Efesios es una de mis cartas favoritas por el cambio que produjo en mi vida y en mi comprensión de la salvación y de la herencia que tenemos en Cristo. Me recuerda que, aunque estaba muerta en mis delitos y pecados, por la pura gracia y misericordia de Dios he recibido vida en Él y por medio de Él.
La carta a los Efesios es una de las cartas de la prisión de Pablo, escrita durante su encarcelamiento en Roma, probablemente alrededor de los años 60–62 d.C. Junto con Colosenses y Filemón, comparte varios temas, como la supremacía de Cristo y la grandeza de Su obra redentora. D. A. Carson menciona que es muy probable que estas tres cartas fueran escritas y enviadas juntas, ya que Tíquico y Onésimo, mencionados en Colosenses y Filemón, fueron sus portadores.
A diferencia de Colosenses, Efesios no responde a un problema específico …
Efesios es una de mis cartas favoritas por el cambio que produjo en mi vida y en mi comprensión de la salvación y de la herencia que tenemos en Cristo. Me recuerda que, aunque estaba muerta en mis delitos y pecados, por la pura gracia y misericordia de Dios he recibido vida en Él y por medio de Él.
La carta a los Efesios es una de las cartas de la prisión de Pablo, escrita durante su encarcelamiento en Roma, probablemente alrededor de los años 60–62 d.C. Junto con Colosenses y Filemón, comparte varios temas, como la supremacía de Cristo y la grandeza de Su obra redentora. D. A. Carson menciona que es muy probable que estas tres cartas fueran escritas y enviadas juntas, ya que Tíquico y Onésimo, mencionados en Colosenses y Filemón, fueron sus portadores.
A diferencia de Colosenses, Efesios no responde a un problema específico dentro de una iglesia en particular. Su contenido tiene un carácter más general, lo que ha llevado a muchos estudiosos a concluir que probablemente fue una carta circular destinada a varias iglesias de la provincia de Asia Menor.
Si Romanos explica con profundidad el evangelio que creemos, Efesios nos recuerda quiénes somos ahora como resultado de ese evangelio. Es una carta que constantemente levanta nuestra mirada hacia Cristo y nos muestra que todo lo que somos y todo lo que tenemos proviene de nuestra unión con Él. A lo largo de sus seis capítulos veremos que nuestra identidad, nuestra unidad como iglesia y nuestra manera de vivir encuentran su fundamento únicamente en Cristo.
Pablo inicia saludando e identificándose como apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios. Su saludo característico de «gracia y paz» nos recuerda la obra de Dios a nuestro favor: la gracia, por medio de la cual recibimos la salvación, y la paz que disfruta todo aquel que ha sido reconciliado con Él.
Este capítulo es uno de esos pasajes a los que necesitamos volver una y otra vez. Si alguna vez la duda quiere sembrar incertidumbre en tu corazón respecto a tu salvación o al amor de Dios por ti, Efesios 1 es un lugar seguro donde descansar. Pablo no dirige nuestra mirada hacia lo que hemos hecho por Dios, sino hacia todo lo que Dios hizo por nosotras antes siquiera de que existiéramos.
Hay una expresión que Pablo repite una y otra vez en este capítulo: «en Cristo», «en Él» y «en el Amado». No es una repetición accidental. Pablo quiere que entendamos que cada una de las bendiciones espirituales que disfrutamos tiene una única fuente: nuestra unión con Cristo. Separadas de Él no tenemos nada; unidas a Él lo tenemos todo.
Antes de hablar de nuestra conducta, Pablo dirige nuestra mirada hacia todo lo que Dios ya hizo por nosotras en Cristo. Toda bendición espiritual tiene una misma fuente: Dios; un mismo medio: Cristo; y un mismo propósito: la alabanza de Su gloria.
Veamos algunas de esas maravillosas bendiciones que Pablo enumera:
- Dios nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. No se trata principalmente de bendiciones materiales o temporales, sino de todas las riquezas espirituales que necesitamos para conocerle, disfrutar de una relación con Él y vivir para Su gloria.
- Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo. Antes de que existiera la creación, Dios ya había puesto Su amor sobre Su pueblo. Nuestra salvación nunca fue una reacción de Dios frente al pecado, sino parte de Su propósito eterno.
- Nos escogió para que fuéramos santas y sin mancha delante de Él. La elección no solo tiene que ver con nuestro destino eterno, sino también con nuestra transformación presente. Dios nos salva para hacernos cada vez más semejantes a Cristo.
- En amor nos predestinó para adopción como hijos mediante Jesucristo. No solamente nos perdonó; nos hizo parte de Su familia. Ya no somos extranjeras ni enemigas de Dios, sino hijas amadas con todos los privilegios de pertenecer a Su casa.
- En Él tenemos redención mediante Su sangre. El precio de nuestra libertad fue la muerte del Hijo de Dios. Cristo pagó completamente la deuda que jamás habríamos podido pagar.
- En Él tenemos el perdón de nuestros pecados según las riquezas de Su gracia. Dios no nos perdonó con una gracia limitada o escasa, sino conforme a las infinitas riquezas de Su gracia.
- Ha hecho abundar Su gracia para con nosotras en toda sabiduría e inteligencia. Dios no actúa impulsivamente; todo Su plan de salvación refleja Su perfecta sabiduría.
- Nos dio a conocer el misterio de Su voluntad. Ese misterio, oculto por generaciones, era Su propósito eterno de reunir todas las cosas bajo el señorío de Cristo en el cumplimiento de los tiempos. Toda la historia apunta hacia Él.
- También en Él hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinadas conforme al propósito de Aquel que obra todas las cosas según el consejo de Su voluntad. Nuestra herencia no depende de las circunstancias ni de nuestra capacidad para conservarla; descansa en el Dios que gobierna soberanamente todas las cosas.
- En Él hemos sido selladas con el Espíritu Santo de la promesa. En la antigüedad, un sello indicaba propiedad, autenticidad y seguridad. Dios mismo ha puesto Su sello sobre quienes pertenecen a Cristo.
- El Espíritu Santo es la garantía de nuestra herencia. Su presencia en nuestras vidas es el anticipo de todo lo que un día disfrutaremos plenamente cuando Cristo regrese.
Es increíble observar cómo en estos versículos participa toda la Trinidad en nuestra salvación. El Padre nos escogió y predestinó conforme a Su propósito eterno; el Hijo obtuvo nuestra redención por medio de Su sangre; y el Espíritu Santo nos selló como garantía de la herencia que un día recibiremos plenamente. La salvación es una obra completamente de Dios, desde el principio hasta el fin.
También llama la atención que, a lo largo de este himno de alabanza, Pablo repite tres veces otra misma expresión: «para alabanza de Su gloria», en los versículos 6, 12 y 14. Ese es el propósito final de la salvación. Dios ciertamente nos ama, nos salva y nos bendice, pero el fin supremo de todas estas bendiciones no es simplemente nuestro bienestar o felicidad, sino la manifestación de Su gloria. La historia de la redención siempre termina apuntando hacia Él.
A partir del versículo 15, Pablo deja de enumerar las bendiciones que tenemos en Cristo y comienza a orar por los creyentes. Resulta interesante que no pida que reciban nuevas bendiciones, sino que comprendan mejor las que ya poseen.
Ora para que Dios les conceda sabiduría y revelación para conocerle mejor; que los ojos de su corazón sean iluminados para entender la esperanza de Su llamamiento, las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos y la extraordinaria grandeza de Su poder para con los que creemos.
¡Qué diferente suele ser el contenido de nuestras oraciones! Muchas veces nuestras peticiones giran alrededor de que Dios cambie nuestras circunstancias, mientras que Pablo ora para que conozcamos más profundamente a Dios. Él sabe que, mientras mayor sea nuestro conocimiento del Señor, mayor será nuestra confianza, nuestra obediencia y nuestro gozo.
Pablo termina el capítulo recordándonos cuál es ese poder que obra en nosotros: el mismo poder que resucitó a Cristo de entre los muertos, lo sentó a la diestra del Padre y lo exaltó sobre todo principado, autoridad, poder y dominio, no solo en este siglo, sino también en el venidero. Dios sometió todas las cosas bajo Sus pies y lo dio por Cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia.
Cristo no solo es nuestro Salvador; también es el Rey soberano sobre toda la creación y la Cabeza de Su Iglesia. Nada escapa a Su autoridad. Ningún gobernante, ningún poder espiritual, ninguna circunstancia y ninguna prueba está fuera de Su dominio. El mismo Señor que gobierna el universo es quien cuida de Su pueblo.
Es maravilloso ver las cosas desde la perspectiva correcta. Aquí vemos a nuestro gran Dios obrando algo que ninguna de nosotras habría podido alcanzar por nuestros propios méritos. Cuando la duda quiere anidarse en nuestro corazón, este capítulo nos recuerda que nuestra salvación no comenzó con una decisión nuestra, sino con el propósito eterno de Dios.
Con demasiada facilidad dejamos que nuestra identidad sea definida por nuestros fracasos, nuestras emociones o incluso nuestros logros. Pablo, sin embargo, nos lleva una y otra vez a mirar a Cristo. En Él somos escogidas, adoptadas, perdonadas, redimidas, herederas y selladas con el Espíritu Santo. Nuestra identidad no descansa en lo que sentimos acerca de nosotras mismas, sino en lo que Dios ha declarado que somos en Su Hijo.
Después de leer Efesios 1, entiendo por qué Pablo comienza adorando antes de enseñar. No hay otra respuesta posible cuando contemplamos una gracia tan grande. Nuestra salvación fue planeada por el Padre desde antes de la fundación del mundo, comprada por la sangre del Hijo y asegurada por el sello del Espíritu Santo. Desde el principio hasta el fin, la salvación pertenece al Señor.
Que este capítulo nos lleve a descansar más en la gracia de Dios que en nuestro desempeño, a confiar más en Sus promesas que en nuestras emociones y, sobre todo, a vivir para aquello que Pablo repite una y otra vez: para alabanza de la gloria de Dios.
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