Hay momentos en los que solo entendemos la fidelidad de Dios cuando miramos al pasado. Durante la prueba nos concentramos en el dolor, el miedo o la incertidumbre, pero con el paso del tiempo podemos reconocer una realidad que quizá no vimos mientras la atravesábamos: el Señor nunca dejó de sostenernos.
Ese es precisamente el propósito del Salmo 124. Como el quinto de los «cánticos de ascenso», este salmo marca un hermoso avance en el peregrinaje del pueblo de Dios. Después de haber caminado en medio de un mundo hostil (Sal. 120), experimentar la protección del Señor (Sal. 121), disfrutar el gozo de llegar a Jerusalén (Sal. 122) y aprender a levantar los ojos al Señor en medio del desprecio (Sal. 123), ahora el pueblo se detiene para mirar el camino recorrido. La conclusión es inconfundible: si habían llegado hasta allí, no era por su fortaleza, sino porque Dios …
Hay momentos en los que solo entendemos la fidelidad de Dios cuando miramos al pasado. Durante la prueba nos concentramos en el dolor, el miedo o la incertidumbre, pero con el paso del tiempo podemos reconocer una realidad que quizá no vimos mientras la atravesábamos: el Señor nunca dejó de sostenernos.
Ese es precisamente el propósito del Salmo 124. Como el quinto de los «cánticos de ascenso», este salmo marca un hermoso avance en el peregrinaje del pueblo de Dios. Después de haber caminado en medio de un mundo hostil (Sal. 120), experimentar la protección del Señor (Sal. 121), disfrutar el gozo de llegar a Jerusalén (Sal. 122) y aprender a levantar los ojos al Señor en medio del desprecio (Sal. 123), ahora el pueblo se detiene para mirar el camino recorrido. La conclusión es inconfundible: si habían llegado hasta allí, no era por su fortaleza, sino porque Dios había estado de su lado todo el tiempo.
El salmo comienza con una afirmación que se repite dos veces: «Si el Señor no hubiera estado a nuestro favor». Esta repetición no es casual. El salmista quiere que todo Israel reconozca públicamente que su preservación no fue producto de su capacidad, estrategia o fidelidad. Su historia solo puede explicarse por la intervención misericordiosa del Señor.
Luego describe el peligro por medio de imágenes: enemigos que los habrían devorado vivos, aguas desbordadas que los arrastran y torrentes impetuosos imposibles de detener. Estas figuras comunican una verdad profunda y es que, sin la intervención de Dios, la destrucción habría sido inevitable. Israel no sobrevivió porque fuera más fuerte que sus enemigos, sino porque el Señor intervino para librar y preservar a Su pueblo. Detrás de cada liberación visible estaba la mano invisible de Dios sosteniéndolos.
A partir del versículo 6, el tono cambia completamente. El miedo da paso a la adoración: «Bendito sea el Señor». Fíjate que el énfasis no está en el peligro, sino en el Dios que libra. El salmista utiliza una imagen especialmente hermosa: «Nuestra alma ha escapado cual ave del lazo de los cazadores; el lazo se rompió y nosotros escapamos». Observa que la liberación no se atribuye a la habilidad del ave para escapar. El lazo se rompió y ellos fueron librados. A la luz de todo el salmo, no existe duda acerca de a quién pertenece la gloria por esa liberación: al Señor.
El salmo concluye con una confesión que fortalece la fe de todo creyente: «Nuestra ayuda está en el nombre del Señor, que hizo los cielos y la tierra». Estas palabras nos resultan familiares. En el Salmo 121 el peregrino preguntaba: «¿De dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra». Ahora, después de haber experimentado Su preservación, vuelve a confesar la misma verdad. El Dios en quien había aprendido a confiar durante el camino es el Dios que ahora reconoce que lo ha sostenido.
Esta verdad se cumple en Jesucristo. La mayor amenaza para nosotras no eran únicamente nuestros enemigos visibles, sino el pecado, la muerte y Satanás. Nosotras no podíamos romper esas cadenas, nosotras jamás habríamos podido librarnos por nuestras propias fuerzas, pero Cristo vino como nuestro Libertador definitivo. Por medio de Su muerte cargó con la condenación de nuestro pecado y, mediante Su resurrección, venció la muerte, derrotando al enemigo y asegurando la salvación y preservación final de todos los que pertenecen a Él. Así como Israel reconocía que había sido rescatado únicamente por la intervención de Dios, nosotras confesamos que nuestra salvación y perseverancia descansan completamente en la obra perfecta de Cristo.
Mirar atrás desde la perspectiva de la providencia cambia nuestra manera de recordar el pasado. Ya no vemos solo las aguas profundas o las pruebas difíciles; aprendemos a ver la mano fiel del Señor sosteniéndonos en cada paso. Nuestra historia no es un monumento a nuestra resistencia, sino un testimonio de la gracia de Dios.
El Salmo 124 no solo nos invita a mirar atrás con gratitud personal, sino a recordar colectivamente la fidelidad de Dios como pueblo. La memoria en la Escritura es un acto de fe, por eso Israel levantaba altares y repetía historias para que cada generación reconociera que su historia estaba sostenida por la gracia divina. Esa misma dinámica se cumple en Cristo, quien rompió el lazo definitivo del pecado y la muerte, asegurando nuestra preservación eterna. Al recordar cómo Él nos ha guardado en el pasado, nuestra confianza se fortalece para el presente y el futuro. La comunidad de fe se convierte en un testimonio vivo de que nuestra ayuda está en el nombre del Señor, el creador de los cielos y la tierra, y en Él descansa nuestra seguridad.
Para meditar:
- Al mirar tu historia, ¿puedes reconocer momentos en los que el Señor te preservó, aun cuando entonces no lo percibías?
- ¿Sueles recordar más el dolor de las pruebas o la fidelidad de Dios en medio de ellas?
- ¿Cómo se fortalece tu confianza al saber que el mismo Dios que creó los cielos y la tierra es tu socorro hoy?
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