Día 14 | Mateo 10
En Mateo 10 vemos a Jesús llamando a los doce discípulos, a quienes también llama apóstoles—es decir, enviados, mensajeros con una misión específica. Sus nombres nos recuerdan que Dios no escoge a los más capacitados según los estándares del mundo, sino que capacita a los que llama:
- Simón Pedro (o Cefas) = uno de los primeros discípulos, hermano de Andrés. Pescador.
- Andrés = pescador, hermano de Pedro. Introdujo a Pedro a Jesús.
- Jacobo (hijo de Zebedeo) = pescador, hermano de Juan. Jesús les llamaba a él y a su hermano «Hijos del Trueno».
- Juan = hermano de Jacobo, pescador; «el discípulo amado».
- Felipe = uno de sus primeros discípulos.
- Bartolomé (Natanael). Felipe lo introdujo a Cristo.
- Tomás = el que quiso ver las heridas de Jesús para creer; incrédulo por un momento pero transformado por la verdad.
- Mateo = recaudador …
En Mateo 10 vemos a Jesús llamando a los doce discípulos, a quienes también llama apóstoles—es decir, enviados, mensajeros con una misión específica. Sus nombres nos recuerdan que Dios no escoge a los más capacitados según los estándares del mundo, sino que capacita a los que llama:
- Simón Pedro (o Cefas) = uno de los primeros discípulos, hermano de Andrés. Pescador.
- Andrés = pescador, hermano de Pedro. Introdujo a Pedro a Jesús.
- Jacobo (hijo de Zebedeo) = pescador, hermano de Juan. Jesús les llamaba a él y a su hermano «Hijos del Trueno».
- Juan = hermano de Jacobo, pescador; «el discípulo amado».
- Felipe = uno de sus primeros discípulos.
- Bartolomé (Natanael). Felipe lo introdujo a Cristo.
- Tomás = el que quiso ver las heridas de Jesús para creer; incrédulo por un momento pero transformado por la verdad.
- Mateo = recaudador de impuestos, despreciado en su tiempo, y al que Jesús llama a seguirle.
- Jacobo = hijo de Alfeo.
- Tadeo (Judas) = hermano de Jacobo, hijo de Alfeo.
- Simón = el Zelote, radical en su ideología.
- Judas Iscariote = el traidor, recordatorio de que no todos los que siguen a Jesús externamente están comprometidos de corazón.
Dios no llamó a los sabios, a los maestros de la ley, ni a los influyentes de su época. Llamó a hombres comunes y simples a los ojos del mundo. Eso sigue siendo verdad hoy. A veces pensamos: «¿Y si Dios salvara a una celebridad como Oprah Winfrey o a alguien con gran influencia? ¡Qué útil sería para el Reino!». Pero Dios no necesita la fama para hacer avanzar Su obra. Él se glorifica usando a personas ordinarias con corazones dispuestos. Personas como tú y como yo.
Veamos juntas lo que nos enseña el capítulo de hoy.
1. Dios nos llama, nos equipa y nos envía.
Jesús dio autoridad a Sus discípulos, no porque ellos la merecieran, sino porque la necesitaban para cumplir la misión. Él hace lo mismo hoy: nos llama y luego nos equipa con Su Espíritu para llevar Su mensaje. Nos envía a anunciar que «el Reino de los cielos se ha acercado» a sanar, a consolar y a proclamar libertad a los cautivos (Lucas 4:18).
Él nos da instrucciones y nos manda a anunciar las buenas nuevas del evangelio en donde nos envía, sin considerar el costo. Debemos dar lo que de gracia hemos recibido y Él se encarga de proveer. Él solo requiere fidelidad en la encomienda.
Nuestra misión es clara: anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable (1 Pedro 2:9). No es una opción o un evento de domingo. Es un nuevo llamado; un nuevo estilo de vida.
2. El llamado conlleva oposición y sufrimiento.
Jesús no oculta la realidad: el camino del discipulado es costoso. Seremos como ovejas en medio de lobos. Seremos rechazados, aun por los más cercanos.
Estaremos viviendo entre personas que no lo reconocen como Dios, y por tanto, seremos repudiados por muchos. Incluso los miembros de nuestras propias familias pudieran considerarnos sus enemigos. Pero no debemos temerle a los hombres, sino a Dios. «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí», dice el versículo 38. Nuestra lealtad debe estar con Él por encima de los hombres, aunque se sacrifiquen relaciones.
Esto va en contra del «evangelio barato» que se predica hoy —uno que promete comodidad, prosperidad y éxito, pero evita hablar del costo. El discipulado es costoso; conlleva perder nuestra vida como la conocemos, perder lo que valoramos en esta tierra para ganar algo mucho más valioso. Cristo nos llama a perder nuestra vida para encontrarla en Él, a morir a nosotras mismas para que Su vida se manifieste en nosotras (Filipenses 3:10).
3. El sufrimiento nos prueba.
Dios, en Su sabiduría, permite que pasemos por momentos de impotencia, dolor o desesperación. Pero esas pruebas no son un accidente, son herramientas para formar nuestro carácter, purificar nuestra fe y recordarnos que Él es la única fuente verdadera de sanación y salvación.
Al igual que Cristo seremos vituperados y experimentamos sufrimiento, pero no hay que temer porque «nuestros cabellos están contados». Él cuida de nosotros.
4. Compasión en acción.
Jesús se acercaba a los marginados. Él tocaba a los intocables, escuchaba a los despreciados, restauraba a los que otros evitaban. Ese es nuestro modelo. Nosotras también hemos sido llamadas a acercarnos a los marginados, a sentarnos con ellos, a escuchar, y a hablar palabras de vida. No podemos simplemente mirar desde lejos a los que están en la misma oscuridad de la que Dios nos sacó.
5. ¿Estamos cumpliendo la misión?
Cristo tenía claro Su propósito, y lo vivió con intención. Nosotras debemos preguntarnos:
- ¿Estoy invirtiendo mi tiempo sabiamente?
- ¿Estoy anunciando el evangelio?
- ¿Estoy siendo un instrumento de libertad y sanidad para otros?
- ¿Estoy cumpliendo mi parte en hacer discípulos, aun en medio de mis dificultades?
Mateo 10 nos recuerda que nuestra lealtad debe estar con Cristo, aunque implique sacrificio, pérdida o rechazo. La misión vale la pena porque Aquel que nos llamó es digno. Su poder, provisión y cuidado están con nosotras. Él cuenta nuestros cabellos, Él no nos abandona.
Pensemos por unos momentos:
- ¿A dónde iremos?
- ¿A quién iremos?
- ¿Dónde encontramos refugio?
- ¿Por cuál causa vale la pena vivir y morir?
Que nuestra respuesta sea como la de Pedro:
«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68).
Solo Jesús es el camino, la verdad y la vida. Solo Él puede transformar corazones, comenzando por el nuestro. Toma tu cruz, síguelo y haz discípulos. Aun en medio del cansancio, la prueba o la oposición, recuerda: Él está contigo. Siempre.
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