Día 23 | Mateo 17
A veces nos preguntamos por qué Dios permite ciertas experiencias en nuestra vida y no en la de otros, o por qué escoge a ciertas personas para tareas específicas. Pero al observar a los primeros discípulos, vemos que tampoco ellos vivieron exactamente las mismas experiencias caminando con Jesús. Por ejemplo, Pedro, Jacobo y Juan fueron testigos de la transfiguración, una revelación gloriosa de la divinidad de Cristo. No todos vivieron eso, pero cada uno recibió lo necesario para cumplir el propósito que Dios tenía con su vida. Cristo, en Su infinita sabiduría, orquestaba cada vivencia tomando en cuenta las debilidades, necesidades y llamados particulares de cada uno. Así también lo hace hoy con nosotras.
Cada revelación que Dios nos concede de Sí mismo a través de Su Palabra tiene un propósito: formarnos, prepararnos para las pruebas, hacernos crecer en santidad y usarnos para la expansión de Su reino. No …
A veces nos preguntamos por qué Dios permite ciertas experiencias en nuestra vida y no en la de otros, o por qué escoge a ciertas personas para tareas específicas. Pero al observar a los primeros discípulos, vemos que tampoco ellos vivieron exactamente las mismas experiencias caminando con Jesús. Por ejemplo, Pedro, Jacobo y Juan fueron testigos de la transfiguración, una revelación gloriosa de la divinidad de Cristo. No todos vivieron eso, pero cada uno recibió lo necesario para cumplir el propósito que Dios tenía con su vida. Cristo, en Su infinita sabiduría, orquestaba cada vivencia tomando en cuenta las debilidades, necesidades y llamados particulares de cada uno. Así también lo hace hoy con nosotras.
Cada revelación que Dios nos concede de Sí mismo a través de Su Palabra tiene un propósito: formarnos, prepararnos para las pruebas, hacernos crecer en santidad y usarnos para la expansión de Su reino. No se trata solo de momentos emocionantes o conmovedores, lo importante no es cuánto sentimos, sino cuánto creemos y obedecemos. Cada verdad que Dios nos muestra debe llevarnos a caminar en fe y en amor hacia Él.
Dios es tan bueno que, aunque sabe que en este mundo tendremos aflicciones, también se ha comprometido profundamente con el cuidado de nuestras almas. Él no nos deja sin preparación. A través de Su Palabra, Su Espíritu, y medios de gracia como la oración y el ayuno, nos fortalece y nos equipa para enfrentar las batallas diarias. Como soldados que se alistan para la guerra, así debemos vivir: conscientes, vigilantes, fortalecidas en el poder de Su fuerza, vestidas con la armadura que Él mismo nos ha provisto.
Jesús mismo vivió así. Su vida estaba completamente rendida a la voluntad del Padre. Tan arraigado estaba en Su identidad, misión y comunión con Dios, que ni siquiera el anuncio de Su muerte lo hizo apartarse del camino. En Mateo 17:22–23, vemos cómo les anticipa a los discípulos que será entregado, que morirá y resucitará al tercer día. Ellos se entristecieron mucho. Pero Jesús, lejos de retraerse o paralizarse por lo que se aproximaba, siguió sirviendo, sanando, enseñando y cumpliendo fielmente cada parte de la obra que el Padre le había encomendado. Que nuestra vida, desde el principio hasta el fin, sea también así: sostenida, motivada y consumida por amor al Padre y por un deseo ardiente de obedecerle.
Cristo no solo reveló el carácter de Dios con Sus palabras, sino también con Su trato con las personas. Cuando el padre del joven endemoniado se le acerca clamando por ayuda, Jesús no lo rechaza por su debilidad de fe. Al contrario, lo guía con paciencia, lo exhorta a creer y le muestra que nada es imposible para Dios. Él se deleita en la sinceridad de corazón, en la transparencia. Solo Dios puede dar fe al que duda. Solo Él puede sostener al que clama: «Creo; ayúdame en mi incredulidad». No necesitamos aparentar delante de Él; necesitamos acercarnos con humildad y honestidad.
Aun quienes estaban más cerca de Jesús, quienes fueron testigos de Sus milagros, lucharon con la incredulidad. Los discípulos, a pesar de todo lo que vieron y oyeron, fueron reprendidos por su poca fe. Jesús les dijo que si tuvieran fe como un grano de mostaza, podrían mover montañas. ¿Cuánto más necesitamos pedirle a Dios que aumente nuestra fe? Porque sin fe es imposible agradarle. La fe no es solo para grandes momentos, sino para la obediencia diaria, para la perseverancia, para el testimonio.
Jesús también nos enseñó con Su ejemplo a vivir una vida completamente influenciada por la Palabra. Aunque vivía en este mundo, Su actuar y pensar estaban alineados con los valores del reino de Dios, no con los del mundo. En el Reino, el primero es el último, el servidor de todos; y los niños son tenidos en alta estima. Las obras del Reino no son exclusivas de un grupo religioso, sino de todo aquel que vive bajo el señorío de Cristo; y lo más valioso no es lo que se ve, sino lo eterno: el alma.
Como hijas de Dios, estamos llamadas a vivir con esa perspectiva eterna, reflejando el carácter de Cristo. Eso incluye también nuestra relación con las leyes humanas. Aunque Jesús era el Hijo del Rey, se sometió a las normas del templo, pagó el tributo y enseñó con Su ejemplo a honrar a las autoridades. No porque las necesitara, sino para dar buen testimonio. Nosotras también debemos vivir así, no como ciudadanas de este mundo, pero sí como embajadoras del Reino, mostrando con nuestras acciones lo que creemos.
Dios sigue revelándose, sigue hablando, sigue enseñando. La pregunta es: ¿estamos escuchando? ¿Estamos respondiendo con fe, con obediencia, con humildad?
Para meditar:
- ¿Cómo estás respondiendo a las revelaciones que Dios te ha dado a través de Su Palabra? ¿Te han llevado a actuar por fe?
- ¿Tu vida está siendo fortalecida en oración, ayuno y meditación bíblica, como una preparación diaria para la batalla espiritual?
- ¿Estás viviendo por amor al Padre y con la mirada puesta en lo eterno, como lo hizo Jesús?
- ¿Cómo estás enfrentando tus dudas? ¿Te acercas con sinceridad como el padre que clamó: «Creo; ayúdame en mi incredulidad»?
- ¿Estás reflejando en tu vida el carácter de Dios y los valores de Su reino, o estás moldeada por los del mundo?
- ¿Honras a Dios también en las cosas pequeñas, como en tu relación con las autoridades, tus responsabilidades civiles o tu testimonio diario?
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