Día 131 | Hechos 4
El libro de Hechos muestra el poder del evangelio en la vida de las personas y el poder del Espíritu para avanzar la obra. Los apóstoles predicaban a Cristo, Su vida, muerte y resurrección, sin temor a las consecuencias y con el poder del Espíritu Santo, declarándose testigos de lo que habían visto y oído. Ellos dijeron: «...y dieron muerte al Autorde la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos» (Hch. 3:15).
Y, como era de esperarse, después de la sanidad del hombre cojo, hoy vemos a Pedro y a Juan siendo arrestados y llevados ante los gobernantes, ancianos y escribas de Jerusalén. El mensaje que habían proclamado, la resurrección de Jesucristo, confrontaba directamente a las autoridades religiosas, especialmente a los saduceos, quienes no creían en la resurrección. Lo que para ellos era una amenaza, debía ser silenciado; pero lo que …
El libro de Hechos muestra el poder del evangelio en la vida de las personas y el poder del Espíritu para avanzar la obra. Los apóstoles predicaban a Cristo, Su vida, muerte y resurrección, sin temor a las consecuencias y con el poder del Espíritu Santo, declarándose testigos de lo que habían visto y oído. Ellos dijeron: «...y dieron muerte al Autorde la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos» (Hch. 3:15).
Y, como era de esperarse, después de la sanidad del hombre cojo, hoy vemos a Pedro y a Juan siendo arrestados y llevados ante los gobernantes, ancianos y escribas de Jerusalén. El mensaje que habían proclamado, la resurrección de Jesucristo, confrontaba directamente a las autoridades religiosas, especialmente a los saduceos, quienes no creían en la resurrección. Lo que para ellos era una amenaza, debía ser silenciado; pero lo que para los apóstoles era verdad, no podía ser callado. Muchos de los que oyeron el mensaje creyeron, así que el número de personas que habían creído ya era alrededor de cinco mil; entonces los líderes no estaban contentos.
Así que, cuando están ante el concilio, Pedro, lleno del Espíritu Santo, lejos de defenderse, proclamó con valentía que el hombre había sido sanado en el nombre de Jesucristo, a quien ellos habían crucificado, pero a quien Dios había resucitado de entre los muertos. Él dirigió toda la atención hacia Cristo, afirmando que no había poder ni salvación fuera de Él.
Al ser cuestionados sobre la autoridad por la cual hacían estas cosas, Pedro citó las Escrituras y declaró: «Este Jesús es la piedra que fue rechazada por ustedes, los constructores, pero que ha venido a ser la piedra angular». Aquel a quien los líderes desecharon, Dios lo había exaltado como fundamento único y definitivo. Cristo no era una opción más dentro del edificio religioso; Él era la piedra que sostiene toda la obra de Dios.
Con una claridad que no dejaba espacio para la neutralidad, Pedro afirmó: «En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos». El mensaje era exclusivo y confrontador: la salvación no se encontraba en el sistema religioso, ni en la obediencia externa, sino únicamente en Jesucristo.
La defensa de Pedro no fue política ni emocional; su denuedo dejaba a todos sorprendidos. Los gobernantes quedaron asombrados por el denuedo de Pedro y Juan, notando que habían estado con Jesús, sobre todo porque eran personas iletradas; no eran académicos ni seminaristas, eran sencillamente personas llenas del Espíritu de Dios, equipadas y enviadas por Él. Y para mostrar la veracidad del mensaje, Dios continuaba haciendo muchas señales y prodigios por medio de ellos, y ellos a su vez apuntaban a Jesucristo.
Aunque no podían negar el milagro evidente, los amenazaron para que no continuaran hablando en el nombre de Cristo. Sin embargo, los apóstoles respondieron con firmeza que debían obedecer a Dios antes que a los hombres.
Siempre surgirán opositores que intenten interrumpir o detener la obra de Dios, pero la responsabilidad del creyente es confiar en su Dios antes que temer a los hombres. Hoy aprendemos de los apóstoles que, en medio de la persecución, se regocijaban de ser considerados dignos de sufrir por Cristo. ¡Guau! Los apóstoles eran azotados, pero en lugar de sentirse como víctimas y levantar «quejas contra el gobierno», ellos se sentían privilegiados de sufrir «afrenta por Su Nombre».
Al ser puestos en libertad, Pedro y Juan regresaron a la comunidad de creyentes y les contaron lo sucedido. Entonces la iglesia, unánime, elevó su voz en oración, reconociendo a Dios como el Señor soberano, Creador de los cielos y de la tierra.
La llenura del Espíritu Santo nos da el valor para transmitir la Palabra de Dios sin diluir y sin temor a los que se oponen (¡los saduceos no creían en la resurrección y, por tanto, eran alérgicos a este mensaje!). Siempre tendremos personas que se oponen al mensaje del evangelio y harán todo por obstaculizarlo. Pero Dios tiene testigos fieles y llenos del Espíritu dispuestos a llevar el mensaje a donde Dios los mande. ¡Su obra no se detiene!
Dios no nos necesita, pero es un privilegio ser parte de lo que Él está haciendo. ¿Estás dispuesta a ir donde Él te envíe y sufrir por el evangelio?
El poder de una iglesia que ora
De nuevo vemos a la iglesia unánime, orando continuamente, reconociendo al Dios de los cielos y la tierra como el único que tiene el poder sobre todo. Es importante notar que cuando oraban no pedían protección, sino denuedo para llevar el mensaje.
En su oración recordaron que la oposición contra Cristo y Sus siervos no era un accidente, sino parte del plan soberano de Dios, tal como lo anunciaban las Escrituras:
«Se presentaron los reyes de la tierra, y los gobernantes se juntaron a una contra el Señor y contra Su Cristo. Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel, contra Tu santo Siervo Jesús, a quien Tú ungiste, para hacer cuanto Tu mano y Tu propósito habían predestinado que sucediera». —Hechos 4:26b–28
Lejos de intimidarlos, esta verdad fortaleció su fe. La presencia del Señor era tan evidente en medio de ellos que el lugar tembló. Esta presencia de Dios tan evidente les llenaba de valor; esta llenura era como la gasolina que necesitaban para continuar llevando el mensaje; y el Señor, a través del poder de Su Espíritu, continuaba agregando salvos a la iglesia, sanando y liberando para mostrar Su poder.
Una iglesia que no ora es una iglesia que no tiene poder para llevar a cabo la encomienda que Dios le ha dado de ser luz en medio de las tinieblas.
Hechos 4 nos muestra que la Iglesia avanza no por ausencia de oposición, sino por la presencia poderosa de Dios en medio de ella. La piedra angular, Cristo, sigue sosteniendo a Su pueblo; y el Espíritu Santo sigue capacitando a Sus testigos para anunciar el evangelio con fidelidad y denuedo.
Dios es el autor de la historia… y de tu historia. Puedes descansar en Su bondad, Su sabiduría y Sus planes soberanos para tu vida. Cuando el pueblo de Dios ora, reconociendo Su soberanía y dependiendo de Su poder, Él responde fortaleciendo corazones temerosos y usando a Sus siervos para que Su nombre sea exaltado.
Para meditar:
- ¿Cómo respondo cuando mi fe es confrontada o cuestionada? ¿Busco agradar a los hombres o permanecer fiel a Cristo?
- Pedro presentó a Jesús como la única piedra angular. ¿Hay áreas en las que intento construir mi vida sobre otros fundamentos?
- La iglesia oró pidiendo denuedo, no comodidad. ¿Qué suele ocupar el centro de mis oraciones hoy?
- Al recordar que Dios gobierna la historia, incluso en medio de la oposición, ¿cómo descansa mi corazón en Su soberanía?
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