El santuario terrenal
Este capítulo comienza describiendo el tabernáculo asociado al primer pacto, que mostraba que la idea de Dios desde el inicio de la Creación era habitar siempre en medio de Su pueblo.
El tabernáculo había sido establecido por Dios, dividido en dos secciones: el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. En el Lugar Santo se encontraban el candelabro, la mesa y los panes consagrados, y el Lugar Santísimo, ubicado detrás del segundo velo, era el lugar donde se encontraba el arca del pacto y la presencia de Dios.
Cada uno de estos elementos había sido dispuesto conforme al mandato divino y poseía un significado dentro del culto de Israel; sin embargo, el autor no se detiene a explicar en detalle cada objeto, pues su propósito principal es mostrar la limitación de aquel sistema y el acceso superior que Cristo ha provisto.
El tabernáculo terrenal …
El santuario terrenal
Este capítulo comienza describiendo el tabernáculo asociado al primer pacto, que mostraba que la idea de Dios desde el inicio de la Creación era habitar siempre en medio de Su pueblo.
El tabernáculo había sido establecido por Dios, dividido en dos secciones: el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. En el Lugar Santo se encontraban el candelabro, la mesa y los panes consagrados, y el Lugar Santísimo, ubicado detrás del segundo velo, era el lugar donde se encontraba el arca del pacto y la presencia de Dios.
Cada uno de estos elementos había sido dispuesto conforme al mandato divino y poseía un significado dentro del culto de Israel; sin embargo, el autor no se detiene a explicar en detalle cada objeto, pues su propósito principal es mostrar la limitación de aquel sistema y el acceso superior que Cristo ha provisto.
El tabernáculo terrenal no era malo ni una invención humana; Dios lo instituyó como una figura establecida para anticipar realidades mayores que serían cumplidas en Cristo.
Un acceso restringido y una conciencia sin perfeccionar
En este tabernáculo terrenal, los sacerdotes entraban continuamente al Lugar Santo para cumplir sus deberes. Al Lugar Santísimo solamente el sumo sacerdote podía entrar una vez al año, durante el Día de la Expiación, y nunca debía entrar sin llevar sangre, que ofrecía por sus propios pecados y por los pecados del pueblo.
La repetición de estos sacrificios mostraba que el pecado todavía no había sido quitado definitivamente. Y el Espíritu Santo utilizaba la estructura del tabernáculo para enseñar que el camino directo al Lugar Santísimo aún no se había manifestado plenamente.
Los sacrificios podían proporcionar purificación ceremonial, pero no podían perfeccionar la conciencia del adorador, ni podían quitar definitivamente la culpa ni transformar el corazón. Tampoco las regulaciones acerca de alimentos, bebidas y lavamientos podían hacerlo; eran externas y temporales, impuestas hasta «el tiempo de reformar las cosas», es decir, cuando Cristo se encarnara y estableciera el nuevo pacto.
El antiguo sistema solo podía representar ese acceso, pero Cristo vino para conducir verdaderamente al pecador hasta Su presencia.1
Cristo entró una vez y obtuvo redención eterna
A diferencia de los sacerdotes terrenales, incluidos los sumos sacerdotes terrenales, Cristo apareció como el gran Sumo Sacerdote de los bienes que ya han llegado por medio de Su obra. Él no entró llevando la sangre de machos cabríos y becerros; entró «por medio de Su propia sangre», es decir, sobre la base de Su muerte sacrificial.
Esto no significa necesariamente que Cristo transportara físicamente Su sangre al cielo como el sumo sacerdote llevaba la sangre de los animales. Su sangre representa Su vida entregada y Su muerte expiatoria a favor de los pecadores. Cristo entró una vez y para siempre porque Su sacrificio fue plenamente eficaz. Él no ministra en un tabernáculo terrenal levantado por manos humanas, sino en el santuario celestial; no consiguió una redención temporal que necesitara renovarse, sino una redención eterna.
Una sangre que purifica la conciencia
La sangre de machos cabríos y toros y las cenizas de una novilla proporcionaban una purificación externa o ceremonial, pero esos rituales externos no pueden librarnos verdaderamente de esa culpa. Si esos sacrificios establecidos por Dios podían cumplir aquel propósito limitado, cuánto más eficaz debe ser la sangre de Cristo.
Cristo se ofreció a Sí mismo sin mancha por el Espíritu eterno; Él nunca pecó y era el sacrificio perfecto; una vez y para siempre. Su sangre no solamente produce una limpieza externa, sino que purifica nuestra conciencia, que nos acusa, porque reconoce la culpa delante de Dios «de obras muertas para servir al Dios vivo».
Pero Cristo puede purificarnos porque llevó la condenación que merecíamos, y por Su perdón hoy podemos dejar de vivir para nosotras mismas y servir y adorar a Dios.
Hermana, Cristo no murió solo para modificar nuestro destino futuro, sino para limpiar nuestra conciencia y transformar nuestra vida presente en un servicio agradecido a Dios.
Mediador del nuevo pacto inaugurado mediante sangre y la herencia eterna
Los creyentes del Antiguo Testamento no fueron salvados mediante la eficacia intrínseca de los sacrificios animales; esos sacrificios anticipaban la obra de Cristo; Su muerte es el fundamento de la salvación de los creyentes de todas las épocas.
¿Y por qué era necesaria la muerte de Cristo? A fin de recibir la herencia prometida.
Para explicar esto, el autor recurre a la relación entre un pacto y un testamento.
El primer pacto fue inaugurado con sangre; después de comunicar al pueblo los mandamientos de Dios, Moisés roció con sangre tanto el libro como al pueblo. También el tabernáculo y los utensilios utilizados en el culto fueron purificados con sangre, lo que mostraba que el pecado produce muerte y que el perdón requiere una vida entregada en lugar del culpable.
«Sin derramamiento de sangre no hay perdón»; este era el principio que sustentaba el sistema sacrificial. No porque hubiera algo mágico en la composición física de la sangre, sino porque la sangre representa la vida entregada en sacrificio y, finalmente, la muerte sustitutiva de Cristo. Los sacrificios animales no podían quitar el pecado, pero anunciaban que el perdón tendría un costo: la muerte del sustituto perfecto.
Por eso Cristo es Mediador del nuevo pacto, pues Su muerte resolvió el problema del pecado que nos separaba de Dios. Su muerte redimió incluso las transgresiones cometidas bajo el primer pacto. Los llamados a Él reciben la redención y «la promesa de la herencia eterna» porque descansan en el sacrificio perfecto de Cristo y no en los méritos del ser humano.
Cristo comparece ahora por nosotros
Las copias terrenales eran purificadas mediante sacrificios de animales; las realidades celestiales requerían un sacrificio superior. Esto no significa que el cielo tuviera pecado o corrupción moral, sino que el acceso del pecador a la presencia celestial de Dios tenía que ser inaugurado sobre la base de una expiación verdadera y superior. Aquí vemos nuevamente la superioridad del sacrificio de Cristo.
Cristo no entró en un santuario terrenal que solamente representaba la presencia de Dios, sino en el cielo mismo, donde ahora comparece por nosotras. Tampoco necesita ofrecerse repetidamente como lo hacía el sumo sacerdote cada año; se manifestó una sola vez para quitar el pecado mediante el sacrificio de Sí mismo, algo que los sacrificios antiguos nunca podían lograr de manera definitiva. Su presencia delante del Padre nos asegura que Su obra fue aceptada y que tenemos en Él un representante perfecto.
Muerte, juicio y la segunda venida de Cristo
Así como está decretado que los seres humanos mueran una sola vez y después enfrenten el juicio, porque la muerte no es el final de la existencia humana; después viene el juicio de Dios.
Cristo fue ofrecido una vez y regresará para completar la salvación de los Suyos.2 Su sacrificio no se repetirá porque resolvió definitivamente el problema del pecado. Cuando aparezca por segunda vez, no vendrá para ofrecer otro sacrificio por el pecado, sino para consumar la salvación de quienes lo esperan ansiosamente.
Esta salvación no es una obra nueva ni distinta de la que obtuvo en la cruz; es la consumación de la salvación de Su pueblo: la liberación definitiva de la presencia del pecado y la entrada plena en la herencia prometida.
Hermana, ¿has experimentado la paz de estar reconciliada con Dios por medio del sacrificio perfecto de Cristo? Él es nuestro gran Sumo Sacerdote que se ofreció a Sí mismo, no para una purificación temporal, sino para nuestra redención eterna. No solamente limpia externamente, sino que alcanza hasta lo más profundo de nuestra necesidad: purifica nuestra conciencia de la culpa para que podamos servir al Dios vivo.
Ahora Cristo comparece ante Dios por nosotras, y tenemos la plena certeza de que Su única ofrenda fue suficiente para quitar el pecado y abrir definitivamente el camino hacia el Padre.
Esta verdad también nos llama a considerar seriamente la eternidad. Está decretado que cada persona muera una sola vez y, después, enfrente el juicio. No habrá una segunda vida ni una oportunidad posterior para modificar nuestra respuesta a Cristo. Hoy es el tiempo de arrepentirnos y confiar en Él.
Para quienes pertenecen a Cristo, sin embargo, Su regreso no es motivo de condenación, sino de esperanza. Aquel que apareció una vez para llevar nuestros pecados aparecerá nuevamente para consumar nuestra salvación. La primera vez vino como el sacrificio perfecto; la segunda vendrá como el Rey victorioso que llevará a Su pueblo a disfrutar plenamente de la herencia eterna que compró con Su sangre.
Para meditar:
- ¿Estás descansando verdaderamente en el sacrificio perfecto de Cristo, o sigues intentando alcanzar el favor de Dios por tus propios méritos?
- ¿Estás viviendo como una mujer cuya conciencia ha sido purificada por Cristo, sirviendo y adorando al Dios vivo con una vida agradecida?
- ¿Estás aguardando con esperanza el regreso de Cristo, habiendo puesto hoy tu confianza en Él y viviendo con la eternidad en mente?
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