Día 40 | Mateo 28
Una tumba vacía, una misión gloriosa
Amada, muchas cosas podríamos decir sobre la resurrección de nuestro Señor, pero todas convergen en una verdad gloriosa: ¡la tumba está vacía! Jesús vive. Este hecho no es solo el corazón de nuestra fe, sino la fuente de nuestra esperanza eterna. Porque Él resucitó, también nosotras resucitaremos un día para vivir con Él por siempre (Romanos 6:8). Nada puede ser más glorioso para nuestras almas.
Este capítulo final del evangelio de Mateo está lleno de detalles profundos que alimentan nuestra fe. Una de las cosas que más llama la atención es que Jesús se aparece primero a las mujeres. En una cultura que socialmente relegaba a la mujer, Dios, en Su gracia y sabiduría, escoge a mujeres para ser las primeras testigos de la resurrección. ¡Qué honra tan inmerecida y qué afirmación tan poderosa de la dignidad que Él les ha dado …
Una tumba vacía, una misión gloriosa
Amada, muchas cosas podríamos decir sobre la resurrección de nuestro Señor, pero todas convergen en una verdad gloriosa: ¡la tumba está vacía! Jesús vive. Este hecho no es solo el corazón de nuestra fe, sino la fuente de nuestra esperanza eterna. Porque Él resucitó, también nosotras resucitaremos un día para vivir con Él por siempre (Romanos 6:8). Nada puede ser más glorioso para nuestras almas.
Este capítulo final del evangelio de Mateo está lleno de detalles profundos que alimentan nuestra fe. Una de las cosas que más llama la atención es que Jesús se aparece primero a las mujeres. En una cultura que socialmente relegaba a la mujer, Dios, en Su gracia y sabiduría, escoge a mujeres para ser las primeras testigos de la resurrección. ¡Qué honra tan inmerecida y qué afirmación tan poderosa de la dignidad que Él les ha dado desde la creación! Ellas fueron creadas a imagen de Dios, con igual valor y propósito que el hombre.
Estas mujeres iban al sepulcro llenas de tristeza, esperando ungir un cuerpo muerto. Pero en lugar de muerte, encontraron vida; en lugar de llanto, recibieron gozo. Imagina su asombro ante una tumba vacía y un ángel anunciando que Jesús ha resucitado. Y aunque huyeron con temor y gran gozo, ese temor no era de terror paralizante, sino una mezcla de reverencia, asombro y responsabilidad: ¡tenían que anunciar la noticia más gloriosa que el mundo ha escuchado!
Este relato nos recuerda que no hay situación sin esperanza. Jesús está vivo. Su presencia está con los Suyos: guiándonos, consolándonos, amándonos. En medio del dolor, el miedo o la incertidumbre, recordemos lo que Él dijo: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». Y cuando el temor quiera paralizarnos, recordemos que «el perfecto amor echa fuera el temor» (1 Juan 4:18). No estamos solas.
Sin embargo, ¡cuántas veces callamos por temor al rechazo! No queremos incomodar, perder amistades o posiciones. Pero eso, amada, también es una forma de negar a Cristo. Cuando vivimos acomodadas a este mundo y no mostramos con nuestra vida la verdad del evangelio, negamos la vida nueva que tenemos en Él. Pero así como Pedro fue restaurado tras negar al Señor, también nosotras podemos arrepentirnos y volver a empezar. En Cristo siempre hay nuevos comienzos.
El capítulo también nos recuerda las gloriosas verdades de la victoria de Jesús:
- Jesús venció al mundo (Juan 16:33).
- Jesús venció la carne (Romanos 6:1-7).
- Jesús venció a Satanás (Juan 12:31).
- Jesús venció la muerte (1 Corintios 15:50-58).
Como dijo Pablo, «y si Cristo no ha resucitado, …vana también la fe de ustedes» (1 Corintios 15:14). Pero ¡gloria a Dios! Cristo resucitó, y por lo tanto, no debemos temer a la muerte ni a nuestros enemigos. Nuestra eternidad está asegurada.
Y justo después de afirmar esta victoria, Jesús nos deja una encomienda: «Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones…». Esta Gran Comisión no fue solo para los once, sino también para nosotras. Somos enviadas a proclamar Su verdad, a testificar con nuestras palabras y nuestras vidas.
- ¿A dónde? A todas las naciones.
- ¿Para qué? Para hacer discípulos, no solo convertir, sino enseñar a obedecer.
- ¿Con qué autoridad? Con la autoridad de Cristo y Su presencia constante.
Quizás no todas iremos a lugares lejanos, pero nuestro primer campo misionero es nuestro hogar. Como madres, discipulamos a nuestros hijos; como hermanas mayores en la fe, guiamos a otras mujeres; como vecinas, amigas o compañeras de trabajo, somos llamadas a brillar. Cada conversación, cada acto de amor y cada palabra de verdad cuenta. Somos embajadoras de Cristo (2 Corintios 5:20), rogando al mundo: «¡Reconcíliense con Dios!».
Que hoy pueda animarte esta gloriosa verdad: hemos sido salvadas por un Cristo vivo. Su tumba vacía grita que la muerte ha sido vencida. Alaba a Dios por esta esperanza que no decepciona. Y vive, amada, como testigo de Su poder, Su amor y Su victoria.
Para meditar:
¿Cómo te impacta el concepto de que Jesús venció el mundo, a Satanás, a nuestra carne y la muerte? ¿Cómo impacta esto tu fe en las situaciones que estás viviendo ahora?
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