Pablo continúa hablando de la ofrenda que los corintios prometieron dar. Sin embargo, el enfoque de Pablo es que la generosidad cristiana no nace de la presión, la culpa ni la obligación, sino de la gracia de Dios obrando en el corazón. Su enfoque no es solo económico: él quiere mostrar cómo una vida transformada por el evangelio se expresa en una generosidad alegre, voluntaria y adoradora.
Como meditamos el día de ayer, la gracia de Dios transforma nuestro corazón para dar con alegría, porque en Cristo ya hemos recibido el don más grande. Dios forma corazones generosos porque Él mismo es el gran Dador. La generosidad cristiana es una respuesta a Su gracia y termina produciendo gratitud, adoración y gloria para Dios.
Una generosidad preparada y sincera
Hay una frase que dice: «Lo que prometes, cúmplelo», pues esta frase resume la petición de Pablo a los …
Pablo continúa hablando de la ofrenda que los corintios prometieron dar. Sin embargo, el enfoque de Pablo es que la generosidad cristiana no nace de la presión, la culpa ni la obligación, sino de la gracia de Dios obrando en el corazón. Su enfoque no es solo económico: él quiere mostrar cómo una vida transformada por el evangelio se expresa en una generosidad alegre, voluntaria y adoradora.
Como meditamos el día de ayer, la gracia de Dios transforma nuestro corazón para dar con alegría, porque en Cristo ya hemos recibido el don más grande. Dios forma corazones generosos porque Él mismo es el gran Dador. La generosidad cristiana es una respuesta a Su gracia y termina produciendo gratitud, adoración y gloria para Dios.
Una generosidad preparada y sincera
Hay una frase que dice: «Lo que prometes, cúmplelo», pues esta frase resume la petición de Pablo a los corintios. Pero, no nos equivoquemos, Pablo no está interesado en la cantidad del dinero o en el dinero como fin, sino en enseñar a los corintios que la buena intención debe convertirse en obediencia concreta, que la generosidad bíblica no es impulsiva ni forzada, sino que nace de un corazón dispuesto delante de Dios.
Pablo está pastoreando sus corazones para que la ofrenda sea fruto de gracia. No está pidiendo algo extra o demandando algo que ellos mismos no propusieron en su corazón hacer: la ofrenda que recolectaban para los creyentes en Jerusalén. Y junto a esta petición de Pablo, está desmintiendo cualquier mentira de los falsos maestros sobre su carácter. Su exhortación pastoral también los previene de egoísmo y mentira.
Si somos honestas, muchas veces decimos que vamos a ayudar a una persona en necesidad y luego lo posponemos por cualquier razón, pero la realidad es que al no cumplir con esa promesa, quizá estamos diciendo: (1) No era cierto, no era mi intención ayudarte, pero lo dije por compromiso, (2) Sí quiero, pero no ha sido mi prioridad. Y para ambas actitudes, el evangelio nos responde: recuerda la gracia que has recibido sin merecerla y recuerda que sin Cristo no hubieses recibido misericordia. Todo lo que hacemos: dar, amar, servir, hablar, decidir, pero también todo rol que tenemos, madre, esposa, hermana… es para la gloria de Dios y porque se nos ha dado generosamente a Cristo.
Sembrar con generosidad y alegría
Por lo tanto, Pablo no está enseñando una fórmula de prosperidad material o multiplicación económica; el punto es que una vida generosa produce fruto espiritual también en esta área de dar para bendición de otros y la gloria de Dios. La cosecha principal es gracia, justicia, gratitud y fruto para el Reino.
¿Qué tal si lo que debiésemos meditar no es si damos o no damos, sino el privilegio de dar? Y por eso podemos dar voluntariamente, con generosidad y con alegría; no con tristeza, como si estuviésemos acumulando para nosotras y como si no tuviésemos un Padre proveedor fiel que cuida de nosotras.
Así como el que siembra poco cosecha poco, el que da poco, recibe poco. Cada uno debe dar alegremente, como se dispuso en su corazón, no con mala gana o por obligación. Dios suple para que podamos dar.
Dios mira el corazón del dador, y la ofrenda que le agrada no es la que nace de la presión, la culpa o la apariencia, sino de una disposición voluntaria. Y este es un principio bíblico para todo lo que hacemos por otros y para otros. En el servicio de la iglesia, en tu tiempo para apoyar a tus hermanas, en el cuidado de tus hijos, en escuchar a tu mamá que está enferma en su casa, todo lo que hacemos no es dado a medias ni con enojo o por compromiso, sino con amplia generosidad y mucha alegría. Y si lo hacemos así, dar generosamente no será una carga, sino otra área más donde honramos al Dador de todo lo que somos y necesitamos.
Dios suple para que podamos dar
Y la buena noticia es que no somos generosas porque nos lo proponemos como si fuese una actividad más para vernos cristianas. Más bien, Dios nos llama a ser dadoras porque nos provee la gracia necesaria para hacerlo. Todo lo que tenemos viene de Él, y por eso podemos usarlo para servir a otros. La gracia de Dios es la causa de la bondad en los cristianos, y Dios se desborda con la gracia suficiente para hacernos extremadamente generosas mientras tenemos lo suficiente para nosotras mismas.
Y esto no es un principio nuevo que Pablo inventó para la iglesia de Corinto; es un principio bíblico reflejado en toda la Biblia. Él cita el Salmo 112:9 para respaldar lo dicho, que es Dios el que cuida de los Suyos a través de los Suyos, ya que el justo reparte con liberalidad porque refleja el carácter del Dios generoso. El mismo Dios, quien es fiel para satisfacer las necesidades físicas de todas sus criaturas y es bondadoso para con nosotras, es poderoso para renovar los recursos de quienes dan con generosidad. Las bendiciones temporales y eternas de Dios para el dador alegre son los frutos de justicia de un creyente.
Pablo dice que aquí y en la eternidad: «Serán enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios». Nota la declaración absoluta, pero no pierdas el asombro de esta matemática del Reino: por Su gracia, Él produce generosidad en nosotras para ser la ayuda que nuestras hermanas necesitan, y para que ellas sean la ayuda que nosotras también necesitaremos. Ante tal sabiduría, ¿qué queda por decir? ¡Gracias, Señor!
La generosidad produce adoración.
La generosidad no solo suple necesidades, también produce acciones de gracias a Dios. Cuando el pueblo de Dios da con alegría:
- Las necesidades son suplidas voluntariamente
- Otros son animados
- Dios es glorificado
- Y el evangelio se hace visible al creyente y al no creyente.
La generosidad es un acto de adoración a Dios, porque la obediencia es adoración. Imitamos a nuestro Dios cuando pensamos más en otros que en nosotras, cuando prometemos ayudar y lo hacemos, pues Dios lo hizo al darnos a Su Hijo, como dice Romanos 8:32:
«El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?».
Adora a Dios por Su don indescriptible, que es Cristo mismo. Nadie estaba buscando a Dios; Él se acercó primero a nosotras a través de Su Hijo y nos mostró nuestra necesidad. Él vio nuestra necesidad y fue tremendamente generoso al darnos a Su precioso Hijo. Nuestra generosidad no nace de compararnos con otros ni de sentir culpa, sino de haber recibido primero la gracia abundante de Dios en Cristo.
Cristo es el mayor don que el Padre nos ha dado. ¿Cómo es que podemos ser tan poco generosas hacia los demás? Estamos llenas, suplidas, contentas y satisfechas porque tenemos a Cristo. «¡Gracias a Dios por Su don inefable!». ¡Gracias por Cristo!
Para meditar:
- ¿Eres generosa con tus recursos (con tu tiempo, dinero, posesiones)?
- ¿De qué forma puedes crecer en generosidad?
- ¿De qué forma te retan las exhortaciones que leímos hoy de Pablo a los corintios?
- Todos los días levántate con gozo porque tienes el don más grande que puedas recibir: a Cristo. No dejes de asombrarte de la generosa obra de Dios para contigo.
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