Día 103 | Juan 5
Hoy estamos leyendo juntas el capítulo 5 del Evangelio de Juan. Aquí pudimos conocer más acerca de Cristo, Su autoridad y Su unidad con el Padre. Vimos temas tan cruciales como la vida eterna, el juicio final y la resurrección futura, así como Su autoridad divina, Su poder para dar vida y Su rol como Juez eterno. También vimos cómo cada milagro apunta a Su identidad como el Hijo de Dios y el Mesías prometido.
La realidad es que pudiéramos escribir un libro con todo lo que hay en este capítulo, pero nos centraremos en las ideas centrales, de manera que podamos aplicarlas a nuestra vida diaria y que nos lleve a reflexionar sobre la condición actual de nuestro corazón. Así que, acompáñame a profundizar un poco en estos temas.
Curación de un paralítico en día de reposo
El capítulo comienza junto al estanque de Betesda: un …
Hoy estamos leyendo juntas el capítulo 5 del Evangelio de Juan. Aquí pudimos conocer más acerca de Cristo, Su autoridad y Su unidad con el Padre. Vimos temas tan cruciales como la vida eterna, el juicio final y la resurrección futura, así como Su autoridad divina, Su poder para dar vida y Su rol como Juez eterno. También vimos cómo cada milagro apunta a Su identidad como el Hijo de Dios y el Mesías prometido.
La realidad es que pudiéramos escribir un libro con todo lo que hay en este capítulo, pero nos centraremos en las ideas centrales, de manera que podamos aplicarlas a nuestra vida diaria y que nos lleve a reflexionar sobre la condición actual de nuestro corazón. Así que, acompáñame a profundizar un poco en estos temas.
Curación de un paralítico en día de reposo
El capítulo comienza junto al estanque de Betesda: un lugar lleno de enfermos esperando por un milagro. Entre ellos, un hombre llevaba treinta y ocho años paralítico. Esta es una de las siete señales milagrosas del evangelio de Juan, orquestada para mostrar quién es Jesús. En medio de supersticiones y esperanzas vacías, aparece Cristo, nuevamente buscando a quien nadie busca, un hombre abandonado que ni siquiera tenía a nadie que lo llevara al estanque cuando el agua era agitada. Vemos un hombre en soledad y angustia; y al Buen Pastor que busca a la oveja olvidada. Como en la promesa de Ezequiel 34, Él viene personalmente a sanar a quien nadie atiende. No necesitaba el agua del estanque; necesitaba a Cristo, la Fuente de vida.
Jesús le pregunta: «¿Quieres ser sano?», y diciéndole: «Levántate, toma tu camilla y anda». El hombre quedó sano y comenzó a andar. Una vez más vemos la soberanía de Su gracia: no fue la fe del hombre lo que lo salvó, fue la iniciativa del Salvador. Jesús da la palabra y lo que Él ordena sucede. El agua del estanque agitaba esperanzas humanas… pero Jesús ofrecía agua viva que transformaba desde adentro. El paralítico no necesitaba aquel estanque de Betesda; este hombre necesitaba a Jesús, la Fuente inagotable de agua que tiene poder para sanar, no solo el cuerpo físico, sino también el alma.
¿Estoy esperando que alguien me lleve al estanque, o he reconocido que Cristo ya vino a mí con poder para levantarme?
Este hombre en el estanque fue sanado el día de reposo, y los judíos, en lugar de dar gloria a Dios, lo señalaban diciendo: «Es día de reposo, y no te es permitido cargar tu camilla». Es increíble, 38 años en esa condición y ellos solo podían pensar en la ley, no había gracia en sus corazones, solo juicio. Ellos se aferraban al día de reposo… sin ver al Señor del reposo frente a ellos.
La ceguera espiritual de los líderes religiosos era tan grande que solo pensaban en cumplir reglas; no se deleitaban en el Autor de la ley, en el Dueño y Autor del reposo, Cristo. Es por esto que Jesús los corrige y les dice: «Hasta ahora Mi Padre trabaja, y Yo también trabajo». Sus palabras mostraban Su divinidad; Él es Dios y tiene toda la autoridad para obrar en sábado. Esta escena también nos recuerda que el verdadero descanso no está en un día, sino en una Persona: Cristo.
Los testimonios que confirman a Cristo
En esta sección, Jesús pronuncia una de las declaraciones más reveladoras sobre Su identidad: Él actúa en perfecta unidad con el Padre. No es un simple enviado: es el Hijo eterno, que hace todo lo que ve hacer al Padre. Esta afirmación fue escandalosa para los líderes religiosos, porque implicaba igualdad con Dios.
«Por eso Jesús les decía: “En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por Su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo de igual manera”».
Jesús declara que ha recibido del Padre autoridad suprema para dar vida a los muertos y para ejecutar juicio. Esto anticipa no solo Su poder para regenerar espiritualmente, sino también Su rol en el juicio final. Como profetizó Daniel 7, al «Hijo del Hombre» se le ha dado dominio, gloria y reino. Tomemos unos segundos para dar gracias. ¡Gracias, Cristo! ¡Gracias porque en Ti tenemos vida!
Esta es una invitación seria para considerar nuestra eternidad: Jesús afirma que llegará la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán Su voz. Algunos resucitarán para vida, y otros para condenación. Su voz no solo calma tormentas o sana enfermos… también convoca a los muertos. ¿Estamos oyendo Su voz hoy?
En la última parte de este capítulo, Jesús apela a varios testigos que validan Su identidad. En la cultura judía, el testimonio de dos o tres personas era necesario para confirmar cualquier verdad (Dt. 19:15), y aquí Cristo presenta cinco: el testimonio del Padre, el de Juan el Bautista, el de Sus propias obras, el de las Escrituras y el de Moisés. Todos coinciden en una sola cosa: Él es el Hijo de Dios, el Mesías prometido.
Sin embargo, los líderes religiosos se negaron a creer. Tenían conocimiento… pero sin fe. Buscaban la gloria de los hombres y no la gloria de Dios. Jesús los confronta con palabras directas: «¿Cómo pueden creer, cuando reciben gloria los unos de los otros, y no buscan la gloria que viene del Dios único?». La raíz de su incredulidad no era ignorancia, sino soberbia.
Amadas hermanas, este pasaje es una advertencia para nosotras también: podemos conocer la Biblia, podemos estudiar la Biblia, memorizar versículos, incluso enseñar a otras y aún perder de vista al Autor de la Biblia. Es importante estudiar la Palabra de Dios, pero si no la aplicamos correctamente, será solo mero conocimiento. Cuando la Escritura está obrando realmente en nuestros corazones, veremos a Cristo en todas partes, lo encontraremos en cada lectura, daremos frutos de arrepentimiento y estaremos en constante asombro de Su obra redentora por nosotras. Que nuestro estudio bíblico no nos lleve al orgullo, sino a la rendición. Que no sea solo acumulación de conocimiento, sino comunión con el Autor de la Palabra.
Para terminar, te quiero animar a escuchar esta alabanza que nos lleva a meditar en el valor incomparable de Jesús y que Él es digno de recibir toda honra, gloria y honor.
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