Día 157 | Salmo 89, 90
La eterna fidelidad de Dios
En este salmo, Etán el ezraíta nos recuerda una verdad fundamental: que la fidelidad de Dios es inquebrantable. Este es un atributo fundamental del carácter de nuestro Buen Padre. Sin ella, nuestra vida sería miserable; no tendríamos ninguna esperanza. ¿Has considerado la fidelidad de Dios en tu vida y cómo esta es una muestra poderosa de Su misericordia para ti?
En la primera parte de este salmo podemos apreciar que, como hijas del Dios Altísimo, tenemos el privilegio de clamar a Él en todo momento. En medio de las circunstancias difíciles en esta vida podemos clamar: «Mi Padre eres Tú, mi Dios y la roca de mi salvación». ¡Qué consuelo saber que tenemos un Padre celestial que nos cuida y nos ama con amor eterno! Y una muestra de Su amor es el pacto que juró a David, Su siervo: «Para siempre conservaré …
La eterna fidelidad de Dios
En este salmo, Etán el ezraíta nos recuerda una verdad fundamental: que la fidelidad de Dios es inquebrantable. Este es un atributo fundamental del carácter de nuestro Buen Padre. Sin ella, nuestra vida sería miserable; no tendríamos ninguna esperanza. ¿Has considerado la fidelidad de Dios en tu vida y cómo esta es una muestra poderosa de Su misericordia para ti?
En la primera parte de este salmo podemos apreciar que, como hijas del Dios Altísimo, tenemos el privilegio de clamar a Él en todo momento. En medio de las circunstancias difíciles en esta vida podemos clamar: «Mi Padre eres Tú, mi Dios y la roca de mi salvación». ¡Qué consuelo saber que tenemos un Padre celestial que nos cuida y nos ama con amor eterno! Y una muestra de Su amor es el pacto que juró a David, Su siervo: «Para siempre conservaré Mi misericordia… y Mi pacto le será confirmado».
Este pacto no era cualquier promesa. Dios había jurado que el trono de David permanecería para siempre. Sin embargo, al ver el reino debilitado y al ungido humillado, surge una pregunta inevitable: ¿cómo se sostiene esta promesa frente a una realidad que parece negarla?
El mismo pasaje nos dirige a la respuesta. A lo largo de este salmo, vemos que la expresión «para siempre» se repite una y otra vez, recordándonos que la fidelidad de Dios no es momentánea ni limitada, sino eterna. Su pacto no depende de las circunstancias, sino de Su carácter inmutable. Y ese mismo carácter es el que el salmista exalta en los versículos 9-15, donde vemos al Dios que domina la soberbia del mar y aplasta a Sus enemigos; al Dios que fundó el mundo, cuyo brazo es fuerte y Su mano es poderosa. ¿Qué mayor muestra de fidelidad que la de un Dios que gobierna sobre todo y cuyo fundamento de Su trono son la justicia y el derecho?
Es un gran consuelo saber que, no importa cuán difícil sea la situación en la que nos encontremos en este momento, podemos seguir afirmando que el Señor es fiel y que Él es nuestro escudo, aun cuando las circunstancias parezcan decir lo contrario.
Cuando la fidelidad de Dios parece fallar
Al llegar al versículo 38, el tono del salmo cambia drásticamente. No se sabe exactamente cuál fue la crisis que estaba sucediendo en el momento en que este salmo se escribió. Pero claramente hay un contraste entre la primera parte y la segunda mitad del salmo que muestra que algo provocó este clamor de desesperación.
El lenguaje que utiliza el salmista en esta sección es fuerte. Describe una realidad en la que el ungido parece rechazado, su corona derribada y el reino en ruinas. Lo que está viendo entra en tensión con las promesas que Dios había hecho, al punto de que la fidelidad proclamada al inicio ahora parece estar en duda. Sus palabras contrastan con la confianza expresada al principio. Sin embargo, es importante notar que, aun en medio de esta crisis, él sabía que Dios no había roto Su pacto, aunque sus sentimientos le dijeran lo contrario.
Esto nos lleva al clamor central del salmo: ¿Dónde está Tu fidelidad, Señor? ¿Dónde están las misericordias que juraste? El salmista no formula estas preguntas desde un corazón incrédulo, sino desde una fe que no entiende lo que ve.
Justo al final del versículo 45, luego de que el salmista ha derramado el dolor de su corazón ante el Señor, ahora presenta su súplica. Lee de nuevo los versículos 46-49.
En ellos vemos expresado un clamor por rescate y, al mismo tiempo, una oración que pide y anhela por la restauración de las misericordias pasadas de Dios. En medio de las crisis en nuestras vidas, ¿clamamos de esta manera? ¿Clamamos en dolor, pero con la fe de que Dios no es ajeno a nuestras agonías y que Su fidelidad está cerca, aunque nuestros sentimientos nos digan lo contrario?
La fidelidad de un Dios que nunca falla
Este salmo nos deja en una tensión que no se resuelve completamente aquí. El pacto con David parecía estar en ruinas, pero no roto. ¡Dios no había fallado! En la Biblia, a lo largo de la historia redentora, podemos ver que este pacto apuntaba a un Rey mayor: ¡Jesús! Cuando todo parecía perdido, Él vino como el cumplimiento perfecto de ese pacto. En Él, la fidelidad de Dios no falla, aun cuando no podemos verla.
El último versículo de este salmo dice: «¡Bendito sea el Señor para siempre! Amén y amén». Esta es, en pocas palabras, una firme declaración de confianza, fe y firmeza en el carácter fiel de un Dios que NUNCA cambia, aunque las crisis, el dolor y el desaliento en nuestras vidas arrecien. ¿Lo crees? Amada, la fe bíblica no ignora la tensión entre lo que Dios promete y lo que vemos; nos enfoca en donde tenemos que mirar.
Aunque en el momento del salmista no había una respuesta visible, hoy sabemos que esa promesa no falló. Dios cumplió Su pacto en Cristo, el Rey eterno, aun cuando todo parecía perdido.
Salmo 90
El salmo 90, escrito por Moisés, es el más antiguo del salterio. Moisés, el hombre del que sabemos que conocía íntimamente a Dios. Contrasta la eternidad de Dios y la fugacidad del hombre. Es una oración profunda de su corazón donde expresa parte de lo que han vivido en el desierto y un clamor de exaltación y peticiones al Señor.
Nancy DeMoss Wolgemuth comenta lo siguiente: «Las Escrituras dicen que Dios habló con él cara a cara como un hombre habla con su amigo. Cuando tú y yo vamos a orar, vamos a un Dios que nos conoce íntimamente, y a un Dios que nos invita a venir a conocerlo personalmente. Así que vamos a ver un intercambio tierno y honesto en esta oración entre Moisés y su Dios».
En esta oración, Moisés inicia diciendo: «Señor, Tú has sido un refugio para nosotros de generación en generación. Antes de que los montes fueran engendrados y nacieran la tierra y el mundo, desde la eternidad hasta la eternidad, Tú eres Dios». En este primer versículo no solo podemos apreciar la profunda relación que había entre Moisés y su Dios, sino también el entendimiento que él tenía de que Dios había sido su ayuda y la del pueblo no desde que los sacó de Egipto, sino desde tiempos pasados, «de generación en generación».
En el versículo 3 vemos que Dios hace que el hombre vuelva al polvo. No es solo el malvado, es la realidad de toda la humanidad: nuestra vida es breve y está bajo la sentencia de muerte. Estas cosas Moisés las vio con sus propios ojos, desde el juicio de Dios en Egipto hasta la desobediencia constante del pueblo de Israel. El mensaje es claro: el Dios que hizo todas las cosas es digno de ser temido. Dios no es un Dios indiferente al hombre y sus obras. Él mismo se encarga de proclamar juicio. Amada, nuestro Dios es digno de temor reverente. ¡Él es santo, santo, santo!
Siguiendo esa misma línea, en los versículos 4 al 8 se nos invita a recordar lo que sucedió con el pueblo de Israel en el desierto. Hubo tiempos en los que ellos fueron consumidos por Su ira y turbados por Su furor. Toda una generación murió en el desierto porque Dios ejecutó juicio por causa de las maldades que ellos habían cometido. Y como Dios es justo, podemos entonces afirmar que Su juicio no fue injusto ni desmedido, sino una respuesta santa frente al pecado.
Tomando lo anterior en cuenta, querida hermana, necesitamos recordar la brevedad de nuestra vida. Muchas veces vivimos pensando que duraremos para siempre. Pero los versículos 5 y 6 nos recuerdan la realidad de que, en cualquier momento, nuestra vida aquí terminará: «Son como la hierba que por la mañana reverdece; por la mañana florece y reverdece; y al atardecer se marchita y se seca…». De la misma manera, en los versículos 9 y 10 somos recordadas de nuestra fragilidad y nuestro tiempo limitado en esta vida en comparación con la eternidad de Dios. Ciertamente: «Acabamos nuestros años como un suspiro».
Es por eso que necesitamos vivir a la luz de la eternidad. En el versículo 12 se nos invita a hacer esto y a pedir a Dios por sabiduría en este sentido: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». Escucha lo que Nancy DeMoss Wolgemuth comenta: «Si vamos a vivir correcta y sabiamente, necesitamos ver nuestros años, nuestros días, nuestras horas y nuestros momentos desde el punto de vista de Dios… Esta tierra es solo la orilla del mar. Es un campamento. Somos peregrinos simplemente de paso por aquí, de camino a nuestro verdadero hogar».
Al finalizar su oración a Dios, Moisés pide por misericordia y bendición. Lee de nuevo los versículos 13 al 17. En estos versículos vemos a Moisés clamar por la misericordia de Dios. Después de reconocer la brevedad de la vida y la realidad del juicio, su petición no es por una vida más larga, sino por una vida llena de la presencia de Dios.
«Sácianos por la mañana con Tu misericordia».
Él entiende que solo Dios puede dar verdadero gozo, aun en medio de un mundo marcado por la fragilidad y el dolor.
Finalmente, Moisés termina pidiendo: «Confirma, pues, sobre nosotros la obra de nuestras manos; sí la obra de nuestras manos confirma». Esto nos recuerda que, aunque nuestra vida es breve, cuando es vivida en dependencia de Dios, tiene un propósito eterno. Amada, vivir sabiamente no es vivir más tiempo, sino vivir cada día a la luz de la eternidad, dependiendo de la misericordia de Dios.
Amada hermana, los salmos 89 y 90 nos enseñan que no siempre entenderemos lo que Dios hace, y nuestra vida es demasiado breve para pretender controlarlo todo. Pero podemos vivir sabiamente cuando confiamos en el Dios eterno, aun en medio de un mundo caído.
Para meditar:
- ¿En qué áreas de tu vida estás luchando por creer que Dios sigue siendo fiel, porque las circunstancias parecen contradecirlo?
- ¿Cómo cambiaría tu manera de enfrentar las dificultades si recordaras constantemente que Dios es inmutable?
- ¿Cómo fortalece tu fe saber que Jesús es el cumplimiento perfecto del pacto que parecía estar en ruinas?
- ¿Tu vida refleja un temor reverente hacia Dios o una familiaridad descuidada?
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