del movimiento feminista, ni de la revolución de género, ni a la más reciente audiencia de confirmación de la Corte Suprema.
EL principio.
La Biblia comienza con cuatro palabras: «En el principio Dios…».
Cuatro palabras. Las cuatro palabras más fundamentales jamás escritas. Antes de que existiera algo —antes de la luz, antes de la tierra, antes de la vida— estaba Dios. Y cuando Él habló, la creación llegó a existir. Los océanos, las montañas, las estrellas; toda criatura viviente. Todo fue llamado a existir por la palabra de un Creador omnisciente y todopoderoso: el Gran Artista del universo.
«En el principio Dios…». Ese es el lente desde el cual estamos abordando esta pregunta. No la cultura. No la ciencia. No la experiencia personal. Estamos regresando a Aquel que estuvo allí —el único que sabe qué creó y por qué lo creó—. Él es el Diseñador. Y el Diseñador tiene el derecho de definir aquello que diseñó.
Así que, a lo largo de los primeros versículos de Génesis, observamos cómo Él obra. Dios dijo… y así fue. Luz. Tierra. Mar. Sol. Luna. Estrellas. Vegetación. Criaturas de toda clase. Dios dijo, y así fue. Una y otra vez, el mismo patrón, el mismo poder, la misma autoridad creadora ejercida sin esfuerzo.
Entonces, algo cambia.
Versículo 26 de Génesis 1: «Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen”».
No dijo: «Sea hecho». No hubo una sola palabra pronunciada al vacío. Fue una conversación. Un momento deliberado, intencional, un momento de «esto es diferente».
Y de allí surge el acto culminante de toda la creación:
«Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27).
Varón y hembra.
No fueron llamados a existir como las estrellas. No fueron creados como los océanos o las montañas. No fueron hechos como los animales —una palabra, y allí estaban—. La humanidad fue diferente. Dios deliberó. El Padre, el Hijo y el Espíritu hablaron entre sí: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen». Luego Dios se inclinó y ensució Sus manos. Todas las demás criaturas fueron creadas por Su palabra. Pero los seres humanos fueron formados por Sus manos. Marcados por Sus huellas. Recibieron vida por medio de Su aliento.
Y de ese acto íntimo surgió una realidad binaria, escrita en la misma estructura de lo que significa ser humano.
En un mundo que quiere ofrecernos un número infinito de opciones, Dios ve dos. No porque le falte imaginación, sino porque tenía algo específico en mente.
Dos sexos. Diseñados intencionalmente. Creados con propósito. Y —aquí está la clave— creados para contar una historia.
Porque —y esto quizá te sorprenda— tu feminidad, en última instancia, no se trata de ti.
Déjame explicarte lo que quiero decir.
Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, no solo estaba poblando la tierra u organizando la sociedad. Él estaba contando una historia. La historia más grandiosa jamás concebida. Estaba mostrando el evangelio: una parábola viviente escrita en la humanidad, visible para toda persona, toda nación y toda generación.
Piénsalo: sin las realidades de la masculinidad, la feminidad, el matrimonio y la sexualidad, ¿cómo entenderíamos el deseo, el anhelo; ese profundo anhelo de ser buscadas y escogidas? ¿La seguridad de ser amadas y protegidas? ¿El gozo de pertenecer a alguien, de ser parte de una familia? ¿Cómo comprenderíamos la fidelidad, lo que significa guardar un pacto o quebrantarlo? ¿La agonía de la traición? ¿La belleza de la fidelidad? ¿La profunda satisfacción de ser plenamente conocidas y plenamente amadas?
La luz y las tinieblas apuntan al bien y al mal. Lo limpio y lo impuro apuntan a la santidad y al pecado. El hambre apunta a nuestra necesidad de alimento espiritual. Una semilla enterrada que brota en nuevos retoños verdes apunta al nuevo nacimiento. El mundo natural está saturado de significado espiritual.
Pero, de todas las ilustraciones que Dios incorporó en la creación, ninguna es más profunda que el hombre y la mujer. Todos los demás símbolos apuntan a una sola verdad. Pero el hombre y la mujer contienen toda la historia; no simplemente la ilustran. Son la historia. Están en una categoría única. Los teólogos llaman a esto sui generis —un término en latín que significa «único en su clase».
Por eso el hombre y la mujer son tan importantes. Pero no simplemente como categorías biológicas o como roles sociales. Sino como símbolos. Símbolos fundamentales que sostienen el peso de la historia más grande jamás contada. Y cuando borras esos símbolos —cuando declaras que no tienen significado, que son intercambiables o fluidos— no solo pierdes los símbolos. Pierdes la historia.
Y Pablo quiere asegurarse de que no la perdamos.
En Efesios 5, escribe acerca de la unión matrimonial entre hombre y mujer y, de repente, descorre el telón para mostrarnos aquello a lo que el matrimonio apunta. Escucha esto. Efesios 5:31-32:
«Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia».
¿Lo notaste? La unión de una sola carne entre esposo y esposa no simplemente ilustra la relación entre Cristo y la Iglesia. Pablo dice que se refiere a ella. Que apunta a ella. Que fue diseñada por causa de ella. El matrimonio no es una metáfora útil que Dios escogió después para explicar el evangelio. No. Desde el principio, Dios diseñó el matrimonio para anunciar el evangelio. Para anticiparlo. Para proclamarlo.
Efesios dice: «Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella». El esposo refleja a Cristo: toma la iniciativa, se sacrifica, entrega su vida por Su novia. Y la esposa representa a la Iglesia: responde, recibe y da fruto en unión con Aquel que la ama.
Diferentes roles. La misma historia contada desde distintos ángulos.
Y Efesios no es el único lugar donde Pablo hace esta conexión. En 2 Corintios 11:2 se dirige a la iglesia en Corinto —hombres y mujeres por igual— y dice: «Porque celoso estoy de ustedes con celo de Dios; pues los desposé a un esposo para presentarlos como una virgen pura a Cristo».
Toda la Iglesia es la Novia. Todo creyente ocupa esa posición delante de Dios.
Pero aquí está lo asombroso: es la experiencia femenina —ser escogida, ser amada, responder a la iniciativa del Novio— la que nos da la imagen más vívida de lo que significa pertenecer a Cristo.
Tu feminidad no es incidental. Es instructiva. Es lo más profundo de tu ser. Eres una imagen viviente de la relación de la Iglesia con su Salvador.
Y hay algo que quiero que toda mujer escuche: no necesitas estar casada para participar en esta historia. El matrimonio la pone bajo un reflector; hace que la imagen sea más visible y evidente. Pero toda mujer, casada o soltera, joven o anciana, representa la parte de la Novia en esta historia simplemente por ser mujer. No estás esperando al margen hasta que llegue un esposo para que tu feminidad tenga significado. Tú cuentas la historia cada día simplemente siendo quien Dios te creó para ser.
Cuando el enemigo borra y distorsiona las diferencias entre hombre y mujer, no solo está provocando caos social. Está vandalizando la imagen más hermosa que Dios pintó… Está oscureciendo el evangelio mismo.
Eso es lo que está en juego. Por eso esta pregunta importa.
¿Qué es una mujer?
En esta serie vamos a explorar una definición de la feminidad que está arraigada en las Escrituras, que celebra el diseño que Dios nos dio y nos dirige hacia nuestro propósito final. No es una construcción cultural ni una tradición de la iglesia ni la opinión de alguien. Es la definición teológica de una sola frase que iremos desarrollando juntas, parte por parte:
«Una mujer es la obra maestra viviente de Dios, formada a mano a Su imagen, creada intencionalmente mujer, con suavidad y belleza relacional para recibir y responder, dar a luz y nutrir vida— dando testimonio de la gloria de Jesús y de la gloria de Dios».
Lo sé. Es mucho que asimilar.
Y sé que algunas de ustedes escucharon la palabra «suavidad» y pensaron: «Eso no soy yo». O escucharon «recibir y responder» y algo dentro de ustedes se resistió. En un mundo que les dice a las mujeres que deben dominar, competir y tomar el control, esas palabras pueden parecer un retroceso.
Pero esto es lo que quiero que entiendas: esta definición no te reduce a un estereotipo ni te encierra en un molde de talla única. Dios creó una extraordinaria diversidad dentro de la feminidad: diferentes temperamentos, diferentes dones, diferentes llamados. Lo que esta definición describe son hilos. Hilos profundos tejidos en el diseño de cada mujer, sin importar su personalidad o preferencias. Hilos que te conectan con un propósito muchísimo más grande que tú misma.
Vamos a desarrollar cada frase de esta definición juntas, una por una. Y mi oración es que, al final, veas cada palabra no como una limitación, sino como una invitación. Una invitación hacia algo extraordinario.
Pero antes de llegar allí, quiero dejarte hoy con algo. Algo que espero pueda afirmarte en todo lo que viene después.
El mundo te bombardea constantemente con imágenes: Hollywood, las universidades, las redes sociales, la publicidad. Todo tirando de ti en distintas direcciones, dejándote confundida, agotada y sintiendo que nunca eres suficiente.
Pero esto es lo que quiero que sepas: hay una voz que atraviesa todo ese ruido. No porque sea más fuerte, sino porque es más profunda, más verdadera y más penetrante que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer. Una voz que hablaba antes de que existiera cualquier otra cosa. Una voz que nunca ha cambiado y jamás cambiará.
El autor de Hebreos lo describe así:
«Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón. No hay cosa creada oculta a Su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:12–13).
No hay criatura escondida de Él. Eres completamente conocida por el Dios que te creó.
Y no eres conocida como el mundo te conoce —por tu apariencia, tu rendimiento, tus logros o tu presencia en redes sociales—. No eres conocida parcialmente, ni condicionalmente, ni solo en tus mejores días. Eres completamente conocida. Conocida hasta lo más profundo de esas partes de ti que nunca le has mostrado a nadie: las dudas, las preguntas, las heridas, la silenciosa desesperación de nunca sentirte totalmente cómoda contigo misma.
Dios conoce todo eso. Y nada de eso lo hace apartarse de ti.
Dios no ve tu dolor y da un paso atrás. No ve tu quebranto y desvía la mirada. Él se acerca a ti. Con verdad. Con bondad. Con una Palabra viva y eficaz, capaz de alcanzar esos lugares a los que nada más puede llegar.
Su Palabra atraviesa el ruido: cada imagen que compite por definirte, cada estándar imposible, cada mensaje de tu pasado, cada esfuerzo desesperado por definirte a ti misma. Penetra hasta lo más profundo de quien Dios te creó para ser.
Así que esta es mi invitación: ven y exploremos juntas lo que Dios tenía en mente cuando te creó mujer. Veamos lo que Él dice. Examinemos Su diseño. Descubramos qué es la verdadera feminidad… según la voz de Aquel que nos creó.
Y quiero decirte lo que he visto suceder cuando las mujeres hacen exactamente eso. Cuando una mujer descubre lo que Dios tenía en mente al crearla —cuando realmente lo descubre, en las Escrituras y por sí misma—, algo cambia. El ruido comienza a disminuir. Las imágenes que compiten por definirla empiezan a perder poder. Y en su lugar, algo hermoso, firme y verdadero comienza a tomar forma. No es un estereotipo ni un molde rígido. Es algo vivo. Algo que encaja porque fue hecho para ti.
Eso es lo que espero para ti en esta serie: que al final puedas ver tu feminidad no como un problema que resolver, ni como una pregunta que evitar, ni como un campo de batalla sobre el cual pelear, sino como una gloria por descubrir. Que entiendas que Dios te creó mujer intencionalmente y con un propósito.
¿Qué es una mujer? El mundo teme responder esa pregunta. Pero Dios no.
Y Su respuesta es extraordinariamente hermosa.
Débora: Gracias, Mary.
La pregunta «¿Qué es una mujer?» puede sonar sencilla, pero, como Mary nos mostró hoy, la respuesta es profunda y urgente. La confusión de nuestra cultura acerca del género no es solo un debate académico; oscurece el evangelio mismo.
Y tú, ¿qué respondes cuando te preguntan «qué es una mujer»? Amada, la Palabra de Dios nos enseña que Su diseño para la mujer no es confuso ni una carga; antes bien es claro, firme y lleno de vida. Si quieres profundizar más en este tema, te invitamos a adquirir por una donación este mes de julio nuestro nuevo recurso digital «¿Qué es una mujer?», escrito por Mary Kassian. En él podrás profundizar mucho más en todo lo que estamos hablando en esta serie. Este recurso también incluye preguntas para reflexión personal y discusión en grupo. Para más información, visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com
Mañana, Mary comenzará a desarrollar la definición que estamos explorando en esta serie, comenzando con lo que significa ser «una obra maestra viviente formada por Dios». Ella mostrará cómo el diseño intencional de Dios para tu cuerpo femenino apunta a realidades espirituales que fuiste creada para reflejar. Descubrirás que tu feminidad no es algo aleatorio; es una gloria esperando ser descubierta.
Acompáñanos mañana mientras Mary continúa esta importante serie. Te esperamos en el próximo episodio de Aviva Nuestros Corazones.
Ayudándote a descubrir y abrazar el diseño de Dios para tu vida, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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