Respeto por las autoridades
Después de mostrarnos en Romanos 12 cómo luce una vida rendida a Cristo dentro de la comunidad de fe, Pablo nos lleva ahora a otro escenario donde también debe verse el evangelio: nuestra relación con la autoridad civil.
La fe cristiana no se queda en lo privado, ni se limita a lo que hacemos dentro de la iglesia; una vida gobernada por la verdad de Dios también se refleja en la manera en que vivimos como ciudadanas, en cómo respetamos el orden, cómo cumplimos nuestras responsabilidades y cómo damos testimonio de Cristo en medio de una sociedad caída. Sobre todo en una sociedad que actualmente lo que promueve es el rebelarse contra todo lo que suene a autoridad, donde se burlan de los mayores y donde el ser insolente es celebrado.
Entonces aquí nos encontramos en Romanos 13; Pablo introduce este nuevo ámbito …
Respeto por las autoridades
Después de mostrarnos en Romanos 12 cómo luce una vida rendida a Cristo dentro de la comunidad de fe, Pablo nos lleva ahora a otro escenario donde también debe verse el evangelio: nuestra relación con la autoridad civil.
La fe cristiana no se queda en lo privado, ni se limita a lo que hacemos dentro de la iglesia; una vida gobernada por la verdad de Dios también se refleja en la manera en que vivimos como ciudadanas, en cómo respetamos el orden, cómo cumplimos nuestras responsabilidades y cómo damos testimonio de Cristo en medio de una sociedad caída. Sobre todo en una sociedad que actualmente lo que promueve es el rebelarse contra todo lo que suene a autoridad, donde se burlan de los mayores y donde el ser insolente es celebrado.
Entonces aquí nos encontramos en Romanos 13; Pablo introduce este nuevo ámbito en el que debe manifestarse el evangelio. Nos llama a someternos a las autoridades, porque «no hay autoridad sino de Dios». Esto incluye obedecer las leyes, pagar impuestos y cumplir con nuestras responsabilidades como ciudadanas.
Someterse significa «ponerse debajo de»; es la disposición del corazón a obedecer y acatar las ordenanzas de las autoridades, recordando que esa autoridad ha sido constituida y delegada por Dios para el buen funcionamiento de la sociedad. Pero ojo, esto no quiere decir que todo gobierno sea justo, ni que toda autoridad actúe correctamente.
Pablo no está idealizando al gobierno. De hecho, los creyentes romanos vivían bajo el dominio de Nerón, un emperador conocido por su crueldad. Para ellos, obedecer esta exhortación no era algo cómodo ni sencillo.
Pero el llamado seguía siendo el mismo.
MacArthur destaca que esto era especialmente difícil para los cristianos que vivían bajo el dominio de Nerón, un emperador conocido por su crueldad. Sin embargo, Pablo les exhorta a obedecer en todo aquello que no contradiga los mandamientos de Dios. En casos en que las autoridades civiles exigen algo contrario a la ley divina, los cristianos deben obedecer a Dios antes que a los hombres, como se ve en Hechos 5:29.
Esto nos ayuda a mantener el equilibrio: no vivimos como rebeldes ni como personas indiferentes al orden social, pero tampoco rendimos nuestra conciencia al Estado. Nuestra obediencia civil también debe estar bajo el señorío de Cristo.
Cuando cumplimos nuestras responsabilidades como ciudadanas, cuando honramos lo que debe ser honrado, cuando pagamos lo que corresponde, cuando actuamos con integridad incluso cuando nadie nos está mirando, estamos viviendo una forma concreta de adoración. No se trata solo de «cumplir con el sistema»; se trata de reconocer que Dios gobierna aun sobre las estructuras humanas.
Jesús mismo nos enseñó a dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:21). Y eso nos recuerda que nuestra vida en este mundo debe vivirse con fidelidad, pero sin olvidar a quién pertenecemos primero.
Somos ciudadanas del reino de Dios viviendo temporalmente en la tierra.
Sin embargo, esta sumisión no es ciega ni absoluta. La autoridad civil es delegada, no suprema. Cuando el gobierno exige lo que Dios prohíbe, o prohíbe lo que Dios manda, el creyente debe responder como los apóstoles: «Debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres».
La deuda permanente del amor
Pablo no se queda en el tema de la autoridad. Después de hablar de impuestos, tributos, respeto y honra, nos lleva a una deuda que nunca terminamos de pagar: el amor al prójimo. El amor verdadero no hace daño al prójimo. Por eso, cumple la ley.
Esto no es un sentimentalismo superficial, sino una vida que busca el bien del otro. Una vida que no roba, no adultera, no mata, no codicia, no usa al otro, no vive centrada en sí misma. Aquí vemos nuevamente que la vida cristiana no se trata solo de cumplir reglas externas. Una mente renovada y un corazón formado por la verdad de Dios aprenden a vivir en amor.
Ese amor se expresa en lo cotidiano: en cómo tratamos a otros, cómo respondemos, cómo pagamos lo que debemos, cómo honramos, cómo servimos y cómo vivimos en sociedad.
Y esto también aplica cuando debemos responder ante leyes, ideas o sistemas que se levantan contra la verdad de Dios. La sumisión bíblica no significa pasividad espiritual. Podemos hablar, argumentar, participar, defender la verdad y hacer el bien; pero debemos hacerlo de una manera que refleje a Cristo: con mansedumbre, respeto, firmeza y paz.
No respondemos con la misma dureza del mundo. Somos llamadas a ser sal y luz.
No todas tendremos una plataforma pública o influencia social visible, pero todas podemos vivir fielmente en el lugar donde Dios nos ha puesto. A veces nuestro aporte será visto por muchos; otras veces será una decisión íntegra en secreto, una conversación fiel, una postura firme, una vida que rehúsa conformarse al mundo.
La fidelidad pequeña también importa delante de Dios.
Despiertas y revestidas de Cristo
En los versículos 11–14, Pablo nos da la razón de por qué debemos vivir así: el tiempo es corto.
La noche está avanzada y el día se acerca. Esto significa que no vivimos dormidas espiritualmente, ni distraídas por los deseos de la carne, ni anestesiadas por la corriente del mundo. Vivimos a la luz de Su venida.
Mientras más oscura parece la noche, más cerca está la redención gloriosa.
Por eso Pablo nos llama a desechar las obras de las tinieblas y vestirnos con las armas de la luz. No alimentamos la carne con aquello que sabemos que nos arrastra al pecado. No hacemos provisión para nuestros deseos desordenados. No jugamos con aquello que debilita nuestra obediencia.
Nos vestimos del Señor Jesucristo. Y vestirnos de Cristo significa que nuestra vida debe reflejar a Aquel a quien pertenecemos: Su carácter, Su humildad, Su pureza, Su obediencia, Su amor y Su verdad.
Romanos 13 nos recuerda que una vida rendida a Cristo no se vive solamente en lo privado. Se manifiesta en la sociedad, en la forma en que respondemos a la autoridad, en cómo cumplimos nuestras responsabilidades, en cómo amamos al prójimo y en cómo vivimos esperando el regreso del Señor.
No somos llamadas a vivir dormidas, conformadas al mundo o alimentando la carne. Somos llamadas a vivir despiertas, revestidas de Cristo, como mujeres que saben que el día se acerca.
Y mientras esperamos, obedecemos.
- Amamos.
- Honramos.
- Servimos.
Vivimos como ciudadanas del Reino, dando testimonio del Rey que gobierna sobre todo.
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