El capítulo 15 continúa el tema que Pablo venía desarrollando en Romanos 14: cómo vivir en comunidad cuando hay diferencias entre creyentes. Después de hablar de los fuertes y los débiles, de la libertad cristiana, de la conciencia y de la necesidad de no destruir la obra de Dios por asuntos secundarios, Pablo nos lleva ahora a una conclusión profundamente práctica: la madurez cristiana no se demuestra en exigir nuestros derechos, sino en estar dispuestas a cargar con las debilidades de otros por amor.
El capítulo 15 continúa con el tema de la unidad, y es la conclusión del contenido doctrinal de la epístola. Pablo insta a los fuertes a que no se agraden a sí mismos, sino que soporten las debilidades de los débiles, tal como Cristo lo hizo por todos nosotros.
Cuando Pablo dice que los fuertes deben soportar las flaquezas de los débiles, no está …
El capítulo 15 continúa el tema que Pablo venía desarrollando en Romanos 14: cómo vivir en comunidad cuando hay diferencias entre creyentes. Después de hablar de los fuertes y los débiles, de la libertad cristiana, de la conciencia y de la necesidad de no destruir la obra de Dios por asuntos secundarios, Pablo nos lleva ahora a una conclusión profundamente práctica: la madurez cristiana no se demuestra en exigir nuestros derechos, sino en estar dispuestas a cargar con las debilidades de otros por amor.
El capítulo 15 continúa con el tema de la unidad, y es la conclusión del contenido doctrinal de la epístola. Pablo insta a los fuertes a que no se agraden a sí mismos, sino que soporten las debilidades de los débiles, tal como Cristo lo hizo por todos nosotros.
Cuando Pablo dice que los fuertes deben soportar las flaquezas de los débiles, no está hablando de tolerarlos con fastidio ni de mirarlos como una carga incómoda. La idea es cargar, sobrellevar, poner el hombro, procurar el bien espiritual del otro.
Y esto confronta nuestro corazón.
Porque muchas veces queremos usar nuestra libertad, defender nuestra opinión, proteger nuestra comodidad o demostrar que tenemos razón. Pero Pablo nos recuerda que la madurez cristiana no pregunta primero: «¿Tengo derecho a hacer esto?», sino: «¿Esto edifica? ¿Esto ama? ¿Esto ayuda a mi hermana a caminar más cerca de Cristo?».
La libertad cristiana no es una excusa para agradarnos a nosotras mismas. Es una oportunidad para amar mejor.
Cristo es nuestro ejemplo supremo. Él no usó Su gloria, Su autoridad ni Su libertad para servirse a Sí mismo; Él cargó con lo que nosotras jamás podríamos cargar. Recibió vituperios, sufrimientos, rechazo y finalmente la cruz. Si Él, siendo Señor, se entregó por amor, ¿cómo no vamos nosotras a renunciar a nuestra comodidad para edificar a otros?
La vida cristiana no se trata de complacernos a nosotras mismas, sino de vivir como mujeres rendidas a Cristo, formadas por Su amor y dispuestas a servir al cuerpo que Él compró con Su sangre.
Las Escrituras producen esperanza
Pablo también destaca que todo lo escrito en el Antiguo Testamento fue para nuestra enseñanza, para que a través de la paciencia y el consuelo de las Escrituras podamos tener esperanza. Cuando ambos grupos, fuertes y débiles, practican estos principios, se crea una unidad que glorifica a Dios.
Este versículo es precioso para nosotras, especialmente en este recorrido de lectura bíblica. Pablo nos recuerda que lo escrito antes no fue dado solo para informar nuestra mente, sino para sostener nuestro corazón.
- Las Escrituras nos enseñan.
- Nos corrigen.
- Nos consuelan.
- Nos forman en paciencia.
- Nos enseñan a esperar.
Cuando miramos la historia redentora, vemos una y otra vez la fidelidad de Dios. Vemos Su paciencia con Su pueblo, Su misericordia en medio de la rebelión, Su soberanía en medio del caos y Su promesa cumplida en Cristo. Y eso produce esperanza.
No una esperanza superficial, como si simplemente esperáramos que todo mejore pronto. Es una esperanza anclada en el carácter de Dios. Una esperanza que nace al ver que el Dios que sostuvo a Su pueblo antes, sostiene también a Su Iglesia hoy.
Por eso necesitamos la Palabra. No como un accesorio espiritual, sino como el alimento que nos enseña a perseverar cuando la unidad es difícil, cuando amar cuesta, cuando sobrellevar a otros nos confronta y cuando nuestro corazón quiere agradarse a sí mismo.
Recibidas para recibir
El versículo 7 resume el corazón de esta sección: «Por tanto, acéptense los unos a los otros, como también Cristo nos aceptó para la gloria de Dios».
Esta frase debe detenernos.
La medida de nuestra aceptación hacia otros no es cuánto se parecen a nosotras, cuánto coinciden con nuestras preferencias, cuánto entienden nuestra libertad o cuánto comparten nuestra forma de ver asuntos secundarios. La medida es esta: Cristo nos recibió.
Y si Cristo nos recibió cuando éramos débiles, pecadoras, necesitadas, inmaduras y completamente dependientes de Su gracia, ¿cómo no vamos a recibir a nuestras hermanas desde esa misma gracia?
- No recibimos a otros porque nunca fallan.
- No los recibimos porque piensan igual que nosotras.
- No los recibimos porque no nos incomodan.
Los recibimos porque Cristo nos recibió primero.
Y Pablo dice que esto es para la gloria de Dios. La unidad de la iglesia no es solo para que tengamos un ambiente más agradable; es para que Dios sea glorificado. Cuando fuertes y débiles aprenden a recibirse, a sobrellevarse, a caminar en amor y a no destruirse por asuntos secundarios, la iglesia se convierte en una voz unida que exalta al Dios que nos recibió en Cristo.
Judíos y gentiles unidos en esperanza
En los versículos 8-13, Pablo muestra cómo Cristo, la raíz de Isaí, vino primero a los judíos para confirmar las promesas hechas a los patriarcas, y luego extendió la salvación a los gentiles. Carson destaca que esta referencia a la inclusión de los gentiles no es solo una expansión del plan redentor de Dios, sino también una confirmación de Su fidelidad a las promesas del Antiguo Testamento.
Pablo no abandona el hilo que venía desarrollando en los capítulos anteriores. La unidad entre fuertes y débiles dentro de la iglesia apunta a algo más grande: el plan de Dios de reunir judíos y gentiles en un solo pueblo que glorifique Su nombre.
Cristo vino como siervo de los judíos para confirmar las promesas hechas a los patriarcas. Dios no olvidó lo que prometió. No improvisó. No cambió de plan. Él fue fiel.
Pero esas promesas también apuntaban a algo más amplio: que los gentiles glorificarían a Dios por Su misericordia. Pablo incluso cita el Salmo 117 en Romanos 15:11 para mostrar que los gentiles también son incluidos en la alabanza al Dios verdadero: «Alaben al Señor todos los gentiles, y todos los pueblos lo alaben». En Cristo, la promesa hecha a Abraham se expande a las naciones. Por medio de Su muerte y resurrección, personas de todo pueblo, lengua y nación son llamadas a adorar al Señor. Nosotras, que no éramos pueblo, fuimos incluidas por gracia. Fuimos recibidas, injertadas, hechas parte de una historia que no comenzó con nosotras, pero que por misericordia nos alcanzó.
Esto debe producir humildad. Nosotras no entramos por mérito, ni por linaje, ni por capacidad, ni por obediencia perfecta. Entramos por misericordia.
Y si fuimos recibidas por misericordia, entonces debemos vivir extendiendo misericordia.
El Dios de esperanza
Al considerar cómo Dios ha obrado en el pasado, cómo obra en el presente y cómo seguirá obrando en el futuro, el creyente debería experimentar gozo, paz y una abundancia de esperanza, sabiendo que todo está bajo el plan soberano de Dios. Carson sugiere que este énfasis en la esperanza no es solo un sentimiento optimista, sino una confianza activa en la obra redentora de Cristo, que da sentido y propósito a nuestra vida diaria.
Pablo cierra esta sección con una oración hermosa: que el Dios de esperanza nos llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundemos en esperanza por el poder del Espíritu Santo.
Me encanta que no dice simplemente que tengamos un poco de esperanza. Dice que abundemos en esperanza. Y esta esperanza no nace de nuestras circunstancias. No nace de que todo esté tranquilo, de que todos nos entiendan, de que la iglesia sea perfecta o de que la vida sea fácil. Nace de Dios mismo.
Él es el Dios de esperanza.
Si Pablo esperaba esto de creyentes que vivían bajo circunstancias tan difíciles, ¿qué excusas estoy levantando yo para no vivir con gozo, paz y esperanza? ¿Qué revela mi corazón cuando elijo el descontento, el afán, la queja o la falta de confianza?
Esto me confronta mucho. Porque una cosa es afirmar que Dios es soberano, y otra es descansar cuando Él permite cosas que no entiendo. Una cosa es decir que las Escrituras consuelan, y otra es correr a ellas cuando mi corazón está ansioso. Una cosa es hablar de unidad, y otra es renunciar a mi derecho por amor a una hermana.
Pero aquí está la esperanza: no estamos solas ni vacías.
Tenemos las Escrituras en nuestras manos y al Espíritu Santo morando en nosotras. Tenemos todo lo necesario para ser formadas por la Palabra, sostenidas en la paciencia, consoladas en la aflicción y llenas de esperanza.
Romanos 15 nos recuerda que la vida cristiana no se trata de agradarnos a nosotras mismas. Se trata de mirar a Cristo, quien nos recibió, cargó con nuestras debilidades y nos hizo parte de Su pueblo por pura gracia.
La madurez cristiana no se mide por cuánto puedo ejercer mi libertad, sino por cuánto estoy dispuesta a limitarla por amor para edificar a otros y glorificar a Dios.
Cristo nos recibió cuando éramos débiles; ahora nosotras recibimos a otros desde esa misma gracia.
- Por eso, caminemos procurando la unidad.
- Sirvamos sin buscar complacernos a nosotras mismas.
- Corramos a las Escrituras para recibir paciencia, consuelo y esperanza.
Y vivamos como mujeres llenas de gozo y paz, porque el Dios que obró en el pasado, obra hoy y seguirá obrando hasta el final. Que el Dios de esperanza nos llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundemos en esperanza por el poder del Espíritu Santo.
Para meditar
- ¿Estoy usando mi madurez o libertad cristiana para edificar a otras, o para agradarme a mí misma y defender mis propios derechos?
- ¿Estoy corriendo a las Escrituras para recibir paciencia, consuelo y esperanza, o estoy dejando que el afán, el descontento y la falta de confianza gobiernen mi corazón?
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