Día 128 | Hechos 3
Días después del derramamiento del Espíritu Santo y, por decirlo así, la inauguración de la Iglesia, los creyentes ya empiezan a vivir su fe en medio de su cotidianidad. Hoy vemos a Pedro y Juan que subían al templo a la hora de la oración, un lugar familiar y profundamente significativo para el pueblo judío. La fe cristiana no surge al margen de la historia de Israel, sino en su mismo corazón, mostrando que Dios estaba cumpliendo Sus promesas de manera plena en Jesucristo.
Cuando llegan allí, en la entrada del templo se encontraba un hombre cojo de nacimiento, el cual era conocido por todos, dependiente de la limosna diaria. Su condición no era temporal ni parcial: era una imposibilidad total. Como su cotidianidad era pedir a quien llegara, al ver a Pedro y Juan, hizo lo que siempre hacía: les pidió dinero. Y aquí viene lo sobrenatural, ¡viene …
Días después del derramamiento del Espíritu Santo y, por decirlo así, la inauguración de la Iglesia, los creyentes ya empiezan a vivir su fe en medio de su cotidianidad. Hoy vemos a Pedro y Juan que subían al templo a la hora de la oración, un lugar familiar y profundamente significativo para el pueblo judío. La fe cristiana no surge al margen de la historia de Israel, sino en su mismo corazón, mostrando que Dios estaba cumpliendo Sus promesas de manera plena en Jesucristo.
Cuando llegan allí, en la entrada del templo se encontraba un hombre cojo de nacimiento, el cual era conocido por todos, dependiente de la limosna diaria. Su condición no era temporal ni parcial: era una imposibilidad total. Como su cotidianidad era pedir a quien llegara, al ver a Pedro y Juan, hizo lo que siempre hacía: les pidió dinero. Y aquí viene lo sobrenatural, ¡viene un milagro! El milagro fue inmediato, visible y público. Pedro y Juan no tenían recursos materiales para ofrecerle, pero sí algo infinitamente mayor. En el nombre de Jesucristo el Nazareno, aquel hombre fue levantado y sanado por completo. El hombre caminaba, saltaba y alababa a Dios, y todos podían ver que algo extraordinario había ocurrido.
Ahora imagina el escenario: no estaban ellos 3 solos, esto ocurre en la entrada del Templo. Como era de esperarse, el asombro del pueblo fue grande, y con él surgió una tentación peligrosa: dirigir la atención hacia los instrumentos en lugar de hacia Dios. Pedro inmediatamente lo notó y no perdió la oportunidad, ni le dio lugar a su carne, y corrigió de inmediato esta idea. Dejó claro que aquel poder no provenía de ellos ni de su piedad, sino de Jesucristo. Aquel a quien habían entregado y negado, Dios lo había glorificado. Pedro presenta a Jesús con títulos cargados de significado: el Siervo de Dios, el Santo y Justo, el Autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos. El Cristo resucitado era la fuente del poder que había obrado aquel milagro. Y les expuso una vez más las Escrituras del Antiguo Testamento. No perdió un instante.
Y aquí empezamos a ver un enfoque muy diferente sobre los milagros, y es que, una vez más, el milagro abre la puerta para la proclamación del evangelio. Pedro no suaviza la realidad del pecado, pero tampoco niega la gracia. Llama al arrepentimiento y anuncia que, al volverse a Dios, vienen el perdón y los «tiempos de refrigerio» que proceden de Su presencia. La sanidad del cuerpo señalaba una verdad más profunda: Dios estaba ofreciendo restauración espiritual a través de Jesucristo.
Pedro les está hablando a judíos en el templo, recordándoles lo que se supone que deben saber; de una manera magistral, entonces les muestra que Jesús no era cualquier hombre, o alguien hereje como ellos lo querían pintar. De paso, aprovecha y apunta a los líderes religiosos como los responsables de la muerte, y el cumplimiento de todo lo que Dios había prometido. Desde Moisés hasta los profetas, la Escritura apuntaba a este Mesías que habría de venir. En Cristo, Dios estaba cumpliendo Su pacto y extendiendo bendición, comenzando por Su propio pueblo y alcanzando a todos los que respondieran al llamado del evangelio.
Pero lo más asombroso es que Pedro no los deja sin esperanza; les recuerda a ellos la promesa a Abraham de que todas las familias de la tierra serían benditas por medio de sus descendientes. Fue un resumen de todos los profetas y de cómo culminó con la llegada de Cristo.
Imagina por un momento esta escena. Y si te imaginas bien, ya sabes que va a tener consecuencias y esas las vamos a ver el día de mañana.
Pero hoy, para cerrar, Hechos 3 nos recuerda que la Iglesia no vive de su propia fuerza ni avanza por su reputación. Vivimos bajo la autoridad de un Cristo vivo, que sigue obrando con poder. Somos instrumentos en Sus manos, testigos de Su gracia, llamados a apuntar siempre hacia Él.
Cuando Dios obra, la gloria no se reparte ni se negocia: le pertenece solo a Él.
Para meditar:
- Al ver la condición del hombre cojo y la obra poderosa de Cristo, ¿qué me recuerda este pasaje acerca de mi completa dependencia del Señor?
- Pedro rechazó cualquier intento de exaltación personal. ¿Cómo reacciono yo cuando Dios obra a través de mi vida o me permite servirle de manera visible?
- El evangelio proclamado incluye confrontación y gracia. ¿Hay áreas en las que el Señor me está llamando hoy al arrepentimiento y a la restauración?
- Jesús es presentado como el centro de toda la historia redentora. ¿Cómo transforma esta verdad mi manera de leer la Biblia y entender la obra de Dios?
- Si otros observan mi vida, ¿a quién apuntan mis palabras, actitudes y decisiones: a mí o a Cristo?
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