En la primera parte de este salmo vimos que el creyente comienza su caminar siendo transformado desde adentro. La Palabra dirige sus pasos, guarda su corazón, sostiene al peregrino, levanta al abatido y moldea su voluntad para obedecer. El salmista reconoce su necesidad de Dios, entiende que por sí mismo no puede permanecer firme y, por eso, termina cada sección dependiendo una y otra vez de la gracia del Señor.
Ahora, en estas siguientes cinco estrofas, comienza a verse el resultado de esa transformación interior. La obra de la Palabra ya no permanece solamente en el corazón; empieza a reflejarse en la manera de hablar, de enfrentar el sufrimiento, de examinar la propia vida y de relacionarse con Dios y con los demás. La obediencia deja de ser simplemente un deseo, para convertirse en una forma de vivir.
No es difícil entender por qué este salmo ha acompañado …
En la primera parte de este salmo vimos que el creyente comienza su caminar siendo transformado desde adentro. La Palabra dirige sus pasos, guarda su corazón, sostiene al peregrino, levanta al abatido y moldea su voluntad para obedecer. El salmista reconoce su necesidad de Dios, entiende que por sí mismo no puede permanecer firme y, por eso, termina cada sección dependiendo una y otra vez de la gracia del Señor.
Ahora, en estas siguientes cinco estrofas, comienza a verse el resultado de esa transformación interior. La obra de la Palabra ya no permanece solamente en el corazón; empieza a reflejarse en la manera de hablar, de enfrentar el sufrimiento, de examinar la propia vida y de relacionarse con Dios y con los demás. La obediencia deja de ser simplemente un deseo, para convertirse en una forma de vivir.
No es difícil entender por qué este salmo ha acompañado a tantos creyentes a lo largo de la historia. William Wilberforce, el reconocido líder de la lucha contra la esclavitud en Inglaterra, acostumbraba recitar el Salmo 119 mientras caminaba hacia el Parlamento durante algunos de los momentos más difíciles de su vida pública. Encontraba en estas palabras el ánimo necesario para seguir defendiendo aquello que sabía que agradaba al Señor.
Algo similar ocurrió con Charles Spurgeon. En El Tesoro de David, su comentario sobre los Salmos, dedicó cerca de trescientas cincuenta páginas únicamente al Salmo 119. Eso dice mucho de la riqueza espiritual que encontró en este poema. Generaciones de creyentes han hallado aquí dirección, consuelo y esperanza, porque la Palabra de Dios sigue haciendo hoy lo mismo que hizo en la vida del salmista.
Vav (vv. 41–48): La Palabra transforma nuestro testimonio
Después de haber entendido que todo comienza en el corazón, el salmista ahora dirige su mirada hacia afuera. No solamente piensa en el mundo que lo rodea o en la oposición que pueda enfrentar; también reflexiona sobre cómo debe vivir delante de los demás.
Me llamó mucho la atención que una de sus primeras peticiones sea: «No quites jamás de mi boca la palabra de verdad». Es como si dijera: «Señor, que Tu verdad nunca deje de estar en mis labios». La transformación que la Palabra ha producido en su interior ahora comienza a reflejarse en lo que habla y en la manera en que responde a quienes lo rodean.
El salmista ya no siente vergüenza de los mandamientos del Señor. Todo lo contrario, encuentra deleite en ellos. Una vez más vemos que la obediencia no nace de una obligación pesada, sino del gozo de vivir conforme a la voluntad de Dios. Como vimos desde el Salmo 1, el creyente verdaderamente feliz no es el que simplemente conoce la Palabra, sino el que encuentra su deleite en ella.
Zayin (vv. 49–56): La Palabra sostiene al creyente en medio del sufrimiento
A partir de esta estrofa el escenario cambia. Ahora aparecen la aflicción, el conflicto, la burla de los soberbios y la indignación que produce el pecado. Son experiencias que forman parte del peregrinaje de todo creyente mientras vive en este mundo.
Hay un versículo que me llamó la atención especialmente: «Cánticos para mí son Tus estatutos». Me parece una expresión muy importante. La Palabra ya no es simplemente algo que el salmista estudia o recuerda ocasionalmente; se ha convertido en parte de él, de su identidad, de su manera de pensar y hasta de la forma en que enfrenta el sufrimiento.
Pensé mucho en esto mientras leía esta sección. Todos entrenamos nuestra mente todos los días. La pregunta no es si la estamos entrenando, sino con qué la estamos alimentando. El salmista había aprendido a llenar continuamente su mente con la Palabra de Dios, porque entendía que esa era la única manera de permanecer firme cuando llegaran la oposición, el dolor o el desánimo.
Jet (vv. 57–64): La Palabra nos lleva constantemente al arrepentimiento
Después de hablar del sufrimiento, el salmista vuelve nuevamente a examinarse. Me gusta que no cae en la trampa de pensar que, por conocer la Palabra, ya no necesita seguir evaluando su corazón. Dice: «Consideré mis caminos y volví mis pasos a Tus testimonios».
Qué hermosa definición del arrepentimiento. Primero observa su camino a la luz de la Palabra; luego reconoce que necesita corregir el rumbo; finalmente vuelve sus pasos hacia Dios.
Mientras meditaba en estos versículos, pensé que solo cuando permitimos que la Palabra nos lea correctamente somos capaces de leer correctamente nuestra propia vida. Muchas veces creemos que conocemos nuestro corazón, pero es la Escritura la que revela con claridad nuestras motivaciones, nuestras prioridades y las áreas donde comenzamos a desviarnos.
Aun teniendo que convivir con los impíos, el salmista entiende que la única manera de permanecer firme es no olvidarse jamás de la Ley del Señor.
Tet (vv. 65–72): La Palabra nos enseña por medio de la aflicción
Quizá esta sea una de las secciones más difíciles de aceptar. El salmista llega a decir: «Bueno es para mí ser afligido».
No porque disfrute el sufrimiento, sino porque reconoce que Dios utilizó esa aflicción para enseñarle Sus estatutos. Antes de ser afligido se descarriaba; ahora comprende mejor el camino del Señor.
Qué distinta es esta perspectiva de la nuestra. Con frecuencia oramos para que Dios quite inmediatamente la prueba, mientras que el salmista reconoce que, muchas veces, fue precisamente en medio del dolor donde aprendió las lecciones que jamás habría aprendido de otra manera. E incluso llega a decir que es mejor que millares de monedas de oro y plata… ¿Es así como vemos la aflicción?
MacArthur señala que Dios utiliza incluso las pruebas para producir obediencia y madurez espiritual. Santiago también nos recuerda que las pruebas producen paciencia, y Hebreos 12 enseña que la disciplina del Señor da fruto apacible de justicia. Dios nunca desperdicia el sufrimiento de Sus hijos.
Yod (vv. 73–80): La Palabra continúa formando al creyente
La última estrofa de esta porción comienza recordando una verdad fundamental: «Tus manos me hicieron y me formaron».
Inmediatamente pensé en el Salmo 139. El Dios que nos creó es el mismo Dios que continúa moldeándonos cada día. No basta con reconocerlo como nuestro Creador; necesitamos seguir permitiendo que Su Palabra forme nuestro carácter.
Por eso el salmista no pide riquezas, éxito ni comodidad. Su oración es sencilla: «Dame entendimiento para que aprenda Tus mandamientos». Comprende que una vida transformada depende de conocer cada vez más la voluntad de Dios.
Pero el versículo que más me llamó la atención fue este: «Que los que te temen me vean y se alegren».
Eso significa que la transformación que Dios produce en nosotras nunca tiene un propósito únicamente personal. Cuando la Palabra hace su obra en nuestra vida, otros creyentes también son fortalecidos al ver la fidelidad de Dios reflejada en nosotras. Nuestra obediencia se convierte en un testimonio vivo de la gracia del Señor.
Al terminar estos cuarenta versículos comprendí algo que quizá no lo había visto antes. En la primera parte del salmo la Palabra entró en el corazón; ahora comenzamos a ver lo que sucede cuando realmente le permitimos hacer su obra. Empieza a reflejarse en lo que hablamos, en la manera en que enfrentamos el sufrimiento, en nuestra disposición a examinarnos constantemente, en la forma en que entendemos la aflicción y en el testimonio que damos delante de otros.
El salmista ya no habla de la Palabra como algo externo. Se ha convertido en el lente a través del cual interpreta toda su vida. Sus decisiones, sus pruebas, su arrepentimiento y su esperanza pasan por ella. Y creo que allí está el verdadero propósito del Salmo 119: no llevarnos simplemente a leer más la Biblia, sino permitir que la Biblia nos lea a nosotras, transforme nuestro corazón y nos conforme cada día más a la imagen de Cristo, la Palabra hecha carne, quien obedeció perfectamente al Padre y en quien la revelación de Dios alcanza su plenitud.
Para meditar
- ¿La obra que Dios está haciendo en mi corazón ya se refleja en mi manera de hablar y de vivir? Si quienes me rodean escucharan mis palabras y observaran mis decisiones, ¿podrían reconocer que la Palabra de Dios gobierna mi vida?
- Cuando atravieso pruebas, desánimo o injusticias, ¿qué ocupa mi mente con mayor frecuencia? ¿Permito que la Palabra de Dios fortalezca mi esperanza y dirija mis pensamientos, o dejo que las circunstancias definan mi manera de responder?
- El salmista dijo: «Consideré mis caminos y volví mis pies a Tus testimonios». ¿Hay alguna área de mi vida en la que Dios me esté mostrando, por medio de Su Palabra, que necesito detenerme, arrepentirme y volver a caminar conforme a Su voluntad?
Recomendaciones
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación